Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol (6 page)

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Authors: Eduardo Sacheri

Tags: #Cuento, Relato

BOOK: Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol
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El delantero sacó el zapatazo al palo izquierdo. Rómulo se lanzó tras el balón, más persuadido por la fuerza del deber que por el consejo de su intuición. Llegó tarde, por supuesto. Cuando aterrizó, sus manos se cerraron sobre la nube de polvo dejada por la pelota. En la tribuna muchos cerraron los ojos. Yo los mantuve abiertos. Y vi con ellos cómo la bola pegaba en la base del poste y volvía a la cancha. Cualquier arquero mediocre hubiese seguido la trayectoria del balón con la cabeza vuelta hacia el arco, aún desde el suelo, y lo habría atrapado en su camino de retorno. Pero Rómulo no sabía ni hacia dónde quedaba su propio arco, de modo que permaneció tirado en el área chica, con los ojos apretados y la boca abierta. Al instante siguiente la pelota le pegaba en la nuca y volvía hacia la valla, dispuesta a enmendar el aparente error de la Providencia. En medio de una tribuna aterrada, contemplé el instante histórico en el que el balón detenía su marcha sobre la propia línea de cal bajo los tres palos, y ahí quedaba mansito.

El win, sin poder creer su mala suerte, emprendió veloz carrera desde el punto penal para terminar con el suplicio de una vez por todas. Si en primera instancia Rómulo desconocía para qué lado quedaba su arco, a esta altura ignoraba para qué lado quedaba el mundo. En medio del pánico, atinó a advertir que lo que tenía debajo era el piso, y que debía ponerse de pie cuanto antes, como para orientarse mínimamente. Con la fanática esperanza de que, si se apuraba, todo volvería a estar en orden, dio un brinco rápido y quedó de espaldas a la cancha, de cara a la red de su propio arco. Después diría que todo fue premeditado. Pero yo puedo jurar que fue pura chiripa. Aún conservo recortes de
La Verdad
en los que afirma que vio el balón sobre la línea y que, advirtiendo la carrera del win por el rabillo del ojo izquierdo, se lanzó en palomita para atesorar la pelota antes de que el delantero lo sobrepasara. Todo eso es mentira. Simplemente sucedió que Rómulo se puso de pie en el instante mismo en que su adversario se disponía a saltar por sobre su cuerpo para abreviar camino. De modo que cuando el otro se levantó, el delantero se lo llevó puesto en velocidad, y ambos rodaron hacia el arco.

Ni aún entonces Rómulo tomó cabal conciencia de lo que estaba pasando. Tal vez pensase que se trataba de un castigo celestial por participar en la impostura, por el cual se lo condenaba a vivir el resto de su vida en medio una tormenta de polvo. O quizá intuyó erróneamente que el delantero era parte de la conjura, y que simplemente porfiaba con el gol por un exceso de celo en guardar las apariencias. Lo cierto es que la pelota la terminó sacando el gordo García, uno de los famosos backs sanguinarios, que para cumplir su cometido tuvo que meterse dentro del arco y despejar desde allí, tan sobre la línea había quedado la pelota. Ahí terminó todo. El arbitro, asustado tal vez por el imprevisto cariz que habían tomado los acontecimientos, pitó tres veces y concluyó el asunto. Rómulo fue subido en andas, y paseado en torno de la cancha por una multitud fervorosa que coreaba su nombre y festejaba el ingreso definitivo del pueblo en la historia del fútbol moderno. Nuestros dirigentes se regocijaron al comprobar el modo en el que habían conducido el asunto: el gobernador había vuelto ese año a suspender los descensos, con lo que ellos, sabiamente, habían sabido trocar una nueva frustración en una hazaña inolvidable.

Recuerdo todo aquello con la precisión con la que atesoramos las cosas de la juventud. Pero entre todas las imágenes que puedo evocar se destaca por sobre todas las demás la de las primeras palabras que escuché de boca de Rómulo una vez consumada la fábula. Era casi de noche. Recuerdo unas grandes nubes encendidas de fuego sobre la inmensidad del horizonte. Entramos al campo de juego con Lito, quien, libreta en mano, se disponía a realizar el reportaje de rigor a regañadientes. El héroe, con la cara aún pintada de polvo, estrechaba algunas manos, posaba para las últimas fotos, esas que con los años se han constituido en la prueba indiscutible del milagro consumado, y en las cuales Rómulo sonríe a la cámara desde el promontorio de la gloria.

Lito avanzó hacia él y yo lo seguí. Ellos se conocían desde tiempo antes, a través de una o dos amistades comunes. Se saludaron, y Lito, con naturalidad, intentó iniciar la charla medio en broma, como le habían enseñado en la redacción de la capital en la que hacía sus primeras armas. «Qué suerte esa salvada sobre el final, ¿no, Rómulo?», dijo.

El otro lo observó con una mirada extraña. Era una mezcla de sorpresa, de profunda perplejidad, de cierta conmiseración. Terminó por sonreír compasivamente. Sacudió la cabeza, carraspeó un par de veces y escupió a un costado, como meditando una respuesta. Al final nos miró a ambos y luego levantó los ojos más allá de nosotros, hacia el campo de juego que empezaba a sumirse en las tinieblas.

«La pucha», empezó, y volvió a sacudir la cabeza. «Al saber lo llaman suerte», concluyó. Después nos dio la espalda, y nos olvidó para siempre. La última imagen que me viene a la memoria es la de Rómulo Lisandro Benítez, con la gorra estrujada en la mano derecha, la ropa sucia y el paso confiado, alejándose de nosotros, perdiéndose en las sombras de la noche junto al banderín del córner, escalando sin prisa los peldaños de la eternidad.

De chilena

Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un montón de papeles. Al volver, ella dijo que no había entendido muy bien, porque eran muchos formularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habrá mirado varias veces, buscando un gesto que le calmara las angustias. Pero yo estaba de un ánimo tan sombrío, tan espantado por el olor a catástrofe en ciernes, que evité con cierto éxito el cruce inquisitivo de sus ojos.

Los doctores dicen que, prácticamente, no hay manera casi de que salgas de ésta. Y lo dicen muy serios, muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la lejanía de quienes están habituados a transmitir pésimas noticias. El más claro, el más sincero, como siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tempranito de revisarte. Cerró la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que lo acompañara a la sala del fondo y la tomó del brazo con ese aire grave, casi de pésame anticipado. Yo me levanté de un brinco y me fui con ellos, pobre Anita, para que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle.

Rivas estuvo bien, justo es decirlo. Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó sin prisa, y hasta nos hizo un dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si estuviera forjada en hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por ella. Yo pensaba ¿cómo me voy a poner a llorar si esta piba se lo está bancando a pie firme? Cuando Rivas terminó, supongo que algo intimidado ante la propia desolación que había desnudado, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me tenía aferrado el brazo con una mano que parecía una garra, de tan apretada), le pidió que le especificara bien cuáles eran las posibilidades. El médico, que garabateaba el dibujo que había estado haciendo, y que había hablado mirando el escritorio, levantó la cabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes chiquitos. «Es casi imposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin preámbulos. Anita le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi corriendo. Ahora quería estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar un rato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de carga. Me dolía todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en la garganta. Pero como Anita se había portado tan bien, me sentí obligado a guardar compostura. Le di las gracias por las explicaciones, y también por no habernos mentido inútilmente. Ahí él se aflojó un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y me dijo que lo sentía mucho, que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a conducir la operación, pero que para ser sincero la veía muy fulera.

A la tarde, la familia en pleno ganó tu habitación y desplegó un aquelarre lastimoso. Todos daban vueltas por la pieza, casi negándose a irse, como si quedándose pudieran torcer al destino y enderezarte la suerte. Vos seguías en tu sopor distante, en esa modorra quieta que te había ido ganando con el transcurso de los días. Ni siquiera comer querías. Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos palabras. Y a mí te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que yo me aflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos te conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos yo miraba para otro lado, o salía disparado con la excusa de irme a fumar al baño del corredor. Y encima ese cónclave familiar que armamos sin proponérnoslo, pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer estaban todos: papá, Mirta, José, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé a tiempo saliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara de pánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias por pasar y les evité el mal trago.

Después llegó la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que ésa. La luz mortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de hospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el corredor. La ciudad calmándose de a poco, ladrando más bajo, con menos estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su bullicio.

Para entonces, la pieza era un velorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios, y el olor marchito de las flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros culposos, miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste los ojos. Yo pensé que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a papá de que se volviera a Quilmes, y él porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una revista con cara de boba. José te miraba con expresión de «que en paz descanse». Era cosa de que si hasta ese momento no te habías dado cuenta, de ahora en adelante no te quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos miraste para todos lados, levantando la cabeza y tensando para eso los músculos del cuello. Se ve que te costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a todos, y al final me miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temía que me dijeras vení para acá y contámelo todo, pero en cambio me dijiste dame una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz, que no se veía un pepino. Con la luz prendida todos se quedaron quietos, como descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente.

Y para colmo, como para ponerlos aún más en evidencia, como para que nadie se confundiera antes de tiempo, empezaste a dar órdenes casi gritando, estirando el brazo con el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos papá te vas a casa, que vos José te la llevás a Mirta que para leer revistas bastante tiene en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o se va a caer redonda en cualquier momento, y que se dejan de joder y me vacían la pieza. Tu voz tronó con tal autoridad que, en una fila sumisa y monocorde, fueron saliendo todos. Y cuando yo me disponía a seguirlos sin mirar atrás, me frenaste en seco con un «vos te quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico que trata de pensar rápido una disculpa verosímil, gané el tiempo que pude moviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabar de una vez por todas con la luz moribunda de las siete, pateando y volviendo a su lugar la chata guarecida bajo la cama. Pero al final no tuve más remedio que sentarme al lado tuyo, y encontrarme con tus ojos preguntándome. Te lo conté todo. Primero traté de ser suave. Pero después supongo que me fui aflojando, como si necesitara hablar con alguien sin eufemismos tontos, sin buscar y rebuscar atenuantes tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos creíbles de sanaciones milagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos sucesivos, el inútil anecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses, el puntilloso pésame velado de los especialistas.

Vos te tomaste tu tiempo. Llorabas mientras yo seguía el monótono detalle de nuestra pesadilla. Llorabas con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Después, cuando por fin me callé, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando muy hondo. Yo empecé a levantarme de a poquito, casi sin ruido, como para dejarte descansar, queriendo convencerme de que te habías dormido. Y ahí pasó. Te incorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbas de nuevo a la silla del susto. Me agarraste casi por el cuello, haciendo un guiñapo con mi camisa y mi corbata, y miraste al fondo de mis ojos, como buscando que lo que ibas a decirme me quedara absolutamente claro. Tu cara se había transformado. Era una máscara iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores. Y tan viva que daba miedo. Ya no quedaban en tu piel rastros de las lágrimas. Sólo tenías lugar para la furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía veinte años por lo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece mentira cómo uno, a veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque cuando me miraste así, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste, el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me ahogó de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada. Como si fuesen suficientes las chispas que salían de tus ojos, y el rojo furioso de tu expresión crispada. Aquella vez, la primera, cuando me agarraste, también era casi de noche. Y también yo estaba cagado de miedo. Me habías mirado fijo y me habías gritado: «Todavía no perdimos, entendés. Vos atajálo y dejáme a mí».

Jugábamos de visitantes, contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con el Estudiantil era uno de esos nudos de la historia que, para cuando uno nace, ya están anudados. Lo único que le cabe al recién venido al mundo, si nació en el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con el Belgrano. Sin medias tintas. Sin chance alguna de escapar a la disyuntiva. De ahí para adelante, el destino está sellado. La línea divisoria no puede ser traspuesta.

Ambos clubes jugaban en la misma Liga, y los dos cruces que se producían cada año solían tener derivaciones tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial que nunca. Nosotros, en un derrotero inusitado para nuestras campañas ordinarias, estábamos a un punto del campeonato. Quiso el destino que nos tocara el Estudiantil en la última fecha. Con cualquier otro equipo la cosa hubiese sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ningún osado delantero contrario iba a estar dispuesto a amargarnos la fiesta a cambio de una fractura inopinada, y menos con el verano por delante y el calor que dan los yesos desde el tobillo hasta la ingle. Pero con el Estudiantil la cosa era distinta.

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