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Authors: Linda D. Cirino

Tags: #Drama

La vendedora de huevos (5 page)

BOOK: La vendedora de huevos
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Aquellos viajes al pueblo me permitieron descubrir un mundo nuevo. Tras las primeras semanas, los otros vendedores dejaron de mirarme como si fuera una extraña, y empecé a sentirme cada vez más cómoda entre ellos. Aunque no hablaba mucho, me convertí en alguien habitual y cada semana esperaban mi llegada, con mis pollos y mis productos. La mayoría de los vendedores eran mujeres y ancianos, no sólo por las llamadas a filas, sino también porque no eran necesarios para las tareas de los sábados. Después de muchos años, aquellos campesinos habían cultivado cierta amistad entre ellos y esperaban con ilusión aquellos encuentros de los sábados. Por tanto, el mercado solía ser un lugar muy animado, con gritos constantes entre una parada y la otra, con discusiones, normalmente en broma, que se prolongaban de una semana a la siguiente, con risas e historias entorpecidas por los clientes que preguntaban los precios y por las siempre molestas peticiones para envolver los paquetes o dar cambio. Desde el punto de vista de los vendedores, los compradores eran un inconveniente para su socialización, de modo que los que disponían de una lengua más ágil hacían comentarios a los clientes que pasaban sin interrumpir el torrente de cotilleo.

Me sentía como si hubiera viajado hasta un nuevo mundo donde la gente hablaba de cosas sobre las que carecía de referencias. Tardé un tiempo en darme cuenta de que los gritos y los alaridos eran habitualmente el sonido del buen humor y de las bromas entre ellos. Los vendedores se increpaban unos a otros por la calidad de sus productos, a veces desestimando una col o ridiculizando un trozo de tela. Tras unas semanas, me incluyeron en sus insultos y empezaron a mofarse del tamaño de mis huevos. Aquella fue mi iniciación, el modo en que me aceptaron en su mundo. Todo dependía de mi reacción ante semejante exposición pública. Nunca me había sentido tan cómoda entre ellos, así que me invitaron a unirme y no me lo tomé a mal; a la larga, la cadencia de sus llamadas me proporcionó la atmósfera familiar de las mañanas de mercado. Los gritos a ambos lados de la plaza eran como los anuncios del pregonero e informaban de lo que había disponible en el mercado.

—Ah, ya ha llegado La de los Huevos con un gallito esquelético para vender. No me sorprende que no quisiera que semejante criatura se comiera todo el grano.

—Mira qué pimientos tan patéticos han traído la Sra. y el Sr. Tal y Cual. Quizás alguien que no haya comido en una semana crea que son bien majos.

Etcétera.

En contraposición a tanto griterío, se producían conversaciones más íntimas de carácter más grave. Varias mujeres circulaban con noticias sobre las visitas programadas del encargado gubernamental de los alimentos, sobre las nuevas restricciones o sobre las cuotas que podían aprobarse. A menudo, los que cultivaban lo mismo se reunían para ponerse de acuerdo sobre cómo sortear alguna regulación o requerimiento. Así descubrí cómo esquivar las restricciones del uso de la leche. A los granjeros se les prohibía conservar leche para uso propio. Como la grasa había desaparecido prácticamente del mercado, hacer mantequilla se había convertido en una lucrativa actividad suplementaria. Para poder continuar con esa actividad, los granjeros aguaban la leche para llegar a las cuotas habituales, tras retirar parte de ella para hacer mantequilla. Ni siquiera se permitía hacer mantequilla para uso propio, pero todos los granjeros con los que me topé lo hacían de todos modos.

Me mantuve alejada de la mayoría de los granjeros, intentando pasar desapercibida, sin llamar la atención, aparentando no estar implicada del todo. Casi todas las mujeres del mercado parecían tener deberes autoimpuestos: circulaban entre los puestos, inspeccionaban los productos, vendían las publicaciones del gobierno.

No tenía la costumbre de pasar mucho tiempo con las amas de casa para las que traía los huevos. De vez en cuando alguna hacía un comentario sobre el tiempo, pero, la mayor parte de las veces, preguntaban por el precio o si los huevos eran frescos y se marchaban. Fue durante los días de mercado cuando empecé a charlar con los otros vendedores. Por regla general, sólo me hablaban las mujeres. Siempre se quejaban de algo, sobre todo del tiempo o de la Oficina Gubernamental de Agricultura. Las dos cosas de las que dependía el sustento de los granjeros. Estos eran los temas que más interesaban a los granjeros en aquella época.

Tras unas cuantas semanas, ya me había acostumbrado a tener al hombre encerrado en el gallinero. No me había vuelto a tocar desde el día del granero y no se había producido otra ocasión para que pasara más tiempo en la casa. Aunque no manteníamos conversaciones, me gustaba tenerlo allí. No podía decir exactamente por qué, pero me gustaba tener mi propio secreto, como si a través de aquel acto privado pudiera estar en contacto con las cosas que ocurrían más allá de la granja. Era como dar la bienvenida y abrazar un mundo desconocido, misterioso, dramático y especial que podía compartir mientras aquella persona buscara refugio, seguro de mi complicidad, aunque desconocida para los demás, allí, en nuestro gallinero lleno de gallinas.

No le hice ninguna señal, no mostré ningún cambio en mis gestos, no varié la rutina, ni mi habitual actitud de mantenerme alejada de los demás. Dejamos de hablar de su partida, ya que no tenía necesidad de abordar aquel tema, y él parecía conformarse con las cosas tal como eran.

Un día, mientras trabajaba en los campos más alejados, la chica salió a buscarme, diciendo que la Gestapo preguntaba por mí. Me dijo que un oficial había venido en moto y que quería hablar conmigo. Reprimí un momento de pánico, logré controlarme y le dije a la chica que entrara en la casa y trajera algunos refrescos para el oficial y, a continuación, me fui a hablar con él. Aproveché el trayecto desde la carretera para recuperar la compostura.

—Buenas tardes, señor —le dije—. Mi hija le traerá algo de beber. Gracias por honrarnos con su visita de hoy.

—Gracias, buena mujer, muy amable por su parte —y entonces llegó mi hija desde la casa—. Pero, por favor, es demasiado. Oh, ni siquiera han abierto la botella. De verdad, no puedo aceptarlo…

—Por supuesto que puede, señor. Por favor, ábrala y disfrute de la bebida. Mi marido la dejó para usted y le sabría muy mal saber que usted nos ha venido a visitar y que yo no le he ofrecido nada. Por favor, pruébelo.

El oficial nos hizo algunas preguntas sobre la granja: cuántos cerdos teníamos y cosas por el estilo.

—Me pregunto si le gustaría comer huevos frescos de vez en cuando —le dije—. Nuestras gallinas ponen los mejores de la región. ¿Me permite que le ofrezca uno? Una de nuestras ponedoras tiene cuatro años y todavía pone huevos tan grandes como su puño. Por favor, permítame que le traiga uno, si tenemos la suerte de encontrarlo. —Me sorprendí ante mi habilidad para conversar con aquel oficial.

Me siguió hasta el gallinero, pero al acercarnos a la puerta, le dije:

—Señor, por favor, es obvio que usted no tiene gallinas allá donde vive. Sólo yo puedo entrar en el gallinero. Las gallinas se ponen muy nerviosas, no le conocen y es posible que dejen de poner huevos y perdería todos mis ingresos. Déjeme ver si puedo conseguirle uno o dos huevos hermosos. —Tras decir aquello, me di la vuelta y me dirigí con decisión hacia el gallinero, dejando la puerta entreabierta detrás de mí. Mientras me dirigía a buscarle el huevo, el hombre de la Gestapo se quedó junto a mi hija, bebiéndose el licor. No parecía especialmente molesto. Fui directa a los nidos y busqué unos cuantos huevos para el oficial.

—Menudo surtido de huevos que he logrado encontrar para usted, señor —le dije cuando regresé—. Permítame que se los envuelva para que no se rompan por el camino. —Les acompañé, a él y a mi hija, hacia la casa, con el delantal lleno de huevos y nos metimos todos dentro. Encontré algunos trapos limpios para envolver los huevos y se los entregué al oficial.

—Muy amable por su parte, señora. Ya me he dado cuenta de que no hay muchos huevos frescos en la mayoría de los mercados, así que esto será muy bienvenido en nuestros platos.

—No hay de qué, y espero que regrese siempre que quiera más huevos. Mi marido, si estuviera aquí, estaría encantado de conocerle. En este momento está sirviendo en el ejército.

—Eso me ha dicho su hija. ¡Ah! Casi me olvido del asunto oficial. Estamos buscando a un prisionero que se ha escapado. La oficina de la Gestapo de la provincia de al lado nos ha pedido que iniciemos una búsqueda porque han sido incapaces de encontrar a ese perro. Se escapó hace cosa de un mes del campo de Mauernich y puede que todavía se encuentre en la zona.

—¿Es peligroso?

—No sabemos si está armado, pero los altos oficiales de la Gestapo quieren que regrese. Puede que crean que pretende atentar contra el gobierno. Podría esconderse en los bosques cerca de aquí. Si lo encuentra, por favor, háganoslo saber.

—Por supuesto, señor —dijimos al unísono mi hija y yo.

—Hay una generosa recompensa para quien encuentre al fugitivo. Nos gusta recompensar a los ciudadanos leales y patrióticos siempre que nos ayudan a castigar a los marginados y malhechores. Espero que sean ustedes los que ganen la recompensa, buena gente.

El oficial se guardó los huevos bajo el brazo y, con las botas altas algo sucias por culpa de la mugre que cubría el patio del granero, se dirigió hasta el patio delantero, montó en su motocicleta y se marchó por la carretera.

Mi hija estaba muy emocionada con aquella visita. Dijo que su grupo de Chicas estaría muy contento al conocer su contribución a la Gestapo y de que formáramos parte de la zona de búsqueda de aquel fugitivo. Dijo que emplearía parte de sus horas de estudio para buscar entre la hierba alta del montículo trasero, por si acaso lo encontraba allí. Estuve de acuerdo en que mirara por allí, pero le sugerí que quizás el fin de semana sería un buen momento para empezar. Le gustó la idea y no dejó de desbordar entusiasmo por la participación de la granja en la caza del hombre.

Al día siguiente, cuando ella y el chico se habían marchado a la escuela, me dirigí al gallinero para ver si el hombre todavía seguía allí y para explicarle los últimos acontecimientos. El día anterior, cuando entré a buscar los huevos para el oficial, había evitado mirar en su dirección a propósito, haciendo mi trabajo en el menor tiempo posible. Había sentido la tentación de regresar al gallinero con alguna excusa, pero no quería suscitar preguntas si los chicos me encontraban allí sin razón aparente, así que esperé hasta la mañana siguiente. Cuando entré en el gallinero, no le vi en su lugar habitual bajo el palo y me entró el pánico. Lo primero que pensé es que se había marchado y que lo atraparía la Gestapo y lo devolvería al campo. Pensé que había sido culpa mía por no haberle avisado. No sólo eso, también me di cuenta de que no quería que se fuera. No estaba bajo el palo, ni en ningún otro lugar visible de nuestro granero. El granero no era lo suficientemente grande como para que alguien estuviera en él sin ser visto. Medía cuatro pasos por lado, con los nidos a un extremo y el palo al otro. El pienso y el agua estaban situados cerca de la otra pared, y la pared posterior estaba vacía. Cuando no le vi bajo el palo, pensé, si no se ha marchado puede que esté en el granero o en cualquier otro lugar, quizás entre la hierba alta que la chica había mencionado. Sin embargo, antes de salir en su busca, apareció frente a mí y me arrastró hacia él, abrazándome en señal de victoria y triunfo.

—Hemos pasado la primera prueba. Lo conseguimos. Estuviste maravillosa. No sabía que tuvieras licor escondido. Estuviste espléndida con aquel idiota: «puedes asustar a las aves y entonces no pondrán más huevos» —imitó la voz con el tono afectado que había empleado con el oficial, un tono que mostraba cierta decepción—. Menudo golpe de genio. Menuda actuación.

—¿Dónde estaba? —fue todo lo que pude decir. Todavía me tenía en sus brazos, levantándome del suelo.

—Venga y se lo mostraré —y me llevó hasta la esquina del gallinero, bajo los palos, donde debías agacharte para pasar. Levantó una tabla y me mostró el lugar donde había cavado un hueco bastante amplio, enseñándome cómo podía meterse por debajo y volver a colocar la tabla. Cuando se escondía allí debajo y colocaba la tabla en su lugar, no había modo de descubrir si había alguien allí. Las gallinas seguían correteando; estaban tan acostumbradas a su presencia que ya no se ponían nerviosas.

Lo miraba con admiración mientras me mostraba el lugar bajo las tablas. Representaba la permanencia, como un ataúd en el gallinero, algo que le mantendría allí.

—¿Estaba ahí abajo cuando entré a buscar los huevos? —le pregunté.

—Sí, señora. Oí cómo se acercaba la motocicleta y decidí que esta sería la primera vez que necesitaría mi escondite, lo llamo mi tumba, así que levanté la tabla como le he mostrado, y me metí dentro. Cuando entró a por los huevos, ya llevaba un buen rato. Pero escuché todo lo que dijo y estuvo usted maravillosa. —Volvió a abrazarme con gran entusiasmo por haber escapado de lo peor.

Este suceso, que tanto peligro había representado para él y para mí, nos había unido todavía más. No sólo le había permitido quedarse en el granero, sino que le había protegido, le había escondido conscientemente. Había escuchado todo lo que yo había dicho, sabía que le había salvado. Y él me había revelado su escondite secreto, abriéndose aún más, confiando cada vez más en mí. Sin embargo, sólo tenía una ligera idea de lo que estaba pasando. Sabía que se había escapado y que por esa razón le buscaban. Pero, ¿de dónde se había escapado? ¿Por qué había ido a parar a un sitio como aquel? Pensé que tal vez mi hija sabría más de las circunstancias que lo habían empujado a ello. Pero sabía cuáles eran mis motivaciones. Tenía claro que aquel hombre me hacía sentir cosas que temía haber perdido para siempre.

Era como si hubiese olvidado que tocarme podría tener consecuencias, tanto para mí como para él. Cuando me abrazó con fuerza, sentí su cercanía, y supuse que él sentía algo similar, ya que me miró, me dejó lentamente en el suelo y me soltó. Di uno o dos pasos hacia atrás y le dije:

—No creo que vuelva pronto.

—¿Sabe por qué me busca?

—Usted mismo me lo dijo. Se escapó del campo de Mauernich.

—¿Sabe por qué estaba en ese campo?

—Porque se negó a dejar la universidad.

—¿Y por qué me ordenaron dejar la universidad?

—Porque no tenía los papeles en regla.

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