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Authors: Elaine Cunningham

Tags: #Aventuras, #Fantástico, #Juvenil

Sombras de Plata

BOOK: Sombras de Plata
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Arilyn Hojaluna siempre tuvo miedo de la sombra élfica, la esencia de su espada mágica. Cuando descubre la terrible verdad que encierra la hoja de la luna que ha recibido en herencia, decide encontrar la manera de escapar a su terrible destino. Pero lo que comienza siendo el medio para conseguir un objetivo se convierte pronto en un profundo compromiso personal. Resuelta a salir airosa de su aventura, Arilyn arriesgará todo lo que tiene... e incluso más.

Elaine Cunningham

Sombras de Plata

Los Arpistas III

ePUB v1.1

Garland
11.08.11

Titulo original:
Silver Shadows

Traducción: Elena Moreno Gutiérrez, 2002

Ilustración de cubierta: Alan Pollack

Elaine Cunningham, 2001

Para Marilyn y Henk,

porque sí.

Preludio

La noche caía con rapidez sobre el bosque de Tethir y los vigilantes de la caravana miraban de soslayo los altos y espesos muros de vegetación que circundaban la ruta comercial. Los sonidos del bosque parecían multiplicarse y hacerse más siniestros a medida que las tinieblas se adueñaban de su entorno. Por encima de sus cabezas, copas de árboles centenarios formaban una bóveda de tal espesor que los rayos de la luna menguante apenas podían atravesarla, pero los mercaderes siguieron avanzando y, cuando los caballos empezaron a trastabillar, encendieron antorchas y faroles.

El exiguo círculo de luz apenas era capaz de romper la creciente oscuridad ni apaciguar las mentes inquietas de los mercaderes. Es más, el juego de luces y sombras de las antorchas parecía mofarse de ellos, pues parpadeaban y amenazaban constantemente con apagarse y desvanecerse entre los árboles.

Aquel bosque tenía un misterioso halo que inducía a pensar que esas cosas eran posibles. Todos los viajeros habían oído relatos sobre los Observadores de Tethir, y no había hombre o mujer en aquella caravana que no sintiera sobre su persona la mirada de aquellos ojos invisibles.

Chadson Herrick, un canoso mercenario que había recorrido aquella ruta durante más años que pipas tenía el mago Elminster, alzó una mano para rascarse la nuca y calmar el hormigueo que le recorría la base del cuello.

—Tengo los pelos erizados como si fuera un lobo acorralado —comentó en voz baja al hombre que cabalgaba a su lado.

Su compañero le respondió con un ademán tenso y Chadson se dio cuenta de que su amigo, de constitución tan delgada y carácter tan nervioso que parecía andar siempre tenso, como un arco a punto de disparar, apretaba con sus nudillos blancos un símbolo sagrado de Tymora, diosa de la fortuna. No obstante, por una vez no tuvo tentaciones de burlarse de las supersticiones del muchacho.

—Unos cuantos kilómetros más —musitó el joven con una voz suave y cantarina que sugería que se había estado repitiendo en silencio una y otra vez la misma frase como si fuera una letanía para ahuyentar el peligro.

Su conversación entre murmullos les valió miradas de reprobación por parte de varios de los otros guardias, aunque en realidad no había necesidad de mantener silencio. Los Observadores tenían ya constancia de la caravana y probablemente andaban siguiéndola desde Piedra Musgosa, el último enclave habitado de la ruta comercial que atravesaba el bosque. Además, el tenso silencio de los viajeros no hacía más que intensificar la expectación que planeaba sobre la caravana.

Un súbito impulso salvaje asaltó a Chadson y por un instante se vio tentado de saltar del caballo y ponerse a bailar por el camino, mientras maldecía y se burlaba de su invisible escolta. Imaginó la reacción que semejante espectáculo provocaría en los acobardados mercaderes y la imagen hizo que le apareciera una sonrisa maliciosa en los labios.

Todavía sonreía cuando la flecha le atravesó el corazón.

El cuerpo de Chadson se ladeó y cayó pesadamente al suelo. Por un instante, los hombres más cercanos a él se quedaron como simples espectadores mientras sus cerebros empezaban a comprender el significado de la delgada varilla de color ébano que sobresalía del pecho del cadáver. Era el color oscuro de la flecha de un elfo salvaje, conocidas entre los humanos como «relámpagos negros».

El silencio se convirtió de repente en actividad frenética. Siguiendo las instrucciones que daban a gritos los guardias, los mercaderes bajaron al instante de las carretas y, sin prestar atención a la valiosa carga que transportaban, volcaron varias de ellas para construir un muro de protección. Como no había tiempo para cortar los correajes, varios caballos de tiro cayeron junto con las carretas, convertidos en un amasijo de carne pisoteada y retorcida, y los relinchos de terror y dolor de los animales se mezclaron con los alaridos de los hombres moribundos a medida que las flechas negras descendían sobre ellos como aves de rapiña.

Desde detrás de la escasa protección que ofrecían las carretas, una hilera de arqueros devolvía el ataque, pero disparaban casi a ciegas contra el espeso follaje y apenas tenían esperanzas de dar en el blanco. Los más intrépidos, y menos experimentados, de los guardias de la caravana desenvainaron sus espadas y se lanzaron contra el bosque, pero fueron devueltos al instante, desarmados, con los ojos abiertos de par en par por la impresión y cubriéndose con las manos heridas mortales.

El combate acabó en pocos minutos. Muchos de los hombres que iban montados a caballo habían desaparecido a la primera señal de batalla y varias carretas también habían conseguido salir huyendo arrastradas por caballos desbocados de terror. Del norte les llegó el eco de los cascos retumbando sobre el camino y luego el sordo topetazo de una carreta al volcar en el suelo.

Cuando todo quedó en silencio, varias figuras envueltas en sombras emergieron del bosque para acercarse al sendero. Se abalanzaron sobre los destrozados carromatos, maldiciendo y murmurando mientras manoseaban los despojos. Una de ellas, más alta y corpulenta que la mayoría y ataviada con una capa oscura y vaporosa, emergió a grandes zancadas de la arboleda con una figura delgada y coja colgada del hombro. Al llegar al camino, la soltó para que yaciera sobre los cuerpos de varios de los mercaderes asesinados.

—¡Una antorcha! —ordenó con voz profunda—. ¡Poned algo de luz en este jaleo!

Uno de los luchadores del bosque se apresuró a obedecer y frotó pedernal sobre acero hasta que hizo saltar una chispa. El súbito fogonazo de luz iluminó los rostros de los muertos, uno de los cuales era el rostro anguloso de un elfo pintado con un complicado dibujo de tonos verdes y marrones. Una herida abierta atravesaba de lado a lado la garganta y el pecho del elfo muerto, y trazaba una línea diagonal que empezaba detrás de una oreja y finalizaba bajo las costillas. Hacía ya rato que se había secado la sangre. El cabecilla, ataviado con la capa negra, frunció el entrecejo y echó un vistazo a los hombres caídos que rodeaban al elfo.

Sus ojos se posaron sobre un joven cuya mano había quedado pegada a su cuerpo por el impacto de una flecha, en apariencia cuando estaba a punto de desenvainar su espada. Entre los retorcidos dedos había un trozo de cinta de cuero de la cual pendía el símbolo de Tymora. Era curioso observar que la flecha había topado con el disco de metal y había producido una muesca profunda sobre su superficie antes de hendirse en la suavidad de la carne. Con una nota de sombrío humor, el observador asesino pensó que aquello era un silencioso ejemplo de la naturaleza caprichosa de la dama de la Fortuna.

—Ése —ordenó, mientras esbozaba una perruna sonrisa y señalaba al joven cuya suerte se había acabado—. Coged su espada y abrid de nuevo las heridas del elfo para que parezca que lo ha matado en combate cuerpo a cuerpo. Si es necesario, esparcid sangre del chico por todas partes para que todo parezca más fresco. Está previsto que pase una caravana por aquí mañana.

Pero mientras el ayudante alargaba el brazo para coger la espada, los ojos del luchador herido se abrieron de par en par y, con la mano buena, asió la empuñadura de un ajado cuchillo de caza. Sobresaltado, el atacante dio un paso atrás y se descolgó el arco del hombro.

Con un ágil movimiento, lanzó una flecha contra el pecho del joven y, esta vez, no hubo ningún medallón de la suerte que la desviara. El joven cayó hacia atrás, muerto al instante.

No obstante, el cabecilla no parecía muy contento por aquella súbita respuesta porque sacó la flecha de la herida y la blandió por debajo de las narices del arquero.

—¡Por los Nueve Infiernos, dime cómo justificarás esto!

El hombre se encogió de hombros con el gesto torcido al ver la caña marcada y la elaborada pluma azul y blanca que la identificaba como una de sus flechas.

—Se debieron de acabar las flechas elfas —musitó.

—Maldito sea tu culo apestoso —maldijo el cabecilla en voz baja y amenazadora—. Si no fueras el mejor arquero de aquí al alcázar de Zhentil, metería esta flecha por tu oreja izquierda y la sacaría por la derecha. ¡Registradlo todo! —ordenó en tono más alto mientras se giraba hacia los que escudriñaban los restos para enseñarles la sangrienta flecha y que pudiesen ver el error—. Aseguraos de que no se produzcan errores como éste. Todos estos hombres murieron en manos de elfos salvajes. ¡Procurad que lo parezca!

1

Para un observador poco atento, la torre de Báculo Oscuro parecía ser sólo un enorme cono truncado de granito negro, un baluarte de más de quince metros de alto rodeado por un muro a modo de telón de casi la mitad de aquella altura. De una sencillez y severidad extremas, la torre carecía de los dispositivos de magia, a cuál más espantoso o caprichoso, a que eran aficionados los acomodados habitantes de Aguas Profundas. Del tejado plano no asomaba ninguna vigilante gárgola; no había estatuas animadas de guardia ni alteraba la lisa y negra superficie del muro ninguna runa cifrada. Y sin embargo, todos aquellos que conocían al archimago Khelben «Báculo Oscuro» Arunsun —en Aguas Profundas, como en todo el Norland, pocos había que no lo conociesen—, observaban el sencillo alcázar con una mezcla de orgullo y respeto. Según todos los rumores, en aquella torre se ocultaba el verdadero poder que destilaba la Ciudad del Esplendor, de ella emergía un portal que desembocaba en maravillas mágicas que superaban la imaginación de la mayoría de los mortales.

No era habitual que los relatos de los juglares fracasasen a la hora de exagerar la medida del poder, ni que las especulaciones que se rumoreaban en las tabernas se quedasen cortas respecto a la verdad, pero la torre de Báculo Oscuro era una excepción.

En la habitación situada en el nivel superior, la archimaga Laeral Manoplata Arunsun, consorte de Khelben, posaba ante un espejo, un enorme cristal plateado de forma oval, rodeado de un marco dorado profuso en ornamentos. Con más de un metro ochenta de estatura y esbelta como un abedul, Laeral poseía una belleza extraña y sobrenatural que insinuaba su origen en un mundo de ensueño. El cabello plateado le caía en cascada hasta la cintura y unos ojos grandes y verdes, del tono verde plateado profundo característico de los pantanos del bosque, observaban el borde del espejo con tal intensidad que parecían fuera de lugar en un rostro tan delicado. Acarició con la punta de los dedos la madera esculpida y dorada del marco en busca de esa pizca de magia siempre cambiante que pocos podían percibir y mucho menos dominar. Cuando se sintió satisfecha por haber encontrado el esquivo tirador, Laeral musitó unas extrañas palabras antes de introducirse
dentro
del espejo.

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