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Authors: Memorias

Tags: #Biografía, Historia

Albert Speer

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Cuando Albert Speer fue condenado por el tribunal de Nuremberg, en 1948, a veinte años de prisión, Hugh Trevor-Roper escribió: «Ahora probablemente tendrá la oportunidad de escribir su autobiografía. Serán las únicas memorias del Tercer Reich que, siendo de gran valor, además invitarán a la lectura».

Este libro es la crónica apasionada de un hombre que durante doce años estuvo unido a Adolf Hitler por una relación única aunque de distinto signo: como arquitecto remodelador de la ciudad de Berlín, capital del Imperio, como amigo próximo en las tertulias de la Cancillería del Reich, como tecnócrata y organizador de una prodigiosa estructura armamentística y, a la vez, como un inesperado opositor.

Más de cuarenta años después de su publicación, las
Memorias
de Albert Speer continúan siendo la semblanza más detallada y fascinante de los círculos íntimos de Hitler, y del auge y caída del Tercer Reich.

Albert Speer

Memorias

ePUB v1.1

LeoLuegoExisto
05.07.12

Título original:
Erinnerungen

© Albert Speer, 1969

Traducción: Ángel Sabrido, 1973

Editor original: LeoLuegoExisto (v1.0, v1.1)

ePub base v2.0

Toda autobiografía resulta una empresa equívoca, porque presupone la existencia de un punto elevado desde el que, cómodamente sentados, podemos contemplar nuestra vida, comparar sus diversas fases, abarcar con una mirada su desarrollo y comprenderlo. El ser humano puede y debe verse a sí mismo; pero no puede juzgarse en ningún momento del presente ni tampoco en el conjunto de su pasado.

Karl Barth

PRÓLOGO

«Seguramente ahora escribirá sus memorias», me dijo uno de los primeros americanos a los que encontré en Flensburg en mayo de 1945. Después transcurrirían veinticuatro años, de los cuales he pasado veintiuno en la soledad de una prisión. Es mucho tiempo.

Ahora presento mis memorias. Me he esforzado por describir el pasado tal como lo viví. A muchos les parecerá desfigurado; otros considerarán que mi perspectiva no es la adecuada. Sin embargo, he descrito lo que viví y cómo lo veo hoy. Para conseguirlo, me he esforzado en no eludir el pasado. No he querido sustraerme a la fascinación ni al terror de aquellos años. Los que también los conocieron me criticarán, pero eso es inevitable. Quería ser sincero.

Estas memorias se proponen explicar algunas de las causas que condujeron casi forzosamente a la catástrofe en que terminó aquella época. Quería mostrar las consecuencias del hecho de que un solo hombre concentrara en sus manos un poder ilimitado, y también aclarar qué clase de hombre era. En el tribunal de Nuremberg dije que, si Hitler hubiese tenido amigos, yo habría sido uno de ellos. Le debo tanto los entusiasmos y la gloria de mi juventud como el horror y la culpa que vinieron después.

Tal como se mostraba ante mí y ante otros, Hitler despertaba simpatías; así lo describo, y también doy una imagen de él como hombre entregado y capacitado en muchos aspectos. Sin embargo, a medida que iba escribiendo me daba cuenta de que esas eran unas cualidades muy superficiales.

Y es que frente a todas estas impresiones se alza una experiencia inolvidable: el proceso de Nuremberg. Jamás se me borrará de la mente un documento que mostraba a una familia judía caminando hacia la muerte: un hombre estaba a punto de morir con su mujer y sus hijos. Aún hoy tengo esta imagen ante los ojos.

Fui condenado a veinte años de prisión por el Tribunal de Nuremberg. Aunque la sentencia del tribunal militar interpretó la Historia de modo muy limitado, intentó establecer una culpabilidad. La condena, siempre poco adecuada para medir la responsabilidad histórica, terminó con mi existencia burguesa. Aquella fotografía, en cambio, despojó mi vida de toda sustancia. Sobrevivió a la sentencia.

11 de enero de 1969

Albert Speer

PRIMERA PARTE
NOTA

Si no se indica lo contrario, y a excepción de las cartas de mi familia, todos los documentos, cartas, discursos, crónicas, etc., que menciono en este libro se encuentran en el Archivo Federal de Coblenza, donde están registrados bajo la rúbrica R 3 (Ministerio de Armamento y de Producción de Guerra del Reich).

La Crónica consiste en las anotaciones de mi diario de los años 1941 a 1944, que recogen mis actividades como Inspector General de Edificación y posteriormente como ministro de Armamentos.

CAPÍTULO I

ORÍGENES Y JUVENTUD

Mis antepasados fueron suabos y descendientes de campesinos pobres del Westerwald, y proceden también de Silesia y Westfalia. Pertenecieron a la gran masa de personas que pasan por este mundo sin pena ni gloria. Sólo hubo una excepción: el mariscal imperial hereditario
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conde Friedrich Ferdinand zu Pappenheim (1702-1793), quien tuvo ocho hijos con mi tatarabuela, cuyo apellido de soltera era Humelin. Al parecer no se preocupó demasiado por su bienestar.

Tres generaciones después, mi abuelo Hermann Hommel, hijo de un pobre guardabosques de la Selva Negra, terminó siendo, al final de su vida, propietario de la firma comercial de máquinas-herramienta más importante de Alemania y de una fábrica de aparatos de precisión. A pesar de su riqueza, vivía modestamente y trataba con benevolencia a sus empleados. Además de ser un hombre industrioso, tenía la habilidad de conseguir que los demás dieran también el máximo de sí mismos: sin embargo, no era más que un pensativo hombre de la Selva Negra, capaz de estar horas y horas sentado en un banco del bosque sin despegar los labios.

Mi otro abuelo, Berthold Speer, era, por la misma época, un acaudalado arquitecto de Dortmund. Levantó numerosos edificios en el estilo clasicista que predominaba en su tiempo. Aunque murió joven, la herencia que dejó fue suficiente para que sus cuatro hijos tuvieran una buena educación. La industrialización de la segunda mitad del siglo XIX, aunque no favoreció a otros muchos que comenzaron bajo mejores auspicios, contribuyó en gran medida a la prosperidad de mis dos abuelos. Durante mi infancia, mi abuela paterna, prematuramente encanecida, me infundió más respeto que amor. Era una mujer seria, anclada en unas ideas simples de la vida y dotada de una tenaz energía. Dominaba todo su entorno.

• • •

Vine al mundo en Mannheim un domingo, el 19 de marzo de 1905, a las doce del mediodía. Según me contó muchas veces mi madre, los truenos de una tormenta de primavera no dejaban oír el repicar de las campanas de la iglesia cercana.

Mi padre se independizó en 1892, a los veintinueve años de edad, y se convirtió en uno de los arquitectos más ocupados de Mannheim, floreciente ciudad industrial del condado de Badén. Había reunido ya un considerable capital cuando, en 1900, contrajo matrimonio con la hija de un acaudalado comerciante de Maguncia.

Nuestro domicilio, situado en uno de los edificios que la familia poseía en Mannheim, era característico de la alta burguesía y reflejaba el éxito y prestigio de que gozaban nuestros padres. Grandes puertas con arabescos de hierro forjado daban acceso a una casa imponente en cuyo patio podían entrar los automóviles, que se detenían ante una escalinata acorde con el rico equipamiento de la casa. Los niños —mis otros dos hermanos y yo— teníamos que utilizar la escalera trasera. Oscura, empinada y estrecha, terminaba en un pasillo que había en la parte posterior. A los niños no se les había perdido nada en la elegante escalera alfombrada de la entrada principal.

Nuestros dominios, en la parte posterior del edificio, se extendían desde los dormitorios hasta la amplia cocina, que daba a la parte noble de la vivienda, en la que había catorce habitaciones. Los huéspedes llegaban a una gran sala decorada con muebles franceses y tapices de estilo Imperio después de atravesar un vestíbulo provisto de muebles holandeses y de una falsa chimenea cubierta de valiosos azulejos de Delft. Permanece especialmente grabado en mi memoria el recuerdo —parece como si aún lo estuviera viendo— de la gran araña de cristal, resplandeciente con sus muchísimas velas, así como el del invernadero, cuyo equipamiento había comprado mi padre en la Exposición Universal de París de 1900: muebles indios ricamente trabajados, cortinajes bordados a mano y un diván tapizado, palmeras y plantas exóticas, que evocaban un mundo misterioso y desconocido. Mis padres desayunaban allí, y allí nos preparaba mi padre bocadillos de jamón traído de su Westfalia natal. Aunque se ha difuminado en mi memoria el recuerdo de la contigua sala de estar, el comedor artesonado de estilo neogótico ha conservado su encanto. Podían sentarse a la mesa más de veinte personas. En él se celebró mi bautizo y en él siguen teniendo lugar nuestras fiestas familiares.

Mi madre se preocupaba, con alegría y orgullo burgués, de que formáramos parte de las mejores familias de Mannheim. Puede decirse con toda seguridad que no había más de veinte a treinta familias que se permitieran un tren de vida semejante, aunque tampoco eran menos. El servicio era numeroso porque había que mantener las apariencias. Además de la cocinera, a la que los niños queríamos mucho por razones obvias, servían en nuestra casa una pinche de cocina, una doncella, también frecuentemente un criado y siempre un chófer, además de la niñera que se encargaba de vigilarnos. Las muchachas vestían blancas cofias, vestidos negros y delantales blancos; el criado, librea violeta con botones dorados. Pero el más espléndido de todos era el chófer.

Mis padres hacían todo lo posible por procurar a sus hijos una infancia agradable y despreocupada. Sin embargo, se oponían a la satisfacción de este deseo la riqueza y las apariencias, las obligaciones sociales, la administración doméstica, la niñera y el resto del servicio. En la actualidad me doy cuenta de lo artificiosa e incómoda que era aquella manera de vivir. Aparte de eso, yo sufría mareos con frecuencia; llegué a desmayarme algunas veces. El médico de Heidelberg al que visitamos me diagnosticó «debilidad neurovascular». Aquella insuficiencia supuso para mí una considerable carga anímica e influyó muy pronto en mi visión del mundo. Me dolía que mis compañeros de juego y mis dos hermanos fueran más fuertes que yo, lo que me hacía sentir en inferioridad de condiciones. Llenos de petulancia, me lo hacían notar con frecuencia.

A menudo un defecto físico hace surgir las fuerzas necesarias para contrarrestarlo. En todo caso, ese inconveniente me sirvió para mostrarme más flexible en mi adaptación al entorno que me rodeaba durante la infancia. Si más tarde mostré una constante habilidad para enfrentarme a circunstancias adversas y tratar con personas incómodas, eso se debió seguramente a mi antigua flaqueza.

Cuando salíamos con nuestra institutriz francesa, teníamos que ir irreprochablemente vestidos, según correspondía a nuestra posición social. Desde luego, teníamos prohibido jugar en el parque, por no hablar de la calle. Por ello, nuestro campo de juegos se encontraba en el patio, que no era mucho más grande que nuestras habitaciones y que estaba rodeado y limitado por la fachada trasera de los edificios vecinos. Había allí dos o tres lánguidos plátanos que suspiraban por el aire, una pared cubierta de hiedra y, en un rincón, unas piedras que simulaban una gruta. Una gruesa capa de hollín cubría los árboles y hojas, y cualquier cosa que tocáramos tenía la única virtud de transformarnos en sucios y nada elegantes niños de la calle. Frieda, la hija de nuestro mayordomo Allmendinger, fue para mí una buena compañera de juegos antes de la época escolar. Me gustaba estar con ella en su modesta y oscura vivienda de la planta baja. La atmósfera sobria y sin pretensiones y la intimidad de una familia que vivía estrechamente unida me atraía de una manera singular.

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