Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral

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Tres ingleses —el coronel Everest y los señores John Murray y William Emery— y tres rusos —Matthew Strux, Nicholas Palander y Michael Zorn— y su guía, Mokoum, parten hacia Sudafrica con el objetivo de medir el arco del meridiano que atraviesa el desierto de Kalahari. Todo marcha bien hasta que la guerra se declara entre Inglaterra y Rusia.

Julio Verne

Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral

ePUB v1.0

Gonzakpo
11.06.12

Título original:
Aventures de trois Russes et de trois Anglais

Jules Verne, 1872.

Editor original: Gonzakpo (v1.0)

ePub base v2.0

CAPITULO I

Dos hombres observaban con suma atención las aguas del río Orange. Tendidos a la sombra de un sauce llorón, conversaban animadamente. Era el 27 de enero de 1854.

En el lugar donde se encontraban nuestros hombres, el Orange se acercaba a las montañas del Duque de York, ofreciendo un espectáculo sublime que quedaba encuadrado en el horizonte por los montes Gariepinos.

Famoso por la transparencia de sus aguas y la belleza de sus orillas, el Orange puede rivalizar con las tres grandes arterias africanas: el Nilo, el Níger y el Zambeze, y se caracteriza por sus crecidas, rápidos y cataratas. Allí mismo, en la zona descrita, las aguas del río se precipitaban desde una altura de ciento veinte metros, formando una cortina de hilos de líquido que desembocaban en un torbellino de aguas tumultuosas, coronadas por una espesa nube de húmedos vapores. De aquel abismo se elevaba un estruendo que aturdía, agudizado por los ecos de la llanura en calma.

Estas bellezas naturales atraían la atención de uno de nuestros hombres, mientras que el otro viajero permanecía indiferente a los fenómenos que se ofrecían a su vista.

El viajero indiferente era un cazador bushman, excelente representante de una raza valiente que vive en los bosques entregada al nomadismo. De ahí su nombre, bushman, que significa «hombre de los matorrales».

El bushman pasa la vida errando en la región comprendida entre el río Orange y las montañas del Este, saqueando los campos de cultivo y destruyendo las cosechas de los colonos, en venganza por haberle arrojado hacia las áridas comarcas del interior.

Nuestro bushman tenía alrededor de cuarenta años y era de elevada estatura y fuerte musculatura. Que se trataba de un individuo enérgico quedaba demostrado por la soltura y libertad de movimientos de su ágil y esbelto cuerpo.

Hijo de padre inglés y de madre hotentote, hablaba frecuentemente la lengua paterna, lo que le permitía un trato regular con los extranjeros que visitaban la zona. Su traje, mitad hotentote y mitad europeo, se componía de una camisa de franela roja, una especie de casaca y un calzón de piel de antílope.

Llevaba al cuello un pequeño saquito en el que guardaba el cuchillo, la pipa y el tabaco, cubriendo su cabeza con algo parecido a un casco de piel de carnero. Varias anillas de marfil en su muñeca y una capa de piel de tigre a su espalda eran los elementos que completaban tan singular indumentaria.

A su lado dormía un perro, ajeno a las cavilaciones de su dueño y a las de su acompañante, un joven de unos veinticinco años que ofrecía un vivo contraste con el cazador.

Su temperamento flemático se manifestaba en todas sus acciones, no dejando dudas sobre su origen inglés. Su traje indicaba que los desplazamientos no le eran familiares, pues más parecía un funcionario que un indómito aventurero.

Pero William Emery no era ni lo uno ni lo otro, sino un sabio distinguido, astrónomo agregado al observatorio de El Cabo.

Asombrado por las maravillas de aquella región desierta del África austral, situada a algunos centenares de kilómetros de El Cabo, Emery disfrutaba de la paz del momento, ajeno a las impaciencias que atacaban habitualmente al intrépido cazador.

—Cálmate, Mokoum —decía el astrónomo—. No hay nada que te divierta cuando no estás cazando, pero ya falta poco para que lleguen los que esperamos.

—Señor Emery —respondió el cazador en un perfecto inglés—, hace ya ocho días que estamos aquí y aún no sabemos nada de ellos. Ningún hombre de mi tribu ha permanecido nunca ocho días en el mismo lugar y comienzo a impacientarme.

—Querido amigo, venir desde Inglaterra no es fácil, de modo que bien podemos concederles un retraso de ocho días.

Los viajeros que estaban esperando debían emprender un viaje de exploración por el África austral. Emery y Mokoum habían recibido la orden de prepararlo todo y aguardar la llegada del coronel Everest en las cascadas de Morgheda, hecho que cumplimentaban en ese momento.

Mokoum apretó fuertemente el cañón de su rifle, en un gesto que le era característico. Portaba un Manton de excelente factura, con bala cónica, que le permitía abatir un antílope a una distancia de ochocientos metros. A diferencia de sus compañeros bushmen, prefería las armas europeas al carcaj y las flechas envenenadas.

—¿Está usted seguro de que la cita es aquí, en las cascadas de Morgheda, a finales de enero? —preguntó Mokoum con desconfianza.

—Desde luego —respondió el astrónomo.

Mas, como el cazador no pareciera quedar muy satisfecho con esta afirmación, Emery le mostró la carta que le había enviado el señor Airy, director del observatorio de Greenwich.

Mokoum dio vueltas y más vueltas al papel, hasta que al final se lo tendió a Emery con la petición de que se lo leyera.

El joven sabio, dotado de una paciencia a prueba de las impaciencias de su amigo y compañero, relató una vez más la historia que ya le había repetido unas veinte veces en el curso de los últimos tiempos.

En los días finales del año de 1853, William Emery había recibido una carta que le notificaba la próxima llegada del coronel Everest y de una misión científica internacional que se disponía a recorrer el África austral. La carta del señor Airy no mencionaba la razón y los objetivos de la citada expedición, pero Emery era un hombre educado y jamás hacía preguntas a sus superiores.

Así pues, cumpliendo las indicaciones, Emery había dispuesto en Lattakou, una de las estaciones más septentrionales de Hotentocia, los carromatos, víveres, armas y, en resumen, todo lo necesario para el abastecimiento de una caravana nómada. Emery entregó el mando de esta caravana a Mokoum, pues tenía fama de buen cazador y estaba acostumbrado a tratar con extranjeros. No en vano había formado parte de las expediciones de Anderson y Livingstone, dos de los más intrépidos descubridores de las excelencias del continente africano.

Las cascadas de Morgheda eran, por tanto, el lugar elegido para la llegada de los últimos viajeros: los integrantes de la comisión científica. La fragata Augusta, de la Marina británica, trasladaría a los científicos hasta las cataratas.

Emery y Mokoum hicieron el viaje en un medio más modesto, pero más práctico para aquellos parajes. Habían utilizado un carromato, pues debían retornar en él, con los viajeros y sus equipajes, a Lattakou.

Cuando William Emery terminó de repetir este estribillo, que ya conocía casi de memoria, a su amigo Mokoum, ambos se acercaron a la orilla de un precipicio situado sobre las cataratas. Observaron atentamente el curso del río, pero no había nada nuevo sobre sus aguas. Ni el menor objeto alteraba el curso del río.

Es de advertir que el mes de enero corresponde al de julio en las regiones boreales, por lo que el sol caía casi perpendicular sobre la zona indicada, alcanzando casi los cuarenta grados de temperatura a la sombra. La brisa del Oeste moderaba un poco aquel calor, permitiendo que un occidental como Emery pudiera soportarlo a duras penas.

Ningún ave animaba la soledad de aquellas horas calurosas, y los cuadrúpedos se refugiaban en el verde de los matorrales sin atreverse a salir de aquel frescor pasajero. Sólo el estruendo de la catarata y las voces de los dos hombres llenaban el aire de ruido.

—¿Y si sus amigos no vienen? —preguntó Mokoum.

—Vendrán. Son hombres de palabra, pero hay que tener en cuenta que dijeron que llegarían a finales de este mes, y sólo estamos a 27.

—Y si llega final de mes y no vienen, ¿qué haremos? —insistió el cazador.

—Entonces pondremos a prueba nuestra paciencia y les esperaremos hasta que lo considere conveniente.

—¡Por todos los dioses! ¡Si hemos de confiar en su paciencia, nos quedaremos aquí hasta que el Orange pierda sus aguas!

—No será necesario —respondió Emery con su calma habitual—. Es preciso que la razón domine siempre nuestros actos, y la razón me dice que es probable que el coronel Everest y sus amigos hayan encontrado dificultades en su viaje. Dificultades que, lógicamente, pueden retrasar su llegada. Además, si alguna desgracia les ocurriese, la responsabilidad caería justamente sobre nosotros. No, amigo mío, es preciso esperarles. El carromato nos ofrece un abrigo seguro durante la noche, disponemos de las suficientes provisiones y la Naturaleza es tan hermosa en este lugar que merece la pena admirarla.

—Si usted lo dice...

Emery observó la expresión de aburrimiento que se advertía en el rostro del bushman y procuró alentarle.

—En cuanto a ti —le dijo—, ¿qué más puedes desear? La caza es abundante y no te retiene ninguna obligación. De manera que puedes dedicarte a tirar contra los gamos y los búfalos mientras yo espero la llegada de los viajeros.

El cazador comprendió que las palabras del astrónomo contenían una invitación y resolvió, por tanto, irse por algunas horas a dar una batida por los alrededores.

Mokoum silbó a su perro Top, una especie de can hiena del desierto de Kalahari, y ambos se internaron en la maleza de un bosque, cuya extensión coronaba el fondo de la catarata.

William Emery se tendió al pie de un sauce y se entregó a sus reflexiones.

¿Cuál era el objeto de la expedición que habían de emprender en cuanto llegaran los viajeros? ¿Qué problema científico pretendían resolver en los desiertos del África austral? ¿Por qué razón se había dirigido a él el señor Airy?

Cierto es que Emery se había convertido en pocos años en un sabio familiarizado con el clima de las latitudes australes, adquiriendo conocimientos al respecto que podían ser de gran utilidad para sus colegas del Reino Unido próximos a llegar, pero aquello no explicaba suficientemente el interés del señor Airy en su persona.

Estas preguntas y respuestas circulaban por la cabeza del joven astrónomo. El calor y la languidez consiguieron vencer su resistencia, y muy pronto se quedó dormido.

Cuando despertó, el sol se había escondido ya tras las colinas occidentales, que dibujaban su perfil pintoresco en el horizonte inflamado. La hora de la cena se aproximaba y era preciso retornar el carromato, que se encontraba en lo hondo del valle.

En aquel instante preciso una detonación resonó entre un matojo de arbustos, y el cazador y su perro asomaron por la linde del bosquecillo. Mokoum traía el cadáver de un animal recién abatido.

—¿Es esa nuestra cena? —le preguntó alegremente el astrónomo.

Por toda respuesta, Mokoum echó al suelo el animal, cuyos cuernos se retorcían en forma de lira. Se trataba de un antílope, más comúnmente conocido con el nombre de chivo saltador, que se encuentra frecuentemente en las regiones del África austral. Su carne es excelente y sirvió para llenar el estómago de los hambrientos expedicionarios.

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