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Authors: José Carlos Somoza

Tags: #Intriga

La caverna de las ideas (5 page)

BOOK: La caverna de las ideas
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La tarde se agotaba sin pausas sobre los dos hombres. Por fin, Diágoras, frotándose los brazos bajo el manto con gestos veloces, decidió hablar:

—Pronto llegará la noche. El día ha transcurrido muy rápido. Y aún no la hemos encontrado… Hemos preguntado, por lo menos, a veinte de ellas, y sólo hemos recibido indicaciones confusas. Creo que intentan ocultarla, o engañarnos.

Siguieron avanzando por la estrecha calle en pendiente. Más allá de los tejados, el ocaso púrpura revelaba el final del mar. La multitud y el frenético ritmo del puerto del Pireo quedaban atrás, también los lugares más frecuentados por aquellos que buscaban placer o diversión: ahora se hallaban en el barrio donde
ellas
vivían, un bosque de veredas de piedra y árboles de adobe donde la oscuridad llegaba antes y la Noche se alzaba prematura; una soledad habitada, oculta, repleta de ojos invisibles.

—Al menos, tu conversación resulta distraída —dijo Diágoras sin molestarse en disimular su irritación. Le parecía que llevaba horas hablando solo; su compañero se limitaba a caminar, gruñir y, de vez en cuando, dar buena cuenta de uno de los higos de su alforja—. Me encanta tu facilidad para el diálogo, por Zeus… —se detuvo y volvió la cabeza, pero sólo el eco de sus pasos les seguía—. Estas callejuelas repugnantes, atiborradas de basura y mal olor… ¿Dónde está la ciudad «bien construida», como define todo el mundo al Pireo? ¿Es éste el famoso trazado «geométrico» de las calles que, según dicen, elaboró Hipódamo de Mileto? ¡Por Hera, que ni siquiera veo inspectores de los barrios,
astínomos,
esclavos o soldados, como en Atenas! No me parece estar entre griegos sino en un mundo bárbaro… Además, no es sólo mi impresión: este sitio es peligroso, puedo olfatear el peligro igual que el olor del mar. Claro que, gracias a tu animada charla, me siento más tranquilo. Tu conversación me consuela, me hace olvidar por dónde voy…

—No me pagas para que hable, Diágoras —dijo Heracles con suprema indiferencia.

—¡Gracias a Apolo, oigo tu voz! —ironizó el filósofo—. ¡Pigmalión no se asombró tanto cuando Galatea le habló! Mañana sacrificaré una cabritilla en honor de…

—Calla —lo interrumpió el Descifrador con rapidez—. Ésa es la casa que nos han dicho…

Un agrietado muro gris se alzaba con dificultad a un lado de la calle; frente al hueco de la puerta reuníase un cónclave de sombras.

—Querrás decir la séptima —protestó Diágoras—: Ya he preguntado en vano en otras seis casas anteriores.

—Pues, teniendo en cuenta tu creciente experiencia, no creo que te resulte difícil interrogar ahora a estas mujeres…

Los oscuros chales que ocultaban los rostros se transformaron velozmente en miradas y sonrisas cuando Diágoras se acercó.

—Perdonadnos. Mi amigo y yo buscamos a la bailarina llamada Yasintra. Nos han dicho…

Igual que la rama tronchada que el cazador pisa por descuido alarma a la presa que, fugacísima, huye del calvero para buscar la seguridad de la espesura, así las palabras de Diágoras provocaron una inesperada reacción en el grupo: una de las muchachas se alejó corriendo calle abajo con celeridad mientras las demás, apresuradas, se introducían en la casa.

—¡Espera! —gritó Diágoras a la sombra que huía—. ¿Ésa es Yasintra? —preguntó a las otras mujeres—. ¡Esperad, por Zeus, sólo queremos…!

La puerta se cerró con precipitación. La calle ya estaba vacía. Heracles continuó su camino sin apresurarse y Diágoras, muy a pesar suyo, lo siguió. Un instante después, dijo:

—¿Y ahora? ¿Qué se supone que vamos a hacer? ¿Por qué seguimos caminando? Se ha marchado. Ha huido. ¿Es que piensas alcanzarla a este paso? —Heracles gruñó y extrajo con calma otro higo de la alforja. En el colmo de la exasperación, el filósofo se detuvo y le dirigió vivaces palabras—: ¡Escucha de una vez! Hemos buscado a esa hetaira durante todo el día por las calles del puerto y del interior, en las casas de peor fama, en el barrio alto y en el bajo, aquí y allá, apresuradamente, confiando en la palabra mendaz de las almas mediocres, los espíritus incultos, las soeces alcahuetas, las mujeres malvadas… Y ahora que, al parecer, Zeus nos había permitido encontrarla ¡vuelve a perderse! ¡Y tú sigues caminando sin prisas, como un perro satisfecho, mientras…!

—Cálmate, Diágoras. ¿Quieres un higo? Te dará fuerzas para…

—¡Déjame en paz con tus higos! ¡Quiero saber por qué continuamos caminando! Creo que deberíamos intentar hablar con las mujeres que entraron en la casa y…

—No: la mujer que buscamos es la que ha huido —dijo tranquilamente el Descifrador.

—¿Y por qué no corremos tras ella?

—Porque estamos muy cansados. Al menos, yo lo estoy. ¿Tú no?

—Si es así —Diágoras se irritaba cada vez más—, ¿por qué continuamos caminando?

Heracles, sin detenerse, se permitió un breve silencio mientras masticaba.

—En ocasiones, el cansancio se quita con cansancio —dijo—. De esta forma, tras muchos cansancios seguidos nos volvemos incansables.

Diágoras lo vio alejarse al mismo ritmo, calle abajo, y, a regañadientes, se unió a él.

—¡Y todavía te atreves a decir que no te gusta la filosofía! —resopló.

Caminaron durante un trecho en el silencio de la Noche cercana. La calle por la que había huido la mujer proseguía sin interrupciones entre dos filas de casas ruinosas. Muy pronto, la oscuridad sería absoluta, y ni siquiera las casas podrían vislumbrarse.

—Estas callejuelas viejas y tenebrosas… —se quejó Diágoras—. ¡Sólo Atenea sabe adónde puede haber ido esa mujer! Era joven y ágil… Creo que sería capaz de correr sin detenerse hasta salir del Ática…

Y la imaginó huyendo, en efecto, hacia los bosques colindantes, dejando huellas en el barro con sus pies descalzos, bajo el brillo de una luna tan blanca como un lirio en las manos de una muchacha, sin importarle la oscuridad (pues, sin duda, conocería el camino), saltando sobre los lirios, la respiración agitando su pecho, el sonido de sus pasos atenuado por la distancia, los ojos de cervatilla muy abiertos. Quizá se despojaría de la ropa para correr con más presteza, y la blancura de lirio de su cuerpo desnudo cruzaría la espesura como un relámpago sin que los árboles lo estorbaran, el pelo suelto enredándose apenas en la cornamenta de las ramas, finas como tallos de plantas o dedos de muchacha, veloz, desnuda y pálida como una flor de marfil que una adolescente sostuviera entre sus manos mientras huye.
[14]

Habían llegado a una encrucijada. Más allá, la calle se prolongaba con un pasaje estrecho, sembrado de piedras; otra callejuela arrancaba a la izquierda; a la derecha, un pequeño puente entre dos casas altas cobijaba un angosto túnel cuyo extremo final se perdía entre las sombras.

—¿Y ahora? —se irritó Diágoras—. ¿Debemos echar a suertes nuestro camino?

Sintió la presión en el brazo y se dejó conducir en silencio, dócilmente pero con rapidez, hacia la esquina más cercana al túnel.

—Esperaremos aquí —susurró Heracles.

—Pero ¿y la mujer?

—A veces esperar es una forma de perseguir.

—¿Acaso supones que va a regresar sobre sus pasos?

—Por supuesto. —Heracles capturó otro higo—. Siempre se regresa. Y habla más bajo: la presa puede asustarse.

Esperaron. La luna descubrió su cuerna blanca. Un golpe de viento fugacísimo animó la quietud de la noche. Ambos hombres se arrebujaron aún más en sus mantos; Diágoras reprimió un escalofrío, pese a que la temperatura era menos desagradable que en la Ciudad debido a la presencia moderadora del mar.

—Viene alguien —susurró Diágoras.

Era como el lento ritmo de los pies descalzos de una muchacha. Pero lo que llegó hasta ellos procedente de las estrechas calles más allá de la encrucijada no fue una persona sino una flor: un lirio estropeado por las manos fuertes de la brisa; sus pétalos golpearon las piedras cercanas al escondite de Heracles y Diágoras, y, desparramada, siguió su apresurado camino entre un aire con olor a espuma y sal, perdiéndose calle arriba, sostenida por el viento como por una muchacha deslumbrante —ojos de mar, cabellos de luna— que la llevara entre los dedos mientras corriera.

—No era nada. Sólo el viento —dijo Heracles.
[15]

El tiempo murió durante un breve instante. Diágoras, que empezaba a estar aterido de frío, se descubrió hablando en voz baja con la robusta sombra del Descifrador, a quien ya no podía ver el rostro:

—Nunca imaginé que Trámaco… Quiero decir, ya me entiendes… Nunca creí que… La pureza era una de sus principales virtudes, o al menos así me lo parecía. Lo último que hubiese llegado a creer de él era esto… ¡Relacionarse con una vulgar…! ¡Pero si todavía no era un hombre!… Ni siquiera se me ocurrió pensar que sintiera los deseos de un efebo… Cuando Lisilo me lo dijo…

—Calla —dijo de repente la sombra de Heracles—. Escucha.

Eran como rápidos arañazos entre las piedras. Diágoras recibió en su oído el tibio aliento del Descifrador un momento antes de oír su voz.

—Échate sobre ella con rapidez. Protege tu entrepierna con una mano y no pierdas de vista sus rodillas… Y procura tranquilizarla.

—Pero…

—Haz lo que te digo o se escapará de nuevo. Yo te secundaré.

«¿Qué quiere decir con
yo te secundaré
?», pensó Diágoras, indeciso. Pero no tuvo tiempo de hacerse más preguntas.

Ágil, rápida, silenciosa, una silueta se extendió como una alfombra por el suelo de la encrucijada, proyectada por un rastro de luna. Diágoras se abalanzó sobre ella cuando, inadvertida, se encarnó en un cuerpo junto a él. Una mata de pelo perfumado se revolvió con violencia frente a su rostro y unas formas musculares se agitaron entre sus brazos. Diágoras empujó aquella cosa hacia la pared opuesta.

—¡Por Apolo, basta! —exclamó, y se echó sobre ella—. ¡No vamos a hacerte nada! Sólo queremos hablar… Calma… —la cosa cesó de moverse y Diágoras se apartó un poco. No pudo verle el rostro: se enmascaraba con las manos; por entre los dedos, largos y delgados como tallos de lirio, brillaba una mirada—. Sólo vamos a hacerte unas preguntas… Sobre un efebo llamado Trámaco. Lo conocías, ¿no? —pensó que ella terminaría por abrirle la puerta de sus manos, apartar aquellas frondas tenues y mostrar su rostro, más tranquila. Fue entonces cuando sintió el relámpago en el vientre inferior. Vio la luz antes de percibir el dolor: era cegadora, perfecta, y anegó sus ojos como un líquido rellena rápidamente una vasija. El dolor aguardó un poco más, agazapado entre sus piernas; entonces se desperezó con rabia y ascendió súbito hasta su conciencia como un vómito de cristales. Cayó al suelo tosiendo, y ni siquiera percibió el golpe de sus rodillas contra la piedra.

Hubo un forcejeo. Heracles Póntor se abalanzó sobre la cosa. No la trató con miramientos, como había hecho Diágoras: la cogió de los delgados brazos y la hizo retroceder con rapidez hasta la pared; la oyó gemir —un jadeo de hombre— y volvió a usar la pared como arma. La cosa respondió, pero él apoyó su obeso cuerpo contra ella para impedirle usar las rodillas. Vio que Diágoras se incorporaba con dificultad. Entonces le dirigió a su presa rápidas palabras:

—No te haremos daño a menos que no nos dejes otra elección. Y si vuelves a golpear a mi compañero, no me dejarás otra elección —Diágoras se apresuró a ayudarle. Heracles dijo—: Sujétala bien esta vez. Ya te advertí que tuvieras cuidado con sus rodillas.

—Mi amigo… habla la verdad… —Diágoras tomaba aliento en cada palabra—. No quiero hacerte daño… ¿Me has comprendido? —la cosa asintió con la cabeza, pero Diágoras no disminuyó la presión que ejercía sobre sus brazos—. Sólo serán unas preguntas…

La lucha cedió súbitamente, como cede el frío cuando los músculos se esfuerzan en una veloz carrera. De repente, Diágoras percibió cómo la cosa se convertía, sin pausas, en una mujer. Sintió por primera vez la firme proyección de sus pechos, la estrechez de la cintura, el olor distinto, la tersura de su dureza; advirtió el crecimiento de los oscuros rizos del pelo, la emergencia de los esbeltos brazos, la formación de los contornos. Por fin, sorprendió sus rasgos. Era extraña, eso fue lo primero que pensó: descubrió que la había imaginado (no sabía la razón) muy hermosa. Pero no lo era: los rizos de su cabello formaban un pelaje desordenado; los ojos eran demasiado grandes y muy claros, como los de un animal, aunque no advirtió el color en la penumbra; los pómulos, flacos, denunciaban el cráneo bajo la piel tensa. Se apartó de ella, confuso, sintiendo aún el lento latido del dolor en su vientre. Dijo, y sus palabras se envolvieron en humo con el aliento:

—¿Eres Yasintra?

Ambos jadeaban. Ella no respondió.

—Conocías a Trámaco… Él te visitaba.

—Ten cuidado con sus rodillas… —escuchó a infinita distancia la voz de Heracles.

La muchacha seguía mirándolo en silencio.

—¿Te pagaba por las visitas? —no entendió muy bien por qué había hecho aquella pregunta.

—Claro que me pagaba —dijo ella. Ambos hombres pensaron que muchos efebos no poseían una voz tan viril: era el eco de un oboe en una caverna—. Los ritos de Bromion se pagan con peanes; los de Cipris, con óbolos.

Diágoras, sin saber la razón, se sintió ofendido: quizá la ofensa radicaba en que la muchacha no parecía asustada. ¿Había advertido, incluso, que sus gruesos labios se burlaban de él en la oscuridad?

—¿Cuándo lo conociste?

—En las pasadas Leneas. Yo bailaba en la procesión del dios. Él me vio bailar y me buscó después.

—¿Te buscó? —exclamó Diágoras, incrédulo—. ¡Si aún no era un hombre!…

—Muchos niños también me buscan.

—Quizá hablas de otra persona…

—Trámaco, el adolescente al que mataron los lobos —replicó Yasintra—. De ése hablo.

Heracles intervino, impaciente:

—¿Quiénes creías que éramos?

—No comprendo —Yasintra volvió hacia él su acuosa mirada.

—¿Por qué huíste de nosotros cuando preguntamos por ti? No eres de las que suelen huir de los hombres. ¿A quiénes esperabas?

—A nadie. Huyo cuando me apetece.

—Yasintra —Diágoras parecía haber recobrado la calma—, necesitamos tu ayuda. Sabemos que a Trámaco le sucedía algo. Un problema muy grave lo atormentaba. Yo… Nosotros fuimos sus amigos y queremos averiguar qué le ocurría. Tu relación con él ya no importa. Sólo nos interesa saber si Trámaco te habló de sus preocupaciones…

Quiso añadir: «Oh, por favor, ayúdame. Es mucho más importante para mí de lo que crees». Le hubiera pedido ayuda cien veces, pues se sentía desvalido, frágil como un lirio en las manos de una doncella. Su conciencia había perdido todo rastro de orgullo y se había convertido en una adolescente de ojos azules y cabellos radiantes que gemía: «Ayúdame, por favor, ayúdame». Pero aquel deseo, tan ligero como el roce de la túnica blanca de una muchacha con los pétalos de una flor, y, a la vez, tan ardiente como el cuerpo núbil y deleitable de la misma muchacha desnuda, no se tradujo en palabras.
[16]

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