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Authors: Domingo Villar

Tags: #Policíaco

Ojos de agua

BOOK: Ojos de agua
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Entre el aroma del mar y de los pinos gallegos, en una torre residencial junto a la playa, un joven saxofonista de ojos claros, Luis Reigosa, ha aparecido asesinado con una crueldad que apunta a un crimen pasional. Sin embargo, el músico muerto no mantiene una relación estable y la casa, limpia de huellas, no muestra más que partituras ordenadas en los estantes y saxofones colgados en las paredes.

Leo Caldas, un solitario y melancólico inspector de policía que compagina su trabajo en comisaría con un consultorio radiofónico, se hará cargo de una investigación que le llevará de la bruma del anochecer al humo de las tabernas y los clubes de jazz. A su lado está el ayudante Rafael Estévez, un aragonés demasiado impetuoso para una Galicia irónica y ambigua, e incluso demasiado impetuoso para el propio Leo, que busca entre sorbos de vino los fantasmas ocultos en los demás mientras intenta sobrevivir a los suyos.

Gracias a la labor de este singular tándem Caldas–Estévez la verdad termina por aflorar, llevándonos a desentrañar el secreto que esconden los Ojos de agua.

Domingo Villar

Ojos de agua

ePUB v1.0

Crubiera
28.08.12

Título original:
Ollos de agua

Domingo Villar, 2006.

Diseño portada: Luis Alonso Ocaña

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.0

A Beatriz meu amor

que me achega ao mar nos sens ollos

Oscuro:

1. Que carece de luz o claridad. 2. Se dice del color que casi llega a ser negro, y del que se contrapone a otro más claro de su misma gama. 3. Desconocido o poco conocido, y por ello generalmente dudoso. 4. Confuso, falto de claridad, poco comprensible. 5. Incierto.

La línea de luces de la costa, el resplandor de la ciudad, la espuma blanca batiendo en el rompiente… No importaba que estuviera oscuro y la lluvia empapara los cristales. Quienes acudían a su casa por primera vez hablaban siempre de las vistas, como por obligación.

Luis Reigosa escogió un CD del estante, lo colocó en el equipo de música y sirvió las bebidas en unas copas anchas cuyos bordes había frotado antes con la cáscara de un limón. No sospechó que eran las últimas que servía.

Escucharon el bramido del viento cuando bajaron abrazados a la habitación. Desde el salón, Billie Holiday les regalaba The man I love.

Someday he'll come along

the man I love

and he'll be big and strong

the man I love.

Sintonía:

1. Armonía, adaptación o entendimiento entre dos o más personas o cosas. 2. Hecho de estar sintonizados dos sistemas de transmisión y recepción. 3. Igualdad de tono o frecuencia entre dos sistemas de vibraciones. 4. Música que señala el comienzo o el final de una emisión.

«Municipales tres, Leo cero».

Leo Caldas se liberó de la opresión de los auriculares, encendió un cigarrillo y miró por la ventana.

Los niños perseguían palomas por los jardines bajo la vigilancia atenta de sus madres, que hablaban en corro, y de los pájaros, que esperaban a tenerlos cerca para alzar el vuelo.

Se ajustó nuevamente los cascos cuando una mujer llamó para denunciar el pub situado en el bajo de su vivienda. El ruido, decía, en ocasiones les impedía dormir hasta la salida del sol. Se quejaba de los gritos, la música a todo volumen, los bocinazos de los coches, la doble fila, los cánticos, las peleas, los orines que regaban las paredes, y los vidrios rotos en el suelo, que constituían una amenaza para su pequeño.

Caldas dejó que la mujer se desahogara, sabiendo que difícilmente podría proporcionarle algo más que consuelo.

—Voy a pasar una nota a la policía municipal para que midan los decibelios y comprueben si se cumplen los horarios de cierre —dijo, anotando la dirección del pub en el cuaderno.

Debajo escribió: «Municipales cuatro, Leo cero».

La sintonía del programa les acompañó hasta que Rebeca colocó sobre el cristal un nuevo cartel rotulado en trazos negros. Leo Caldas dio una calada rápida a su cigarrillo y lo dejó apoyado en equilibrio sobre el borde del cenicero.

—Ángel, buenas tardes —saludó Santiago Losada al oyente que esperaba al otro lado del hilo telefónico.

—Bienvenido sea el dolor si es causa de arrepentimiento —dijo despacio el hombre, pronunciando claramente cada palabra.

—¿Cómo? —preguntó el locutor, tan sorprendido como Caldas por aquella insólita frase.

—Bienvenido sea el dolor si es causa de arrepentimiento —repitió, con la misma voz pausada que había utilizado en la primera ocasión.

—Disculpe, Ángel. Está usted en contacto con
Patrulla en las ondas
—le recordó Losada—. ¿Quiere realizar alguna pregunta al inspector Caldas?

El oyente cortó la comunicación dejando al locutor sin respuesta, maldiciendo para sí.

—A la gente le encanta escucharse por la radio —se justificó ante el policía, aprovechando los consejos publicitarios.

Leo Caldas sonrió pensando que el fatuo Losada tenía bien merecido que le bajasen los humos de vez en cuando.

—A unos más que a otros —masculló.

En otra llamada, un anciano, vecino de un barrio en las afueras de la ciudad, se quejaba porque la luz verde de un semáforo para peatones próximo a su vivienda no permanecía encendida el tiempo suficiente para permitirle cruzar la calle.

Leo anotó la localización del semáforo en el cuaderno. Informaría a la policía municipal.

«Cinco a cero, sin contabilizar la llamada del loco».

Pese a tener desactivado el volumen, la pantalla del teléfono móvil del inspector se iluminó sobre la mesa, advirtiéndole de la existencia de llamadas perdidas.

Comprobó que eran tres, todas de Estévez, y decidió no contestar. Estaba cansado y no deseaba prolongar la jornada más de lo imprescindible. Se verían en la comisaría o, con suerte, al día siguiente.

Dio una profunda calada que agotó el cigarrillo, aplastó la colilla en el cenicero y se embutió los auriculares para escuchar a Eva, quien relató cómo unas apariciones de carácter sobrenatural, unos espectros abominables, se presentaban en su hogar cada noche de modo sistemático.

Leo se preguntó si Losada no contemplaría crear una sección titulada
Locura en las ondas
donde acoger a los iluminados que con tanta asiduidad contactaban con el programa.

Pudo confirmarlo cuando el locutor subrayó el nombre y el teléfono de la mujer en su agenda.

Algunas llamadas después, finalizaba la emisión ciento ocho de
Patrulla en las ondas
. Leo Caldas leyó el resultado final en su cuaderno de tapas negras: «Municipales nueve, locos dos, Leo cero».

Ambigüedad:

1. Posibilidad de que algo pueda entenderse de varios modos o de que admita distintas interpretaciones. 2. Incertidumbre, duda o vacilación.

El inspector entró en la comisaría y se internó por el pasillo que formaban las dos hileras de mesas. Con frecuencia, caminando entre los ordenadores alineados, había tenido la sensación de encontrarse en la redacción de un periódico en lugar de en una comisaría de policía.

Estévez se puso en pie al verle aparecer y le siguió moviendo su humanidad de más de un metro noventa.

Leo Caldas atravesó la puerta de cristal esmerilado de su despacho y echó un vistazo a las diferentes pilas de papeles amontonadas sobre su mesa. Sabiendo que sólo se trataba de una media verdad, se jactaba de ser capaz de localizar cada cosa en aquel aparente desorden de notas y documentos. Se dejó caer en su silla de cuero negro, cansado tras una larga jornada de trabajo, y suspiró sin saber por dónde empezar.

Rafael Estévez irrumpió disipando sus dudas.

—Inspector, ha llamado el comisario Soto. Quiere que vayamos a esta dirección —dijo, agitando un papel—. Los de la brigada ya están allí.

—Rafa, entre el comisario y tú no me dejáis ni sentarme. ¿Alguna información acerca de lo que ha sucedido?

—No. Le he dicho que estaba usted en la emisora con el mamón ese de las ondas y me he ofrecido a ir yo, pero ha preferido que le esperara.

—Déjame ver.

Caldas leyó la dirección, arrugó el papel y lo dejó sobre la mesa.

—Mierda —musitó, cerrando los ojos y recostándose en la silla.

—¿No piensa ir, jefe? —preguntó Estévez.

Leo Caldas chasqueó la lengua.

—Espera un poco, ¿quieres?

—Claro —contestó Estévez, todavía poco familiarizado con las maneras de su superior.

Rafael Estévez había recalado en Galicia pocos meses atrás. Su traslado se debía, según se rumoreaba en comisaría, a un castigo que alguien le había impuesto en su Zaragoza natal. El agente había aceptado sin especial desagrado trabajar en Vigo, aunque había algunas cosas a las que le estaba costando más tiempo del previsto acostumbrarse. Una era lo impredecible del clima, en variación constante, otra la continua pendiente de las calles de la ciudad, la tercera era la ambigüedad. En la recia mente aragonesa de Rafael Estévez las cosas eran o no eran, se hacían o se dejaban de hacer, y le suponía un considerable esfuerzo desentrañar las expresiones cargadas de vaguedades de sus nuevos conciudadanos.

Su primera toma de contacto con la genuina conducta local había tenido lugar a los tres días de llegar, cuando el comisario Soto le ordenó tomar declaración a un adolescente al que habían sorprendido vendiendo marihuana a sus compañeros de instituto.

—¿Nombre? —había preguntado Estévez, dispuesto a rematar la tarea con prontitud.

—¿Mi nombre? —preguntó el chico.

—Claro, chaval, no vas a decirme el mío.

—Ya —concedió el joven traficante.

—Pues dime tu nombre.

—Francisco.

El agente Estévez tecleó el nombre del muchacho.

—¿Francisco algo?

—Francisco nada.

—¿No tienes apellidos?

—Ah, Martín Fabeiro, Francisco Martín Fabeiro.

Rafael Estévez, sentado ante el ordenador, trasladó los apellidos a la pantalla y colocó el cursor en el siguiente espacio en blanco del informe de la declaración.

—¿Domicilio?

—¿Mi domicilio? —preguntó el joven.

Rafael Estévez alzó la vista.

—¿Crees que quiero que me digas el mío? ¿Te parece que hemos venido a jugar a las adivinanzas?

—No, señor.

—Pues a ver si acabamos de una vez. ¿Cuál es tu domicilio?

Estévez hizo una pausa aguardando una respuesta del chico, al que la pregunta parecía exigir una profunda reflexión.

—¿Se refiere a donde vivo normalmente? —consultó al fin.

—¿Tú vendes los porros o te los fumas de seis en seis? Pues claro que me refiero al lugar en que resides normalmente. Se trata de poder localizarte.

—Ah, pues depende…

—¿Cómo que depende? Tendrás una casa, como todo el mundo. A no ser que vivas en la calle, como los gatos.

—No, no señor. Vivo con mis padres.

—Pues dime su dirección —rugió Estévez.

—¿La dirección de mis padres?

—Mira, chaval, que te quede algo bien claro: aquí el que hace las preguntas soy yo. ¿Entiendes eso?

—Sí, señor.

—Pues ahora que lo has comprendido me vas a decir dónde vives tú y dónde vive tu mierda de familia. ¿Me has comprendido? —le advirtió, acalorado.

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