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Authors: Ángel Gutiérrez y David Zurdo

Tags: #castellano, #ficcion, #epubgratis

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Los tres héroes le observaron atentamente desde su posición en el bote hinchable. Se sentían aliviados y felices por estar de regreso en casa, sanos y salvos. Pero en las cabezas de Armstrong, Aldrin y Collins —al que los dos primeros no habían tenido otra opción que mostrar el enigmático cofre— había lugar también para un sentimiento contrapuesto de gran inquietud. El especialista usaba ahora otro producto antiséptico para limpiar con esmero ciertas partes de la cápsula. Él nunca podría imaginar lo que habían traído con ellos desde la Luna. Ese inexplicable cofre, que quizá representara una amenaza mayor para la humanidad que el más letal germen que pudiera encontrarse en el satélite. Sólo el tiempo lo diría. Por el momento, a los astronautas no les quedaba más remedio que seguir las órdenes. Y éstas indicaban claramente que el cofre debía llegar cuanto antes a las manos del Gobierno.

Su mayor representante, el presidente Richard Nixon, se encontraba en el puente de mando del Hornet siguiendo todo el proceso con gran interés. A pesar de su perenne sonrisa de político y del recio estrechar de manos, mil veces repetido, también él estaba inmerso en preocupadas reflexiones acerca del cofre y lo que éste podría significar.

De las preocupaciones de uno y otros nada se dejó traslucir cuando Nixon se encontró por fin con los tres astronautas, agolpados frente al cristal de la pequeña cabina móvil de cuarentena biológica a la que fueron trasladados, una vez en el portaaviones. Las decenas de periodistas y los flases de sus cámaras sólo recogieron sonrisas y una conversación jovial, salpicada de emocionados comentarios sobre la fraternidad mundial. Los diez minutos que duró el encuentro dieron la vuelta al mundo y fueron portada en noticiarios y periódicos de los cinco continentes. Nadie registró, sin embargo, una fugaz conversación que Armstrong y Aldrin habían mantenido con un alto oficial del ejército, antes de entrar en la cabina de contención. Éste había sido enviado al Hornet con una misión especial. Les transmitió órdenes estrictas y directas del propio presidente, cuya esencia era que aquel cofre no existía ni había existido jamás.

El oficial no estuvo presente en la conferencia de prensa. Las maniobras para recuperar del océano la cápsula espacial ya habían comenzado. Después de que Nixon emprendiera su regreso a Washington, el portaaviones se situó junto a la cápsula y la izó por medio de una grúa. Todo su contenido, incluido el cofre, se trasladó cuidadosamente hasta una cámara de cuarentena a través de un túnel plastificado. El oficial se encargó personalmente de sacar el cofre e introducirlo en un contenedor sellado. No le interesaban en absoluto los veintidós kilos de rocas y muestras del suelo lunar con los que otros harían lo propio antes de enviarlas, para su estudio, al Centro Espacial Johnson de la NASA.

Sin perder más tiempo, abandonó el portaaviones en un helicóptero con destino a la base aeronaval de Pearl Harbor. Nadie le preguntó qué contenía el voluminoso contenedor blindado que no perdía de vista ni por un segundo. Su alto rango y la expresión amenazadora de su rostro fueron más que capaces de disuadir a los curiosos. De Pearl Harbor tomó un avión militar, que ya lo estaba esperando y le conduciría a su destino final: una polvorienta base militar, aislada en medio del desierto de Nevada, ciento veinte kilómetros al noroeste de Las Vegas. Ninguna otra base era más secreta o segura que ésta. Siempre envuelta en un misterio insondable, era conocida simplemente por el nombre de Área 51.

Mientras el oficial a cargo del cofre sobrevolaba el océano Pacífico, en el Pentágono tenía lugar un encuentro de extremo secreto. El secretario de Defensa entró en una sala de reuniones, ocupada por un puñado de militares y civiles con caras circunspectas. Sin entretenerse en saludos, ocupó la cabecera de la mesa y colocó sobre ella su maletín. Acababa de hablar con el presidente Nixon, al que había informado de que el cofre ya estaba camino del Área 51. Ahora era preciso tomar algunas decisiones de la máxima importancia.

—Señores —dijo con voz cansada; llevaba sin dormir cuarenta y ocho horas—, están todos al tanto de los últimos acontecimientos. Del cofre hallado en la Luna por nuestros astronautas y de la pérdida en España de las cintas con la grabación de las comunicaciones censuradas. Nuestros aliados europeos nos aseguran que han sido destruidas, de modo que no hay de qué preocuparse a ese respecto. Lo único que importa ahora es el cofre en sí. Aún no ha podido realizarse un examen exhaustivo de su contenido, pero el general Phillips me ha hecho saber, desde Houston, que el comandante Armstrong le transmitió que contenía un ejemplar del New York Times, una libreta y un sobre. Parece claro en este momento que el origen de todo ello y del propio cofre es terrestre.

Uno de los presentes, Richard Helms, director de la CIA, intervino para que el secretario le aclarara una cuestión que les rondaba a todos en la cabeza.

—¿Se ha confirmado que no se trata de ninguna estratagema soviética?

—Así es —reconoció el secretario—. El contenido del cofre y el hecho de que estuviera tan cerca del lugar real de alunizaje, que era imposible de prever, demuestran que los rusos no están involucrados.

Esas palabras no convencieron del todo al director de la CIA.

—Entonces ¿cómo es posible que llegara a la Luna? Ninguna otra nación, al margen de nosotros y la Unión Soviética, dispone de la tecnología necesaria para hacer algo así. Eso es un hecho.

Al secretario le costó responder. A pesar de las pruebas y de los férreos argumentos que le habían dado los expertos, hasta a él mismo le resultaba difícil aceptar su propia explicación sobre la naturaleza del cofre. Aunque era precisamente para exponer esas explicaciones por lo que había convocado aquella reunión.

—Repito que los rusos no están involucrados, Richard. Como sabe, su cohete lunar explotó el 3 de julio en el cosmódromo de Baikonur. En realidad, nadie de nuestro tiempo está involucrado.

—No estoy seguro de comprenderle, señor.

—Nuestros expertos han llegado a la conclusión de que el cofre proviene del futuro.

La expresión de total sorpresa e incredulidad que embargó a los asistentes a la reunión era indescriptible. Durante unos segundos, ninguno se atrevió a hablar. Hasta que Helms, el director de la CIA, volvió a intervenir, esta vez de un modo vacilante.

—Pero… pero eso es absurdo. Tiene que haber otra explicación. Es totalmente inverosímil que ese cofre provenga del futuro. ¡Estamos hablando del viaje en el tiempo, por amor de Dios!

Helms miró a la cara a todos los presentes, uno por uno, con las palmas de las manos hacia arriba y la espalda muy recta. Creyó leer en sus rostros las mismas reticencias que él mismo sentía. Pero el secretario fue tajante.

—Inverosímil o no, esa parece ser la realidad. Y la única explicación plausible. En cualquier caso, nadie fuera de esta sala, además del presidente y algunos hombres de confianza, debe saber nada de todo esto... ¡Nunca!

Segunda parte
Hoy
15

Con toda la energía que daba haber hecho el amor esa misma noche, despertar en un día radiante y estar en el mejor momento de su carrera como escritor, Ned Horton abandonó en su coche de alquiler el aparcamiento del hotel Plaza, en pleno centro de Madrid. Conocía bien la ciudad porque durante varios años había sido corresponsal de Associated Press en España. Ahora estaba allí para presentar su último libro, una investigación profunda y exhaustiva de las grandes conspiraciones de la humanidad: el asesinato de Kennedy, los oscuros manejos de la CIA, los experimentos secretos del gobierno de Estados Unidos, la llegada del hombre a la Luna, los ataques del 11-S… Un libro que se había convertido ya en un éxito mundial, con ediciones en cuarenta países.

Su éxito no se debía a la exageración. A diferencia de la mayoría de sus competidores literarios, Ned seguía a rajatabla el código del periodismo ético, y jamás se dejaba llevar por el sensacionalismo. Eso le hizo vender menos libros al principio, pero cuando los lectores se dieron cuenta de que podían confiar en sus fuentes y en el modo en que trataba la información, la tendencia se invirtió. Ahora, sin haber cumplido aún los cuarenta, estaba considerado uno de los mejores exponentes mundiales en periodismo de investigación, lo que le había valido incluso una nominación al Pulitzer.

Había descubierto que la realidad casi siempre supera a la ficción. Este famoso tópico no era tal, sino una verdad que cualquier investigador serio constataba a menudo en su trabajo. No hacía falta recurrir a la imaginación, salvo como medio de unir los hilos disgregados de la historia, de los hechos, de acontecimientos que, como un puzzle, componen la realidad oculta que se pretende sacar a la luz.

Eran las once de la mañana. Antes de la presentación del libro propiamente dicha, tenía una conferencia en la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid. Al enterarse de su visita a España, una asociación de estudiantes, aficionados a los enigmas, se puso en contacto con él a través de su antigua prometida, María Rojo, profesora en la facultad y jefa del archivo histórico. No imaginaban que fuera a aceptar la propuesta de ofrecerles una charla, pero a él siempre le había gustado atender las peticiones de la gente más joven y entusiasta, de modo que les dio un sí que los dejó boquiabiertos.

Ned atravesó la Gran Vía y la calle Princesa hasta la glorieta a cuya derecha se hallaba la avenida Complutense. Se equivocó de desvío y tuvo que rodear por completo el paraninfo para dar la vuelta. El aparcamiento de la facultad quedaba a un nivel inferior que la calle principal. Ned dejó el coche a la sombra. En los primeros días de junio el calor podía ser ya sofocante en Madrid. Cogió su portafolios del asiento del copiloto y salió afuera. Antes de entrar en el edificio se detuvo un momento y contempló su estructura. Se decía que aquella facultad, construida en tiempos del general Franco, había sido un proyecto de cárcel canadiense. Ned lo comprobó por curiosidad y averiguó que era cierto. Tenía una carga alegórica interesante, ya que el periodismo libre siempre es enemigo de todo gobierno autoritario y dictatorial. Así que aquello había sido como encarcelar simbólicamente a los futuros periodistas.

Pensaba dar inicio con eso a su conferencia, para contraponerlo a la labor más importante que debe asumir un verdadero periodista: la de servir a la sociedad en la que vive y desempeñar su labor como un heraldo de la verdad. Equivocarse es humano, pero mentir convierte a un periodista en lo contrario de lo que debería ser. Algo así como un policía que acepta sobornos o un médico que se niega a atender a un enfermo.

—¿Ned? —dijo una voz a su espalda.

Era María Rojo. Su liso pelo negro resplandeció bajo el sol. Era una mujer realmente hermosa. Ned la miró de arriba abajo y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.

—¿No has tenido bastante con lo de esta noche? —dijo María, quien a pesar de su ruptura, años atrás, seguía manteniendo una excelente relación con él, hasta el punto de acostarse juntos de vez en cuando.

—Contigo nunca tengo bastante —respondió Ned—. Quizá debimos casarnos…

—Eso es agua pasada.

—Ya…

María se mordió el labio inferior un momento, con la cabeza ladeada, y cambió de tema.

—Si me acompañas, te presentaré a los organizadores de tu conferencia. Son un grupito de jóvenes brillantes. Han creado una asociación muy activa dentro de la facultad. Están impresionados de que aceptaras la conferencia.

—Sí, bueno, es por ver a jovencitas guapas…

No podía evitarlo. A Ned le gustaban las mujeres por encima de todas las cosas. Quizá después, a mucha distancia, una motocicleta Triumph.

—Eres un mujeriego incorregible —dijo María—. Nunca cambiarás.

—Eso es lo que te gusta de mí, ¿verdad?

—¿El qué? ¿Que seas un mujeriego?

—Que soy un sinvergüenza.

La sonrisa de Ned ocupaba toda su cara. María se puso seria, pero sólo bromeaba. Era cierto que esa forma de ser de Ned la atraía. Y también fue, en parte, la causa de que lo suyo no llegara a buen fin. Si no habían perdido del todo el contacto, a pesar de que su relación personal se convirtió en una especie de batalla a distancia, fue porque, por encima de todo, primaba el sincero afecto mutuo que sentían el uno por el otro.

—No voy a negarlo. Es verdad. Me gustan los sinvergüenzas. Como a todas las mujeres… que se acaban casando con hombres respetables.

—Y así acaban teniendo una vida tranquila, segura y mortalmente aburrida.

—Supongo que tienes razón.

María volvió a sonreír y a ladear la cabeza. Era tan guapa y tenía unos ojos tan expresivos que resultaba difícil no sucumbir bajo su hechizo. Sobre todo para un mujeriego incorregible como Ned.

El sonido del timbre del móvil de María evitó que Ned siguiera diciendo tonterías. Antes de descolgar, ella miró la pantalla. Era una llamada de la asociación de estudiantes.

—Estoy con Ned Horton. Acaba de llegar. Ahora mismo lo acompaño hasta allí y os lo presento.

—Bien —dijo Ned, una vez terminada la conversación de María—. ¿Tenemos tiempo para tomar un café?

—En el local de la asociación hay una máquina de expreso. Es mejor que el de la cafetería, créeme.

Entraron juntos en el edificio de la facultad, de aspecto agobiante y oscuro, y atravesaron los pasillos del piso inferior hasta las dependencias de la asociación. No eran gran cosa: un par de habitaciones y varios ordenadores algo anticuados sobre sencillas mesas de madera.

—Ned, te presento a Julián y a Alejandro.

Los dos muchachos, con pinta de empollones, se quedaron petrificados al ver a Ned Horton en persona delante de ellos.

—Se… señor… Horton —acertó a decir uno de los estudiantes.

El otro se limitó a balbucear una especie de «hola» en un tono tan bajo que no habría podido oírlo ni el cuello de su camisa, si hubiera llevado una en lugar de una desgastada camiseta de AC/DC.

—Encantado de conoceros, chicos.

—¿Quieres ese café? —dijo María—. Ahí está la máquina.

Ned eligió la carga más fuerte y se puso dos terrones de azúcar.

Cuando se relajaron un poco, Julián y Alejandro explicaron a Ned lo contentos que estaban por que hubiera aceptado la propuesta. Estaban seguros de que el salón de actos iba a llenarse de asistentes a la conferencia, que había despertado una gran expectación y valido a los organizadores toda clase de felicitaciones del decanato. No todos los días visitaba la facultad un periodista y escritor tan famoso como Ned Horton. Incluso se habían presentado medios de prensa escrita y televisión para cubrir el acto.

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