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Authors: Noah Gordon

Tags: #Histórico

El diamante de Jerusalén (5 page)

BOOK: El diamante de Jerusalén
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—Aquí es donde nosotros entramos en acción —aventuró Alfred mientras encendía un puro.

—Una de las piedras es un granate rojo.

Alfred Hopeman esbozó una sonrisa.

—Rara vez comerciamos con piedras finas.

Akiva asintió.

—Le interesará más la otra piedra. Un diamante grande. Amarillo, de los que ustedes llaman canario.

—¿Qué interés tiene usted en este canario? —preguntó Alfred en tono inocente.

—Ya he señalado que se piensa que el manuscrito de cobre es un registro de los tesoros ocultos que habían sido cogidos del Templo. Leslau cree que este diamante canario es uno de esos tesoros.

—¿Del Templo? —Harry estaba acostumbrado a trabajar con piedras preciosas religiosas, pero la idea de un objeto del Templo lo llenaba de admiración y respeto.

—Leslau cree saber dónde podría haber estado el escondite ritual del diamante. Dice que sale de un
genizah
profanado.

Harry farfulló:

—¿Qué tamaño tiene esa piedra?

—Es grande. —Akiva consultó una libreta pequeña—. Doscientos once quilates.

Alfred Hopeman lo miraba con expresión extraña.

—Es el Diamante de la Inquisición —dijo por fin el anciano—. Yo lo tuve en mi caja fuerte de Berlín durante tres meses. Debió de ser en mil novecientos treinta, o mil novecientos treinta y uno.

—Tenemos entendido que fue en el treinta y uno —especificó Akiva—. En el caso de que se trate de la misma piedra. Los vendedores se refieren a ella como el Diamante Kaaba.

—Así le han llamado los musulmanes —informó Alfred— después de que construyeran el santuario en la Meca, adonde todos los mahometanos se vuelven para rezar. Cuando era propiedad de la Iglesia le llamaban el Ojo de Alejandro, por uno de los papas llamado Alejandro. Un diamante extraordinario, caballeros, 211,31 quilates tallados como un
briolette
, es decir en forma de pera, con setenta y dos facetas. En mil novecientos treinta y uno, Sidney Luzzatti & Sons, una firma de Nápoles, me lo entregó para que lo limpiara. Estaba engastado en uno de esos yelmos… ¿cómo se llaman, Harry?

—Una mitra. La mitra de Gregorio.

—Sí. Años después, por supuesto, algún ladrón quitó la piedra de la mitra y salió con ella del museo del Vaticano. Eso fue lo último que supe de ella. Hasta ahora.

—Fue robada del Vaticano en el cuarenta y seis —señaló Akiva—, y comprada en mil novecientos cuarenta y nueve, sin que se hiciera publicidad, por Faruk de Egipto.

—Ah —dijo Alfred.

—Eso completa la historia —comentó Harry a su padre. Tuvo la impresión de que Alfred estaba aturdido—. Papá —dijo—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, sí, por supuesto.

—No figuraba en la lista del gobierno egipcio como parte del patrimonio que Faruk abandonó cuando abdicó al trono —indicó Harry—. He estudiado los registros de la subasta de los bienes de Faruk. Algunos objetos eran fantásticos, pero la mayor parte era
shlock
, el hombre tenía muy mal gusto. La única colección fuera de lo común era la de pornografía.

—Para criaturas —musitó su padre—. Un hombre puede hacer varias cosas con una mujer, lo demás son contorsiones. —Alfred cerró los ojos mientras se frotaba la mejilla—. Dios mío.

—No, no estaba en el inventario de la subasta —dijo Akiva. Miró a Harry y añadió—: Queremos que consiga ese diamante.

—Tendrá que ponerse en la cola —comentó él.

Essie, que entraba con una bandeja de pastas delante de una criada que llevaba otra con el servicio de café, se detuvo repentinamente y lanzó un grito.

Harry siguió la mirada de la mujer y vio que el lado izquierdo de la cara de su padre era como una masa a la que le falta harina, que tenía el ojo cerrado y la boca inclinada hacia la barbilla.

—¿Papá? —susurró Harry. No sabía lo que ocurría en el interior del cuerpo de alguien que sufría un ataque de apoplejía, pero se dio cuenta de que su padre estaba sufriendo uno.

Alfred empezó a balancearse y él lo cogió. Una rebanada de tarta había caído de la bandeja, y Essie se arrodilló para recogerla y limpiar la alfombra.

—¡Deja eso! —le gritó Harry a la mujer regordeta, que lo miraba asustada—. Llama al médico. —Estrechó a su padre entre sus brazos y lo acunó.

Viejo y arrogante bastardo.

Debajo de sus labios, la cabellera blanca parecía más rala que antes. Uno de los dos, él o su padre, había empezado a temblar.

4
L
OS CUADERNOS DE
A
LFRED

Acomodaron a su padre en una habitación del extremo del pasillo en la que había varios aparatos de control cardíaco. Alfred ya no parecía arrogante a los ojos de su hijo. Tenía el lado izquierdo del cuerpo paralizado. Ya no llevaba la dentadura postiza. Bostezaba con mucha frecuencia, y cuando exhalaba, su labio superior se inflaba y estremecía de una forma que a Harry le resultaba insoportable.

Entró una doctora interna y se inclinó sobre la cama.

—Señor Hopeman —dijo en voz alta, pero él seguía en estado de coma.

Cuando ella salió de la habitación, Harry también lo intentó.

—Papá.

Su padre abrió los ojos y lo miró sin verlo.


Doktor Silberstein, ich bitte um Entschuldigung
, le pido perdón.

¿Por qué su padre imploraba perdón con voz aterrorizada, y quién era Silberstein? Alfred iba a la deriva y soñaba, manteniendo conversaciones en una única dirección, en un alemán ininteligible.

Sus pulmones estaban llenos de fluidos que burbujeaban al respirar, y alguien entró y le introdujo una espantosa cánula en la garganta y aspiró con ella el veneno.

Más tarde abrió los ojos y encontró el rostro de Harry. Lo miro con ansiedad.

—Yo… —Alfred intentó susurrar algo, pero no emitió ningún sonido. Tenía los ojos hinchados, y las manos se agitaron sobre la sábana. Intentaba desesperadamente decir algo a su hijo. Harry le levantó la almohada y le acercó un vaso de agua a los labios, pero estaba demasiado débil para beber, aunque la humedad le devolvió la voz.

—… debería haberte dicho…

—¿Qué, papá?

El Diamante de la Inqui…

—No hables. Descansa, papa.

—Defecto —dijo Alfred tras un esfuerzo. Pero no pudo continuar.

—¿El diamante es defectuoso?

El anciano apretó los ojos y volvió a abrirlos rápidamente.

Harry quiso asegurarse.

—¿El Diamante de la Inquisición tiene un defecto?

Su padre asintió al tiempo que respiraba pesadamente.

—No me importa —dijo Harry—. Al diablo con los diamantes. Lo que tienes que hacer es descansar, y te pondrás bien. ¿De acuerdo?

Alfred se recostó. Sus párpados se cerraron de golpe como las puertas de un garaje.

Harry, que estaba sentado en la cama, también se quedó dormido. Poco después, la doctora interna le tocó el hombro tímidamente. Cuando él miró la cama, tuvo la impresión de que su padre había salido a dar un paseo, dejando allí su cuerpo.

Jeff llegó a casa incómodo dentro del traje que ya le quedaba pequeño. Fue hasta donde estaba Harry y lo abrazó sin decir una palabra. Lo hicieron regresar a la escuela inmediatamente después del funeral. Él protestó pero se sintió aliviado. Della, que tanto había querido al anciano, lloró amargamente ante su tumba. Respetó el
shiva
, el luto ritual, con Harry y Essie. Calzados con zapatillas y sentados ante el espejo tapado, en bancos de cartón proporcionados por la funeraria, recibieron a los visitantes. Cuando él era niño, todos se sentaban en duros compartimientos de madera, en una casa de
shiva
, respetando el precepto de que los deudos no debían buscar alivio. Se dio cuenta de que el banco desechable representaba una adaptación moderna de la tradición. En cierto modo, habría preferido sentarse en un compartimiento de verdad. Las dos primeras tardes, el apartamento de su padre quedó atestado de gente de la industria que hablaba en tono grave en inglés, yidis, hebreo, francés, flamenco. El sonido políglota era tan parecido al murmullo de la Bolsa de Diamantes que sintió consuelo al oírlo.

Essie tenía la intención de observar los siete días completos de duelo, al estilo ortodoxo, pero a la tercera mañana él se sintió atrapado. Esa tarde se presentó Akiva.

—Espero que mi idea de evocar viejos recuerdos no haya contribuido a su enfermedad.

—Tenía la tensión sanguínea terriblemente alta. Siempre se saltaba la medicación, a pesar de las protestas de su esposa. Los médicos dijeron que era inevitable.

El israelí pareció aliviado.

—Usted nunca llegó a decirle lo que quería.

—Queríamos que le informara a usted sobre el Diamante de la Inquisición. Nos gustaría que comprara esa piedra.

—Hay otros que querrían lo mismo.

—Usted es judío, señor Hopeman. ¿Representará a alguien más en este asunto?

—Puede que no.

—Israel es una mujer cansada que tiene tres pretendientes —comentó Akiva—. Los judíos estamos casados con ella… Desde mil novecientos cuarenta y ocho tenemos derecho legal a ocupar su cuerpo, por así decirlo. Los árabes y los cristianos, amantes celosos, la cogen cada uno de un tobillo. Los tres tironeamos salvajemente en distintas direcciones, y a veces da la impresión de que vamos a partirla como a un arenque. Ahora cada uno de estos pretendientes quiere el diamante, lo mismo que quiere la tierra. Ciertos grupos árabes están desesperados por usarlo como un objeto de propaganda, un talismán que puede ayudarlos a convertir el siguiente conflicto en una
yihad
, una guerra santa. Y si no se cometen errores, podría utilizarse de esa forma —sacudió la cabeza—. Es la lucha por la Tierra Santa, en menor escala. No les importa que el diamante tenga una historia judía. Existen documentos que demuestran que posteriormente perteneció al propio Saladino. Durante casi un siglo estuvo engastado en la corona, adornando el
Maksura
, la sede del mayor líder espiritual, en la mezquita de Acre, donde Saladino resistió durante dos años el poder cristiano de Francia e Inglaterra y ganó un sitio como el más grande héroe militar de la historia musulmana.

—La reivindicación de los católicos es igual de firme y más reciente —señaló Harry—. Ellos lo han poseído desde los tiempos de la Inquisición, cuando se convirtió en propiedad de la Iglesia en España. Quieren recuperarlo porque es de ellos. Se lo robaron.

El israelí asintió.

—Durante mucho tiempo formó parte de la gran colección que se encontraba dentro de las Murallas Leoninas.

—¿Y por qué motivo David Leslau piensa que provenía del Templo? —preguntó Harry.

Akiva vaciló.

—No hablaré de esto con usted hasta que se haya comprometido.

—Yo no me comprometo a nada. Acabo de enterrar a mi padre.

—Por supuesto, no es necesario que me lo recuerde. Tómese todo el tiempo que quiera. Pero nosotros lo necesitamos, señor Hopeman. El hombre que nos conviene, además de poseer pericia debe estar capacitado en una serie de aspectos. Debemos tener en cuenta la lealtad, la edad, la buena forma física. Y la disposición a aceptar cierta dosis de riesgo.

—Con un comprador erudito, no existe tanto riesgo.

—No será su capital. Lo hemos arreglado. El dinero lo donará un pequeño grupo de personas muy acaudaladas de este país y de Francia. No estaba hablando de riesgos de inversión —apuntó Akiva en tono cauto.

Harry se encogió de hombros.

—Olvídelo. Algunos soportaríamos cualquier incomodidad por una transacción relacionada con un diamante. Pero nadie que yo conozca se arriesgaría a resultar herido o a morir.

—El riesgo es realmente pequeño. Y existe toda clase de beneficios, señor Hopeman.

—Tonterías. Yo sólo soy un hombre de negocios.

El israelí lo observó con aire pensativo.

—Estoy convencido de que cuando para usted es importante ser un hombre de negocios, es un hombre de negocios. Y cuando es importante ser un erudito, es un erudito.

Tal vez el juicio fue demasiado exacto; Harry sintió un profundo resentimiento.

—En este instante tengo una idea muy clara de lo que es importante para mí y de lo que no lo es.

Akiva suspiró. Sacó una tarjeta de visita del bolsillo y la colocó sobre la brillante mesa del comedor de Essie.

—Llámeme en cuanto pueda —dijo—. Por favor.

El testamento incluía generosamente a Essie; todo lo demás era para Harry. Él no pudo detenerse a revisar la ropa. Conservo una corbata como recuerdo; en cuanto al resto, el Ejército de Salvación tendría algunos patrocinadores excepcionalmente bien vestidos. Guardó las cartas y los papeles de Alfred en dos cajas de cartón y las ató con bramante. Colocó dentro de una bolsa de papel el tarro de vaselina que contenía las joyas, luego llamó a un mensajero de confianza y le hizo llevar la bolsa a la cámara acorazada.

En el atardecer del cuarto día, el apartamento volvió a llenarse de amigos de Essie, de abuelos marchitos de ojos tristes y ancianas con juanetes.

—Tengo que salir de aquí ahora mismo —le comentó a Della.

Essie los siguió hasta la puerta, furiosa por lo que consideraba un insulto a la memoria de su padre.

—Hay cosas de plata, fuentes…

—Todo es tuyo.

—No seas tan generoso. ¿Quién quiere todo eso? Yo me voy a casa de mi hermana, en Florida. Es un apartamento pequeño.

—Yo volveré mañana —anunció Della—. Y me ocuparé de todo.

Essie miró a Harry.

—¿Concluirás el
shiva
en tu casa?

Él asintió.

—¿Irás todos los días a la sinagoga o reunirás un
minyan
en la Asociación del Diamante? ¿Dirás la
kaddish
durante un año?

—Sí —le mintió, dispuesto a aceptar cualquier cosa con tal de alejarse del sabor de la muerte.

Cogieron un taxi hasta el apartamento de Della, y una vez allí se fueron a la cama.

Deprisa, como si fueran amantes.

—Maldición —jadeó ella.

El clímax desató las emociones de Harry, que se acurruco entre los brazos y las piernas de Della.

—Harry, Harry. —Ella simplemente lo abrazó hasta que cesó el llanto.

Permanecieron uno al lado del otro. Él la miró un instante y al ver su expresión sintió odio por sí mismo. Estaba cansado de hacerle daño.

Se quedaron dormidos, él con la mano entre los muslos de ella, como sabía que a Della le gustaba. Un par de horas más tarde, él se despertó y notó que tenía la mano dormida. Pero si la apartaba despertaría a Della.

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