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Authors: Linda D. Cirino

Tags: #Drama

La vendedora de huevos (20 page)

BOOK: La vendedora de huevos
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Karl no podía a esperar a asistir a la escuela de liderazgo y cuando lo vi en la ceremonia en la que le ascendían, apenas pude reconocerle, con su uniforme y su corte de pelo. Tenía casi dieciocho años y, de lejos, no podías diferenciarlo de sus compañeros de las Juventudes. Mi hija, Olga, un año más joven, ya tenía ganas de ir a pasar el año de servicio en la ciudad. Me expresó sus dudas de dejarme sola con María. Formaba parte de aquella época perversa en que las complicaciones creadas por Karl y Olga desaparecerían justo cuando Nathanael y María ya no estarían allí y ya no serían motivo de preocupación.

El desfile sería en septiembre, como siempre. Era la señal para completar los planes para que Nathanael y María se fueran. Una fecha límite. Cuando mis hijos se marcharan, podría utilizar el equipo de campamento que dejarían en casa. Karl no se llevaría ni la brújula ni la cantimplora ni los utensilios de cocina ni la mochila. Resultaba propicio hacer coincidir su partida con el desfile, ya que mucha gente tendría toda la atención centrada en los sucesos que rodearían el desfile. Cualquiera que estuviera pensando en unos días de vacaciones, seguramente iría hacia el norte, hacia Nuremberg, en lugar de dirigirse hacia la Selva Negra. Lo dejaría todo preparado y no les diría nada hasta, quizás, el día antes o el mismo día.

Mientras se aproximaba el final del verano, Karl y Olga ya se estaban preparando para su emocionante viaje, su primer viaje a cierta distancia, y no se preocupaban de otra cosa que no fuera sus uniformes y su condición física. Asistirían a reuniones y a talleres y aprenderían cosas nuevas, y practicarían para el gran desfile. Estaban tan orgullosos, tanto, que era imposible minar su complaciente satisfacción. Aquellos días solían insistir en lo orgulloso que estaría su padre por su dedicación y su disciplina. A lo largo de los años había visto cómo las tareas de las Juventudes pasaban por encima de las lecciones de la escuela. No se podía hacer nada.

Al final se fueron. No les había visto jamás sonreír tanto desde que eran bebés. La noche en que se fueron acosté a María en una de sus camas, pero me dijo que prefería dormir conmigo. Nos habíamos acostumbrado la una a la otra. Mientras yacíamos juntas, me di cuenta de que en el esquema del plan había dado por hecha la presencia de María. Había seguido pensando en ella como en una niña silenciosa, cuando, en realidad, se trataba de una pequeña adulta muy callada. Como no quedaban más que dos días para el día planeado de su marcha, tenía que preparar a María para un nuevo cambio en su vida, uno que le gustaría todavía menos de lo que le había gustado a Nathanael.

—María, ¿me oyes?

—Sí, Vendedora de Huevos.

—Tenemos que hablar, mi María, tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

—Ha llegado el momento de que te vayas, María.

—No te voy a dejar nunca, Vendedora de Huevos. Me has salvado, eres buena conmigo, eres mi familia. ¿Te he disgustado de algún modo?

—No, María. Es por tu propio bien. Debes salvarte.

—Aquí estoy a salvo, contigo.

—No, María. Parece que estás a salvo ahora, pero esto no va a durar, no puede durar. Las cosas no van bien. Ya sabes que se han llevado a las Hermanas y que quieren cerrar el convento. Se han llevado a todos los demás niños que estaban en el convento. Un día vendrán también a por ti y no seré capaz de salvarte, como las Hermanas no fueron capaces de salvar a aquellos niños.

—En ese caso, prefiero jugármela contigo. Las Hermanas no fueron tan amables conmigo. Me saludaban con frialdad, en realidad no me querían allí y se deshicieron de mí en cuanto pudieron. Admito que no era la favorita de las Hermanas porque yo no les hacía arrumacos. Las dos sabemos perfectamente que no soy «María». Me llamo Rebeca y soy judía. Por eso me está pasando todo esto. Sé qué le pasó a mi padre y a su tienda y a toda la gente que conocíamos. No nos quieren. Pero tú sí, ¿verdad, Vendedora de Huevos?

—María… ¿Sigo llamándote «María» o prefieres Rebeca?

—Quizás deberíamos seguir con «María», aunque yo sé quién soy y cómo me llamo.

—Sí, será más fácil con «María». María, quiero que te quedes aquí, pero no puede ser. No va a ser fácil explicártelo, pero tendré que confiar en ti y entonces entenderás que no hay nada fácil estos días.

—Vendedora de Huevos, por fin he encontrado la paz, aquí, contigo. No puedes deshacerte de mí ahora. Ya sé que un día vendrán y me llevarán a un lugar horrible, pero, hasta ese día, quiero estar contigo.

—No, María, no será así. Quizás no quieras atender a razones, pero un día, de eso estoy totalmente segura, te dirás a ti misma que tenía razón. Hasta ese día, te pido que me obedezcas, en especial porque no te concierne únicamente a ti.

Mi voz sonaba con una autoridad cuya procedencia desconocía. Le hablé a María como si siempre hubiera estado planeado de ese modo, pero a ella no se lo hubiera contado aún.

—Lo que va a pasar es que tú y Nathanael os dirigiréis hacia la libertad cruzando la frontera. De nuevo te encontrarás entre extraños, pero Nathanael te cuidará. Todo te resultará extraño, pero jamás vendrá la policía a por ti ni te llevarán a un lugar horrible. Jamás te amenazarán. Serás libre de decidir por ti misma lo que quieres hacer. Tu padre y tu madre esperan que pronto te recuperes, veas el futuro que te dieron y recibas una educación, tengas una hermosa familia, vivas una larga vida y seas tan feliz como sea posible. Siempre recordarás a tu padre y a tu madre, jamás olvidarás a la Hermana Karoline, por muy gruñona y fría que fuera, nunca me olvidarás, la vendedora de huevos que aprendió a conocerte y a quererte.

Rodeé con mis brazos a María y la abracé con fuerza, dejando que fluyeran mis lágrimas y cayeran sobre sus hombros, dándole golpecitos en la espalda, sabiendo que jamás la olvidaría. Nunca comprendería las fuerzas que causaron que la vida de María se doblara y se torciera de aquel modo, pero sabía que el papel que yo había jugado en ello llegaba a su fin.

—María, escúchame con atención. Debes controlar tus emociones como yo las mías. No te quepa duda alguna de que lo que tenemos que hacer se corresponde con los deseos de tus padres. Ahora, vamos a conocer a Nathanael. Ha llegado el momento.

Cubrimos nuestros camisones y nos calzamos y salimos a encontrarnos con el frío aire de septiembre, donde la luna brillaba tímidamente. Mientras nos aproximábamos al gallinero, María se quedó quieta y me miró con la boca abierta. Obviamente no tenía ni idea de que pudiera haber una persona allí. La tomé por los hombros y la acerqué a mí, para que supiera que no había perdido la cabeza.

En cuanto toqué la puerta del gallinero, dije:

—Nathanael, María y yo hemos venido a verte esta noche. Hemos estado hablando de ti y del viaje que vais a hacer, tú y María.

Oí cómo se movía la tabla del escondite en el suelo donde Nathanael se había ocultado en cuanto había oído nuestros pasos. Enseguida pudimos vislumbrar la sombra de Nathanael saliendo de allí abajo, donde estaba su escondite secreto.

María dio un grito ahogado cuando, con los ojos muy abiertos, vio a Nathanael surgir por la parte menos iluminada del gallinero. Tenía la barba y el cabello bien recortados y llevaba ropa limpia. Su alta figura estaba algo encorvada, aunque no mucho más de lo que era habitual en la zona. El único toque un tanto cómico eran sus gafas, que todavía tenían uno de los cristales rotos y una patilla mal puesta, pero sin las que se negaba a ir. Avanzó un paso hacia mí, pero, al no ver alarma en mi rostro, se relajó un poco.

—Buenas noches, María —dijo Nathanael ofreciéndole la mano—. Bienvenida a mi casa. Por favor entra y quédate un rato. Estaría bien tener a alguien con quien charlar un rato. Me gustaría poder ofrecerte algo de comer, pero en estos momentos sólo tengo algo de pienso.

El intento de Nathanael por calmar a María no tuvo mucho éxito. Me pareció un comentario que no iba nada con su personalidad y el tono de sarcasmo y de ironía me pareció ofensivo.

—Nathanael, por favor. María y yo hemos estado hablando de vuestra partida y me he dado cuenta de que ya había llegado el momento de que os conocierais. María, te das cuenta de que hubiera sido imposible que os hubierais conocido antes. Ha estado viviendo en este gallinero durante casi dos años. Era estudiante universitario y fue arrestado porque era judío. Se escapó de un campo y se refugió en este gallinero. Vosotros dos viajaréis juntos hasta la frontera.

—Eva, hablas como si ya estuviera decidido —dijo Nathanael.

—Lo está —le dije con la autoridad de la nueva voz que había encontrado. Con los dos juntos, me di cuenta que podía mantener fácilmente aquella actitud emocionalmente distante. No podía permitir ningún desacuerdo en aquella cuestión—. Tú y María os prepararéis para partir hacia la Selva Negra y tras dos noches caminando cruzaréis la frontera y empezaréis vuestras nuevas vidas en libertad.

—Tú lo has decidido.

—No sólo lo he decidido yo, todos nos hemos puesto de acuerdo. Todos sabemos lo que queremos unos de otros. Sabemos lo que queremos para nosotros. Todos conocemos el sacrificio, las dificultades y el hambre. Ahora María y tú conoceréis la libertad. Esto es lo que quiero. Quiero que tú y María tengáis una vida sin tener que depender de mi protección. Yo no soy suficiente. ¿Quién iba a decir que las Hermanas no eran suficientes para proteger a los niños que vivían allí? ¿Quién puede jurar que esta granja tendrá siempre la protección del hombre de la Oficina Gubernamental de Agricultura? Soy sólo una. Tenéis que encontrar un lugar donde no necesitéis la protección de una vendedora de huevos para vivir. No puede ser.

Rompí a llorar. Había querido decir aquellas palabras chillando, pero había algo en la presencia de las gallinas y en el gallinero que me lo impedía. Sin embargo, la intensidad con la que hablaba fue suficiente. Nathanael miró a María y ambos vinieron a consolarme. Su valentía, que había sido innecesaria mientras la mía había estado de guardia, salió a flote. Nathanael reconoció en silencio que tenía razón; María sólo lo reconoció a duras penas, siendo todavía demasiado inmadura como para reconocer sus propias necesidades.

Nathanael, todavía rodeándome con el brazo, me preguntó:

—¿Vendrás con nosotros?

—No, Nathanael. Tú y María pensaréis en mí aquí en la granja, acudiendo cada día al gallinero. Pensaré en vosotros a cubierto bajo la oscura frondosidad de los árboles, caminando hacia un lugar donde podréis vivir sin miedo. Nathanael, tú cuidarás de María, lo sé, hasta que encuentre un lugar donde esté a salvo. Tú continuarás con tus estudios, por favor, y tendrás una familia y vivirás una vida muy larga. Seré feliz pensando que lo harás.

Nathanael lo había aceptado. Quizás había estado pensando sobre ello y se había dado cuenta de que era lo mejor. María se retrajo inmediatamente a su silencio anterior, un cojín para este nuevo rechazo y un miedo instantáneo a sentirse más atada a mí. Acepté su silencio suavemente y sin rencor. Tenía razón.

Nathanael y yo no tuvimos más momentos en soledad.

Al día siguiente los tres recogimos las provisiones que había sacado del equipo de campamento de Karl. Les enseñé a utilizar la brújula y les describí el camino que Karl y sus compañeros habían seguido por el bosque. Sabía que, aunque no lo encontraran, llegarían igualmente a la frontera si seguían las indicaciones de la brújula. Ahora estaban impacientes por marcharse y era yo la que les pedía que esperaran hasta la puesta de sol. Tuvieron que acceder a esta última petición y vimos cómo desaparecía el sol, hasta el último rayo.

En pocas horas, Nathanael y María habían consolidado su amistad. La habitual amabilidad de Nathanael y su aceptación de la lógica de su partida había eliminado cualquier objeción que pudiera haber tenido María. Durante el día hubo constantes referencias a María y tú, o a Nathanael y tú, de tal modo que parecía imposible que María no hubiera conocido la existencia de Nathanael hasta un día antes. Nathanael era inteligente pero no muy práctico y María era dócil pero poco aventurera. Parecía que no tuvieran muchas probabilidades de tener éxito. Pero yo estaba segura de que todo iría bien y así se lo dije más de una vez, con la esperanza de despejar cualquier duda que pudieran tener.

Cuando se marcharon, Nathanael me sostuvo entre sus brazos durante mucho tiempo hasta que no pude soportarlo más y tuve que separarme de él. María, por su parte, rodeó mi cuello con sus brazos, con todo su cuerpecito temblando y sollozando. Yo no sabía qué hacer.

Semanas más tarde llegó una postal con sello y matasellos suizo al convento, dirigido a la Vendedora de huevos, con dos firmas: «El Hombre de las Gallinas» y «Rebeca».

Agradecimientos

A la memoria de mis abuelos.

David Davis, nacido en Jedwabne, Rusia (ahora Polonia), 1873, fallecido en Brooklyn, Nueva York, 1961.

Dora Innerfield Davis, nacida en Myszyniec, Rusia (ahora Polonia), 1883, fallecida en Long Beach, Nueva York, 1969.

Abraham Hyman, nacido en Plonsk, Rusia (ahora Polonia), 1869, fallecido en Nueva York, Nueva York, 1920

Rose Weiss Hyman, nacida en Plonsk, Rusia (ahora Polonia), 1879, fallecida en Nueva York, Nueva York, 1973.

Valientes aventureros en el Nuevo Mundo, para que no sufriéramos el destino de los que se quedaron atrás.

LINDA D. CIRINO, fue una escritora estadounidense nacida en 1941 y fallecida en 2007. Descendiente de emigrantes judíos polacos, nació en Brooklyn, Nueva York. Ha publicado diversos libros de ensayo aunque su primera y única novela es
La vendedora de huevos
, publicada en 2008, después del fallecimiento de la autora. Lamentablemente, su muerte prematura le ha impedido conocer la gran acogida y el éxito de esta obra.

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