Read El misterio de Layton Court Online
Authors: Anthony Berkeley
—¿Sí? —preguntó ansioso Alec—. ¿Quién lo emplea?
—Por desgracia, ahora mismo no lo recuerdo —confesó a regañadientes Roger—. Aun así deberíamos poder averiguarlo con unas discretas pesquisas. —Guardó el pañuelo con cuidado en el bolsillo de la pechera arrugándolo hasta formar una pelotita para conservar el olor tanto como fuera posible—. Sin embargo, creo que lo primero que debemos hacer —prosiguió nada más ponerlo a buen recaudo— es inspeccionar con más atención el sofá. Está claro que nunca sabe uno lo que se va a encontrar.
Sin mover los cojines, empezó a observar con cuidado el respaldo y los brazos. Sus esfuerzos no tardaron en verse recompensados.
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¡Mira! —exclamó de pronto, señalando el brazo izquierdo—. ¡Polvo! ¿Lo ves? Polvos cosméticos. Ojalá pudiéramos saber lo que significa esto.
Alec se inclinó y observó el lugar. Sobre la negra superficie del sofá había una levísima mancha de polvo blanco.
—¿Estás seguro de que son polvos para la cara —preguntó un poco incrédulo—. ¿Cómo lo sabes?
—No lo sé —admitió Roger como si tal cosa—. Podrían ser polvos de talco. Pero estoy convencido de que son polvos cosméticos. Veamos, polvos para la cara en la parte interior del brazo, ¿qué significa eso? O, hablando de brazos, tal vez sean polvos para las axilas. También se empolvan las axilas, ¿no?
—Ni idea. Es probable.
—Pues ya deberías saberlo —replicó con severidad Roger—. Estás prometido, ¿no?
—No —replicó tristemente Alec. Después de todo Roger acabaría por enterarse de que el compromiso se había cancelado.
Roger lo miró perplejo.
—¿No? Pero ¿ayer no te prometiste con Bárbara?
—Sí —respondió Alec todavía con mayor tristeza—. Pero hemos roto el compromiso hoy. O más bien lo hemos pospuesto, tal vez volvamos a prometernos dentro de un mes, o eso espero.
—Pero, por el amor de Dios, ¿por qué?
—¡Oh!, por... ciertas razones —respondió torpemente Alec—. Decidimos que era lo mejor. Por... motivos privados, ya sabes.
—Dios mío, lo siento mucho, amigo —dijo con sinceridad Roger—. Espero que al final todo se arregle; y si hay algo que pueda hacer, sabes que no tienes más que decirlo. No hay una pareja en el mundo a quien me gustase más ver casada que a ti y a Bárbara. Sois las personas más agradables que conozco.
Roger tenía la costumbre de pasar por alto, con tanta despreocupación como transgredía todas las demás, la convención de que un hombre no debe, bajo ninguna circunstancia, expresar emoción en presencia de otro hombre.
Alec se ruborizó complacido.
—Te lo agradezco mucho, amigo —respondió taciturno—. Sabía que podía confiar en ti. Pero la verdad es que no puedes hacer nada. Y estoy seguro de que al final todo se arreglará.
—Lo espero de todo corazón, o tendré que retorcerle el cuello a Bárbara —dijo Roger, y ambos supieron que el asunto estaba concluido, al menos hasta que Alec decidiera volver a sacarlo a colación.
—¿Y qué hay de esos polvos? —le recordó Alec.
—¡Ah, sí! No había terminado de inspeccionar el sofá, ¿verdad? Bueno, comprobemos primero si hay alguna cosa más. —Una vez más, se agachó para observar el mueble y enseguida volvió a levantarse—. ¿Ves esto? —dijo indicando un largo pelo rubio en el ángulo entre el brazo y el respaldo—. Hace poco que una mujer se ha sentado aquí. Esto confirma lo de los polvos cosméticos. ¡Menuda suerte que se nos ocurriera registrar el lugar en busca del casquillo! De lo contrario, no habríamos descubierto esto. Tengo la impresión de que esa mujer nos va a ser más útil que cincuenta casquillos. —Y, sacando una carta del bolsillo apartó la hoja de papel y metió el cabello en el sobre—. En los libros siempre hacen esto —explicó al reparar en la mirada interesada de Alec—, así que supongo que es lo más apropiado.
—¿Y qué piensas hacer después? —preguntó Alec mientras el sobre seguía el mismo camino que el pañuelo y acababa en el bolsillo de la chaqueta de Roger—. No sé si sabrás que apenas dispones de una hora antes de cenar.
—Sí. Voy a tratar de averiguar cuándo limpiaron por última vez el sofá; en mi opinión, todo depende de eso. Después, tendré que localizar a la dueña del pañuelo.
—¿Por el perfume? No tiene iniciales.
—Por el perfume. Ésta es una de esas raras ocasiones en las que resulta útil tener olfato de sabueso —añadió reflexivo Roger.
Se separaron en lo alto de la escalera, Alec fue a su habitación y Roger a la suya. Una vez allí, éste no procedió a cambiarse enseguida, sino que se quedó un rato apoyado muy pensativo en el alféizar de la ventana que daba al jardín. Luego, como si hubiese tomado una decisión, atravesó a toda prisa el dormitorio y llamó al timbre.
Una joven alegre y rolliza acudió al oírlo y sonrió con aire inquisitivo. Roger siempre se llevaba bien con los criados, aunque no pudiera decirse lo mismo de los jardineros.
—¡Oh!, hola, Alice. Creo que he perdido mi pluma estilográfica. ¿No la habrá visto usted en algún sitio?
La chica negó con la cabeza.
—No, señor. Estoy segura de no haberla visto esta mañana cuando limpié la habitación.
—¡Vaya, qué fastidio! Debí de perderla anoche. Recuerdo haberla usado en la biblioteca poco antes de cenar. Tal vez la haya olvidado allí. ¿Limpia usted la biblioteca?
—¡Oh, no, señor, sólo los dormitorios. De las habitaciones de abajo se encarga Mary.
—Comprendo. ¿Podría hablar un momento con ella, si no está demasiado ocupada? ¿Le importaría a usted pedirle que venga?
—No, señor. Ahora mismo se lo digo.
—Gracias, Alice.
Al cabo de un momento, llegó Mary.
—Oiga, Mary —observó Roger en tono confidencial—, he perdido mi pluma estilográfica, y Alice dice que no la ha visto por aquí. La última vez que la utilicé fue ayer en la biblioteca, entre la hora del té y la cena; he ido a buscarla, pero no la he encontrado. No la habrá encontrado usted al limpiar la habitación, ¿verdad?
—Señor, anoche limpié la habitación mientras ustedes cenaban. Y mientras lo hacía, no se me ocurrió pensar lo que...
—Desde luego —la interrumpió tranquilamente Roger—. ¡Un asunto terrible! Pero ¿qué fue lo que limpió usted exactamente?, quiero decir que tal vez no la encontrase usted porque ordenó la habitación por encima. ¿Qué fue lo que ordenó?
—Bueno, señor, coloqué las sillas en su sitio, recogí las colillas de la chimenea y vacié los ceniceros.
—¿Y qué hay del sofá? Recuerdo haberme sentado en él con la pluma en la mano.
—Ahí no estaba, señor —respondió Mary con decisión—. Quité todos los almohadones y los ahuequé, y no vi nada. De haberla perdido usted ahí, la habría visto.
—Comprendo. Así que limpió usted el sofá a fondo. Le quitó el polvo y demás.
—Sí, señor. Siempre paso un cepillo por el sofá y los sillones por la tarde. Cogen mucho polvo con esas ventanas, y con ese reps negro se ve muchísimo.
—Muy bien, gracias, Mary. Debo de haberla dejado en alguna otra parte. A propósito, hoy no ha limpiado la biblioteca, ¿verdad?
—No, señor —replicó la criada con un pequeño escalofrío—. Y no me gustaría tener que hacerlo, al menos estando sola. Se me ponen los nervios de punta de pensar en el pobre señor, sentado ahí toda la noche como un...
—Sí, sí —respondió precipitadamente Roger—. ¡Es terrible! En fin, siento haberla hecho venir para nada, Mary. Haga usted el favor de avisarme si la encuentra.
—Desde luego, señor —respondió Mary con una agradable sonrisa—. Gracias, señor.
—¡Asunto resuelto! —murmuró Roger para sus adentros al cerrar la puerta.
Se cambió a toda prisa, corrió a la habitación de Alec y le contó lo que acababa de averiguar.
—Ya lo ves —concluyó—, esa mujer debió de estar en la biblioteca después de la cena. Ahora bien, ¿quién era? Bárbara estaba contigo en el jardín, por supuesto, eso la excluye. Nos quedan la señora Shannon, la señora Plant y lady Stanworth..., siempre y cuando se tratara de alguien de la casa —añadió pensativo—. No se me había ocurrido pensarlo.
Alec se interrumpió mientras se ataba el nudo de la corbata para mirarle con aire inquisitivo.
—Pero ¿adónde nos lleva todo esto? —preguntó—. ¿Hay alguna razón por la que una de esas tres mujeres no debiera haber estado anoche en la biblioteca?
—No, no exactamente. Aunque depende mucho de quién se trate. Si fue lady Stanworth, por ejemplo, no creo que pasara nada, a menos que negase haber estado allí. Por otro lado, si fue alguien ajeno a la casa, podría tener una importancia crucial. ¡Oh!, es todo demasiado vago para poder explicarlo, pero tengo la impresión de que la presencia de una mujer anoche en la biblioteca es un hecho nuevo. Una mujer que, además, no estaba allí de paso, sino sentada en el sofá. Por eso, como cualquier otro hecho en este caso, tenemos que investigarlo. Podría estar totalmente justificado, pero también podría no estarlo. Eso es todo.
—Desde luego, es vago —comentó Alec, ajustándose el chaleco—. ¿Y cuándo piensas identificar a la mujer?
—Probablemente al final de la cena. Olisquearé delicada y disimuladamente a lady Stanworth y a la señora Plant, y, si no es de ninguna de ellas, tal vez signifique que pertenece a la señora Shannon. En ese caso, la cosa no tendría mayor importancia, pero si no es de ninguna de ellas, no sé qué haré. No puedo recorrer el condado olisqueando a todas las desconocidas que encuentre en mi camino. Podría dar lugar a toda clase de malentendidos. Date prisa, Alexander, la campana sonó hace al menos cinco minutos.
—Ya estoy —respondió Alec contemplando con aprobación su bien alisado cabello en el espejo—. Tú primero.
Los demás estaban esperándoles cuando llegaron al salón, y el grupo enseguida entró en el comedor a cenar. Lady Stanworth estaba presente, aparentemente imperturbable e incluso más callada de lo habitual; y su presencia contribuyó a añadir más tirantez a la pequeña reunión.
Roger trató de animar la conversación, y tanto la señora Plant como Jefferson hicieron lo que pudieron para secundarle, pero por algún motivo Alec estuvo casi tan taciturno como la anfitriona. Al observar su gesto preocupado, Roger concluyó que el papel de detective aficionado no casaba nada bien con aquel joven tan sincero. Probablemente la cuestión de quién pudiera ser la propietaria del pañuelo había vuelto a incomodarlo.
—¿Se dio usted cuenta —observó como de pasada Roger dirigiéndose a Jefferson—, cuando el inspector nos interrogó esta mañana, de lo difícil que resulta recordar cosas que han ocurrido tan sólo veinticuatro horas antes, si no fueron lo bastante importantes para que se grabaran en nuestra memoria?
—Sí, ya sé a qué se refiere —asintió Jefferson—. Lo he pensado muchas veces.
Roger lo miró con curiosidad. Aquella especie de cordialidad forzada que existía entre él y Jefferson era muy extraña. Si éste había oído la conversación que habían tenido al lado de la ventana, debía de saber que Roger era su enemigo; y, en cualquier caso, la desaparición de las pisadas probaba que estaba sobre aviso. Sin embargo, su semblante no expresaba la menor preocupación. Su actitud con ellos era exactamente la misma que siempre, ni más ni menos. Roger no pudo sino admirar el temple de aquel hombre.
—Sobre todo en lo que se refiere a los movimientos de uno —prosiguió en tono despreocupado Roger—. A menudo me cuesta recordar dónde estaba exactamente en un momento dado. Anoche no fue tan difícil, porque estuve en el jardín desde que terminó la cena hasta que subí a acostarme. Pero fíjese usted, lady Stanworth. Estoy dispuesto a apostar una suma razonable a que no sabría usted decir, sin pararse a pensarlo, exactamente qué habitaciones visitó ayer por la noche desde que acabó la cena hasta que se acostó.
Con el rabillo del ojo, Roger reparó en que lady Stanworth y Jefferson intercambiaban rápidamente una mirada. Fue como si éste le hubiese advertido de la posibilidad de que se tratase de una trampa.
—Pues mucho me temo que perdería usted su apuesta, señor Sheringham —replicó ella con calma, tras un momento de pausa—. Lo recuerdo a la perfección. Al salir del comedor fui al salón, donde estuve sentada una media hora. Luego pasé al otro saloncito a discutir ciertos asuntos con el comandante Jefferson, y después subí a mi habitación.
—¡Oh, era demasiado fácil! —se rió Roger—. No es juego limpio. Debería haber entrado en más habitaciones para que el juego hubiese tenido gracia. ¿Qué me dice usted, señora Plant? ¿Aceptaría usted la apuesta?
—Volvería usted a perder —replicó la señora Plant con una sonrisa—. Mi caso es aún peor, porque estuve sólo en una habitación. Me quedé en el salón todo el rato hasta que me crucé con usted en el vestíbulo camino de mi habitación. ¡Ya lo ve! ¿Qué habíamos apostado?
—Tendré que pensarlo. Un pañuelo, diría yo, ¿no le parece? Sí, le debo un pañuelo.
—¡Pues vaya una apuesta! —se burló la señora Plant—. No la habría aceptado de haber sabido que era tan poca cosa.
—De acuerdo, añadiré también un frasco de perfume, ¿qué dice usted a eso?
—Así mejoraría un poco, sin duda.
—Será mejor que lo deje usted, Sheringham —intervino Jefferson—. Cuando quiera darse usted cuenta le habrá sacado también un par de guantes.
—¡Oh! Me planto en el perfume. A propósito, ¿cuál es su marca favorita, señora Plant?
—Amour des Fleurs —respondió en el acto la señora Plant—. ¡Una guinea la botella!
—¡Caramba!, recuerde que no soy más que un pobre escritor.
—Bueno, usted me preguntó por mi favorito. Pero ése no es el que empleo habitualmente.
—Ahora empezamos a entendernos. Yo pensaba en algo que costase unos once peniques la botella.
—Me temo que tendrá que gastar un poco más. Parfum Jasmine, quince peniques. Le servirá de escarmiento.
—No volveré a apostar con usted, señora Plant —replicó Roger con fingida severidad—. Odio a la gente que me gana apostando. No es justo.
El resto de la cena Roger pareció un poco preocupado.
En cuanto las damas salieron de la habitación, se dirigió hacia los ventanales abiertos, que, como los de la biblioteca al otro lado, conducían al césped del jardín.
—Creo que me conviene fumar un poco al aire libre —observó despreocupadamente—¿Vienes, Alec? ¿Qué me dice usted, Jefferson?
—Me temo que no tengo tiempo —replicó Jefferson con una sonrisa—. Estoy hasta las cejas de trabajo.