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Authors: Jo Nesbø

Tags: #Policíaco

La estrella del diablo (32 page)

BOOK: La estrella del diablo
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Otto se echó encima del colchón que estaba en el suelo. ¿Qué estaría pasando en aquellos momentos en el 303? Echaba de menos su propia cama. Echaba de menos el colchón hundido. Echaba de menos a Aud Rita.

En ese momento se cerró la puerta de la entrada detrás de Harry. Permaneció de pie para encender el primer cigarrillo del día mientras miraba hacia el cielo, donde la bruma matinal se asemejaba a una fina cortina a través de la cual el sol empezaba a abrirse paso. Había dormido. Un sueño profundo y continuo, sin ensoñaciones. Apenas podía creerlo.

—¡Esto va a apestar hoy de lo lindo, Harry! La predicción del tiempo anuncia que será el día más caluroso desde 1907. Tal vez.

Era Ali, el vecino de abajo y dueño de Niazzi. No importaba lo pronto que Harry se levantase, siempre encontraba a Ali y a su hermano empleados en la tarea cuando él se iba al trabajo. Ali señalaba con la escoba algo que había en la acera.

Harry entrecerró los ojos para ver qué era. Una caca de perro. No la había visto cuando Vibeke estuvo justo en el mismo lugar la noche anterior. Obviamente, alguien había estado poco atento cuando sacó al perro aquella mañana. O aquella noche.

Miró el reloj. Había llegado el día. Dentro de unas horas, tendrían la respuesta.

Harry tragó el humo hasta los pulmones y notó cómo el sistema se despertaba con la mezcla de aire fresco y nicotina. Por primera vez en mucho tiempo, saboreaba el tabaco. Y encima, le sabía bien. Y por un momento se olvidó de todo lo que estaba a punto de perder. El trabajo. Rakel. El alma.

Porque hoy era el día.

Y había empezado bien.

Era, como ya había dicho, casi inconcebible.

Harry notó que se alegraba al oír su voz.

—Ya he hablado con mi padre. Cuidará de Oleg con mucho gusto. Søs también estará allí.

—¿Un estreno? —dijo con esa risa alegre en la voz—. ¿En el Teatro Nacional? ¡Madre mía!

Estaba exagerando. A veces le gustaba hacerlo, pero Harry se dio cuenta de que estaba emocionada.

—¿Qué te vas a poner? —preguntó.

—Todavía no has dicho que sí.

—Eso depende.

—El traje.

—¿Cuál?

—Vamos a ver… El que compré en la calle Hegdehaugsveien para la fiesta del diecisiete de mayo de hace dos años. Ya sabes, ese gris con…

—Es el único traje que tienes, Harry.

—Entonces me lo pondré, definitivamente.

Ella se rió. Esa risa suave, tan suave como su piel y sus besos, pero lo que más le gustaba era su risa. Así de sencillo.

—Pasaré a buscaros a las seis —dijo él.

—Bien. Pero ¿Harry?

—¿Sí?

—No pienses que…

—Ya lo sé. Sólo es una obra de teatro.

—Gracias, Harry.

—De nada.

Y volvió a reír. Una vez empezaba, Harry podía hacerla reír con cualquier cosa, como si estuvieran dentro de la misma cabeza y mirasen a través de los mismos ojos, no tenía más que señalar con el dedo, sin decir nada concreto. Tuvo que hacer un esfuerzo para colgar.

Había llegado el día. Y seguía siendo bueno.

Habían acordado que Beate se quedaría con Olaug Sivertsen durante la operación. Møller no quería correr el riesgo de que el objetivo —hacía dos días que Waaler había empezado a llamar al asesino «el objetivo» y ahora todo el mundo lo llamaba así— descubriese la trampa y cambiara de repente el orden de los escenarios.

Sonó el teléfono. Era Øystein. Quería saber qué tal le iban las cosas. Harry dijo que todo iba bien y que qué quería. Øystein dijo que sólo quería saber cómo le iban las cosas. Harry se sintió un poco avergonzado, no estaba acostumbrado a un trato tan considerado.

—¿Puedes dormir?

—Esta noche he dormido —respondió Harry.

—Bien. Y la clave. ¿La has descifrado?

—Parcialmente. Tengo el dónde y el cuándo, sólo me falta el porqué.

—¿Así que puedes leer el texto, pero no entiendes lo que significa?

—Algo así. Esperaremos hasta que lo hayamos atrapado.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Mucho. Por ejemplo, que haya escondido uno de los cadáveres. O detalles como que haya cortado los dedos de la mano izquierda de las víctimas, pero dedos diferentes. El índice de la primera, el corazón de la segunda y el anular de la tercera.

—¿Y en ese orden, dices? A lo mejor es sistemático.

—Sí, pero ¿por qué no empezar por el meñique? ¿Habrá algún mensaje en eso?

Øystein se rió de buena gana.

—Ten cuidado, Harry, las claves son como las mujeres. Si no consigues descifrarlas, acaban contigo.

—Ya me lo habías dicho.

—¿De verdad? Bien, eso significa que soy considerado. No doy crédito, Harry, pero parece que acaba de entrar un cliente en el taxi. Ya hablaremos.

—De acuerdo.

Harry vio danzar el humo a cámara lenta. Miró el reloj.

Había algo que le había ocultado a Øystein. Que tenía la sensación de que los otros detalles no tardarían en encajar. Y lo harían demasiado bien porque, a pesar de los rituales, los asesinatos emanaban una falta de sensibilidad, una ausencia casi marcada de odio, de deseo, de pasión. O de amor. Estaba ejecutándolos con un exceso de perfección, mecánicamente y según el manual. Le daba la impresión de estar jugando al ajedrez con un ordenador y no con una mente por completo desquiciada. Pero el tiempo lo diría.

Miró el reloj otra vez.

El corazón le latía deprisa.

27
Sábado. La operación

El humor de Otto Tangen estaba mejorando notablemente.

Había dormido un par de horas y se había despertado con un insoportable dolor de cabeza y unos fuertes golpes en la puerta. Cuando abrió entraron Waaler, Falkeid —del POT— y un tipo que dijo llamarse Harry Hole que no tenía pinta de ser comisario. Lo primero que hizo fue quejarse del ambiente que reinaba en su autobús. En cualquier caso, después de haber tomado café de uno de los cuatro termos, con las pantallas encendidas y las cintas de grabación colocadas, Otto experimentó ese maravilloso cosquilleo de excitación que solía notar cuando sabía que el objetivo estaba cerca.

Falkeid explicó que habían tenido policías de paisano alrededor del edificio desde la noche anterior. La unidad canina había peinado la azotea y el sótano para comprobar que no hubiese nadie escondido en el bloque. Cuantos anduvieron entrando y saliendo eran inquilinos. Salvo la chica del 303, que llegó acompañada de un tío, pero, según le explicó al policía de la entrada, era su novio. Los hombres de Falkeid esperaban órdenes en sus puestos.

Waaler asintió con la cabeza.

Falkeid comprobaba las comunicaciones por radio cada cierto tiempo. Era cosa del equipo del grupo de Operaciones Especiales y no responsabilidad de Otto. Éste mantenía los ojos cerrados y disfrutaba de las impresiones acústicas, aquel instante de sonido envolvente que se producía cuando soltaban el botón de emisión y resonaban las claves murmuradas e ininteligibles, como si fuera un lenguaje de los malos sólo para adultos.


Smork tinne.
—Otto formuló las palabras con los labios, sin pronunciarlas, mientras se imaginaba sentado en un manzano una tarde de otoño espiando a los mayores al otro lado de las ventanas iluminadas, susurrando
smork tinne
en una lata sujeta con un hilo que discurría por encima de la valla a cuyo pie aguardaba agazapado su amigo Nils, con otra lata pegada a la oreja. Si no se había cansado antes y se había marchado a casa a cenar. Esas latas jamás funcionaron como decía el
Libro del pájaro carpintero.

—Estamos listos para salir al aire —dijo Waaler—. ¿Tienes el reloj preparado, Tangen?

Otto asintió con la cabeza.

—Mil seiscientos —dijo Waaler—. Exactamente… ¡ahora!

Otto puso en marcha el reloj en la grabadora. Décimas y segundos corrían por la pantalla. Notaba una risa muda, alegre e infantil que le removía las entrañas. Mejor que los bollos de nata de Aud Rita. Mejor que cuando suspiraba ceceando las cosas que quería que le hiciera.

Showtime.

Cuando abrió la puerta a Beate, Olaug Sivertsen sonrió como si se tratara de una visita largamente esperada.

—¡Usted otra vez! Entre. No se quite los zapatos. Este calor es horrible, ¿no le parece?

Olaug Sivertsen precedió a Beate pasillo adentro.

—No se preocupe, señorita Sivertsen. Parece que este asunto se va a resolver pronto.

—Por mí puede durar lo que sea, mientras siga recibiendo visitas — dijo riendo antes de taparse la boca con repentino temor—. ¡Vaya, qué estoy diciendo! Ese hombre mata a las personas, ¿no?

El reloj de pared del salón marcó las cuatro cuando entraron.

—¿Té, querida?

—Con mucho gusto.

—¿Puedo ir a la cocina sola?

—Sí, pero si puedo acompañarla…

—Venga, venga.

Aparte de la encimera y el frigorífico, no parecía que hubiesen renovado la cocina desde los tiempos de la guerra. Beate se sentó en una silla ante la gran mesa de madera mientras Olaug ponía el agua a hervir.

—Aquí huele muy bien —comentó Beate.

—¿De verdad?

—Sí. Me gustan las cocinas que huelen así. La verdad sea dicha, prefiero la cocina. Los salones no me gustan tanto.

—¿No? —Olaug Sivertsen ladeó la cabeza—. ¿Sabes qué? Creo que tú y yo no somos tan diferentes. Yo también soy más de cocinas.

Beate sonrió.

—El salón muestra lo que uno quiere aparentar. En la cocina la gente se relaja más, como si allí se le permitiera ser ella misma. ¿Te has fijado en que hemos empezado a tutearnos nada más entrar aquí?

—Sí, creo que tienes razón.

Las dos mujeres se rieron.

—¿Sabes qué? —dijo Olaug—. Me alegro que te hayan enviado a ti. Me gustas. Y no tienes por qué sonrojarte, querida, no soy más que una anciana solitaria. Reserva esas flores en las mejillas para algún caballero. ¿O acaso estas casada? ¿No? Ah, bueno, pero tampoco es el fin del mundo.

—Y tú, ¿has estado casada?

—¿Yo?

Se rió mientras sacaba las tazas.

—No, era tan joven cuando tuve a Sven que jamás vi la oportunidad.

—¿No?

—Sí, supongo que tuve alguna que otra oportunidad. Pero una mujer de mi condición se cotizaba muy bajo en aquellos tiempos, así que las ofertas que recibía procedían en su mayoría de hombres a los que nadie quería. Por eso se dice encontrar «pareja».

—¿Sólo porque eras madre soltera?

—Porque Sven era hijo de un alemán, querida.

La tetera empezó a silbar suavemente.

—Ya, comprendo —dijo Beate—. Entonces, quizá no lo pasó muy bien de pequeño, ¿no?

Olaug se quedó mirando al infinito sin prestar atención al insistente silbido.

—Peor de lo que puedas imaginar. Aún se me saltan las lágrimas cuando pienso en ello. Pobre chico.

—El agua del té…

—Vaya. Me estoy volviendo senil.

Olaug cogió la tetera y sirvió las tazas.

—¿A qué se dedica ahora tu hijo? —preguntó Beate mirando el reloj. Las seis menos cuarto.

—Se dedica a la importación. Diferentes mercancías de países de Europa del Este.

Olaug sonrió.

—No sé si se hará rico con eso, pero me gusta cómo suena. «Importación». Es una tontería, pero me gusta.

—Pero eso significa que le ha ido bien. Pese a las dificultades de la infancia, quiero decir.

—Sí, aunque no siempre ha sido así. De hecho, creo que lo encontraréis en vuestros archivos.

—Hay mucha gente en esos archivos. Y muchos que al final han acabado bien.

—Pasó algo cuando se fue a Berlín. No sé exactamente qué, a Sven nunca le ha gustado hablar de lo que hace. Siempre tan misterioso… Pero supongo que iría a buscar a su padre. Y estoy por pensar que fue positivo para la visión que ahora tiene de sí mismo. Ernst Schwabe era un hombre muy apuesto. —Olaug dejó escapar un suspiro, antes de añadir—: Claro que puedo estar equivocada. Lo único cierto es que Sven cambió.

—¿En qué sentido?

—Se serenó. Antes siempre daba la impresión de estar persiguiendo algo.

—¿El qué?

—Todo. Dinero. Aventuras. Mujeres. Se parece a su padre, ¿sabes? Un romántico incorregible y seductor de mujeres. A Sven también le gustan las mujeres jóvenes. Y él a ellas. Pero tengo la sospecha de que ha encontrado a alguien especial. Dijo por teléfono que tenía noticias para mí. Sonaba alterado.

—¿No dijo de qué se trataba?

—Dijo que quería esperar a estar en casa.

—¿A estar en casa?

—Sí, llega esta noche, después de una reunión. Se queda en Oslo hasta mañana y luego regresará.

—¿A Berlín?

—No, no. Hace mucho que Sven no vive allí. Ahora vive en Chequia. En Bohemia, suele decir el muy cursi. ¿Has estado allí?

—¿En… Bohemia? ¿En Praga?

Marius Veland miraba por la ventana del apartamento 406. Había una chica sobre una toalla extendida en el césped, delante del bloque de apartamentos. Se parecía un poco a la del 303 que él había bautizado con el nombre de Shirley, por Shirley Manson, del grupo Garbage. Pero no era ella. El sol que imperaba sobre el fiordo de Oslo se había escondido tras las nubes. En realidad, había empezado a hacer calor y habían pronosticado una nueva ola para la próxima semana. Verano en Oslo. A Marius Veland le hacía ilusión. La alternativa habría sido volver a su casa, en Bofjord, contemplar el sol de media noche y trabajar durante el verano en la gasolinera. Volver a las hamburguesas de su madre y a las interminables preguntas de su padre sobre por qué había empezado a estudiar medios de comunicación en Oslo, a pesar de tener notas para estudiar ingeniería en la NTNU, la Universidad de Ciencias y Tecnología de Trondheim. Volver a pasar los sábados en la casa del pueblo junto con vecinos borrachos y compañeros de colegio gritones que no habían podido salir del pueblo y que opinaban que quienes lo habían conseguido eran traidores, a las bandas de música de baile que se hacían llamar bandas de
blues
pero que no tenían el menor reparo en machacar a Creedence y Lynyrd Skynyrd. Pero aquélla no era la única razón por la que se quedaba en Oslo ese verano. Había conseguido el trabajo de sus sueños. Iba a escribir. A escuchar discos, a ver películas y le pagarían por teclear su opinión en un ordenador. Se había pasado los dos últimos años enviando sus reseñas a varias de las revistas más conocidas, sin resultado, pero la semana anterior estuvo en el So What!, donde un amigo le presentó a Runar. Runar le contó que estaba liquidando la tienda de ropa que regentaba para fundar
Zone,
una revista gratuita cuyo primer número saldría, según tenía planeado, en el mes de agosto. El amigo dejó caer que a Marius le gustaba escribir reseñas, Runar le dijo que le gustaba su camisa y lo contrató allí mismo. Como reseñista, Marius tenía que reflejar «valores neourbanitas que abordasen la cultura popular con una ironía que no había de ser fría, sino ferviente, experta e incluyente». Así describió Runar el trabajo que esperaba que realizara Marius, que percibiría por ello una generosa compensación. No en metálico, sino con entradas para conciertos, para el cine, para nuevos locales de alterne, y con el acceso a un ambiente donde podría establecer contactos interesantes con vistas al futuro. Ésta era su oportunidad y debía prepararse convenientemente. Claro que él tenía una visión global bastante completa, pero Runar le había prestado un CD de su colección para que se pusiera aún más al corriente acerca de la historia de la música
pop.
Los últimos días del
rock
americano de la década de los ochenta del siglo pasado: REM, Green On Red, Dream Syndicate, Pixies. En aquel momento estaba escuchando Violent Femmes. Sonaba pasado de moda, pero enérgico.

BOOK: La estrella del diablo
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