Los caracoles no saben que son caracoles

BOOK: Los caracoles no saben que son caracoles
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Clara, 35 años, divorciada y con dos hijos, tiene una vida tan normal como la de cualquiera, hasta que un día sucede algo que la cambia por completo. Cuando comiences a leer Los caracoles no saben que son caracoles no hagas planes, porque no podrás parar hasta que termines. Vas a reír y a llorar, a veces al mismo tiempo. Nuria Roca, que ya sorprendió a todos con Sexual-mente, se consagra con esta novela como una autora de gran talento que ha venido para quedarse.

Nuria Roca

Los caracoles no saben que son caracoles

ePUB v1.3

Johan
29.05.11

A Juan y Pau

Capítulo 1

M
e parece que voy a llegar tarde. Como siempre. Tengo que ir al tanatorio y no sé qué ponerme, no tengo ni idea de la ropa apropiada para ir a un lugar así. Me gustaría llamar a mi hermana para ver qué llevará ella. No es la primera vez que nos presentamos en un sitio vestidas igual. Además, así le pregunto si prefiere que la recoja o mejor nos vemos directamente allí.

Nunca sé cómo comportarme cuando hay muertos de por medio. Me refiero a cuando tengo que ir a un tanatorio, a un funeral o a un entierro. No sé de qué hablar con la gente, me parece que cualquier conversación es inapropiada, no sé si hay que mostrarse muy apenada ni tampoco si es bueno exagerar. Sobre todo si el muerto no es alguien muy cercano. Seguro que esto me pasa porque nunca se me ha muerto nadie a quien de verdad quería. Además, siempre me bloqueo cuando tengo que dar el pésame, no soy capaz de aprenderme ninguna de las frases hechas como «te acompaño en el sentimiento», «lo siento mucho», «no somos nadie» o «así es la vida». Me pongo muy nerviosa y me hago un lío. En el entierro de mi tío Vicente le di el pésame a mi tía diciéndole: «Siento tu sentimiento, porque la vida no es de nadie». A mi hermana, que estaba detrás, le entró un ataque de risa que no tardó en contagiarme y no pudimos parar hasta que metieron al pobre de mi tío Vicente en el nicho. La risa incontrolable, aparte de estar prohibida, ha de compartirse. Tiene que haber al menos dos cómplices para contagiarse y en eso mi hermana y yo somos especialistas. Siempre hemos compartido la risa porque a las dos nos hacen gracia las mismas cosas. No hace falta apenas hablar, no hay que explicar nada. Si estamos juntas y sucede algo que a una le provoca risa, es seguro que a la otra le está sucediendo lo mismo. Es el mismo resorte en nuestro interior el que enciende el interruptor de las carcajadas por las mismas cosas y al mismo tiempo. La risa es el mayor punto de unión que tengo con mi hermana. Su risa es también la mía.

Creo que lo mejor será ir de negro porque como voy ahora no me siento cómoda. No tengo muchas ganas de nada y mi hermana no contesta.

Me llamo Clara y tengo treinta y cinco años. Mi hermana María es tres años mayor que yo, es más alta que yo, más delgada que yo y dicen que es también más guapa que yo. Las tres primeras cosas son indiscutibles, aunque la última puede que no esté tan clara. La verdad es que nos parecemos bastante y si no fuera porque ella es diez centímetros más alta, mucha gente pensaría que somos gemelas. Da igual, porque toda la familia en general y mi madre en particular decidieron hace ya unos treinta años que la guapa de las dos hermanas era ella y eso ya es inamovible de por vida.

No fue ésa naturalmente la única decisión de mi familia, ni mucho menos. También decidieron que yo era más nerviosa, ella más inteligente, yo más sosa y que ella tenía mejor pelo. En ese reparto de roles, María se llevó indiscutiblemente la mejor parte, salvo que al parecer yo tengo más sentido del ritmo que mi hermana. El baile era la única actividad en la que la superaba. La profesora de ballet se lo dejó claro a mi madre cuando éramos niñas, aunque ella le contestó: «Qué pena que esté tan gordita, porque por muy bien que baile, no le luce». Es verdad que siempre me han sobrado tres o cuatro kilos, a veces hasta cinco o seis. Qué se le va a hacer.

Estoy divorciada desde hace dos años de Luisma, mi novio de toda la vida y padre de mis dos hijos, Mateo y Pablo. Ellos son las dos personas que más quiero en el mundo. Después va mi hermana, después mi madre y mi padre y después Luisma. No puedo evitar ordenarlo todo de mayor a menor. Hago listas en mi mente de los discos, las películas o las ciudades que más me gustan de más a menos. Es una manía. Una más. También las personas que quiero tienen su orden de importancia.

Ha venido un montón de gente de mi trabajo, mi jefa, los compañeros. No falta nadie.

Trabajo en una productora de televisión, que, para quien no lo sepa, es una empresa en la que se hacen programas y series para distintas cadenas. Yo trabajo en el departamento de producción, en el que a veces soy jefa, otras auxiliar, otras secretaria, otras contable y en ocasiones hasta transportista o sastra. Soy de las más antiguas de la empresa, aunque estoy segura de que los dueños de la productora no saben ni cómo me llamo. No tengo un horario estricto, pero casi nunca me voy de allí antes de las seis. Algunas tardes, cuando los niños están con su padre, trabajo en un estudio de fotografía en el que casi siempre retrato alimentos para los carteles de ofertas de unos grandes almacenes. Cuando usted vaya a una gran superficie de alimentación y vea un cartel con langostinos fotografiados en el que pone «langostinos a siete euros el kilo», posiblemente esa foto la haya hecho yo. Con la fotografía saco mi lado más creativo, aunque todavía no haya tenido mucha suerte con los encargos que me hacen en el estudio. También hago reportajes de bodas algunos sábados. Me encargo de las fotos de la iglesia, de las fotos del banquete y también de las fotos que se hacen entre la iglesia y el banquete: las fotos del parque. Ésas tan ridículas que la pareja se hace siempre entre árboles y matorrales mirando al infinito con sus manos entrelazadas. Fotografiar novios me proporciona un sobresueldo y muchas risas con mi hermana. A María se le ocurrió hace tiempo guardar las fotos más ridículas que yo descartaba de mis reportajes de boda y cada vez que le entrego una nueva remesa para su colección tenemos garantizadas dos horas de risa compulsiva.

Entre la productora, las fotos y los niños no tengo tiempo para nada. Menos mal que está Somitsa, mi asistenta búlgara, a la que cada uno llamamos de una manera. Yo intento pronunciar bien su nombre, pero me sale un sonido raro. Mi madre la llama Soraya, los niños la llaman Sorrita y mi padre Sarcosí. Si no fuera por ella, mi vida sería mucho peor y algunas veces me dan ganas de ponerla la primera en mi lista de personas queridas. A pesar de su ayuda, me paso todo el día corriendo y siempre llego tarde a todas partes.

Después de separarme de Luisma lo pasé bastante mal, pero en el último año me he desmelenado un poco con los tíos. Es normal después de tanto tiempo con la misma persona. Tenía quince años cuando le conocí, un año después empezamos a salir formalmente y diez más tarde nos casamos. Después de tantos años nos separamos echándole la culpa a la monotonía. Una excusa como otra cualquiera, porque la monotonía nos ha acompañado desde el primer día, aunque hayamos tardado casi veinte años en reconocerlo. Este tipo de conclusiones se las debo en gran parte a Lourdes, mi psicóloga, a la que veo desde hace dos años y que es para mí de gran ayuda. Las veces que la entiendo, claro. Porque hay veces que me cuesta mucho entender lo que quiere decirme. De todas formas, he mejorado y en los últimos meses, supongo que en parte gracias a ella, estoy casi siempre más contenta. ¿Por qué no? Tengo dos hijos maravillosos, un trabajo como el de cualquiera, un sobresueldo con las fotos, un ex marido con sus cosas, una madre con las suyas, una asistenta con nombre raro, cuatro kilos de más y a mi hermana María, a la que quiero con toda mi alma. Necesito que conteste.

—Dadle un poco de agua a ver si se reanima.

—Pobre, está destrozada.

—Se ha desmayado de repente.

—Debe de ser terrible perder a una hermana.

—Y tan joven.

—Y en estas fechas.

—Ningún año nuevo será feliz para el a.

—Además, estaban tan unidas.

—Mira, parece que reacciona.

—Incorporarla y sentadla aquí.

—Ya vuelve.

Recuperé el conocimiento y seguía en el tanatorio vestida de fiesta junto al ataúd de mi hermana María.

Capítulo 2

T
engo las medias rotas y sigo con esta absurda blusa plateada de lentejuelas que se está deshaciendo por momentos. Las lentejuelas diminutas que parecen purpurina se van desprendiendo de la tela una a una, van cayendo al más mínimo movimiento. Unas al suelo, la mayoría en mi falda arrugada, otras se pegan en las medias, cada vez más raídas, y otras en el terciopelo negro de los zapatos.

María y yo habíamos decidido vestirnos igual para celebrar la Nochevieja. Fuimos de compras la semana anterior para elegir un modelazo y a las dos nos gustaron la misma blusa, la misma falda y los mismos zapatos. Siempre hemos tenido gustos parecidos, sobre todo con la ropa, pero también con la comida y hasta con los chicos, a pesar de lo diferentes que han sido nuestros novios. Decidimos comprarnos lo mismo, como tantas veces desde que éramos niñas. La única diferencia era, como siempre, la talla: ella de la 38 y yo de la 42. Esa, y que a mí me tuvieron que acortar un poco la falda en la tienda. A María nunca había que arreglarle la ropa, sólo algunas veces meterle un poquito de cintura. Cuando de adolescentes íbamos de compras y salíamos las dos del probador con los mismos vaqueros, una simple mirada de mi madre dejaba clarísimas las diferencias entre el cuerpo de María y el mío. A ella la miraba con orgullo y a mí de reojo, como sin querer mirar. Luego me consolaba diciendo cosas como: «No te preocupes, hija, tú también eres muy mona de cara».

No pasaba nada por ir vestidas igual, porque esta Nochevieja no íbamos a vernos. Yo cenaba en mi casa con mis padres, Mateo y Pablo. María iba a cenar en la suya con la familia de Carlos, su marido. Hablé con ella a las once y media para felicitarnos el año, que después de las doce se saturan las líneas y es imposible comunicarse. No hubo nada especial. María habló con los niños, yo le mandé un beso a Carlos, y antes de colgar se despidió de mí diciendo «mañana hablamos». Nada más, nada importante. La muerte no le dio ninguna pista a María de su presencia, no nos dio la oportunidad de decirnos adiós. Media hora después estaba muerta.

Los médicos han dicho que fue un fallo del corazón. Sin más. También nos dijeron que la muerte súbita es más frecuente de lo que parece. En unos días nos enviarán el informe completo de la autopsia, pero no hay nada raro en la muerte de María. Al parecer, cayó desplomada nada más brindar por el año nuevo. Todavía tenía la copa de champán en la mano. El juez ha autorizado enterrarla y cuando venga el coche fúnebre saldremos para el cementerio.

No he podido cambiarme de ropa en estos dos días, tampoco he querido. Mi blusa se sigue deshaciendo y la ropa de María está dentro de una bolsa que me entregaron en el hospital y de la que no puedo desprenderme. La misma blusa de lentejuelas diminutas, la misma falda negra y los mismos zapatos de terciopelo están dentro de esta bolsa de plástico que tengo agarrada con mi mano sudorosa. Las lentejuelas no paran de desprenderse de mi camisa. Yo misma también me estoy deshaciendo.

Pablo está radiante saltando en el sofá con su disfraz de Spiderman, pero Mateo sabe que ha ocurrido algo. Uno de los regalos que le han dejado los Reyes son unos patines negros con una sola fila de ruedas, como los que llevan los mayores. Su tía María le había prometido enseñarle a patinar, así que esos patines fueron lo primero que apuntó en la carta a los Reyes Magos. Al levantarse esta mañana ha sacado de las cajas con desgana el resto de juguetes, pero ni tan siquiera se ha acercado a los patines. Tampoco ha preguntado todavía por la tía María.

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