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Authors: Julio Verne

La isla misteriosa (31 page)

BOOK: La isla misteriosa
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Se convino en subir por el río de la Merced hasta donde dejara de ser navegable. Así se haría sin esfuerzo gran parte del camino, y los exploradores podrían llevar sus provisiones y armas hasta un punto avanzado del oeste de la isla.

Pues había que pensar no sólo en los objetos que los colonos llevaban consigo, sino también en los que la casualidad les deparase y que debieran ser trasladados al Palacio de granito. Si había habido un naufragio en la costa, como podía presumirse por todos los indicios, no dejarían de presentarse restos y despojos, que serían buena presa. En este caso, el carro habría sido más útil que la frágil piragua; pero, además de ser pesado y burdo, había que tirar de él, lo cual dificultaba su uso e hizo manifestar a Pencroff su sentimiento que el cajón no hubiera contenido, además de la “media libra de tabaco” que deseaba, un par de caballos de Nueva Jersey, que habrían sido útiles a la colonia.

Las provisiones embarcadas por Nab se componían de conservas de carne y algunos azumbres de cerveza y licor fermentado; es decir, alimento para cuatro días, espacio de tiempo mayor del necesario, a juicio de Ciro Smith, para la exploración. Por lo demás, en caso de urgencia, contaban los colonos con encontrar caza por el camino, y Nab tuvo cuidado de no olvidar el hornillo portátil.

En cuanto a herramientas, llevaron las dos hachas de leñador que debían servir para abrirse paso en el bosque, y respecto a instrumentos, el catalejo y la brújula de bolsillo.

Entre las armas se escogieron los dos fusiles de chispa, más útiles en la isla que los de pistón, porque no necesitaban sino piedra sílice, fácil de reemplazar, mientras que estos últimos exigían también pistones, que se acabarían pronto si se hacía un uso frecuente de ellos. Sin embargo, se llevaron también una carabina y algunos cartuchos. Respecto a la pólvora, de la cual los barriles contenían 50 libras, fue preciso llevar una buena provisión; pero el ingeniero se proponía elaborar más adelante una sustancia explosiva que la sustituyera. Unieron a las armas de fuego cinco machetes con sus buenas vainas de cuero, y así preparados los colonos podían aventurarse por el interior de aquel vasto bosque, con grandes probabilidades de dominar todos los peligros que pudieran presentarse.

Es inútil decir que Pencroff, Harbert y Nab iban armados hasta los dientes, aunque Ciro Smith les había hecho prometer que no dispararían sino en caso de necesidad.

A las seis de la mañana echaron al mar la piragua y todos se embarcaron, incluso
Top,
dirigiéndose a la desembocadura del río de la Merced.

Hacía media hora que estaba subiendo la marea; por tanto, los viajeros tenían algunas horas de navegación que convenía aprovechar, porque después del reflujo sería difícil la subida por el río. El flujo era ya fuerte, pues la luna debía entrar en su lleno a los tres días, y la piragua, con sólo el cuidado de mantenerla en la corriente, bogó con rapidez entre las dos altas orillas, sin que hubiese necesidad de acrecentar su marcha con los remos.

En pocos minutos los exploradores llegaron al recodo que formaba el río de la Merced y precisamente al ángulo donde siete meses antes Pencroff había dispuesto su primer cargamento de leña.

Después de formar aquel ángulo, bastante agudo, el río, describiendo una curva, se dirigía hacia el sudeste, dilatándose su cuerpo a la sombra de grandes coníferas, siempre verdes.

El aspecto de las orillas del río de la Merced era magnífico. Ciro Smith y sus compañeros tenían que admirar los hermosos efectos que la naturaleza tan fácilmente obtiene con el agua y con los árboles. A medida que se adelantaban se iba modificando el género de las plantas forestales. A la izquierda de la corriente del río lucían magníficas ulmáceas, esos preciosos álamos, tan buscados por los constructores y que tienen la propiedad de conservarse largo tiempo en el agua. Después venían numerosos grupos de la misma familia, entre otros los almeces, cuya almendra da un aceite muy útil. Más lejos, Harbert observó algunas lardizabáleas, cuyas ramas flexibles, maceradas en el agua, dan excelente cordelería; y dos o tres troncos de ebenáceas de un hermoso color negro, rayado de caprichosas venas.

De cuando en cuando, en ciertos parajes donde el desembarco era fácil, la piragua se detenía y entonces Gedeón Spilett, Harbert y Pencroff, armados de fusiles y precedidos de
Top,
hacían una batida por la orilla.

Sin contar la caza, podía encontrarse también alguna planta útil que no debía despreciarse, y el joven naturalista se encontró en este punto servido a pedir de boca, porque descubrió una especie de espinacas silvestres de la familia de las quenopódeas y muchos ejemplares de crucíferas del género col, que sin duda sería fácil
civilizar
mediante el trasplante; eran berros, rábanos, más o menos silvestres, y en fin, unos tallos ramosos y ligeramente velludos y de un metro de altura, que producían granos parduscos.

¿Sabes tú qué planta es ésa? —preguntó Harbert al marino.

—¡Tabaco! —gritó Pencroff, que evidentemente no había visto su planta predilecta más que en el agujero de su pipa.

—No, Pencroff —dijo Harbert—, no es tabaco, es mostaza.

—¡Bien por la mostaza! —repuso el marino—. Si se presenta una planta de tabaco, no la desprecies.

—Ya la encontraremos algún día —dijo Gedeón Spilett.

—¿De veras? —exclamó Pencroff—. Ese día no sé qué faltará ya en nuestra isla.

Aquellas diversas plantas arrancadas cuidadosamente con raíces fueron trasladadas a la piragua, donde permanecía aún Ciro Smith, absorto en sus reflexiones.

El periodista, Harbert y Pencroff desembarcaron muchas veces en la orilla derecha o en la izquierda del río de la Merced, ésta última menos acantilada y más cubierta de árboles. El ingeniero, consultando la brújula de bolsillo, pudo comprobar que el río, desde el primer recodo, tomaba sensiblemente la dirección sudoeste y nordeste y la seguía casi en línea recta por espacio de unas tres millas. Pero era de suponer que se modificase esta dirección más lejos y que el río subiese luego al noroeste, hacia los contrafuertes del monte Franklin, que debían alimentarse con sus aguas.

Durante una de estas excursiones Gedeón Spilett consiguió apoderarse de dos parejas de gallináceas vivas. Eran volátiles de pico largo y delgado, cuellos prolongados, alas cortas y sin apariencia de cola.

Harbert les dio con razón el nombre de tinamúes y se decidió que serían los primeros huéspedes del futuro corral.

Hasta entonces los fusiles no habían hablado, y la primera detonación que se oyó en aquella selva del Far-West fue consecuencia de la aparición de un ave hermosísima, que anatómicamente se parecía a un martín pescador.

—¡La conozco! —exclamó Pencroff y soltó el tiro a pesar suyo.

—¿A quién conoce? —preguntó el periodista.

—A esa ave que se nos escapó en la primera excursión, cuyo nombre hemos puesto a esa parte de la selva.

—¡Un jacamar! —exclamó Harbert.

Era un jacamar, hermosa ave, cuyo plumaje espeso está revestido de un brillo metálico.

Algunos perdigones le habían hecho caer a tierra y
Top
lo llevó a la piragua, al mismo tiempo que una docena de
turacos loris,
especie de trepadores del tamaño de una paloma, pintarrajeados de verde, con una parte de las alas de color carmesí y un moño prominente, festoneado de blanco.

El joven le felicitó por aquel certero disparo; el marino estaba orgulloso de su triunfo. Los loris son un manjar preferible al jacamar, cuya carne es un poco coriácea; pero difícilmente se habría persuadido a Pencroff de que no había matado al rey de los volátiles comestibles.

Eran las diez de la mañana, cuando la piragua llegó a un segundo recodo del Merced, a unos cinco minutos de su desembocadura. Se pararon a almorzar y la detención se prolongó por espacio de media hora al abrigo de grandes y hermosos árboles.

El río contaba en aquel paraje de sesenta a setenta pies de anchura y de cinco a seis de profundidad. El ingeniero había observado que muchos afluentes aumentaban el caudal de sus aguas, pero eran simples riachuelos no navegables. En cuanto al bosque, tanto bajo el nombre de bosque del Jacamar como el de selva del Far-West, se extendía más allá del alcance de la vista. En ninguna parte, ni entre los altos árboles, ni entre los que poblaban las orillas del río de la Merced, se veía rastro de la presencia del hombre. Los exploradores no pudieron hallar ni una huella sospechosa; y era evidente que ni el hacha del leñador había tocado nunca aquellos árboles, ni el machete del cazador había cortado bejucos tendidos de un tronco a otro en medio de la espesa maleza y de las altas hierbas. Si algunos náufragos habían tomado tierra en la isla debían de hallarse todavía en el litoral y no se debían buscar bajo aquella densa bóveda de follajes.

El ingeniero manifestó cierta impaciencia por llegar a la costa occidental de la isla Lincoln, distante, según su cálculo, unas cinco millas. Continuó la navegación; y aunque el río, por el curso que entonces llevaba, parecía dirigirse no hacia el litoral, sino hacia el monte Franklin, se convino en no dejar la piragua mientras hubiese bajo la quilla bastante agua para mantenerla a flote. Así se ganaba tiempo y se ahorraba trabajo, porque de otro modo habría sido preciso abrirse camino con las hachas a través de la espesura.

Pronto el flujo cesó completamente, ya porque la marea bajase, en efecto debía estar bajando a aquella hora, ya porque no se hiciese sentir a tal distancia de la desembocadura del río de la Merced. Fue preciso armar los remos; Nab y Harbert se pusieron en su banco; Pencroff empuñó la espadilla y así continuaron subiendo por el río.

Parecía que el bosque se aclaraba un poco hacia el Far-West. Los árboles eran menos espesos y a veces aparecían aislados; pero precisamente por hallarse más espaciados gozaban más libremente del aire puro que circulaba alrededor y ganaban mucho en magnificencia.

¡Qué espléndidos ejemplares de la flora de aquella latitud!

Seguramente que su aspecto sólo habría bastado a un botánico para determinar sin vacilación el paralelo que la isla Lincoln atravesaba.

—¡Eucaliptos! —exclamó Harbert.

Esos soberbios vegetales, últimos gigantes de la zona extratropical, eran congéneres de los eucaliptos de Australia y de Nueva Zelanda, países ambos situados en la misma latitud que la isla Lincoln. Algunos tenían hasta doscientos pies de elevación; su tronco medía veinte pies de circunferencia en la base, y su corteza, surcada por una red de resina perfumada, llegaba a tener hasta cinco pulgadas de espesor. Nada más maravilloso ni tampoco más singular que aquellos enormes ejemplares de la familia de las mirtáceas, cuyo follaje, presentándose de perfil a la luz, dejaba penetrar hasta el suelo los rayos del sol.

Al pie de aquellos eucaliptos una fresca hierba alfombraba el suelo y de entre la espesura de sus ramas salían bandadas de pajarillos, que resplandecían como carbunclos alados en rayos solares.

—¡Magníficos árboles! —exclamó Nab—. ¿Sirven para algo?

—¡Bah! —dijo Pencroff—. Con los vegetales gigantes debe suceder lo mismo que con los hombres gigantes: no sirven más que para enseñarlos en las ferias.

—Creo que está en un error, Pencroff —repuso Gedeón Spilett—, pues empieza a usarse muy ventajosamente la madera de eucalipto en la ebanistería.

—Y yo añadiré —dijo Harbert— que esos eucaliptos pertenecen a una familia que cuenta muchos miembros útiles: el guayabo, que produce las guayabas; el árbol del clavo, que da clavos de la especia; el granado; la
Eugenia cauliflora,
cuyos frutos sirven para hacer un vino regular; el mirto
ugni,
que contiene un excelente licor alcohólico; el mirto
cariófilo,
cuya corteza constituye una canela estimada; la
Eugenia pimienta,
de donde procede la pimienta de Jamaica; el mirto común, cuyas bayas pueden reemplazar a este producto; el
Eucaliptus robusta,
que produce una especie de maná excelente; el
Eucaliptus Gunei,
cuya savia se transforma en cerveza por la fermentación; y, en fin, todos esos árboles conocidos bajo el nombre de
árboles de vida o palo de hierro,
que pertenecen a esta familia de las mirtáceas, de la cual se conocen cuarenta y seis géneros y mil trescientas especies.

Los colonos dejaban decir al joven sin interrumpirle mientras recitaba su lección de botánica. Ciro Smith le escuchaba sonriendo y Pencroff con una sensación de orgullo.

—Muy bien, Harbert —dijo Pencroff—, pero apostaría a que esos ejemplares útiles que acabas de citar no son árboles gigantescos como éstos.

—Pues no lo son, Pencroff.

—Lo cual viene en apoyo de lo que yo he dicho —añadió el marino—, a saber: que los gigantes no sirven para nada.

—Se equivoca, Pencroff —intervino el ingeniero—; precisamente estos gigantescos eucaliptos que nos dan sombra son muy útiles para una cosa.

—Para qué?

—Para sanear el país donde crecen. ¿Sabe usted cómo les llaman en Australia y en Nueva Zelanda?

—No, señor Ciro.

—Les llaman árboles de la fiebre.

—¿Porque la ocasionan?

—No, porque la impiden.

—Bien —dijo el corresponsal—, voy a anotar eso.

—Anótelo, querido Spilett, porque parece demostrado que la presencia de los eucaliptos basta para neutralizar los miasmas palúdicos. Se han hecho ensayos de este preservativo natural en ciertas regiones del mediodía de Europa y del norte de Africa, cuyo suelo era muy malsano, y por ese medio se ha ido mejorando poco a poco el estado sanitario de sus habitantes. En las comarcas cubiertas de bosques de esas mirtáceas no hay fiebres intermitentes; éste es un hecho que está fuera de duda y que pone a los colonos de la isla Lincoln en circunstancias favorables.

—¡Ah, qué isla! ¡Qué isla tan bendita! —exclamó Pencroff—. ¡Cuando les digo que no le falta nada... excepto...!

—Ya vendrá, Pencroff, ya lo encontraremos —interrumpió el ingeniero—; pero continuemos nuestra navegación hasta donde pueda llevarnos la piragua.

La exploración continuó durante dos millas por lo menos, atravesando un paraje cubierto de eucaliptos, árbol que dominaba en todos los bosques de aquella isla. El espacio que cubrían se extendía hasta perderse de vista a los dos lados del río de la Merced, cuyo lecho, bastante sinuoso, se abría entre las dos altas orillas de verdor, y a trechos velase obstruido por altas hierbas y hasta rocas agudas que hacían penosa la navegación y dificultaban la acción de los remos hasta el punto de tener Pencroff que valerse de un palo para impeler la canoa.

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