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Authors: Gillian Bradshaw

Tags: #Histórico

El contador de arena (6 page)

BOOK: El contador de arena
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Idear un artefacto nuevo le resultaba divertido: le gustaba afrontar los problemas de la construcción y concebir los mecanismos que los solucionaran; le gustaba la concentración que le exigía, la compleja coordinación entre sus manos y su mente que requería, y la sólida realidad final. Pero una vez que la máquina estaba terminada, lo aburría realizar otra del mismo tipo, y luego otra y otra y otra. Era una cárcel sofocante donde las alas del alma se atrofiaban y morían. Las matemáticas puras, sin embargo, eran luz, aire, deliciosa libertad; le gustaban por encima de cualquier cosa en el mundo. Pero él no pertenecía a la nobleza, y no podía permitirse consagrarse a las matemáticas puras sin plantearse sórdidas consideraciones sobre los beneficios. Tenía una familia que mantener. El mundo invisible no podía seguir siendo su casa, sino sólo un lugar al que ir de visita cuando tuviera tiempo.

Y nadie lo acompañaría en esas visitas; nadie. Estaría solo… igual que lo había estado su padre durante los tres últimos años. Con un espasmo de dolor, dio por sentado que el destino era justo con él.

Entonces se acordó de la guerra. En Alejandría le había resultado difícil creer en semejante posibilidad; pero en Siracusa surgía enorme y amenazadora. Le acudieron a la cabeza los versos de una vieja canción:

Que nadie del género humano diga nunca

que el mañana traerá nuevas oportunidades,

ni, viendo a un hombre feliz, que esa alegría será duradera,

porque, más veloz que el ala de un dragón volador,

llega de nuevo el cambio.

—Vístete —ordenó Filira, acariciándole la mano—. Hablaré con Marco para lavar tus cosas.

Marco estaba lavándose cuando Filira dio con él. En aquella época, generalmente las viviendas particulares no tenían un lugar específico de aseo, y las casas de baños eran sólo para los ciudadanos. Marco estaba frotándose en el patio, con una esponja y un cubo. Era bastante habitual que incluso los hombres libres del hogar pasearan desnudos por la casa, y la desnudez de un esclavo no era nada por lo que preocuparse, pero Filira se sintió violenta y aguardó al pie de la escalera a que Marco terminara. Estaba incómoda en su presencia. Sabía que seguramente tendrían que vender a uno de los esclavos, y esperaba que fuese Marco. Ella siempre se había puesto del lado de Sosibia en sus frecuentes peleas domésticas y consideraba a aquel hombre como un desagradable bárbaro. Además, después de tres años de ausencia, le parecía un desconocido. Por eso no le importaba que lo vendieran, mientras que no soportaba la idea de imponer ese destino a cualquier otro de los esclavos. Se percató de que Marco tenía un fuerte golpe en el costado izquierdo. No obstante, a pesar de eso y de que estaba tan picado por las pulgas como su hermano, tenía un aspecto impecable y sano. Frunció los labios con desagrado. Lo habían enviado a Alejandría para que cuidara de Arquímedes, y había regresado rebosante de salud, mientras que las costillas de su amo podían contarse.

Sin embargo, un inoportuno pensamiento fue a recordarle que su hermano siempre había sido delgado, y Marco, robusto. Cuando Arquímedes estaba concentrado con sus estudios geométricos, podía olvidarse de comer, a menos que le pusieran el plato encima del ábaco… y a veces, incluso así, se limitaba a alejarlo para que no lo molestara y poder seguir con sus cálculos. Seguramente era injusto culpar en exceso al esclavo por el estado en que su amo había vuelto a casa.

Marco se echó por la cabeza el resto del agua del cubo, se sacudió y cogió la túnica. Filira atravesó entonces el umbral para pasar al soleado patio.

—¡Marco! —dijo secamente—. ¿Dónde está el equipaje de mi hermano?

Él dio un brinco y, de forma brusca, se pasó la túnica por la cabeza antes de responder. Él también se sentía incómodo ante Filira. Cuando se fue de la casa, era una colegiala, y ahora era una joven mujer.

—Allí —respondió, indicando el baúl, que estaba en un rincón del patio—. Pero yo no lo abriría, señora.

—¿Por qué no? —dijo ella—. Debe de estar lleno de ropa sucia, y hoy hace un día estupendo para que se seque la colada.

Marco se encogió de hombros.

—Hay regalos. Uno de ellos es para vos.

Paseó los ojos brevemente por la parte delantera de la túnica de la joven. Ella se dio cuenta de que la tenía ceñida al cuerpo y se la aflojó, sonrojándose.

—¡Pero si acabo de decirle que iba a encargarme de sus cosas! —protestó—. Y no me ha mencionado nada de regalos.

Marco bufó.

—¿Esperabais que pensara en algo así?

No, por supuesto que no. Seguro que Arquímedes se acordaba de los regalos, y debía de saber dónde estaban. Pero nunca uniría ambos hechos, ni se le ocurriría que podía echar a perder la sorpresa si ella abría el baúl. Filiria soltó a su vez un bufido de exasperación. Marco sonrió, y algo se equilibró entre ellos: ambos eran miembros de la misma casa y ambos conocían los gustos y las manías de toda la gente que vivía allí.

—No hay ninguna prisa, ¿verdad? —preguntó él.

No la había, ciertamente. Lo único que ella pretendía era que todo recuperase su orden normal: Arquímedes en casa, en su habitación, como debía ser, con el baúl de viaje transformado en arcón de ropa. Se dirigió hacia donde se encontraba el equipaje y lo miró con resentimiento.

—¿Qué hay en la cesta? —inquirió.

—El famoso caracol de agua de vuestro hermano —respondió Marco, sonriendo de nuevo—. Podemos desembalarlo, si queréis. —Se acercó al baúl y empezó a desatar la cuerda.

—¿No preferirá enseñármelo él personalmente? —preguntó ella, dudando.

—No —contestó, deshaciendo otro nudo. De pronto se moría de ganas de mostrárselo, de impresionarla—. Construimos treinta y dos aparatos de éstos en Egipto, y se pone malo sólo de verlos. Pero es una máquina asombrosa. ¡Permitidme que os la enseñe!

Retiró la cuerda de la cesta, la enrolló y la dejó a un lado. Filira se apoyó en el muro del patio cruzada de brazos, aparentando escaso interés, aunque en realidad sentía una curiosidad tremenda. De pronto, Marco cobró conciencia de que la postura de la muchacha resaltaba sus esbeltas caderas bajo el tejido de hilo. «Demasiado delgada —se dijo—, como su padre y su hermano, pero, por algún motivo, más bonita de lo que debería ser una joven tan angulosa como ella.» Quizá fuera el brillo de sus ojos. No es que le importara: él era tan propiedad de su hermano como la máquina que estaba desempaquetando. De cualquier modo, ¿qué daño hacía mostrándole una máquina a una muchacha bonita?

Soltó el nudo que aseguraba la tapa de la cesta, la abrió y sacó un cilindro de madera del lecho de paja en que lo habían depositado. Tendría cerca de un codo de longitud, y el exterior estaba armado con tablas unidas entre sí mediante flejes de hierro, como las de un barril. Su interior albergaba una complicada estructura untada con brea. En el centro había un soporte fijado con una clavija, de modo que el artilugio pudiera girar como una rueda.

—Los egipcios suelen levar el agua con la ayuda de un artefacto llamado tambor de agua —dijo Marco, dando vueltas al cilindro entre sus manos—. Se trata de una especie de rueda con ocho cubos sujetos a su perímetro. Si es grande, consigue mover una buena cantidad de agua, pero es muy pesada… Se necesita un par de hombres para que gire. Vuestro hermano empezó con una de ésas, y acabó con esto. Las máquinas reales que construimos eran, por supuesto, de mayor tamaño, de la altura de un hombre, pero por lo demás eran exactamente así. Como veis, tiene también ocho entradas. —Le mostró las ocho aberturas en la base del cilindro—. Pero no son cubos, sino tubos. —Introdujo el dedo en uno y Filira pudo ver que, en efecto, se trataba de un tubo que ascendía en torno al centro formando un ángulo—. Dan varias vueltas alrededor del cilindro y salen por arriba. —Dio un golpecito al borde superior, que era idéntico al inferior—. Cada uno de ellos es parecido al caparazón de un caracol, y por eso lo llaman así. Están hechos con listones de madera de sauce, pegados al centro con brea y cerrados por encima con tablas. No sé el porqué del ángulo de la espiral, pero es muy importante: muchos intentaron copiarlo, pero calcularon mal y no les funcionó. Pues bien, para usarlo… —Echó un vistazo a su alrededor y vio un ánfora grande que había en una esquina. Corrió hacia ella con el caracol en la mano. Lo dejó en el suelo, cogió el cubo que había empleado para bañarse y vertió en él un poco del agua del ánfora. Luego situó el cubo en una zona del patio en la que había un poco de desnivel, lo equilibró con piedras para que quedara inclinado, y luego puso delante una tabla de las que se utilizaban para hacer la colada, a modo de plataforma—. Es importante que se asiente en un ángulo determinado —le explicó a Filira—. Ésa es otra de las cosas en las que solía equivocarse la gente que intentaba copiarlo. El soporte debe estar recto. —Colocó la base de la máquina en el interior del agua del cubo, y la parte superior en la plataforma—. Ahora lo único que queda es darle vueltas. —Le indicó con un gesto que lo hiciera.

Filira se recogió el extremo de la túnica para no pisarlo y se agachó junto a él. Puso una mano en el cilindro de madera y empezó a girarlo con lentitud. El agua comenzó a entrar por los tubos situados en la parte inferior y enseguida salió por la parte superior. Ella siguió girando delicadamente la máquina, observándola: el agua entraba, recorría los tubos, y…

—¡El agua va para arriba! —exclamó, sorprendida. Retiró la mano de la máquina, como si acabara de quemarse con ella.

Marco sonrió.

—¡Sois rápida! —dijo—. La mayoría de la gente tarda en darse cuenta de ese detalle. Hay quien necesita que se lo digamos. Pero no es sólo eso… Observad con más detenimiento.

Filira se volvió de nuevo hacia el aparato. El agua entraba en un tubo; y mientras éste ascendía, el agua corría hacia abajo, por la espiral, mientras la máquina iba rodando. Rió complacida.

—Baja mientras sube —explicó el esclavo.

—A veces pienso que mi hermano es un error de la naturaleza —dijo Filira—. No debería haber nacido en un cuerpo humano: debería haber sido un espíritu que trabajara en los talleres de los dioses. Me imagino que una máquina como ésta de tamaño natural tiene que resultar mucho más fácil de mover que un tambor de agua.

—Por supuesto. No se necesitan dos hombres; ni siquiera uno. Incluso un niño puede encargarse de que funcione, porque lo único que hay que hacer es girar el caracol: el agua baja sola. —Se sentó sobre los talones y contempló con cariño el artilugio—. La gente hacía cola para comprarlo. ¡Podríamos haber hecho una fortuna!

—¡Creía que la habíais hecho! —dijo Filira, sorprendida—. Mi hermano me ha contado que ganasteis más en dos meses que mi padre en un año.

Marco sacudió la cabeza tristemente.

—Mil ochocientos ochenta dracmas. Lo bastante para pagar las deudas y vivir bien en Alejandría durante un año. Y nos habían encargado treinta máquinas más, ¡a ochenta dracmas la unidad! Pero él prefirió dedicarse a la geometría.

Filira tragó saliva. Era incapaz de imaginarse mil ochocientos ochenta dracmas juntos, y menos aún gastar una suma así.

La renta que proporcionaba la pequeña granja de la familia era de trescientos dracmas anuales (menos, después de la venta del viñedo), y las clases de Fidias daban aproximadamente otro tanto. Con el caracol de agua habían obtenido no sólo mucho más que el sueldo de su padre, sino el triple de todos los ingresos anuales de la casa… y Arquímedes se lo había gastado todo, menos cien dracmas.

Marco comprendió su repentino silencio y deseó no haber hablado. Se agitó, incómodo.

—Alejandría es cara —se excusó—. Y estaba la deuda… y el viaje de regreso. —Había habido también una mujer, que se había llevado gran parte del dinero, pero no tenía intención de mencionarle ese detalle—. Vuestro hermano no actuó de manera tan licenciosa como pudiera parecer —dijo, en cambio, para terminar… lo cual era cierto dados los precios de Alejandría, sin contar los de la mujer—. Además, quedan ciento sesenta dracmas.

—¿Ciento sesenta? —preguntó Filira, recelosa—. Arquímedes me ha dicho cien.

Marco se encogió de hombros y volvió a sonreír.

—¿Esperáis que él controle el dinero que tiene?

Esta vez ella no sonrió, sino que le lanzó una fría mirada de evaluación.

—Eras tú quien lo controlaba, ¿no es así?

Marco se quedó sin comprender un momento, y luego se le ensombreció el rostro.

—¡No he cogido ni una moneda! —declaró, indignado—. Podéis preguntárselo.

—¿Y cómo puede saberlo él, si no lo controlaba?

Filira lo miró a la cara y vio que la rabia se convertía de repente en una hosca impasibilidad. Se arrepintió al instante de sus sospechas. Pero aun así… ¡Mil ochocientos ochenta dracmas! No alcanzaba a entender cómo una suma tan enorme de dinero podía haberse desvanecido. Su despistado y soñador hermano era presa fácil para cualquier timador.

—No he cogido ni una moneda de su dinero —repitió agriamente Marco—. Podéis preguntárselo.

Recordó con amargura cómo él y su amo habían regresado a Alejandría después de fabricar caracoles de agua en el Delta. En cuanto la falúa atracó, Arquímedes saltó a tierra y fue directo al Museo, dejando a Marco solo para transportar el equipaje hasta su alojamiento. El equipaje… y la bolsa que contenía los mil ochocientos ochenta dracmas. Mucho dinero. Suficiente para que Marco pudiera sufragarse el pasaje de regreso a Italia, comprar un par de bueyes y algunas ovejas, y pagar el alquiler anual de una pequeña granja. Mientras cargaba como podía con el pesado baúl, pensó en lo fácil que sería escapar. Ni siquiera podría decirse que dejaba a su amo en la estacada: Arquímedes siempre podría construir más caracoles de agua. Pero al final, lo que lo retuvo no fue la honradez, de la que siempre se había enorgullecido, sino la desesperación. Los acontecimientos que lo habían convertido en un esclavo (la batalla perdida, los muertos) seguían allí, indelebles y absolutos. No podía volver a casa, y la idea de ir a cualquier otro sitio no tenía sentido. Su esclavitud, que hasta entonces siempre había considerado como algo impuesto y contrario a su naturaleza, se reveló de repente como la condición ineludible sobre la que sostenía su vida.

Advirtió entonces que se estaba justificando ante la muchacha como un esclavo («Mi amo no se ha quejado, de modo que vos no tenéis derecho a hacerlo»), y se puso en pie, enfadado, para recoger el caracol de agua y devolverlo a su cesta. Filira lo siguió, con la misma expresión a medio camino entre el recelo y la disculpa.

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