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Authors: Federico García Lorca

Tags: #Clásico, poesía

Poeta en Nueva York

BOOK: Poeta en Nueva York
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Considerada por la mayoría de críticos como la mejor obra del autor, en Poeta en Nueva York llegan a su punto culminante los procedimientos formales lorquianos, que sirven de base a una radical protesta social y a una penetrante indagación metafísica.

Federico García Lorca

Poeta en Nueva York

(1929-1930)

ePUB v1.1

Mística
18.05.12

Título original:
Poeta en Nueva York

Federico García Lorca, 1929 y 1930.

Ilustraciones: Lorca

Editor original: Mística

ePub base v2.0

A BEBE Y CARLOS MORA

Los poemas de este libro están escritos en la ciudad de Nueva york el año 1929-1930, en el que el poeta vivió como estudiante en Columbia University.

F.G.L.

I
POEMAS DE LA SOLEDAD
EN COLUMBIA UNIVERSITY

Furia color de amor,
amor color de olvido

LUIS CERNUDA

VUELTA DE PASEO

Asesinado por el cielo.

Entre las formas que van hacia la sierpe

y las formas que buscan el cristal,

dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta

y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota

y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo

y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto de cada día.

¡Asesinado por el cielo!

1910
(INTERMEDIO)

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez

no vieron enterrar a los muertos,

ni la feria de ceniza del que llora por la
madrugada,

ni el corazón que tiembla arrinconado como un
caballito de mar.

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez

vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,

el hocico del toro, la seta venenosa

y una luna incomprensible que iluminaba por los
rincones

los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las
botellas.

Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,

en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,

en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,

en un jardín donde los gatos se comían a las
ranas.

Desván donde el polvo viejo congrega estatuas
y musgos,

cajas que guardan silencio de cangrejos
devorados

en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.

Allí mis pequeños ojos.

No preguntarme nada. He visto que las cosas

cuando buscan su curso encuentran su vacío.

Hay un dolor de huecos por el aire sin gente

y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!

New York, agosto 1929.

FABULA Y RUEDA
DE LOS TRES AMIGOS

Enrique,

Emilio,

Lorenzo.

Estaban los tres helados:

Enrique por el mundo de las camas;

Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las
manos,

Lorenzo por el mundo de las universidades
sin tejados.

Lorenzo,

Emilio,

Enrique.

Estaban los tres quemados:

Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;

Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres
blancos;

Enrique por el mundo de los muertos y los
periódicos abandonados.

Lorenzo,

Emilio,

Enrique,

estaban los tres enterrados:

Lorenzo en un seno de Flora;

Emilio en la yerta ginebra que se olvida en el vaso;

Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

Lorenzo,

Emilio,

Enrique,

fueron los tres en mis manos

tres montañas chinas,

tres sombras de caballo,

tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas

por los palomares donde la luna se pone plana bajo el
gallo.

Uno

y uno

y uno,

estaban los tres momificados,

con las moscas del invierno,

con los tinteros que orina el perro y desprecia el
vilano,

con la brisa que hiela el corazón de todas las madres,

por los blancos derribos de Júpiter donde
meriendan muerte los borrachos.

Tres

y dos

y uno,

los vi perderse llorando y cantando

por un huevo de gallina,

por la noche que enseñaba su esqueleto de
tabaco,

por mi dolor lleno de rostros y punzantes
esquirlas de luna,

por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,

por mi pecho turbado por las palomas,

por mi muerte desierta con un solo paseante
equivocado.

Yo había matado la quinta luna

y bebían agua por las fuentes los abanicos y los
aplausos.

Tibia leche encerrada de las recién paridas

agitaba las rosas con un largo dolor blanco.

Enrique,

Emilio,

Lorenzo.

Diana es dura.

pero a veces tiene los pechos nublados.

Puede la piedra blanca latir con la sangre del ciervo

y el ciervo puede soñar por los ojos de un
caballo.

Cuando se hundieron las formas puras

bajo el cri cri de las margaritas,

comprendí que me habían asesinado.

Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,

abrieron los toneles y los armarios,

destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.

Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,

y que el mar recordó ¡de pronto!

los nombres de todos sus ahogados.

TU INFANCIA EN MENTON

Sí, tu niñez ya fábula de fuentes

JORGE GUILLÉN

Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.

El tren y la mujer que llena el cielo.

Tu soledad esquiva en los hoteles

y tu máscara pura de otro signo.

Es la niñez del mar y tu silencio

donde los sabios vidrios se quebraban.

Es tu yerta ignorancia donde estuvo

mi torso limitado por el fuego.

Norma de amor te di, hombre de Apolo,

llanto con ruiseñor enajenado,

pero, pasto de ruina, te afilabas

para los breves sueños indecisos.

Pensamiento de enfrente, luz de ayer,

índices y señales del acaso.

Tu cintura de arena sin sosiego

atiende sólo rastros que no escalan.

Pero yo he de buscar por los rincones

tu alma tibia sin ti que no te entiende,

con el dolor de Apolo detenido

con que he roto la máscara que llevas.

Allí, león, allí furia del cielo,

te dejaré pacer en mis mejillas;

allí, caballo azul de mi locura,

pulso de nebulosa y minutero,

he de buscar las piedras de alacranes

y los vestidos de tu madre niña,

llanto de media noche y paño roto

que quitó luna de la sien del muerto.

Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.

Alma extraña de mi hueco de venas,

te he de buscar pequeña y sin raíces.

¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!

¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme.

No me tapen la boca los que buscan

espigas de Saturno por la nieve

o castran animales por un cielo,

clínica y selva de la anatomía.

Amor, amor, amor. Niñez del mar.

Tu alma tibia sin ti que no te entiende.

Amor, amor, un vuelo de la corza

por el pecho sin fin de la blancura.

Y tu niñez, amor, y tu niñez.

El tren y la mujer que llena el cielo.

Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas.

Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.

II
LOS NEGROS

PARA ÁNGEL DEL RÍO

NORMA Y PARAISO
DE LOS NEGROS

Odian la sombra del pájaro

sobre el pleamar de la blanca mejilla

y el conflicto de luz y viento

en el salón de la nieve fría.

Odian la flecha sin cuerpo,

el pañuelo exacto de la despedida,

la aguja que mantiene presión y rosa

en el gramíneo rubor de la sonrisa.

Aman el azul desierto,

las vacilantes expresiones bovinas,

la mentirosa luna de los polos,

la danza curva del agua en la orilla.

Con la ciencia del tronco y el rastro

llenan de nervios luminosos la arcilla

y patinan lúbricos por aguas y arenas

gustando la amarga frescura de su milenaria
saliva.

Es por el azul crujiente,

azul sin un gusano ni una huella dormida,

donde los huevos de avestruz quedan eternos

y deambulan intactas las lluvias bailarinas.

Es por el azul sin historia,

azul de una noche sin temor de día,

azul donde el desnudo del viento va quebrando

los camellos sonámbulos de las nubes vacías.

Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de
la hierba.

Allí los corales empapan la desesperación de la tinta,

los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los
caracoles

y queda el hueco de la danza sobre las últimas
cenizas.

EL REY DE HARLEM

Con una cuchara

arrancaba los ojos a los cocodrilos

y golpeaba el trasero de los monos.

Con una cuchara.

Fuego de siempre dormía en los pedernales

y los escarabajos borrachos de anís

olvidaban el musgo de las aldeas.

Aquel viejo cubierto de setas

iba al sitio donde lloraban los negros

mientras crujía la cuchara del rey

y llegaban los tanques de agua podrida.

Las rosas huían por los filos

de las últimas curvas del aire,

y en los montones de azafrán

los niños machacaban pequeñas ardillas

con un rubor de frenesí manchado.

Es preciso cruzar los puentes

y llegar al rubor negro

para que el perfume de pulmón

nos golpee las sienes con su vestido

de caliente piña.

Es preciso matar al rubio vendedor de
aguardiente,

a todos los amigos de la manzana y de la arena,

y es necesario dar con los puños cerrados

a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,

para que el rey de Harlem cante con su
muchedumbre,

para que los cocodrilos duerman en largas filas

bajo el amianto de la luna,

y para que nadie dude de la infinita belleza

de los plumeros, los ralladores, los cobres y las
cacerolas de las cocinas.

¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!

¡No hay angustia comparable a tus rojos
oprimidos,

a tu sangre estremecida dentro del eclipse
oscuro,

a tu violencia granate sordomuda en la
penumbra,

a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!

***

Tenía la noche una hendidura y quietas
salamandras de marfil.

Las muchachas americanas

llevaban niños y monedas en el vientre,

y los muchachos se desmayaban en la cruz del
desperezo.

Ellos son.

Ellos son los que beben el ''whisky'' de plata junto a los
volcanes

y tragan pedacitos de corazón, por las heladas
montañas del oso.

Aquella noche el rey de Harlem,

con una durísima cuchara

arrancaba los ojos a los cocodrilos

y golpeaba el trasero de los monos.

Con una cuchara.

Los negros lloraban confundidos

entre paraguas y soles de oro,

los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al
torso blanco,

y el viento empañaba espejos

y quebraba las venas de los bailarines.

Negros, Negros, Negros, Negros.

La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca
arriba.

No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de
las pieles,

viva en la espina del puñal y en el pecho de los
paisajes,

bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna
de cáncer.

Sangre que busca por mil caminos muertes
enharinadas y ceniza de nardos,

cielos yertos, en declive, donde las colonias de
planetas

rueden por las playas con los objetos
abandonados.

Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,

hecha de espartos exprimidos, néctares de
subterráneos.

Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella

y disuelve a las mariposas en los cristales de la
ventana.

Es la sangre que viene, que vendrá

por los tejados y azoteas, por todas partes,

para quemar la clorofila de las mujeres rubias,

para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los
lavabos

y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.

Hay que huir,

huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,

porque el tuétano del bosque penetrará por
las rendijas

para dejar en vuestra carne una leve huella de
eclipse

y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa
química.

***

Es por el silencio sapientísimo

cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua

las heridas de los millonarios

buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.

Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,

escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los
hombros;

un viento sur que lleva

colmillos, girasoles, alfabetos

y una pila de Volta con avispas ahogadas.

El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta
sobre el monóculo,

el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.

Médulas y corolas componían sobre las nubes

un desierto de tallos sin una sola rosa.

***

A la izquierda, a la derecha, por el Sur y por el Norte,

se levanta el muro imposible

para el topo, la aguja del agua.

No busquéis, negros, su grieta

para hallar la máscara infinita.

Buscad el gran sol del centro

hechos una piña zumbadora.

El sol que se desliza por los bosques

seguro de no encontrar una ninfa,

el sol que destruye números y no ha cruzado nunca un
sueño,

el tatuado sol que baja por el río

y muge seguido de caimanes.

Negros, Negros, Negros, Negros.

Jamás sierpe, ni cebra, ni mula

palidecieron al morir.

El leñador no sabe cuándo expiran

los clamorosos árboles que corta.

Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey

a que cicutas y cardos y ortigas tumben postreras
azoteas.

Entonces, negros, entonces, entonces,

podréis besar con frenesí las ruedas de las
bicicletas,

poner parejas de microscopios en las cuevas de las
ardillas

y danzar al fin, sin duda, mientras las flores
erizadas

asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.

¡Ay, Harlem, disfrazada!

¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin
cabeza!

Me llega tu rumor,

me llega tu rumor atravesando troncos y
ascensores,

a través de láminas grises,

donde flotan sus automóviles cubiertos de
dientes,

a través de los caballos muertos y los crímenes
diminutos,

a través de tu gran rey desesperado

cuyas barbas llegan al mar.

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