Read La caverna Online

Authors: José Saramago

Tags: #Ciencia Ficción

La caverna (2 page)

BOOK: La caverna
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Entre las chabolas y los primeros edificios de la ciudad, como una tierra de nadie separando las dos partes enfrentadas, hay un ancho espacio libre de construcciones, pero, mirándolo con un poco más de atención, se observa no sólo una red de huellas entrecruzadas de tractores, ciertas explanaciones que sólo pueden haber sido causadas por grandes palas mecánicas, esas implacables láminas curvas que, sin dolor ni piedad, se llevan todo por delante, la casa antigua, la raíz nueva, el muro que amparaba, el lugar de una sombra que nunca más volverá a estar. Sin embargo, tal como sucede en las vidas, cuando creíamos que nos habían quitado todo, y de pronto descubrimos que nos queda algo, también aquí unos fragmentos dispersos, unos harapos emporcados, unos restos de materiales de desecho, unas latas oxidadas, unas tablas podridas, un plástico que el viento trae y lleva nos muestran que este territorio había estado ocupado antes por los barrios de marginados. No tardará mucho en que los edificios de la ciudad avancen en línea de tiradores y vengan a enseñorearse del terreno, dejando entre los más adelanta dos y las primeras chabolas apenas una franja estrecha, una nueva tierra de nadie, que permanecerá así mientras no llegue el momento de pasar a la tercera fase.

La carretera principal, a la que habían regresado, era ahora más ancha, con un carril reservado exclusivamente para la circulación de vehículos pesados, y aunque la furgoneta sólo por desvarío de imaginación pueda incluirse en esa categoría superior, el hecho de tratarse sin duda de un vehículo de carga da a su conductor el derecho a competir en pie de igualdad con las lentas y mastodónticas máquinas que roncan, mugen y escupen nubes sofocantes por los tubos de escape, y adelantarlas rápidamente, con una sinuosa agilidad que hace tintinear las lozas en la parte de atrás. Marcial Gacho miró otra vez el reloj y respiró. Llegaría a tiempo. Ya estaban en la periferia de la ciudad, todavía tendrían que recorrer unas cuantas calles de trazado confuso, girar a la izquierda, girar a la derecha, otra vez a la izquierda, otra vez a la derecha, ahora a la derecha, a la derecha, izquierda, izquierda, derecha, recto, finalmente desembocarían en una plaza donde se acababan las dificultades, una avenida en línea recta los conducirá a sus destinos, allí donde era esperado el guarda interno Marcial Gacho, allí donde dejaría su carga el alfarero Cipriano Algor. Al fondo, un muro altísimo, oscuro, mucho más alto que el más alto de los edificios que bordeaban la avenida, cortaba abruptamente el camino. En realidad, no lo cortaba, suponerlo era el resultado de una ilusión óptica, había calles que, a un lado y a otro, proseguían a lo largo del muro, el cual, a su vez, muro no era, mas sí la pared de una construcción enorme, un edificio gigantesco, cuadrangular, sin ventanas en la fachada lisa, igual en toda su extensión. Aquí estamos, dijo Cipriano Algor, como ves llegamos a tiempo, todavía faltan diez minutos para tu hora de entrada, Sabe tan bien como yo por qué no puedo retrasarme, perdería mi posición en la lista de los candidatos a guarda residente, No es una idea que entusiasme demasiado a tu mujer, ésa de pasar a guarda residente, Es mejor para nosotros, tendremos más comodidades, mejores condiciones de vida. Cipriano Algor detuvo la furgoneta frente a la esquina del edificio, parecía que iba a responder al yerno, pero lo que hizo fue preguntar, Por qué están derribando aquella manzana de edificios, Por fin se ha confirmado, Se ha confirmado el qué, Hace semanas que se estaba hablando de una ampliación, respondió Marcial Gacho mientras salía de la furgoneta. Habían parado frente a una puerta sobre la cual se leía un letrero con las palabras Entrada Reservada al Personal de Seguridad. Cipriano Algor dijo, Tal vez, Tal vez, no, la prueba está ahí a la vista, la demolición ha comenzado, No me refería a la ampliación, sino a lo que dijiste antes sobre las condiciones de vida, acerca de las comodidades no discuto, en cualquier caso no podemos quejarnos, no somos de los más desafortunados, Respeto su opinión, pero yo tengo la mía, ya verá como Marta, cuando llegue la hora, estará de acuerdo conmigo. Dio dos pasos, se detuvo, seguramente pensó que ésta no era la manera correcta de despedirse un yerno de un suegro que lo ha traído al trabajo, y dijo, Gracias, le deseo un buen viaje de regreso, Hasta dentro de diez días, dijo el alfarero, Hasta dentro de diez días, dijo el guarda interno, al mismo tiempo que saludaba a un colega que acababa de llegar. Se fueron juntos, entraron, la puerta se cerró.

Cipriano Algor puso el motor en marcha, pero no arrancó en seguida. Miró los edificios que estaban siendo demolidos. Esta vez, probablemente a causa de la poca altura de las construcciones que se iban a derribar, no estaban siendo utilizados explosivos, ese moderno, expeditivo y espectacular proceso que en tres segundos es capaz de transformar una estructura sólida y organizada en un caótico montón de cascotes. Como era de esperar, la calle que hacía ángulo recto con ésta estaba cerrada al tránsito. Para hacer entrega de la mercancía, el alfarero se vería obligado a pasar por detrás de la finca en demolición, rodearla, seguir luego hacia delante, la puerta a la que iba a llamar estaba en la esquina más distante, precisamente, con relación al punto donde se encontraba, en el otro extremo de una recta imaginaria que atravesase oblicuamente el edificio donde Marcial Gacho había entrado, En diagonal, precisó mentalmente el alfarero para abreviar la explicación. Cuando dentro de diez días vuelva a recoger al yerno, no habrá vestigio de estos predios, se habrá asentado la polvareda de la destrucción que ahora flota en el aire, y hasta puede suceder que ya esté siendo excavado el gran foso donde se abrirán las zanjas y se implantarán los pilares de la nueva construcción. Después se levantarán las tres paredes, una que lindará con la calle por la que Cipriano Algor tendrá que dar la vuelta de aquí a poco, dos que cerrarán a un lado y a otro el terreno ganado a costa de la calle intermedia y de la demolición de la manzana, haciendo desaparecer la fachada del edificio todavía visible, la puerta de acceso del personal de Seguridad cambiará de sitio, no serán necesarios muchos días para que ni la persona más perspicaz sea capaz de distinguir, mirando desde fuera, y mucho menos lo percibirá si está en el interior del edificio, entre la construcción reciente y la construcción anterior. El alfarero miró el reloj, todavía era pronto, en los días en que traía al yerno era inevitable tener que aguardar dos horas a que abriese el departamento de recepción que tenía asignado, y después todo el tiempo que tardase en llegarle la vez, Pero tengo la ventaja de ocupar un buen lugar en la fila, incluso puedo ser el primero, pensó. Nunca lo había sido, siempre se presentaba gente más madrugadora que él, seguramente algunos de esos conductores habrían pasado parte de la noche en la cabina de sus camiones. Cuando el día clareaba subían a la calle para tomar un café, pan y alguna vianda, un aguardiente en las mañanas húmedas y frías, después se que daban por ahí, conversando unos con otros, hasta diez minutos antes de que se abrieran las puertas, entonces los más jóvenes, nerviosos como aprendices, corrían rampa abajo para ocupar sus puestos, mientras los mayores, sobre todo si estaban en los últimos lugares de la fila, descendían charlando animadamente, aspirando una última bocanada del cigarro, porque en el subterráneo, habiendo motores en marcha, no estaba permitido fumar. El fin del mundo, creían ellos, no era para ya, no ganaban nada corriendo.

Cipriano Algor puso la furgoneta en movimiento. Se distrajo con la demolición de los edificios y ahora quería recuperar el tiempo perdido, palabras estas insensatas entre las que más lo sean, expresión absurda con la cual suponemos engañar la dura realidad de que ningún tiempo perdido es recuperable, como si creyésemos, al contrario de esta verdad, que el tiempo que juzgábamos para siempre perdido hubiera decidido quedarse parado detrás, esperando, con la paciencia de quien dispone del tiempo todo, que sintiésemos su falta. Estimulado por la urgencia nacida de los pensamientos sobre quién llega primero y sobre quién llegará después, el alfarero dio rápidamente la vuelta a la manzana y entró directo por la calle que limitaba con la otra fachada del edificio. Como era costumbre invariable, ya había gente aguardando a que se abriesen las puertas destinadas al público. Pasó al carril izquierdo de circulación, para el desvío de acceso a la rampa que descendía al piso subterráneo, mostró al guarda su carné de abastecedor y ocupó su lugar en la fila de vehículos, detrás de una camioneta cargada de cajas que, a juzgar por los rótulos de los embalajes, contenían piezas de cristal. Salió de la furgoneta para comprobar cuántos proveedores tenía delante y calcular así, con más o menos aproximación, el tiempo que debería esperar. Ocupaba el número trece. Contó nuevamente, no había dudas. Aunque no fuese persona supersticiosa, no ignoraba la mala reputación de este número, en cualquier conversación sobre la casualidad, la fatalidad y el destino siempre alguien toma la palabra para relatar casos vividos bajo la influencia negativa, y a veces funesta, del trece. Intentó recordar si en alguna otra ocasión le había tocado este lugar en la fila, pero, una de dos, o nunca tal le sucediera, o simplemente no se acordaba. Discutió consigo mismo, se dijo que era un despropósito, un disparate preocuparse por algo que no tiene existencia en la realidad, sí, era cierto, nunca había pensado en eso antes, de hecho los números no existen en la realidad, a las cosas les es indiferente el número que les asignemos, da lo mismo decir que son el trece o el cuarenta y cuatro, lo mínimo que se puede concluir es que no toman conocimiento del lugar que les ha tocado ocupar. Las personas no son cosas, las personas quieren estar siempre en los primeros lugares, pensó el alfarero, Y no sólo quieren estar en ellos, quieren que se diga y que los demás lo noten, murmuró. Con excepción de los dos guardas que fiscalizaban, uno a cada extremo, la entrada y la salida, el subterráneo estaba desierto. Era siempre así, los conductores dejaban el vehículo en la fila a medida que iban llegando y subían a la calle, al café. Están muy equivocados si creen que me voy a quedar aquí, dijo Cipriano Algor en voz alta. Hizo retroceder la furgoneta como si acabara de descubrir que no tenía nada que descargar y salió del alineamiento, Así ya no seré el decimotercero, pensó. Pasados pocos minutos un camión bajó la rampa y se paró en el sitio que la furgoneta había dejado libre. El conductor saltó de la cabina, miró el reloj, Todavía tengo tiempo, debe de haber pensado. Cuando desapareció en lo alto de la rampa, el alfarero maniobró rápidamente y se colocó detrás del camión, Ahora soy el catorce, dijo, satisfecho de su astucia. Se recostó en el asiento, suspiró, por encima de su cabeza oía el zumbido del tráfico en la calle, él también solía subir a tomar un café y comprar el periódico, pero hoy no le apetecía. Cerró los ojos como si estuviese retrocediendo hacia el interior de sí mismo y entró en seguida en el sueño, era el yerno quien le explicaba que cuando fuese nombrado guarda residente la situación mudaría como de la noche a la mañana, que Marta y él dejarían la alfarería, ya era hora de comenzar una vida independiente de la familia, Sea comprensivo, lo que tiene que ser, dice el refrán, tiene mucha fuerza, el mundo no para, si las personas de quienes dependes te promocionan, lo que tienes que hacer es levantar las manos al cielo y agradecer, sería una estupidez dar la espalda a la suerte cuando se pone de nuestro lado, además estoy seguro de que su mayor deseo es que Marta sea feliz, por tanto deberá estar contento. Cipriano Algor oía al yerno y sonreía para sí mismo, Dices todo eso porque crees que soy el trece, no sabes que ahora soy el catorce. Se despertó sobresaltado con el golpear de las puertas de los coches, señal de que la descarga iba a comenzar. Entonces, todavía sin haber regresado completamente del sueño, pensó, No cambié de número, soy el trece que está en el lugar del catorce.

Así era. Casi una hora después llegó su turno. Bajó de la furgoneta y se acercó al mostrador de recepción con los papeles de costumbre, el albarán de entrega por triplicado, la factura correspondiente a las ventas certificadas de la última partida, el control de calidad industrial que acompañaba cada lote y en el que la alfarería asumía la responsabilidad de cualquier defecto de fabricación detectado en la inspección a que las piezas serían sometidas, la confirmación de exclusividad, igualmente obligatoria en todas las entregas, por la que la alfarería se comprometía, sujetándose a sanciones en el caso de infracción, a no establecer relaciones comerciales con otro establecimiento para la colocación de sus artículos. Como era habitual, un empleado se aproximó para ayudar a la descarga, pero el subjefe de recepción lo llamó y le ordenó, Descarga la mitad de lo que trae, compruébalo por el albarán. Cipriano Algor, sorprendido, alarmado, preguntó, La mitad, por qué, Las ventas bajaron mucho en las últimas semanas, probablemente tendremos que devolverle por falta de salida lo que hay en el almacén, Devolver lo que tienen en el almacén, Sí, está en el contrato, Ya sé que está en el contrato, pero también está que no me autorizan a tener otros clientes, así que dígame a quién voy a venderle la otra mitad, Eso no es de mi incumbencia, yo sólo cumplo las órdenes que he recibido, Puedo hablar con el jefe del departamento, No, no vale la pena, no le va a atender. A Cipriano Algor le temblaban las manos, miró alrededor, perplejo, implorando ayuda, pero sólo leyó desinterés en las caras de los tres conductores que llegaron después que él. Pese a ello, intentó apelar a la solidaridad de clase, Miren en qué situación estoy, un hombre trae aquí el producto de su trabajo, sacó la tierra, la mezcló con agua, la batió, amasó la pasta, torneó las piezas que le habían encargado, las coció en el horno, y ahora le dicen que sólo se quedan con la mitad de lo que ha hecho y que le van a devolver lo que tienen en el almacén, quiero saber si hay justicia en este procedimiento. Los conductores se miraron unos a otros, se encogieron de hombros, no estaban seguros de que fuera conveniente responder, ni de a quién le convendría más la respuesta, uno de ellos sacó un cigarro para dejar claro que se desentendía del asunto, luego recordó que no se podía fumar allí, entonces dio la espalda y se refugió en la cabina del camión, lejos de los acontecimientos. El alfarero comprendió que tendría mucho que perder si seguía protestando, quiso echar agua en la hoguera que él mismo había encendido, en cualquier caso vender la mitad era mejor que nada, las cosas acabarán arreglándose, pensó. Sumiso, se dirigió al subjefe de recepción, Puede decirme qué ha hecho que las ventas hayan bajado tanto, Creo que ha sido la aparición de unas piezas de plástico que imitan al barro, y lo imitan tan bien que parecen auténticas, con la ventaja de que pesan menos y son mucho más baratas, Ese no es motivo para que se deje de comprar las mías, el barro siempre es barro, es auténtico, es natural, Vaya a decirle eso a los clientes, no quiero angustiarlo, pero creo que a partir de ahora sus lozas sólo interesarán a los coleccionistas, y ésos son cada vez menos. El recuento estaba terminado, el subjefe escribió en el albarán, Recibí mitad, y dijo, No traiga nada más hasta que no tenga noticias nuestras, Cree que podré seguir fabricando, preguntó el alfarero, La decisión es suya, yo no me responsabilizo, Y la devolución, de verdad me van a devolver las existencias del almacén, las palabras temblaban de desesperación y con tal amargura que el otro quiso ser conciliador, Veremos. El alfarero entró en la furgoneta, arrancó con brusquedad, algunas cajas, mal sujetas después de la media descarga, se escurrieron y chocaron violentamente contra la puerta de atrás, Que se parta todo de una vez, gritó irritado. Tuvo que parar al principio de la rampa de salida, el reglamento manda que se presente el carné también a este guarda, son cosas de la burocracia, nadie sabe por qué, en principio quien entra proveedor, proveedor saldrá, pero por lo visto hay excepciones, aquí tenemos el caso de Cipriano Algor que todavía lo era al entrar, y ahora, si se confirman las amenazas, está en vías de dejar de serlo. Seguro que el trece tiene la culpa, al destino no lo engañan artimañas de poner después lo que estaba antes. La furgoneta subió la rampa, salió a la luz del día, no hay nada que hacer, salvo volver a casa. El alfarero sonrió con tristeza, No fue el trece, el trece no existe, si hubiese sido el primero en llegar la sentencia sería igual, ahora la mitad, luego ya veremos, mierda de vida.

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