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Authors: Isaac Asimov

Tags: #ciencia ficción

Bóvedas de acero

BOOK: Bóvedas de acero
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El detective Elijah Baley tiene que ocuparse de este caso en la para él inquietante y odiosa compañía de un robot humanoide: R. Daneel Olivaw. La investigación es delicada ya que puede terminar con el equilibrio entre los descendientes de la colonización estelar, en perfecta comunión con sus robots, y los habitantes de la Tierra, que, refugiados en grandes metrópolis subterráneas a las que llaman Ciudades, sobreviven precariamente a la falta de recursos naturales y temen a los robots.

Isaac Asimov

Bóvedas de acero

ePUB v1.1

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10.09.11

Título Original:
The Caves of Steel
Año de Publicación: 1954

Traducción: Francisco Blanco
Editorial: Nuevas Ediciones de Bolsillo
ISBN: 978-84-9793-730-6

Edición Digital: Umbriel

A mi esposa Gertrude y a mi hijo David

1
Conversación con un Comisionado

Lije Baley llegó a su despacho y advirtió que R. Sammy lo observaba con expectación.

Las marcadas líneas de su largo semblante se acentuaron.

–¿Qué deseas?

–Dice el jefe que vayas a verle inmediatamente.

–Muy bien.

R. Sammy no se movió.

–Te he dicho que muy bien. Retírate –añadió Baley.

R. Sammy giró sobre sus talones y se dirigió a sus tareas. Baley se preguntó por qué esas mismas tareas no podían ser hechas por un hombre.

Salió de detrás de la barandilla y caminó a lo largo de la habitación.

Simpson levantó la vista de un registro de expedientes mercurizados cuando Lije Baley pasó frente a él.

–El jefe quiere verte, Lije.

–Lo sé. R. Sammy me avisó.

–A ese R. Sammy le daría una patada en el trasero si no temiese romperme una pierna –exclamó Simpson–. El otro día vi a Vincent Barrett –añadió inesperadamente.

–¡Ah! ¿Y qué te contó?

–Buscaba un empleo en el departamento. El pobre anda desesperado, pero, ¿qué le podía decir yo? R. Sammy está desempeñando su trabajo y así anda todo. Es un muchacho inteligente, y apreciado por todos.

Baley se encogió de hombros y comentó:

–Es algo que a todos nos puede suceder.

El jefe ocupaba una oficina privada. Sobre el cristal esmerilado se leía: «JULIUS ENDERBY». Y abajo: «Comisionado de policía, ciudad de Nueva York».

Baley se detuvo y preguntó:

–¿Deseaba usted verme, señor comisionado?

Enderby levantó la mirada. Llevaba gafas porque tenía los ojos muy sensitivos y no podía usar las lentes de contacto comunes y corrientes. Y sólo después de que se acostumbraba uno a vérselas, podía percibir el resto del rostro, que carecía de características. Baley abrigaba la idea persistente de que el comisionado apreciaba sus gafas por la personalidad que le conferían, y sospechaba que aquellos globos del ojo no eran tan sensitivos como se pretendía.

El comisionado parecía nervioso. Se echó para atrás y exclamó con gran cordialidad aparente:

–Siéntate, Lije, siéntate.

Baley se sentó muy ceremonioso y aguardó. Enderby prosiguió:

–¿Cómo está Jessie? ¿Y el chico?

–Muy bien –repuso Baley indiferente–. Muy bien. ¿Y tu familia?

–Muy bien –repitió Enderby–. Muy bien.

Fue un comienzo forzado.

«Noto algo de extraño en su semblante», pensó Baley. Y luego, en voz alta, añadió:

–Comisionado, me agradaría que no enviase a R. Sammy a buscarme cuando desea verme.

–Bueno, me lo han colocado aquí y es necesario que lo emplee en algo.

–Resulta incómodo, comisionado. Me avisa que usted me necesita, y entonces tengo que decirle que se vaya o de lo contrario permanece allí sin moverse.

–Fue culpa mía. Le di el recado para ti y olvidé ordenarle específicamente que regresase a su trabajo una vez que te lo hubiese comunicado.

Baley suspiró. Las finas arrugas en torno de sus ojos castaño oscuro se acentuaron.

–De todos modos, usted deseaba verme.

–Sí, Lije –convino el comisionado.

Se levantó, dio media vuelta y caminó hacia la pared, tras ;u escritorio. Apoyó el índice en un botón casi imperceptible. Parte del muro se hizo transparente.

Baley parpadeó ante el torrente inesperado de luz grisácea.

El comisionado sonrió:

–Hice que me arreglaran especialmente esto el año pasado. Me parece que no te lo había mostrado antes. Ven y echa un vistazo. En otras épocas, todas las habitaciones tenían arre:,los como éste. Se llamaban «ventanas». ¿Lo sabías?

Baley lo sabía perfectamente. Había leído muchas novelas históricas. Replicó:

–Oí hablar de ello.

–Acércate –ordenó Enderby.

Baley titubeó un poco pero hizo lo que le dijeron. Había algo de indecente en la exposición de las intimidades de un aposento a lo indiscreto de un mundo exterior. A veces el comisionado llevaba su afectación de medievalismo hasta un extremo absurdo.

«Como sus gafas», pensó Baley.

¡Eso era! ¡Eso era lo que le hacía parecer raro! Dijo:

–Discúlpeme, comisionado, pero... usa usted unas gafas nuevas, ¿verdad?

El comisionado se le quedó mirando con un poco de sorpresa; quitóse las gafas, las estudió y después miró a Baley. Sin ellas, el semblante redondo parecía más redondeado, y la barbilla una insignificancia más acentuada. También se le veía lomo más vago, porque las pupilas estaban desenfocadas.

–Sí –murmuró.

Volvió a calarse las gafas y añadió:

–Rompí las otras hace tres días. Lije, esos tres días han sido infierno.

–¿Debido a las gafas?

–A las gafas y a otras cosas. Deja que te lo explique.

Se dirigió a la ventana y Baley hizo lo propio. Algo sobresaltado, Baley se percató de que llovía. Durante algunos minutos se perdió en el espectáculo del agua que caía del firmamento mientras el comisionado exhalaba una especie de orgullo como si el fenómeno fuese algo arreglado por él mismo.

–Es la tercera vez en lo que va de mes que veo llover.

halen espectáculo, ¿no te parece?

Baley convino para sí mismo que resultaba impresionante.

Durante sus cuarenta y dos años, en raras ocasiones había visto llover.

–Siempre tengo la impresión de que es un gran desperdicio toda esa agua que cae sobre la ciudad –comentó–. Se debería dirigir a los tanques de almacenamiento.

–Lije, no eres más que un modernista –le reprochó el comisionado–. En eso radican tus dificultades. En los tiempos medievales, las gentes vivían al aire libre y se glorificaban en ello. Estaban en contacto con la naturaleza. Es más saludable, mucho mejor. Las dificultades de la vida moderna provienen de que estamos divorciados de la naturaleza. No estaría de más que refrescaras tu memoria con las lecturas sobre el Siglo del Carbón.

Baley lo había hecho. Había quien se quejaba de la invención del acumulador atómico. Quejarse de una u otra manera era una faceta imprescindible de la naturaleza humana. En la época remota del Siglo del Carbón, la gente despotricaba contra la invención del motor a vapor. En uno de los dramas de Shakespeare, uno de los personajes se queja de la invención de la pólvora. Dentro de un millar de años se quejarían de la invención del cerebro positrónico.

Y entonces dijo, tuteando al comisionado:

–Mira, Julius, me estás hablando de todo menos de lo que deseas decirme y para lo cual me enviaste llamar. ¿De qué se trata?

–A ello voy, Lije –contestó el comisionado–. Permíteme que lo haga a mi manera. Tenemos..., tenemos dificultades.

–Por supuesto. ¿En dónde no las hay, en este planeta? ¿Más dificultades con los robots?

–Hay algo de eso, Lije. Aquí me tienes, y me pregunto: ¿qué más penalidades pueden ocurrir en este viejo mundo? Cuando ordené que me colocaran esta ventana, lo hice para dejar que de vez en cuando me entrase un poco de cielo y que entrase también la ciudad. La contemplo y me pregunto: ¿qué será de ella dentro de un siglo?

Baley se sintió asqueado por el sentimentalismo del otro; pero se encontró con que se ponía a mirar fascinado hacia el exterior. El departamento de policía se encontraba en las plantas superiores del palacio municipal, y éste era muy elevado. Desde la ventana del comisionado, las vecinas torres quedaban muy abajo, y los techos eran visibles. Se asemejaban a otros tantos índices que apuntaran hacia arriba. Sus muros se veían ciegos, sin facciones. Eran los cascarones exteriores de colmenas humanas.

–Por otra parte –prosiguió el comisionado–, siento que esté lloviendo. No podemos ver Espaciópolis.

Baley dirigió la vista hacia poniente; pero era como decía el comisionado. El horizonte se cerraba. Las torres de Nueva York se esfumaban entre la niebla.

–Sé cómo es Espaciópolis –murmuró Baley.

–Me agrada su aspecto desde aquí –explicó el comisionado–. Se puede columbrar en la abertura que forman los dos Sectores de Brunswick, bajo las bóvedas. Esa es la diferencia entre nosotros y los espacianos. Nosotros nos elevamos y aglomeramos. En cambio, cada uno de ellos tiene un domo para sí. Una familia: una casa. Y tierra entre cada domo. ¿Has hablado alguna vez con un espaciano, Lije?

–En algunas ocasiones. Hará un mes hablé con uno aquí mismo, en tu intercomunicador –replicó Baley pacientemente.

–Sí, lo recuerdo. Pero, vamos, me estoy poniendo filosófico. Nosotros y ellos. Son diversos modos de vida.

Baley sentía retortijones en las tripas. A medida que el comisionado empleaba más circunloquios, más mortal se le figuraba la conclusión. Insinuó:

–Muy bien; pero, ¿qué hay de sorprendente en eso? Imposible colocar a ocho mil millones de personas sobre la Tierra en pequeños domos. Los espacianos disponen de mucha más extensión en sus mundos; dejémosles, pues, que vivan a su manera.

El comisionado se sentó de nuevo en su sillón, miró a Baley sin parpadear y manifestó:

–No todos se muestran tan tolerantes respecto a las diferencias de cultura. Ni entre nosotros ni entre los espacianos.

–¿Y bien?

–Hace tres días murió un espaciano.

Las comisuras de los delgados labios de Baley se levantaron ligeramente; mas el efecto sobre su rostro triste y alargado resultó imperceptible. Comentó:

–Lo siento mucho. De algo contagioso, supongo. Algo virulento. Quizás algún catarro.

De pronto el comisionado apareció como sobresaltado:

–¿De qué estás hablando?

La precisión con que los espacianos habían desterrado toda clase de enfermedades de su seno era sobradamente conocida. No obstante, el comisionado no supo captar el sarcasmo.

–Hablaba por hablar. ¿De qué murió? –inquirió Baley.

–Alguien le disparó con un desintegrador. En el pecho. Se lo voló.

Baley se puso rígido. Sin volverse, exclamó:

–Pero ¿qué estás diciendo?

–Te estoy contando un asesinato. Tú eres un detective y sabes muy bien lo que es un asesinato.

–Pero, ¡un espaciano! ¿Y hace tres días?

–Sí.

–¿Quién lo mató? ¿Cómo?

–Los espacianos dicen que fue un terrícola.

–No puede ser.

–¿Por qué no? A ti no te simpatizan los espacianos, y a mí mucho menos. ¿A quién le simpatizan en la Tierra?

–Pero...

–Acuérdate del incendio en las fábricas de Los Ángeles. Y de los choques espantosos en Berlín. Luego los continuados tumultos en Shangai...

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