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Authors: Linda D. Cirino

Tags: #Drama

La vendedora de huevos (8 page)

BOOK: La vendedora de huevos
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Si Nathanael me hubiera aplastado contra él y me hubiera levantado las faldas entre las matas de tomates, le hubiera dejado hacer. Pero tras besarnos, cuando nos separamos, todavía mirándonos, sus manos me dejaron ir, sosteniéndome a poca distancia. Aquello le permitió descubrir que no había subestimado mis deseos, pero cierto grado de delicadeza le obligó a dejarme y volver al gallinero. No dije nada, pero me pregunté si le habría asustado mi intensidad. Sin embargo, no podía perseguir a Nathanael, no podía exponerle al deseo que sentía, porque no estaba acostumbrada a hacerlo. Le había devuelto el beso, la presión de sus labios contra los míos. Aquella noche, después de que volvieran los niños y hubiéramos cenado, pensé en ir paseando hasta el gallinero, pero la posibilidad de que los niños me vieran al mirar por la ventana me detuvo.

Al día siguiente, por la tarde, al acercarme al gallinero, encontré a Nathanael junto a la puerta, esperándome. Me atrajo hacia él y me besó con fuerza en los labios. Al rodearle con mis brazos, le di la seguridad que necesitaba, le indiqué que aceptaba sus caricias, que eran bienvenidas. Él me besó en el cuello bajo la oreja, me acarició el pelo y sostuvo mi cabeza entre sus manos, besándome en la cara y en todas partes al mismo tiempo. Me llevó hasta su esquina, donde había colocado la manta que le había dado, y me tumbó sobre ella. Encontró los lugares que debía tocar y acariciar, y respiraba en mi cabello y me lamía la oreja y en poco tiempo no se oían más que gemidos y suspiros, aliento y suspiros.

Más tarde, tumbada y con la mano de Nathanael en la mía, apenas podía reaccionar ante la sorpresa que había experimentado. Parecía como si mi cuerpo hubiera sufrido un colapso y se hubiera desintegrado por un instante, para volver a reconstruirse pedazo a pedazo hasta aproximarse de nuevo a la normalidad. Tras una pausa, que aproveché para reflexionar sobre lo que había ocurrido, me di la vuelta para renovar nuestra unión. Al principio Nathanael lo malinterpretó y se limitó a abrazarme con fuerza hasta que le dije: «Quiero más, Nathanael». Me apartó, buscando en mi rostro el significado de mis palabras, se rió brevemente y volvió a satisfacerme. Cuando sintió que mi cuerpo se relajaba, me abrazó y me acarició el cabello, tocándome el cuerpo, los pechos, besándome y lamiéndome lentamente como un gato. Vio que seguía sintiendo placer y pareció sentirse satisfecho y un poco sorprendido ante su capacidad para proporcionármelo.

—¿Has tenido bastante? —inquirió.

—No —le contesté yo. Lo encontraba divertido, y continuó, sorprendido por haber generado un sentimiento tan extremo.

Cada vez que mi pasión se rebajaba, aunque fuera una fracción, sentía que deseaba recuperarla, como si dudara que hubiera estado allí alguna vez. A partir de cierto límite, sentía cosas que no había experimentado hasta entonces, y cada vez que lo superaba, me quedaba estupefacta. Me resultó sorprendente descubrir con Nathanael mi inocencia y mi limitada experiencia.

—¿He sido muy egoísta, Nathanael? —le pregunté.

—Maravillosamente —se rió—. Tú no has estudiado teatro, ¿verdad? No puedes ser displicente. ¿No te importa que sepa que estás a mi merced?

—No se me hubiera ocurrido nunca. ¿Preferirías que me escondiera de ti? Podría ser todo un reto. Quizás preferirías convencerme, adularme y suplicarme. Si volviéramos a empezar, te rechazaría las veces que tú quisieras. Pero ese juego no me divertiría en absoluto.

—Ni a mí tampoco.

Pese a no llevar con lo nuestro mucho tiempo, las gallinas empezaron a curiosear. Se reunieron a nuestro alrededor mientras nos incorporábamos y nos mirábamos el uno al otro, riéndonos de las sonrisas del otro y de los cacareos que nos rodeaban. La intimidad con Nathanael me parecía algo natural. Nathanael me preguntó en una ocasión cómo podía ser que no sintiera ningún tipo de aflicción moral por tal comportamiento. Las experiencias que compartíamos eran tan fáciles y tan cómodas que constituían la parte más normal de nuestra relación. Era menos habitual que, bajo mi autoridad, le hubiese permitido quedarse en el gallinero que el hecho de iniciar una relación íntima. Eran conceptos separados. Compartir placer con alguien no era una cuestión moral. Los subterfugios para traerle comida y cubrir sus pasos cuando era necesario me ponían más nerviosa que el hecho de que pensara que pudiéramos estar haciendo algo malo o que alguien pudiera creerlo. No disimulé mi alegría ante Nathanael; sabía que era mucho mayor que la suya. Es probable que, hasta cierto punto, existieran ciertas dudas, un equilibrio de poder entre nosotros. Posiblemente Nathanael lo veía como un medio de pagarme la gratitud que sentía hacia mí.

Nathanael era un amante atento. Cuando vio que tenía poca experiencia, se propuso enseñarme lo que él sabía. Nuestros encuentros se limitaban a las horas del día, cuando los niños estaban en la escuela. Nos tomamos nuestro tiempo, aunque no abandoné mi rutina habitual. Seguí repartiendo los huevos un día sí y otro también y acudía al mercado los sábados. Pese a todo, aún nos quedaba bastante tiempo para nosotros.

Capítulo
4

A
mediados del invierno, había incrementado la venta de huevos casi al doble de lo que conseguíamos cuando mi marido se fue al ejército. Mi marido había planificado cómo incrementar nuestra producción, y todo lo había llevado a la práctica sin demasiadas dificultades. La demanda de huevos se hizo cada vez más apremiante a medida que pasaba el tiempo. Empezó a haber escasez de alimentos incluso en los pueblos. Los otros vendedores me contaron que ahora había más gente viviendo en el pueblo, gente a la que no le gustaba lo que estaba pasando en las ciudades y en los núcleos urbanos. Nunca me quedé sin un lugar donde vender los huevos y parecía que cada día que pasaba tenía un nuevo cliente. Uno de mis mejores clientes había estado conmigo desde los primeros días, una mujer que vivía cerca de la iglesia. Esta mujer preparaba comidas para el cura y, ahora, debido a la escasez de alimentos, pedía con frecuencia más huevos. Un día me invitó a entrar, algo que no había hecho hasta entonces, y me explicó que las hermanas del convento necesitaban huevos y, de vez en cuando, también una gallina. No entendía la razón de tanto secretismo, pero convinimos que me pasaría por el convento antes de marcharme.

El convento estaba situado en la parte más elevada del pueblo, en una calle que no tenía más salida que sus propias puertas. Desde el jardín delantero se veía nuestra granja, aunque había demasiados árboles como para distinguirla con claridad. Al llamar al timbre de la puerta vi cómo descorrían las cortinas, para ver quién había llamado. Finalmente, una de las hermanas vino y me dejó entrar. Me hizo pasar al vestíbulo, al otro lado de la gran puerta de madera y me pidió que esperara allí. Se respiraba una atmósfera un tanto extraña en aquel silencio. Mientras esperaba, me dediqué a observar la estructura de madera bellamente tallada que bordeaba las paredes y las vidrieras policromadas y que se alzaba a varios niveles sobre mí. Aunque había un par de sillas en ambos rincones de la habitación, grandes asientos con las patas en espiral, no pensé en sentarme en ningún momento. Parecían especímenes, piezas de museo, más que muebles para sentarse. Aparte de aquellas sillas, no había nada más en la habitación. Me sentía como si hubiera entrado en un lugar lleno de rutinas secretas y misteriosos rituales, donde cada momento del día tenía su propio acto especial que un extraño no sería capaz de descifrar. Al ser interrumpidas por una visita, las hermanas eran tan amables y cordiales que uno jamás hubiera imaginado qué había interrumpido ni qué volvería a retomarse en cuanto se hubiera marchado. Al ser tan amables, una nunca estaba segura de haber roto alguna regla desapercibidamente, o, aún peor, de haberlas ofendido. Siempre existía el miedo de que, a causa de algún inexplicable malentendido, te obligaran a quedarte allí y a unirte a las plegarias, y algún poder abrumador te impediría decir que querías irte, por lo que no tardarías en aprender modales y te convertirías en una hermana y tendrías fe. El aire de la habitación estaba cargado de siglos de plegarias y años de fe, una fe que podía respirarse, hálitos vitales que se absorbían profundamente y que volvían a exhalarse para que permanecieran en la habitación unos cuantos siglos más, para ser inhalados por otros.

Una hermana robusta hizo que el misterio se desvaneciera cuando entró en el vestíbulo secándose las manos en la toalla que llevaba atada al áspero cinturón que recogía su ancho hábito a la cintura. Supuse que se trataba de la cocinera. Se presentó como la Hermana Karoline y me preguntó cuántos huevos podía traer a la semana. Le contesté que lo máximo que habíamos recogido en una semana hasta ahora eran unas seis docenas, pero que en mayo habría muchos más porque ahora teníamos más gallinas. Dijo que estaba bien y que si podría traerle una docena a la semana para empezar. Le contesté afirmativamente y acordamos el precio. Me dio una caja y dijo que debía poner en ella los huevos. Quería que llevara los huevos en la caja, y que cuando ella los recogiera en día de mercado, me daría otra caja para la próxima docena, en la que colocaría mi paga semanal. No puse objeciones ante aquel arreglo, y de ese modo conseguí a mi mejor cliente y al más estable.

Cuanto más acudía al mercado, más aprendía. Tras la primera visita de la Gestapo, presté más atención a los cotilleos de los otros vendedores. Al principio había ignorado su cháchara, porque no conocía el contexto. Las otras mujeres se habían acostumbrado a mí y, en ocasiones, me preguntaban sobre alguna que otra cosa, como lo hacían con los demás. Así fue como descubrí que esperábamos una nueva visita del hombre de la Oficina Gubernamental de Agricultura. El hombre vivía en un pueblo cercano y estaba encargado de visitar todas las granjas de nuestra zona. Había sido maestro de escuela y, gracias a sus contactos políticos, había sido asignado como representante local de la Oficina de Agricultura. Tenía que supervisar la producción y establecer las cuotas. Cada vez que el gobierno publicaba una nueva ley, él se encargaba de su cumplimiento y de que la gente la conociera. Mantenía los registros de la actividad de nuestra granja, incluidos los caballos que solíamos tener. Cuando nos visitó y se enteró de que estábamos incrementando nuestra producción de huevos, aumentó nuestra cuota por la cantidad de aves y nos dijo cómo mejorar el pienso que dábamos a las gallinas. La siguiente vez que apareció, nos habló de un esparcidor de estiércol de otra granja y que estaba disponible si estábamos interesados en adquirirlo. No era habitual que una granja dispusiera de material asequible, puesto que no se estaba fabricando material alguno y eran pocos los que querían deshacerse de maquinaria aunque estuviera oxidada. Bueno, nos explicó, se trataba de una máquina bastante nueva, que casi no se había usado, puesto que la gente que la había comprado no tardó en descubrir que no se les permitía utilizarla. No hicimos más preguntas, ya que al comprender que nos aprovecharíamos de la mala suerte de otra familia, no nos interesaban los detalles.

Yo era la única que se ocupaba de las gallinas. Cuando mi marido vino a casa de permiso, creyó hacerme un favor al recoger los huevos por la mañana, como solía hacer antes de marcharse. Puso a las aves tan nerviosas que no tuvimos huevos en una semana. Las gallinas estaban habituadas a mí y parecía que les gustaba mi manera de cuidarlas. Me dejaban que las inspeccionara y, especialmente con las más viejas, no tenía problema alguno en hacer con ellas lo que quisiera. De hecho, me sorprendió que no hubieran montado más escándalo cuando vino el extraño a quedarse en el gallinero. No tardaron en acostumbrarse a su presencia.

El extraño o, debería decir, Nathanael, pues así era como me refería a él en mis pensamientos, pasó a formar parte de mi rutina rápidamente. Sólo era consciente a medias del mundo de fantasía que había ocupado mi mente mientras seguía la rutina diaria de la vida en la granja. Sin embargo, Nathanael y sus dulces atenciones habían desplazado la neblina que cubría los sueños de ciertos placeres desconocidos que estaban allí para ser disfrutados, en aquel mundo del alguna vez que jamás sería. Había ocasiones en que incluso Nathanael me parecía alguien imaginario y, mientras yacía en la cama pensando en nuestros momentos en el gallinero, un cierto estado de ensoñación suavizaba la dura y clara realidad que Nathanael representaba y el goce apasionado que compartíamos. El recuerdo de nuestro placer tenía algo de provisional que no lo tenían nuestros encuentros. Había siempre un momento en el que me preguntaba si Nathanael podría hacerme revivir aquel instante de levitación que no puedo describir y que jamás había experimentado. En algunas ocasiones me había tocado a mí misma para ver si todavía había vida, pero no había logrado hallar aquello que Nathanael había sacado y me había hecho experimentar, aquel sentimiento tan breve y amargo. Con Nathanael, la persistencia de sus caricias se quedaba en mi piel durante todo el día. Pensaba en Nathanael y en nuestros encuentros constantemente.

El gallinero nos proporcionaba privacidad, por lo menos en lo que se refiere a la interrupción humana. Por norma, cuando no queríamos que las gallinas nos molestaran, bajábamos el repollo. Se trataba de un artilugio que mi marido había ideado para distraer a las gallinas cuando se ponían agresivas entre ellas. El repollo se sostenía del techo colgado de una cuerda para que se balanceara de un lado a otro y las gallinas pudieran atacarlo y picotearlo en lugar de hacer lo mismo las unas contra las otras. Cuando el repollo colgaba de la cuerda, las aves revoloteaban a su alrededor y nos ignoraban a Nathanael y a mí, por lo menos durante una media hora. A veces, cuando llegaba al gallinero, me encontraba con el repollo ya colgando y sentía una viva emoción al saber que Nathanael había estado pensando en nosotros. Siempre me esperaba en su esquina, dándome la opción de volver a salir sin percatarme de él, como medida de seguridad que entendíamos sin haber hablado nunca de ella. Nunca tuvimos que hacerlo. Normalmente, cuando entraba en el gallinero, me aseguraba de que no se percatara de mi presencia hasta colocarme bajo el palo, en las sombras, donde no nos podían ver a través de las ventanas del gallinero. Nadie miraba nunca a través de las ventanas, pero lo hacíamos por precaución. Cuando llegaba a su esquina, él ya se había quitado la ropa y se disponía a desnudarme. A veces llegaba al gallinero sin ropa interior para sorprenderle. Cuando metía sus manos bajo la falda, dispuesto a quitarme los calzones, y veía que no los llevaba puestos, su deleite no tenía límites y me atraía hacia él sin detenerse a desnudarme. Aquel verano, durante un tiempo, me acostumbré a no llevar ropa interior mientras preparaba la cena en la cocina o tendía la colada, y aunque no pensara que íbamos a tener la ocasión de estar juntos, se convirtió en un hábito personal que continué practicando. La sensación del aire entre las piernas mientras pasaba el día con mis ocupaciones era muy agradable.

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