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Authors: Nicholas Wilcox

Los falsos peregrinos

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1307. Los templarios se sienten amenazados y quieren recuperar Jerusalén por medio del Arca de la Alianza, el extraño objeto que Dios inspiró a Moises y cuyos poderes permitieron una vez a los hebreos conquistar la Tierra Prometida. Un grupo de templarios disfrazados de musulmanes recorrerá miles de kilometros de territorio enemigo para alcanzar el escondite del Arca.

Nicholas Wilcox

Los falsos peregrinos

Trilogía templaria I

ePUB v1.1

jubosu
15.11.11

Título original: The templar trilogy (I). The false pilgrims

Autor: Nicholas Wilcox

Traductor: Juan Eslava Galán

Primera edición: Junio 2001

ISBN: 8408039652

Biografía

Nicholas Wilcox (Lagos, 1958) es graduado en Historia por la Universidad de Oxford. Ha viajado por todo el mundo, primero como reportero
free lance
y después como productor de la BBC, y ha residido sucesivamente en Buenos Aires, Marsella, El Cairo, Madrid y Florencia. En la actualidad se dedica exclusivamente a la escritura. Desde que enviudó ha establecido su residencia en un viejo molino rehabilitado del río Wye, en las montañas de Gales, donde vive con un perro y un gato. Gran admirador de España, pasa temporadas en la sierra de Cazorla, Jaén, dedicado a observar pájaros. Es miembro de la
Royal Ornithological Society
.

PREFACIO

San Juan de Acre, Tierra Santa, viernes 18 de mayo de 1291

El estruendo de los tambores sarracenos al otro lado de la muralla impedía entenderse a los cruzados aunque se gritaran al oído. Las flechas llovían sobre las barbacanas, sobre las callejas y sobre los tejados.

A media mañana cambió la dirección del viento y el humo de los incendios veló el sol como si una tormenta se abatiera sobre la ciudad. Entonces la tierra tembló ligeramente y los tambores enmudecieron.

De pronto, los sarracenos abandonaron el combate, descendieron apresuradamente sus escalas de asalto y se retiraron en desorden, atropellándose unos a otros, a través del campo sembrado de cadáveres.

Los que repelían el ataque desde las almenas se miraron perplejos.

El rumor subterráneo fue creciendo en los alrededores de la puerta de San Antonio.

—¡Es la mina! —gritó uno de los venecianos que defendían el antemuro de la Torre Maldita.

El aviso llegó demasiado tarde. El rumor aumentó hasta convertirse en un estruendo ensordecedor, la tierra cedió bajo la Torre Maldita y los sillares se desencajaron y estallaron despidiendo una lluvia de esquirlas afiladas que sembró la muerte alrededor. La Torre Maldita se desprendió del muro y se desplomó con estrépito. Al amparo de la espesa nube de polvo, la muchedumbre de mamelucos trepó por los escombros e irrumpió ululante en la ciudad. Desde la barbacana interior, Guillermo de Beaujeau, maestre del Temple, acudió a atajar la invasión al frente de una docena de freires, pero, al levantar la espada para arengar a los suyos, una flecha emplumada le acertó en la axila, el único espacio del cuerpo desprotegido por la cota de malla. Nadie lo advirtió, porque el astil se rompió cuando el maestre bajó el brazo, pero el hierro había penetrado casi un palmo. Herido de muerte, Guillermo de Beaujeau tiró de las riendas y se retiró hacia la zaga. Sus desconcertados escuderos lo siguieron.

¡El gran maestre del Temple flaquea ante los sarracenos! Su mariscal, Beltrán de Bonlieu, se acercó a suplicarle que no abandonara el combate.

—Messire, por caridad, si los templarios desamparan la puerta de San Antonio, Acre está perdida —le dijo.

El gran maestre, mortalmente pálido bajo su yelmo de acero, respondió:


Seigneurs, je ne puis plus car je suys mort
.
Vees le coup
. (Señores, yo no puedo hacer más porque estoy muerto. Vean la herida.)

Entonces repararon en el astil rojo que le asomaba por la axila y en la sangre que le manaba debajo de la cota y le chorreaba desde el estribo. Beaujeau iba dejando un reguero oscuro sobre el empedrado al retirarse.

Los templarios descabalgaron cuidadosamente al maestre herido, lo tendieron sobre un pavés y lo trasladaron al convento del Temple, una sólida fortaleza cuyas murallas batían las olas en el extremo opuesto de la ciudad. Cuando atravesaron el barrio genovés y el pisano, la gente se asomaba para contemplar la comitiva, y muchas mujeres mojaban pañuelos en la sangre que goteaba del pavés, para hacer reliquias. La noticia corrió de boca en boca y regresó a la muralla, descorazonando a sus defensores: «El maestre del Temple, herido de muerte, desampara la ciudad.»

Acre estaba perdida. El último bastión cristiano en Tierra Santa, asediado durante mes y medio por un ejército de cien mil sarracenos y defendido sólo por ochocientos caballeros y tres mil sargentos de armas, no podría resistir. Dos gigantescas catapultas, construidas expresamente para expugnar la ciudad, arrojaban, día y noche, piedras de doscientos kilos contra las murallas, pero fueron los zapadores del sultán quienes, excavando minas y entibando los cimientos de torres y muros con soportes de madera que luego quemaban, consiguieron abrir la gran brecha. Fue entonces cuando las defensas se desplomaron, arrastraron en su caída a los defensores y dejaron el camino libre a los sarracenos.

Muchos años después, en las bajamares tristes de Túnez, cuando paseaba melancólico por la playa, o en los rojos crepúsculos del desierto africano, Roger de Beaufort rememoraría el día en que, con otros cuatro freires de la orden, se abrió camino entre la enloquecida muchedumbre de fugitivos que atestaba las callejas del barrio genovés y los patios del consulado pisano.

La caída de Acre había sido el episodio más penoso de su vida. Beaufort nunca olvidaría el siniestro aullido de las vasijas de nafta incendiaria que noventa y dos catapultas sarracenas lanzaban continuamente sobre la ciudad. Los fugitivos abandonaban primero los fardos donde llevaban sus bienes y después, ya presas del pánico, incluso a los hijos de corta edad; todo el mundo corría hacia el puerto con la esperanza de salvarse si encontraba acomodo en alguna embarcación, pero los pisanos y los genoveses habían cargado sus naves con las mercancías más valiosas y navegaban rumbo a Chipre. Casi toda la población quedó a merced de los invasores. Los sarracenos apartaban a las mujeres y a los niños, para venderlos como esclavos, y degollaban a los demás.

En el convento de los templarios, un enorme edificio con almacenes, cuadras, refectorios, patios, cocinas, dormitorios, armerías y toda clase de dependencias administrativas, reinaba una extraña paz. Tras los muros de tres metros y medio de espesor no se oían los estertores de la ciudad moribunda.

En la capilla de San Juan Bautista de la iglesia del Temple, Roger de Beaufort sostenía la cabeza del gran maestre, que yacía en un catre de campaña, rodeado de sus hombres, mientras el cirujano intentaba extraer la flecha. El médico agarraba firmemente el extremo del astil y tiraba de él al tiempo que lo giraba, como aconseja el maestro Abulcasis en su tratado de cirugía. De los resecos y agrietados labios del herido, tenso como un arco por el tremendo dolor, no se escapaba una queja. El cirujano continuó un poco más, sin resultados. Finalmente desistió.

—No se puede —declaró con desmayo—. Hay que esperar unos días para que la carne se pudra alrededor de la flecha. Entonces será más fácil extraerla.

Nadie respondió. Habían encanecido combatiendo en Tierra Santa y sabían de sobra que la herida era mortal.

—Que venga Fleury —murmuró el maestre.

—Fleury está combatiendo en la muralla, messire.

El maestre guardó silencio unos instantes. La palidez de la muerte le teñía el semblante de color ceniza.

—Entonces, Amaine.

—Murió está mañana, messire.

El maestre cerró los ojos y se abismó en sus pensamientos. Respiraba fatigosamente. El paño que le cubría la herida alrededor del astil de la flecha estaba empapado y la sangre oscura no dejaba de manar.

—En ese caso me confesaré con un hermano, según la regla —murmuró. Y reparando en el que le sostenía la cabeza le preguntó—: ¿Quién eres y de dónde procedes?

—Soy Roger de Beaufort, messire. Nací en Saint-Bonnet-le-Bourg, en las montañas de Francia.

El maestre cerró los ojos. Roger de Beaufort, de veinticuatro años, llevaba seis en la orden y hacía dos que era caballero. Había desempeñado una encomienda menor en Jebal y se había distinguido en la defensa del castillo de Atlit durante la campaña de la Gacela Empeñada.

La mano del maestre, manchada de sangre seca, se aferró al brazo de Roger de Beaufort. A pesar de su estado, la presa era firme como el acero. Guillermo de Beaujeau clavó en los ojos del freiré una mirada febril.

—Roger de Beaufort: en adelante serás Cristóbal.

Los que presenciaban la escena intercambiaron miradas alarmadas. El maestre empezaba a delirar. El físico de las llagas asintió gravemente con un ademán de la cabeza.

—Dejémoslo a solas con el confesor que ha elegido.

Cuando no se disponía de capellán, el templario en peligro de muerte podía confesarse con cualquier freiré. Se quedaron solos Beaufort y el moribundo en la silenciosa capilla y éste dijo:

—El hermano Amaine, que me ayudaba a transportar el pesado fardo del secreto del Temple, ha muerto y yo también voy a morir. —Beaufort iba a protestar, pero el maestre se lo impidió con un gesto—. Antes de abandonar mi alma en las manos de Dios —prosiguió— depositaré en las tuyas la terrible palabra. Guárdala para la orden y transmítesela solamente a otro hermano digno y temeroso de Dios.

Roger de Beaufort miró al maestre con ojos espantados.

—Messire, sólo soy un guerrero —objetó—. Apenas sé leer…

—A partir de ahora portarás la Palabra y ella te inspirará la sabiduría —prosiguió el agonizante—. Busca el camino que te conducirá hasta el Arca. Es la única salvación de Tierra Santa.

El maestre se moría, pero reunió la fuerza necesaria para rodear con la mano el cuello de su confesor y cercarlo. Los labios febriles murmuraron en el oído de Beaufort una palabra extraña que éste no comprendió. Después, el maestre del Temple, Guillermo de Beaujeau, reclinó la cabeza con desmayo, aflojó la presión de las manos y se sumió plácidamente en el sueño de la muerte.

1

Poitiers, Francia. 24 de agosto de 1307

Los patriarcas bíblicos y los santos de la bella portada de Notre-Dame-la-Grande contemplaban con ojos de piedra policromada a la muchedumbre de campesinos y ciudadanos que madrugaba para acudir al mercado de la plaza mayor. Entre los puestos de aves, de hortalizas, de casquería, de quesos, de cerámica y de objetos de mimbre o de hierro, el guirigay era tan ensordecedor que los que desayunaban en torno a las humeantes sartenes de buñuelos y de las calderas de sopa no podían conversar si no gritaban más alto que los que pregonaban la mercancía: «¡Mira qué puchero, María, mira qué plato, José!», voceaba el cacharrero; «¡El dornajo que endulza las gachas!», gritaba el carpintero; «¡Zanahorias para las viudas!», ofrecía el verdulero.

Un grupo de once jinetes armados con robustas lanzas de fresno apareció por la Puerta de París y se abrió paso pacientemente entre la densa multitud. La comitiva cruzó la plaza, subió por la calle principal, dejó atrás las obras de la catedral de San Pablo y desembocó en el altozano empedrado del palacio papal. Entre tantos grupos armados como deambulaban aquellos días por la ciudad, la comitiva del maestre del Temple pasó desapercibida. La reducida escolta vestía mantos pardos, en lugar de las capas blancas con cruces rojas sobre el hombro derecho distintivas de la orden. Ninguna lanza lucía
beausant
, el preceptivo guión blanco y negro del maestre. Jacques de Molay prefería acudir discretamente, casi de incógnito, a la reunión convocada por el pontífice. Corrían malos tiempos para el Temple y no convenía exhibir riqueza.

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