Read Libros de Sangre Vol. 3 Online

Authors: Clive Barker

Tags: #Terror

Libros de Sangre Vol. 3

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Obra ganadora del World Fantasy Award. Autor ganador de los premios British Fantasy, World Horror Grandmaster, Living Legends e Imaginaire.

“El trabajo de Barker hace que parezca que los demás llevamos dormidos los últimos diez años” Stephen King

Los relatos reunidos en esta recopilación han conmocionado a los lectores más veteranos de libros de terror, porque no repiten ninguno de los tópicos del género y cada historia abre las compuertas a una forma inédita de espanto. La locura de La política del cuerpo, la perversión monstruosa de La condición inhumana, las imágines turbadoras de Revelaciones y la inquietante búsqueda de La Madona, entre otras narraciones, helarán la sangre a quien tenga el valor de aventurarse por las páginas de este volumen.

Los Libros de Sangre son un compendio de oscuras visiones que se adentran en los sueños que se deslizan en secreto por nuestro subconsciente, aguardando para salir a la luz. Capaz de adentrarse tanto en lo inimaginable como en lo indescriptible, Clive Barker revive nuestras pesadillas más profundas y siniestras, creando visiones a la vez estremecedoras, conmovedoras y terroríficas.

Clive Barker

Libros de Sangre

Volumen 3

ePUB v2.0

Creepy
07.07.12

Título original:
Books of Blood III

Clive Barker, 1985.

Traducción: María Pilar San Román

Editor original: Creepy

ePub base v2.0

Para Alec y Con

Agradecimientos

Gracias a Doug Bennett, que me llevó a la prisión de Pentonville y me volvió a sacar, todo ello en el mismo día, y más adelante compartió conmigo su profundo conocimiento de las cárceles y el servicio penitenciario; a Jim Burr, por su
tour
imaginario por White Deer (Texas) y por las aventuras de Nueva York; a Ros Stanwell-Smith, por su información detallada y entusiasta sobre las plagas y cómo iniciarlas; y a Barbara Boote, la infatigable encargada de la edición de esta obra, cuya pasión ha demostrado ser el mejor estímulo posible para la inventiva.

La política del cuerpo

Cada vez que Charlie George se despertaba, sus manos se quedaban quietas.

A veces tenía demasiado calor bajo las mantas y tenía que empujar un par hacia el lado de la cama de Ellen. A veces incluso se levantaba, todavía medio dormido, y caminaba silenciosamente hasta la cocina para servirse un vaso de zumo de manzana con hielo. Y después volvía a la cama, se deslizaba dentro junto a Ellen, que estaba acurrucada formando una apacible medialuna, y dejaba que el sueño lo inundase. Cuando esto sucedía, ellas esperaban hasta que los ojos se cerraban y la respiración era tan regular como un mecanismo de relojería, y tenían la certeza de que estaba dormido profundamente. Solo entonces, cuando sabían que la conciencia lo había abandonado, se atrevían a retomar su vida secreta.

Charlie llevaba ya meses despertándose con un molesto dolor en las muñecas y las manos.

—Vete al médico —le decía Ellen con su indiferencia habitual—. ¿Por qué no vas a ver a un médico?

Detestaba a los médicos, por eso no iba. ¿Quién en su sano juicio confiaría en alguien que hacía de hurgar en los enfermos su profesión?

—Es probable que haya estado trabajando demasiado —se decía.

—Seguro —murmuraba Ellen.

¿No era esa la explicación más probable? Tenía un empleo como empaquetador. Trabajaba todo el día con las manos. Se le cansaban. Era totalmente normal.

—Deja de preocuparte, Charlie —le dijo una mañana a su reflejo mientras se daba cachetes con la intención de que su rostro recuperara algo de vida—, tienes las manos en perfectas condiciones.

Así que, noche tras noche, la rutina era la misma. Y consistía en lo siguiente:

Los George están dormidos, uno al lado del otro, en su lecho conyugal. Él, boca arriba, roncando suavemente; ella, hecha un ovillo a la izquierda de su marido. La cabeza de Charlie se apoya sobre dos gruesas almohadas. Tiene la mandíbula ligeramente entreabierta, y bajo el velo lleno de venitas de los párpados, sus ojos escudriñan alguna aventura soñada. Puede que esa noche sea un bombero, y que a lo mejor se lance heroicamente al interior de un burdel en llamas. Sueña contento, a veces frunce el ceño, a veces sonríe satisfecho.

Algo se mueve debajo de la sábana. Despacio, como con precaución, las manos de Charlie suben con sigilo, abandonan el calor del lecho y salen al exterior. Cuando se reúnen sobre el ondeante abdomen, los dedos índices se balancean como cabezas con uñas. Se abrazan el uno al otro a modo de saludo, como compañeros de armas. Charlie gime en sueños. El burdel se ha desplomado encima de él. Las manos se aplastan al momento, fingiendo inocencia. Un instante después, una vez que la respiración ha recuperado el ritmo uniforme, empiezan a deliberar en serio.

Un observador fortuito sentado a los pies de la cama de los George podría pensar que ese intercambio es síntoma de que Charlie padece algún tipo de trastorno mental. La manera en que las manos se crispan y tiran la una de la otra; cómo en un momento dado se están acariciando, y al momento siguiente parecen estar peleándose. Sin embargo, está claro que hay algún tipo de código o secuencia en sus movimientos, por espasmódicos que sean. Se podría casi pensar que el hombre que duerme es sordomudo y que está hablando en sueños. Pero las manos no utilizan ningún lenguaje de signos reconocible, ni intentan comunicarse con nadie aparte de entre ellas mismas. Se trata de una reunión clandestina a la que únicamente asisten las manos de Charlie. Permanecerán allí, toda la noche, encaramadas sobre su estómago, conspirando contra la política del cuerpo.

Charlie no ignoraba completamente la insurrección que se estaba gestando en sus muñecas. En su interior abrigaba la sospecha incierta de que en su vida había algo que no iba del todo bien. Cada vez tenía con más frecuencia la sensación de estar aislado de las experiencias ordinarias, de que se estaba convirtiendo más y más en un espectador de los rituales de la vida de cada día, y de cada noche, en lugar de ser un participante. Tomemos, por ejemplo, su vida amorosa.

Nunca había sido un gran amante, pero tampoco sentía que hubiera nada por lo que se tuviera que disculpar. Ellen parecía satisfecha con sus atenciones. Sin embargo, últimamente se sentía fuera de lugar durante el acto. Observaba cómo sus manos se desplazaban con ligereza por el cuerpo de Ellen, tocándola con toda la íntima destreza que poseían, y presenciaba sus maniobras como si estuviera a una gran distancia, incapaz de disfrutar de las sensaciones de calidez y humedad. No es que sus dedos fueran menos ágiles. Más bien lo contrario. Ellen había empezado hacía poco a besarle los dedos, y a decirle lo inteligentes que eran. Sus alabanzas no lo tranquilizaban en lo más mínimo. En todo caso, le hacían sentir peor al pensar que sus manos estaban dando tanto placer cuando él no sentía nada.

También había otros indicios de su inestabilidad. Irritantes indicios sin demasiada importancia. Se había percatado de que sus dedos tamborileaban ritmos marciales sobre las cajas que precintaba en la fábrica, y de que sus manos habían cogido la costumbre de partir lápices, rompiéndolos en diminutos pedazos antes de que ni siquiera se hubiera dado cuenta de lo que él (ellas) estaban haciendo, dejando fragmentos de madera y grafito esparcidos por todo el suelo de la sala de empaquetado.

Y lo que resultaba más embarazoso, se había descubierto estrechando la mano de personas a las que no conocía de nada. Esto había sucedido en tres ocasiones distintas. Una vez en la cola de una parada de taxis, y dos veces en el ascensor en la fábrica. Se dijo que no era nada más que el afán primitivo de aferrarse a otra persona en un mundo cambiante; esa fue la mejor explicación que pudo encontrar. Fuera cual fuera el motivo, resultaba de lo más desconcertante, sobre todo en aquella ocasión en la que se descubrió agarrando con sigilo la mano de su propio capataz. Y lo que es peor, la mano del otro hombre le devolvió el apretón, y los dos se encontraron mirando sus brazos como si fueran los dueños de dos perros que veían cómo sus desobedientes mascotas copulaban en el extremo de sus correas.

Charlie había empezado a observar cada vez con más frecuencia las palmas de sus manos, en busca de vello. Ese era el primer síntoma de la locura, le había advertido su madre en una ocasión. No el vello, sino el mirar.

Aquello se convirtió en una carrera contra el tiempo. Mientras deliberaban sobre su estómago por la noche, sus manos sabían muy bien lo delicado que había llegado a ser el estado mental de Charlie. El que su arrebatada imaginación diera con la verdad podía ser solo cuestión de días.

Así que, ¿qué podían hacer? ¿Arriesgarse a cercenar antes de lo previsto, con todas las posibles consecuencias, o dejar que la inestabilidad de Charlie siguiera su propio curso impredecible, con la posibilidad de que descubriera el complot en su camino hacia la locura? Las discusiones se fueron caldeando. Izquierda, como siempre, se mostraba precavida.

—¿Qué pasa si estamos equivocadas y no hay vida después del cuerpo? —tamborileaba.

—Si es así, nunca lo sabremos —le contestaba Derecha.

Izquierda sopesaba el problema durante un instante. Y entonces preguntaba:

—¿Cómo lo haremos, cuando llegue el momento?

Era un asunto fastidioso, e Izquierda sabía qué era lo que más preocupaba a la líder.

—¿Cómo? —volvía a preguntar aprovechándose de ello—.¿Cómo? ¿Cómo?

—Encontraremos una manera —contestaba Derecha—. Basta con que sea un corte limpio.

—¿Y si se resiste?

—Un hombre se resiste con las manos. Sus manos se habrán sublevado en su contra.

—¿Y cuál de nosotras será?

—A mí me emplea más eficientemente —le contestaba Derecha—, así que debo ser yo quien esgrima el arma. Serás tú quien se vaya.

Entonces Izquierda se quedaba un rato en silencio. Nunca habían estado separadas, en todos esos años. No era un pensamiento reconfortante.

—Puedes volver a por mí más adelante —le decía Derecha.

—Lo haré.

—Debes hacerlo. Soy la Mesías. Sin mí, no irás a ninguna parte. Debes reunir un ejército, y entonces venir a buscarme.

—Hasta el fin del mundo, si fuera necesario.

—No te pongas sentimental.

Entonces se abrazaban, como si fueran hermanos separados durante largo tiempo, y se juraban fidelidad eterna. ¡Ah, esas noches tan ajetreadas, llenas de euforia por la rebelión planeada! Incluso durante el día, cuando habían jurado mantenerse alejadas, a veces les resultaba imposible no arrastrarse para estar juntas en algún momento ocioso y darse golpecitos la una a la otra. Para decirse:

—Pronto, pronto. Para decirse:

—Esta noche de nuevo me reuniré contigo sobre el estómago.

Para decirse:

—¿Cómo será cuando el mundo sea nuestro?

Charlie sabía que estaba cerca de sufrir una crisis nerviosa. De vez en cuando se descubría lanzando una mirada a sus manos, observándolas mientras permanecían con los dedos índices levantados como si fueran las cabezas de unas bestias de largos cuellos que estuvieran oteando el horizonte. En su paranoia también se descubrió mirando las manos de otras personas, y se fue obsesionando con el modo en que las manos hablaban un lenguaje propio, independiente de las intenciones de quienes las empleaban. Las seductoras manos de la virginal secretaria, las manos maníacas de un asesino que vio en la televisión asegurando que era inocente. Manos que traicionaban a sus dueños con cada uno de sus gestos, que contradecían a la ira con una disculpa, y al amor con la furia.

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