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Authors: Juan Valera

Tags: #Cuento, Relato

Cuentos (7 page)

BOOK: Cuentos
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Emulo de Champollion Figeac, Anquetil Duperron, Burnouf, Grotefend, Oppert y Lassen, mi referido amigo don Juan Fresco cree haber descifrado estos garrapatos ibéricos primitivos, como aquellos otros sabios los hieroglíficos, la escritura cuneiforme y demás reconditeces.

Yo no intento abogar aquí por el descubrimiento de mi tocayo y paisano y demostrar que es evidente. Esto ya lo hará él en su día. Yo voy a limitarme a referir una historia que don Juan Fresco dice haber leído en ciertas inscripciones semejantes a las de la
Cueva de los letreros
. Entendidas las letras, parece que lo demás es llano, pues el idioma ibero primitivo es casi el vascuence de ahora.

Me pesa de no dar aquí la traducción exacta del texto original. Don Juan Fresco no ha querido comunicármela. Haré, pues, la narración con las pausas, explicaciones y comentarios intercalados que él la ha hecho. De otro modo no se comprendería.

La historia es relativamente moderna; pues, según mi amigo, todavía han de descubrirse leyendas e historias en lengua protoibérica, más antiguas y venerables que el poema egipcio de Pentaur sobre una hazaña de Sesostris o Ramsés II, y que los poemas hallados por nuestro conocido el diplomático señor Layard en la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive: poemas ya arcaicos ocho siglos antes de Cristo, y traducidos los más de la lengua sagrada de los acadíes, entonces tan muerta como el latín ahora entre nosotros.

Y esto no debe maravillarnos, porque, según Roisel, en
Los atlantes
, toda cultura viene de éstos, antes de que la hubiera en Caldea, en Asiria, en Egipto o en punto alguno de Oriente.

Es una lástima que no tengamos aún documentos del Siglo de Oro o de los Siglos de Oro de la literatura atlántica parisina, de hará unos ocho mil años, ni de la emanación bética de aquella cultura, implantada a orillas del Guadalquivir por los turdetanos.

El documento hallado, descifrado, explicado y comentado por don Juan Fresco es de época relativamente fresca: como si dijéramos de ayer de mañana. Ya la cultura ibérica indígena había decaído, y España se veía llena de colonias fenicias y aun griegas. Los de Zazinto habían ya fundado a Sagunto, y hacía más de un siglo que habían fundado los tirios a Málaga, Abdera, Hispalis y Gades. Era por los años de 1000 antes de nuestra era vulgar, sobre poco más o menos.

II

Vesci era una ciudad importante de la confederación de los túrdulos. En el tiempo a que nos referimos, los vescianos tenían ya la misma calidad que a sus descendientes del día les ha valido el dictado de bermejinos: casi todos eran rubios como unas candelas. Descollaba entre todos, así por lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noble mancebo Mutileder. Disparaba la honda con habilidad extraordinaria y mataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien a caballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria los mejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con un garrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeres era más dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corría como un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y poseía otra multitud de prendas que le hacían recomendable. Casi se puede asegurar que su único defecto era el de ser pobre.

Mutileder, huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos y rústicos; vivía como de caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vesci no sabía en qué emplearse para ganarse la vida. Era un señor, como vulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio.

Frisaba ya en los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiando ver mundo, pidió la bendición a sus tíos, quienes se la dieron acompañada de algún dinero, y tomando además armas y caballos, salió de Vesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condición.

Como Mutileder tenía tan hermosa presencia, y era además simpático y alegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sujetos de posición y campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas más graciosas y encopetadas le ponían ojos amorosos; pero él era bueno, pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo esto. El dinero que le dieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo dinero a reemplazarle.

Así, deteniéndose en diferentes poblaciones como, por ejemplo, en Igabron; pasando luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra de los turdetanos, y parando también en Ventipo, llegó a un lugar de los bástulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha de ser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus
juegos llanos
. Allí tenía Mutileder un prima, que era un sol de belleza, con dieciocho años de edad, y más rubia que él, si cabe. Esta prima se llamaba Echeloría. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba.

Mutileder y Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna de celtas ni de fenicios. Sus familias, o mejor diré, su familia, pues era una misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender de los primitivos atlantes, que habían emigrado muchos siglos hacía, cuando se hundió en el mar la Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre, habían llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadora expedición de Osiris, mientras que otros, conocidos después con el nombre de hiperbóreos, desembarcando en Francia, habían difundido la luz y fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta más allá de las montañas Rifeas, e influyendo, por último, en el despertar a la vida política y culta de los arios y de los semitas.

En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas de serlo por su mérito.

Apenas se vieron, se amaron… ¿Qué digo se amaron? Se enamoraron perdidamente el uno de la otra y el otro de la una.

El padre de Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida el amor de la muchacha y procuró acabar con él, porque el primito no poseía otro patrimonio que su apasionado corazón; pero Echeloría estaba prendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avino y se resignó al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno.

Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes morir que ser de otro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él. Y esta promesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con los juramentos más terribles.

Después de esto, ¿qué remedio había sino casar cuanto antes a los primos novios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a hacer los preparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño.

Era ya el fin de primavera, y en aquellas edades antiquísimas sucedía lo propio que ahora: que a la primavera seguía el verano.

Aratispi era lugar más bonito que lo es Alora al presente. En torno habla, como hay aún, fértiles huertas y frondosos y siempre verdes bosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquel valle amenísimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertos de encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y otros árboles, entre cuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos, tomillo, mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.

Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para más que para hacer escobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que las crestas más empinadas de los montes, calvas ahora, se veían cubiertas de una verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses.

A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces en Aratispi un calor de todos los demonios.

Echeloría quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre la llevó a un puerto muy bonito, cerca de Málaga, que don Juan Fresco y yo calculamos que debió de ser Churriana.

Naturalmente, Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura.

Los primos estaban como dos tortolitos, arrullándose siempre. Mientras más miraba él a Echeloría, más linda y angelical la encontraba y más melifluo se ponía con ella. Y mientras más miraba Echeloría a Mutileder, mayor número de perfecciones y de excelencias hallaba en él.

Pues no digamos nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutua admiración que nacía en ambas almas al considerar el talento o la habilidad del objeto de su amor. Cada pedrada que tiraba Mutileder mataba un pajarillo y partía el corazón de Echeloría, a fuerza de entusiasmo. Y Echeloría, por su parte, a más de encantar a Mutileder con los cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de pita, tan llena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas enteras embobado contemplando la honda.

Los dos enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solos de paseo por aquellos vericuetos y andurriales, ya por la orilla de resonante mar, ya por los encinares y olivares que vestían aquellos alcores, ya por los vergeles, sotos y alamedas del valle, regado por riachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que a pesar de lo mucho que se querían no se propasaron nunca a otra cosa sino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo más a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cándida frente, y a lograr él estamparle.

La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo en reserva para el día dichoso en que la religión y las leyes consagrasen su unión indisoluble.

Entre tanto se decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombre es un sello que he puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Mi corazón es tuyo para siempre: antes dejará de latir que de amarte a ti sola», contestaba Mutileder.

En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntos ambos amantes, menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de su anciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a la playa a bañarse; pues entonces, a fin de evitar el qué dirán y las murmuraciones, Mutileder no se bañaba con ella, tal vez por no usarse aún trajes de baño tan complicados y encubridores de las formas como los que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios.

III

Málaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competía con Cádiz. Su puerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. En sus tiendas se vendían mil primores traídos de lejanos países: telas de lana, teñidas de púrpura en Tiro; joyas de oro hechas en Menfis, en Sais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos de algodón del Indostán; alfombras de Persia, y hasta sedería del casi ignorado país de los Seras.

Echeloría fue a Málaga varias veces con su padre y con su novio, a recorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado día del casamiento.

Hallábase a la sazón en Málaga uno de los más audaces y sabios marinos que había entonces en el mundo: el célebre Adherbal.

Acababa de hacer una navegación felicísima, y su nave se parecía anclada en el puerto, cargada de estaño, ámbar, hierro, pieles de armiños y de castores y otros objetos de valor que él había ido a buscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del norte de Europa, adonde sólo los fenicios se aventuraban a llegar en aquella época.

Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes debía tomar en Málaga cobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ríos, dejando allí en cambio parte de su cargamento.

Paseando un día por el muelle vio Adherbal a Echeloría, y al verla juró por Melcart y por Astoret, como si dijéramos por Hércules y por Venus, que jamás había visto criatura más linda y salada. Ganas tuvo de llegarse de súbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, de decirle sin ceremonias sus atrevidos pensamientos; pero Mutileder iba al lado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre el hombro, en actitud desconfiada y hostil y blandiendo un enorme y fiero garrote.

La prudencia refrenó los ímpetus del marino fenicio. Bastaba ver de refilón a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar a cualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con la hermosa y cándida Echeloría.

Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado también, emprendedor y ladino. Echeloría no produjo en él una impresión fugaz y ligera, sino profunda y durable. Así fue que determinó averiguar quién era y dónde vivía, y lo consiguió con discreción y recato.

Dos o tres veces fue después a caballo a Churriana con disimulo y volvió a ver a la niña, quedando cautivo de su singular donaire.

Por último, por medio de personas listas del país, se informó de la vida de Echeloría; supo que iba a casarse con Mutileder, y no quedó pormenor de que no llegase a tener cabal noticia.

Con estos elementos formó Adherbal un plan diabólico, el cual le salió bien, como, por desgracia, salen bien casi todos los planes diabólicos.

Una mañana muy temprano levó anclas su nave y zarpó del puerto de Málaga, después de despedirse él, para Tiro. Fuera ya la nave del puerto, se quedó muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordadas como para ganar mejor viento. Así transcurrieron algunas horas, hasta que llegó aquella en que la gentil Echeloría bajaba a bañarse en la mar. Entonces saltó Adherbal en una lancha ligerísima con ocho remeros pujantes y otros dos hombres de la tripulación grandes nadadores y buzos y de los más ágiles y devotos a su persona. Con la lancha se acercó cautelosamente, ocultándose en las sinuosidades de la costa y al abrigo de las peñas y montecillos, hasta que llegó cerca del lugar donde Echeloría se bañaba, creyéndose segura y con el más completo descuido. Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron de improviso donde Echeloría estaba bañándose, se apoderaron de ella, a pesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por el susto, y en aquella disposición, hermosa e interesante como una ondina, se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibió en sus brazos, y luego la condujo a bordo de su nave. Esta desplegó al punto todas sus velas, y aprovechándose de un viento fresco de Poniente, que acababa de levantarse, no corría, sino que volaba sobre las ondas azules del Mediterráneo.

Varias muchachas que se bañaban con Echeloría huyeron con espanto de aquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos y sollozos a la nodriza, que estaba en éxtasis y de nada se había percatado. En cambio, apenas se enteró de lo ocurrido, se extremó en hacer muestras de su dolor. Allí fue el mesarse las venerables canas, el revolcarse por el suelo y el dar tan formidables chillidos, que Mutileder, aunque estaba lejos, acudió al sitio oyéndolos. El infeliz amante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiado tarde por desgracia. La nave del raptor se percibía aún, pero lejos, y navegando con tal rapidez, que pronto iba a perderse detrás de la comba que forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo más claro.

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