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Authors: José Carlos Somoza

Tags: #Intriga

La caverna de las ideas (3 page)

BOOK: La caverna de las ideas
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Heracles Póntor llegó a la caída del sol, pues había decidido participar también en la
ecforá,
la comitiva fúnebre, que se celebraba siempre de noche. Penetró con ceremoniosa lentitud en el oscuro vestíbulo —húmedo y frío, de aire aceitoso por el olor de los ungüentos—, dio una vuelta completa alrededor del cadáver siguiendo los pasos de la flexuosa fila de visitantes, y abrazó en silencio a Daminos y a Etis, que lo recibió velada por un negro peplo y un chal de gran capucha. Nada hablaron. Su abrazo fue uno de tantos. Durante su recorrido pudo distinguir a algunos hombres que conocía y a otros que no: allí estaban el noble Praxínoe y su hijo, el bellísimo Antiso, de quien se afirmaba que había sido uno de los mejores amigos de Trámaco; allí también Isífenes y Efialtes, dos reputados mercaderes que, sin duda, habían acudido por Daminos; y —una presencia que no dejó de sorprenderle— Menecmo, el escultor poeta, vestido con el descuido que lo caracterizaba, que se entretuvo en quebrantar el protocolo dedicándole a Etis algunas palabras en voz baja. Por fin, a la salida, en la húmeda frialdad del jardín, creyó advertir la robusta figura del filósofo Platón aguardando entre los hombres que aún no habían entrado, y dedujo que había venido en recuerdo de su antigua amistad con Meragro.

Una inmensa y sinuosa criatura parecía la comitiva que emprendió el camino del cementerio por la Vía de las Panateneas: la cabeza la formaban, en primer lugar, los vaivenes del cadáver transportado por cuatro esclavos; detrás, los familiares directos —Daminos, Etis y Elea—, sumidos en el silencio del dolor; y los tañedores de oboe, jóvenes con túnicas negras que aguardaban el inicio del rito para empezar a tocar; por último, los peplos blancos de las cuatro plañideras. El cuerpo lo constituían los amigos y conocidos de la familia, que avanzaban en dos hileras.

El cortejo salió de la Ciudad por la Puerta del Dipilon y se internó en el Camino Sagrado, lejos de las luces de las viviendas, entre la húmeda y fría neblina de la noche. Las piedras del Cerámico retemblaron undosas bajo el resplandor de las antorchas: por doquier aparecían figuras de dioses y héroes cubiertas por el suave aceite del rocío nocturno, inscripciones en altas estelas adornadas con siluetas ondulantes y urnas de graves contornos sobre las que reptaba la hiedra. Los esclavos depositaron cuidadosamente el cadáver en la pira funeraria. Los tañedores de oboe hicieron deslizar por el aire las sinuosas notas de sus instrumentos; las plañideras, coreográficas, rasgaron sus vestiduras al tiempo que entonaban la oscilante frialdad de su canto. Se iniciaron las libaciones en honor a los dioses de los muertos. El público se dispersó para contemplar el rito: Heracles eligió la proximidad de una enorme estatua del héroe Perseo; la cabeza decapitada de Medusa, que el héroe asía de las víboras del pelo, quedaba a la altura de su rostro, y parecía contemplarlo con ojos deshabitados. Finalizaron los cánticos, se pronunciaron las últimas palabras, y las doradas cabezas de cuatro antorchas se inclinaron ante los bordes de la pira: el Fuego multicefálico se alzó, retorciéndose, y sus múltiples lenguas ondearon en el aire frío y húmedo de la Noche
[6]
.

El hombre golpeó la puerta varias veces. Como nadie respondió, volvió a golpear. En el oscuro cielo ateniense, las nubes de varias cabezas comenzaron a agitarse.

Por fin, la puerta se abrió, y un rostro blanco, sin rasgos, envuelto en un largo sudario negro, apareció tras ella. El hombre, confuso, casi atemorizado, titubeó antes de hablar:

—Deseo ver a Heracles Póntor, a quien llaman el Descifrador de Enigmas.

La figura se deslizó hacia las sombras en silencio y el hombre, aún indeciso, penetró en la casa. Afuera proseguía el irregular estrépito de los truenos.

Heracles Póntor, sentado a la mesa de su pequeña habitación, había dejado de leer y se concentraba, distraído, en el sinuoso trayecto de una grieta grande que descendía desde el techo hasta la mitad de la pared frontera, cuando de repente la puerta se abrió con suavidad y apareció Pónsica en el umbral.

—Una visita —dijo Heracles descifrando los armónicos, ondulantes gestos de las delgadas manos de su esclava enmascarada, de ágiles dedos—. Un hombre. Quiere verme —las manos se agitaban juntas; las diez cabezas de los dedos conversaban en el aire—. Sí, hazlo pasar.

El hombre era alto y delgado. Se envolvía en un humilde manto de lana impregnado de las untuosas escamas del relente nocturno. Su cabeza, bien formada, ostentaba una lustrosa calva, y una barba blanca recortada con esmero le adornaba el mentón. En sus ojos había claridad, pero las arrugas que los rodeaban revelaban edad y cansancio. Cuando Pónsica se hubo marchado, siempre en silencio, el recién llegado, que no había dejado de observarla con expresión de asombro, se dirigió a Heracles.

—¿Acaso es cierta tu fama?

—¿Qué dice mi fama?

—Que los Descifradores de Enigmas pueden leer en el rostro de los hombres y en el aspecto de las cosas como si fueran papiros escritos. Que conocen el lenguaje de las apariencias y saben traducirlo. ¿Es por ello que tu esclava oculta el rostro tras una máscara sin rasgos?

Heracles, que se había levantado para coger una fuente de frutas y una crátera de vino, sonrió ligeramente y dijo:

—Por Zeus, que no seré yo quien desmienta tal fama, pero mi esclava se cubre la cara más por mi tranquilidad que por la suya: fue secuestrada por unos bandidos lidios cuando no era más que un bebé, los cuales, durante una noche de borrachera múltiple, se divirtieron quemando su rostro y arrancándole la pequeña lengua… Puedes coger fruta si quieres… Según parece, uno de los bandidos se apiadó de ella, o atisbo la posibilidad de negocio, y la adoptó. Después la vendió como esclava para trabajos domésticos. Yo la compré en el mercado hace dos años. Me gusta, porque es silenciosa como un gato y eficiente como un perro, pero sus facciones destruidas no me agradan…

—Comprendo —dijo el hombre—. Te compadeces de ella…

—Oh no, no es eso —repuso Heracles—. Es que me distraen. Sucede que mis ojos se dejan tentar con demasiada frecuencia por la complejidad de todo lo que ven: antes de que tú llegaras, por ejemplo, contemplaba abstraído el discurrir de esa interesante grieta en la pared, su cauce y afluentes, su origen… Pues bien: el rostro de mi esclava es un nudo espiral e infinito de grietas, un enigma constante para mi insaciable mirada, de modo que decidí ocultarlo obligándola a llevar esa máscara sin rasgos. Me gusta que me rodeen cosas simples: el rectángulo de una mesa, los círculos de las copas…, geometrías sencillas. Mi trabajo consiste, precisamente, en lo opuesto: descifrar lo complicado. Pero acomódate en el diván, por favor… En esta fuente hay fruta fresca, higos dulces sobre todo. A mí me apasionan los higos, ¿a ti no? También puedo ofrecerte una copa de vino no mezclado…

El hombre, que había estado escuchando las tranquilas palabras de Heracles con creciente sorpresa, se recostó lentamente en el diván. La sombra de su calva cabeza, proyectada por la luz de la pequeña lámpara de aceite que había sobre la mesa, se irguió como una esfera perfecta. La sombra de la cabeza de Heracles —un grueso tronco de cono con un breve musgo de pelo plateado en la cúspide— llegaba hasta el techo.

—Gracias. Por ahora, aceptaré el diván —dijo el hombre.

Heracles se encogió de hombros, apartó algunos papiros de la mesa, acercó la fuente de frutas, se sentó y cogió un higo.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó amablemente.

Un áspero trueno clamó en la distancia. Tras una pausa, el hombre dijo:

—Realmente, no lo sé. He oído decir que resuelves misterios. Vengo a ofrecerte uno.

—Enséñamelo —repuso Heracles.

—¿Qué?

—Enséñame el misterio. Yo sólo resuelvo los enigmas que puedo contemplar. ¿Es un texto? ¿Un objeto?…

El hombre adoptó de nuevo su expresión de asombro —ceño fruncido, labios entreabiertos— mientras Heracles arrancaba de un pulcro mordisco la cabeza del higo
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.

—No, no es nada de eso —dijo con lentitud—. El misterio que vengo a ofrecerte es algo que fue, pero que ya no es. Un recuerdo. O la idea de un recuerdo.

—¿Cómo quieres que resuelva tal cosa? —sonrió Heracles—. Yo sólo traduzco lo que mis ojos pueden leer. No voy más allá de las palabras…

El hombre lo miró fijamente, como desafiándolo.

—Siempre hay
ideas
más allá de las palabras, aunque sean invisibles —dijo—. Y ellas son lo único importante
[8]
—la sombra de la esfera descendió cuando el hombre inclinó su cabeza—. Nosotros, al menos, creemos en la existencia independiente de las Ideas. Pero me presentaré: me llamo Diágoras, soy del
demo
de Medonte, y enseño filosofía y geometría en la escuela de los jardines de Academo. Ya sabes… la que llaman la «Academia». La escuela que dirige Platón.

Heracles movió la cabeza, asintiendo.

—He oído hablar de la Academia y conozco un poco a Platón —dijo—. Aunque he de admitir que últimamente no lo veo con frecuencia…

—No me extraña —repuso Diágoras—: Se encuentra muy ocupado en la composición de un nuevo libro para su Diálogo sobre el gobierno ideal. Pero no es de él de quien vengo a hablarte, sino de… uno de mis discípulos: Trámaco, el hijo de la viuda Etis; el adolescente al que mataron los lobos hace unos días… ¿Sabes a quién me refiero?

El carnoso rostro de Heracles, iluminado a medias por la luz de la lámpara, no reflejó ninguna expresión. «Ah, Trámaco era alumno de la Academia», pensó. «Por eso Platón fue a darle el pésame a Etis.» Volvió a mover la cabeza y asintió. Dijo:

—Conozco a su familia, pero no sabía que Trámaco era alumno de la Academia…

—Lo era —replicó Diágoras—. Y un buen alumno, además.

Entrelazando las cabezas de sus gruesos dedos, Heracles dijo:

—Y el misterio que vienes a ofrecerme se relaciona con Trámaco…

—Directamente —asintió el filósofo.

Heracles permaneció pensativo durante un instante. Entonces hizo un gesto vago con la mano.

—Bien. Cuéntamelo lo mejor que puedas, y ya veremos.

La mirada de Diágoras de Medonte se perdió en el afilado contorno de la cabeza de la llama, que se alzaba, piramidal, sobre la mecha de la lámpara, mientras su voz desgranaba las palabras:

—Yo era su mentor principal y me sentía orgulloso de él. Trámaco poseía todas las nobles cualidades que Platón exige en aquellos que pretendan convertirse en sabios guardianes de la ciudad: era hermoso como sólo puede serlo alguien que ha sido bendecido por los dioses; sabía discutir con inteligencia; sus preguntas siempre eran atinadas; su conducta, ejemplar; su espíritu vibraba en armonía con la música y su esbelto cuerpo se había moldeado en el ejercicio de la gimnasia… Estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, y ardía de impaciencia por servir a Atenas en el ejército. Aunque me entristecía pensar que pronto abandonaría la Academia, ya que le profesaba cierto aprecio, mi corazón se regocijaba sabiendo que su alma ya había aprendido todo lo que yo podía enseñarle y se hallaba de sobra preparada para conocer la vida…

Diágoras hizo una pausa. Su mirada no se desviaba de la quieta ondulación de la llama. Prosiguió, con fatigada voz:

—Y entonces, hace aproximadamente un mes, empecé a percibir que algo extraño le ocurría… Parecía preocupado. No se concentraba en las lecciones: antes bien, permanecía alejado del resto de sus compañeros, apoyado en la pared más lejana a la pizarra, indiferente al bosque de brazos que se alzaban como cabezas de largos cuellos cuando yo hacía una de mis preguntas, como si la sabiduría hubiese dejado de interesarle… Al principio no quise darle demasiada importancia a tal conducta: ya sabes que los problemas, a esa edad, son múltiples, y brotan y desaparecen con suave rapidez. Pero su desinterés continuó. Incluso se agravó. Se ausentaba con frecuencia de las clases, no aparecía por el gimnasio… Algunos de sus compañeros habían notado también el cambio, pero no sabían a qué atribuirlo. ¿Estaría enfermo? Decidí hablarle a solas… si bien aún seguía creyendo que su problema sería intrascendente… quizás amoroso… ya me entiendes… es frecuente, a esa edad… —Heracles se sorprendió al observar que el rostro de Diágoras enrojecía como el de un adolescente. Lo vio tragar saliva antes de continuar—: Una tarde, en un intervalo entre las clases, lo hallé a solas en el jardín, junto a la estatua de la Esfinge…

El muchacho se hallaba extrañamente quieto entre los árboles. Parecía contemplar la cabeza de piedra de la mujer con cuerpo de león y alas de águila, pero su prolongada inmovilidad —tan semejante a la de la estatua— hacía pensar que su mente se hallaba muy lejos de allí. El hombre lo sorprendió en aquella postura: de pie, los brazos junto al cuerpo, la cabeza un poco inclinada, los tobillos unidos. El crepúsculo era frío, pero el muchacho sólo vestía una ligera túnica, corta como los
jitones
espartanos, que se agitaba con el viento y dejaba desnudos sus brazos y sus muslos blancos. Los bucles castaños estaban atados con una cinta. Calzaba hermosas sandalias de piel. El hombre, intrigado, se acercó: al hacerlo, el muchacho percibió su presencia y se volvió hacia él.

—Ah, maestro Diágoras. Estabais aquí…

Y comenzó a alejarse. Pero el hombre dijo:

—Aguarda, Trámaco. Precisamente quería hablarte a solas.

El muchacho se detuvo dándole la espalda (los blancos omoplatos desnudos) y giró con lentitud. El hombre, que intentaba mostrarse afectuoso, percibió la rigidez de sus suaves miembros y sonrió para tranquilizarle. Dijo:

—¿No estás desabrigado? Hace un poco de frío para tu escaso vestido…

—No siento frío, maestro Diágoras.

El hombre acarició con cariño el ondulado contorno de los músculos del brazo izquierdo de su pupilo.

—¿Seguro? Tu piel está helada, pobre hijo mío… y pareces temblar.

Se acercó aún más, provisto de la confianza que le otorgaba el afecto que sentía por él, y, con un suave gesto, un movimiento casi maternal de sus dedos, le apartó los rizos castaños arrollados en la frente. Una vez más se maravilló de la hermosura de aquel rostro intachable, de la belleza de aquellos ojos color miel que lo contemplaban parpadeando. Dijo:

—Escucha, hijo: tus compañeros y yo hemos notado que te ocurre algo. Últimamente no eres el mismo de siempre…

—No, maestro, yo…

—Escucha —insistió el hombre con suavidad, y acarició el terso óvalo del rostro del muchacho tomándolo con delicadeza del mentón, como se coge una copa de oro puro—. Eres mi mejor alumno, y un maestro conoce muy bien a su mejor alumno. Desde hace casi un mes parece que nada te interesa, no intervienes en los diálogos pedagógicos… Espera, no me interrumpas… Te has alejado de tus compañeros, Trámaco… Claro que te ocurre algo, hijo. Dime tan sólo qué es, y juro ante los dioses que procuraré ayudarte, ya que mis fuerzas no son escasas. No se lo diré a nadie si no quieres. Tienes mi palabra. Pero confía en mí…

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