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Authors: John Scalzi

La colonia perdida

BOOK: La colonia perdida
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John Perry y Jane Sagan han encontrado la paz junto a su hija adoptiva Zoë en el planeta colonial Huckleberry. Es una buena vida, pero sienten que les falta... algo. Por eso, cuando se les propone liderar una nueva colonia, John y Jane no pueden resistir la tentación de explorar el universo una vez más. 

Pero cuando los colonos son abandonados en un planeta desconocido, Perry descubre que nada es lo que parece. Él y su nueva colonia son simples peones en la confrontación entre la Unión Colonial humana y la confederación alienígena denominada el Cónclave, que pretende acabar con la colonización humana. 

Mientras la partida se decide, Perry deberá luchar por mantener a sus colonos con vida ante las amenazas de ambos bandos en un planeta que esconde sus propios secretos, a la vez que intenta prevenir una guerra que no sólo amenaza con engullir su nuevo hogar, sino que también promete la destrucción de toda la Unión Colonial.

John Scalzi

La colonia perdida

Fuerzas de Defensa Coloniales III

ePUB v1.1

Fanhoe
27.08.11

A Patrick y Teresa Nielsen Hayden, amigos y editores.

A Heather y Bob, hermanos.

A Athena, hija.

A Kristine, todo.

1

Permítanme que les hable de los mundos que he dejado atrás.

La Tierra ya la conocen: todo el mundo la conoce. Es la cuna de la humanidad, aunque a estas alturas muchos no la consideran nuestro planeta «hogar»: Fénix ocupa ese puesto desde que fue creada la Unión Colonial y se convirtió en la fuerza que guía la expansión y la protección de nuestra raza en el universo. Pero uno nunca olvida de dónde procede.

Ser de la Tierra en este universo es como ser un chico de pueblo que coge el autobús, va a la gran ciudad y se pasa toda la tarde mirando boquiabierto los rascacielos. Luego lo atracan por el delito de maravillarse ante este extraño nuevo mundo, que tiene todas esas cosas, porque las cosas que hay en él no tienen mucho tiempo ni paciencia para los chicos nuevos en la ciudad, y no les importa matarlo por lo que lleva en la maleta. El chico de pueblo aprende esto rápido, porque no puede volver a casa.

Me pasé setenta y cinco años en la Tierra, viviendo casi siempre en la misma ciudad pequeñita de Ohio y compartiendo la mayor parte de esa vida con la misma mujer. Ella murió y se quedó atrás. Yo viví y me marché.

El siguiente mundo es metafórico. Las Fuerzas de Defensa Colonial me sacaron de la Tierra y conservaron la parte de mí que querían: mi conciencia, y una pequeña porción de mi ADN. A partir de esto último me construyeron un cuerpo nuevo, que era joven y rápido y fuerte y hermoso y sólo parcialmente humano. Metieron dentro mi conciencia, casi no me dieron tiempo suficiente para refocilarme en mi segunda juventud. Luego cogieron este hermoso cuerpo que ahora era yo y pasaron el año siguiente intentando matarlo activamente, lanzándome contra todas las razas alienígenas hostiles que pudieron.

Había muchas. El universo es enorme, pero el número de mundos adecuado para la vida humana es sorprendentemente pequeño, y da la casualidad de que el espacio está lleno de numerosas especies inteligentes que quieren los mismos mundos que nosotros. Parece que muy pocas de esas especies entienden el concepto de compartir; nosotros, desde luego, no lo hacemos. Todos luchamos, y los mundos que podemos habitar cambian continuamente de manos hasta que unos u otros agarran alguno con tanta fuerza que ya no pueden soltarlo. A lo largo de un par de siglos, los humanos hemos logrado quedarnos con varias docenas de mundos, y hemos fracasado con algunas docenas más. Nada de eso nos ha ayudado a hacer muchos amigos.

Me pasé seis años en este mundo. Luché y estuve a punto de morir más de una vez. Tuve amigos, la mayoría de los cuales murieron, aunque salvé a algunos. Conocí a una mujer que era dolorosamente parecida a la mujer con la que compartí mi vida en la Tierra, pero que es sin embargo una persona completamente distinta. Defendí a la Unión Colonial, y al hacerlo creí que mantenía viva a la humanidad en el universo.

Al final de todo aquello, las Fuerzas de Defensa Colonial cogieron la parte de mí que siempre había sido yo y la metieron en un tercer y último cuerpo. Este cuerpo era joven, pero no tan rápido y fuerte. Era, después de todo, tan sólo humano. Pero a este cuerpo no le pedirían que luchara y muriera. Eché de menos ser tan fuerte como un superhéroe de dibujos animados. No eché de menos a todas las criaturas alienígenas que había conocido e intentaron con todas sus fuerzas matarme. Fue un intercambio justo.

El siguiente mundo probablemente les resulte desconocido. Volvamos de nuevo a la Tierra, nuestro antiguo hogar, donde todavía viven miles de millones de personas soñando con las estrellas. Miren al cielo, a la constelación Lince, justo al lado de la Osa Mayor. Allí hay una estrella, amarilla como nuestro sol, con seis planetas importantes. El tercero, casualmente, es un duplicado de la Tierra: tiene el noventa por ciento de su circunferencia, pero con un núcleo de hierro ligeramente superior, así que tiene el ciento uno por ciento de su masa (ese uno por ciento no se nota demasiado). Dos lunas: una que es un tercio más pequeña que la luna de la Tierra, pero como está más cerca que ella en el cielo ocupa la misma cantidad de espacio. La segunda luna, un asteroide capturado, es todavía mucho más pequeña y está aún más cerca. Tiene una órbita inestable: tarde o temprano acabará por caer sobre el planeta. Pero las mejores estimaciones calculan que eso será dentro de un cuarto de millón de años. A los nativos no les preocupa demasiado en este momento.

Este mundo fue fundado por los humanos hace casi setenta y cinco años. Los ealan tenían allí una colonia, pero las Fuerzas de Defensa Colonial lo corrigieran. Entonces los ealan, digamos que decidieron comprobar los términos de esa ecuación y se tardó un par de años en que todo quedara resuelto. Cuando se llegó a ese punto, la Unión Colonial abrió el mundo a los colonos de la Tierra, casi todos de la India. Llegaron en oleadas: la primera después de que el planeta quedara asegurado ante los ealan, y la segunda poco después de la guerra Subcontinental en la Tierra, cuando el gobierno provisional de ocupación dio a escoger a los seguidores más acérrimos del régimen de Chowdhury entre la colonización y la cárcel. La mayoría eligió el exilio, y se llevaron a sus familias con ellos. Esta gente no soñaba con las estrellas, más bien se las impusieron.

Dada la gente que vive en el planeta, cabría pensar que tiene un nombre que refleja su herencia. Se equivocarían ustedes. El planeta se llama Huckleberry, sin duda por algún funcionario de la Unión Colonial entusiasta de Twain. La luna mayor de Huckleberry se llama Sawyer; la pequeña es Becky. Sus tres continentes principales son Samuel, Langhorne y Clements; en Clements hay una larga cadena de islas montañosas conocidas como el archipiélago Livy, en el océano Calaveras. La mayoría de los accidentes geográficos prominentes fueron bautizados con diversos aspectos de la obra de Twain antes de que llegaran los primeros pobladores. Parece que lo aceptaron con buena voluntad.

Acompáñenme al planeta ahora. Miren el cielo, en la dirección de la constelación Loto. Allí hay una estrella, amarilla como la que este planeta órbita; en ese mundo nací yo, hace otras dos vidas. Desde aquí está tan lejos que es invisible al ojo, lo mismo que la vida que viví allí.

Me llamo John Perry. Tengo ochenta y ocho años. Llevo casi ocho años ya viviendo en este planeta. Es mi hogar, que comparto con mi esposa y mi hija adoptiva. Bienvenidos a Huckleberry. En esta historia, es el siguiente mundo que dejo atrás. Pero no el último.

* * *

La historia de cómo dejé Huckleberry empieza, como todas las buenas historias, con una cabra.

Savitri Guntupalli, mi secretaria, ni siquiera alzó la cabeza de su libro cuando regresé tras el almuerzo.

—Hay una cabra en tu despacho —dijo.

—Hmmmm —contesté—. Creí que las habíamos fumigado a todas.

Esto hizo que alzara la cabeza, lo cual contaba como una victoria tal como estaban las cosas.

—Trajo consigo a los hermanos Chengelpet —dijo ella.

—Mierda —contesté. El último par de hermanos que se peleaban tanto como los hermanos Chengelpet se llamaron Caín y Abel, y al menos uno de ellos emprendió al fin un poco de acción directa—. Creí que te dije que no dejaras entrar a ninguno de esos dos en mi despacho cuando yo no estuviera.

—No dijiste nada de eso —dijo Savitri.

—Que sea una orden fija.

—Y aunque lo hubieras dicho —dijo Savitri, soltando su libro—, eso da por hecho que los Chengelpet me escucharían, cosa que no quiso hacer ninguno de los dos. Aftab entró primero con la cabra y Nissim lo siguió. Ninguno de los dos me miró siquiera.

—No quiero tener que tratar con los Chengelpet —dije—. Acabo de comer.

Savitri extendió una mano hacia un lado de la mesa, cogió la papelera y la colocó en lo alto.

—No hay problema, vomita primero —dijo.

Yo había conocido a Savitri varios años antes, cuando recorría las colonias como mediador de las Fuerzas de Defensa Colonial, con la misión de dar charlas allí donde me enviaran. En la visita a la aldea de Nueva Goa en la colonia Huckleberry, Savitri se levantó y me acusó de ser una herramienta del régimen imperial y totalitario de la Unión Colonial. Me cayó bien de inmediato. Cuando me largué de las FDC, decidí establecerme en Nueva Goa. Me ofrecieron el cargo de defensor del pueblo, lo acepté, y el primer día de trabajo me sorprendió encontrarme a Savitri allí, diciéndome que iba a ser mi secretaria me gustara o no.

—Recuérdame de nuevo por qué aceptaste este trabajo —le dije a Savitri, por encima de la papelera.

—Pura perversidad —contestó ella—. ¿Vas a vomitar o no?

—Creo que me lo quedaré dentro —dije. Savitri cogió la papelera, volvió a dejarla donde estaba y luego cogió su libro para continuar leyendo.

Tuve una idea.

—Eh, Savitri —dije—. ¿Quieres mi puesto?

—Claro —respondió ella, abriendo el libro—. Empezaré justo después de que termines con los Chengelpet.

—Gracias —dije.

Savitri gruñó. Había regresado a sus aventuras literarias. Hice acopio de valor y atravesé la puerta de mi despacho.

La cabra que había plantada allí en medio era bonita. Los Chengelpet, sentados ante mi escritorio, no tanto.

—Aftab —dije, saludando al hermano mayor—. Nissim —dije, saludando al más joven—. Y amiga —dije, saludando a la cabra. Me senté—. ¿Qué puedo hacer por vosotros esta tarde?

—Puede darme permiso para pegarle un tiro a mi hermano, mediador Perry —dijo Nissim.

—No estoy seguro de que eso forme parte de mi trabajo —dije—. Y además, parece un poco drástico. ¿Por qué no me decís qué es lo que pasa?

Nissim señaló a su hermano.

—Este hijo de puta ha robado mi simiente —dijo.

—¿Cómo? —dije yo.

—Mi simiente —repitió Nissim—. Pregúntele. No puede negarlo.

Parpadeé y me volví hacia Aftab.

—Así que robando la simiente de tu hermano, ¿eh, Aftab?

—Debe perdonar usted a mi hermano —dijo Aftab—. Tiene tendencia al histerismo, como bien sabe. Lo que quiere decir es que uno de sus machos cabríos se salió de sus pastos, entró en los míos y dejó preñada a esta cabra de aquí, y ahora dice que le he robado el esperma de su cabra.

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