Los egipcios (20 page)

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Authors: Isaac Asimov

BOOK: Los egipcios
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En los comienzos de su reinado Alejandro marchó rápidamente contra las tribus en rebelión, acabó con ellos de un certero golpe, arremetió luego, en el sur, contra Grecia, donde inmediatamente tomó el control de las ciudades. En el 334 a. C. dejó Grecia y se volvió hacia Asia.

Entre tanto, Artajerjes III de Persia había muerto en el 338 a. C. y, después de un período de disturbios, un amable alfeñique fue a parar al trono, en el 336; éste fue Darío III. Nadie podía hacer frente con éxito a Alejandro (pronto conocido por Alejandro Magno, y de todos los monarcas denominados el “Grande”, Alejandro fue el único que lo fue más allá de toda discusión), pero Darío III no pudo ni siquiera intentarlo.

Las avanzadas persas, que se habían confiado excesivamente, fueron derrotadas inmediatamente en el río Granico, en el Asia Menor noroccidental.

Alejandro bajó por la costa del Asia Menor, penetrando luego hacia el interior, derrotando al grueso del ejército persa (muy superior en número al suyo, pero no en la calidad de las tácticas o de los mandos) en Issos, ciudad situada en la esquina noroccidental del Mediterráneo.

Luego bajó a lo largo de la costa siria, deteniéndose sólo para reducir a Tiro, tras un asedio de nueve meses (quizá el más duro enfrentamiento de su carrera, pero sin importancia en comparación con los trece años que empleó Nabucodonosor).

En el 332 a. C., Alejandro estaba en Pelusio, pero los egipcios no combatieron contra él en este lugar, como habían hecho (infructuosamente) contra Senaquerib, Cambises y Artajerjes III. Sólo hacía nueve años que Persia había derrotado a Nectanebo II y había bañado en sangre a Egipto, y el recuerdo de la derrota estaba aún fresco. Alejandro fue acogido por unos egipcios transportados por la alegría de la liberación. En realidad, parece que los egipcios intentaron un acercamiento a Alejandro cuando éste estaba aún en Issos, implorándole que salvase a su país.

Alejandro tuvo gran cuidado en no hacer nada que estropease esta primera impresión favorable. Se doblegó a las costumbres egipcias y realizó los sacrificios necesarios a los dioses, según los ritos locales. Trataba de que no lo considerasen un conquistador, sino un faraón egipcio.

Para facilitar el cumplimiento de este propósito, viajó hasta el oasis de Siwa, en Libia, a unas 300 millas a occidente del Nilo, donde existía un templo de Amón, muy venerado. Allí efectuó los ritos necesarios para su consagración como faraón, e incluso aceptó ser hijo divino de Amón, según la costumbre egipcia.

Esto suele interpretarse con frecuencia como un indicio de la megalomanía de Alejandro, de sus aspiraciones a la divinidad, pero como los egipcios no habrían aceptado a un faraón que no fuese a la vez dios, Alejandro no tenía otra elección razonable. No obstante, sentó un precedente, y los monarcas posteriores, seis siglos y medio después, cuando el mundo mediterráneo se convirtió al cristianismo, insistían, por lo general, en ser tratados como divinidades, aun cuando esto era algo que no estaba en absoluto de acuerdo con la primitiva tradición griega.

Los griegos equipararon a Amón, principal dios egipcio, debido a una tradición que databa de la Dinastía XI, diecisiete siglos antes, a su más importante dios, Zeus. De ahí que el templo de Siwa fuese dedicado a “Zeus-Amón” (o a “Júpiter-Amón”, según la posterior versión romana).

Existe una relación especial entre este templo y la química moderna. El combustible es, como puede suponerse, muy escaso en el desierto, y los sacerdotes de Siwa utilizaban estiércol de camello. El hollín que quedaba tras la combustión en los muros y techos del templo contenía cristales salinos blancos que se llamaron, en latín,
sal am
moniaca
(“sal de Ammón”). De estos cristales puede obtenerse un gas, y este gas se llamaría más tarde amoníaco.

¡De esta forma el gran dios de Tebas, al que Ajenatón había desafiado sin éxito y que Ramsés II había considerado segundo respecto de sí mismo, sobrevive hoy en el nombre de un gas mordiente, conocido por las amas de casa principalmente como componente de productos de limpieza!

Era evidente que Alejandro no podía quedarse en Egipto como faraón, ya que tenía que conquistar todavía el resto de Persia y muchos años de campaña por delante. Seleccionó a egipcios nativos para que gobernasen el país en su ausencia, pero no les entregó poderes económicos (pues el dinero sirve para financiar rebeliones). Puso el control de las finanzas en manos de un griego de Naucratis, un tal Cleomenes. Este hombre, con poder para imponer impuestos, fue el verdadero gobernante del país, aunque para salvar las apariencias ante los egipcios no tenía título alguno.

Antes de abandonar Egipto, Alejandro examinó un lugar en la desembocadura del brazo más occidental del Nilo, donde ya había una pequeña ciudad. Indicó dónde debían construirse los cimientos de un suburbio que debería alzarse al oeste de la ciudad. La antigua ciudad y el nuevo barrio, juntos, serían llamados Alejandría en honor de Alejandro. Tras la marcha de éste en el 331 a. C. Cleomenes se encargó de que se edificase la ciudad. Alejandro nunca volvería a ella. Fue proyectada por el arquitecto Dinócrates de Rodas, que la concibió con calles rectas que se cruzaban en ángulo recto.

Alejandro ordenó la construcción de muchas ciudades, casi todas ellas llamadas Alejandría, pero, con mucho, la más importante de todas fue la de Egipto. Alejandría se hizo cargo de las funciones comerciales de Naucratis que, como consecuencia, declinó. Y como la antigua ciudad mercantil de Tiro había sido destruida, a causa del asedio de Alejandro, Alejandría se convirtió en el centro comercial del Mediterráneo oriental, creciendo rápidamente hasta convertirse en una metrópoli que haría las veces de capital de Egipto. Desde entonces, las antiguas capitales de Menfis y Tebas irían declinando progresivamente.

10. El Egipto ptolemaico
El primer Ptolomeo

Bajo el gobierno de Cleomenes Egipto prosperó y se apartó temporalmente del torbellino de los acontecimientos, mientras Alejandro corría a lo largo y a lo ancho del Imperio persa, venciendo dos grandes batallas e innumerables batallas menores, y erigiéndose en monarca de todo ello. (Darío III, el último rey persa, fue asesinado por sus propios hombres en el 330 a. C).

Alejandro regresó a Babilonia en el 324 a. C. tras sus expediciones a lejanos confines, y debía de estar haciendo nuevos planes de conquista en otras direcciones, cuando murió en el 323 a. C.

Cuando murió era todavía un hombre joven de 33 años, y no dejó tras de sí una sucesión segura. Tenía una madre muy pendenciera, una esposa persa, un hermanastro deficiente mental y un hijo pequeño póstumo. Ninguno de ellos contaba para nada.

Según una leyenda, mientras estaba agonizando preguntaron a Alejandro quién iba a heredar su imperio. Se cree que en su postrer suspiro logró decir: “El más fuerte”.

En realidad, no debió de decir nada de esto, pero sus generales actuaron como si lo hubiera dicho. Cada uno de ellos tomó una parte y trató de utilizarla como base para apoderarse de todo el resto. Los más importantes generales, desde el punto de vista de este libro, fueron Ptolomeo, Seleuco y Antígono. Este último fue ayudado valiosamente por su hijo Demetrio.

Ptolomeo (o, según la forma griega, Ptolemáios) era hijo de un noble macedonio, aunque existían rumores que lo hacían hijo ilegítimo de Filipo y, por consiguiente, hermanastro de Alejandro. (Este rumor pudo haber sido difundido deliberadamente por el propio Ptolomeo para acrecentar su propio prestigio. La bastardía era un precio exiguo a cambio de una relación familiar con el gran Alejandro).

Tan pronto como Alejandro Magno hubo muerto, Ptolomeo se apropió del gobierno de Egipto, ejecutando inmediatamente a Cleomenes (un pobre pago por una excelente administración). La elección de Egipto fue prudente. Egipto era un país rico, cuya producción agrícola, debido a las crecidas regulares del Nilo, y a la experta laboriosidad del pueblo proporcionaba a sus gobernantes una riqueza sin igual.

Ptolomeo fue también lo bastante inteligente como para apoderarse del cuerpo de Alejandro y enterrarlo en Menfis —un hábil golpe psicológico, si se tiene en cuenta que el mundo entero estaba maravillado ante la fulgurante vida de Alejandro, que estaba considerado como una especie de semidiós.

Ptolomeo fue el primer general que se dio cuenta de que la victoria total y extender el gobierno sobre todo el imperio constituían empresas imposibles. Puede ser que ni siquiera lo estimase deseable. Tal vez se sintiese a gusto siendo sólo gobernante del rico Egipto; y después de todo, ¿qué objeto tenía exponerse a los problemas y trastornos que le ocasionaría el tratar de conquistar el resto del imperio? Lo único que quería, aparte del valle del Nilo, eran sus accesos inmediatos por el oeste y por el este como defensa ante posibles invasores y una flota capaz de controlar el mar en el norte.

Hacia el oeste la cosa era fácil. Ptolomeo tenía que obtener, tan sólo, la sumisión de Cirene y la de los oasis libios, que habían estado sometidos a Persia y a Alejandro Magno, y que no habían provocado ningún problema al pasar bajo el régimen de Ptolomeo.

Hacia el este era caso igualmente fácil. En el 320 a. C, Ptolomeo llevó a su ejército hasta Siria, atacando astutamente Jerusalén en sábado. Los piadosos judíos de la época rehusaron combatir en ese día, ni siquiera en autodefensa, y Jerusalén, que había resistido a Senaquerib y a Nabucodonosor con admirable tenacidad, se rindió a Ptolomeo sin mover un dedo.

Sería en el norte donde Ptolomeo encontraría problemas. Había construido una flota y la envió en expedición a Grecia y a diversas islas griegas, en un esfuerzo por buscar aliados y afirmar su dominio. Aquí se enfrentó con Antígono y Demetrio, y en 306 a. C. los barcos de padre e hijo infligieron una espectacular derrota a la flota ptolemaica.

Antígono, que contaba por aquel entonces setenta y cinco años, y estaba ansioso por conseguir la supremacía antes de morir, adoptó inmediatamente el título de rey de Asia, anticipándose a la victoria final. Ptolomeo, aunque dolido por la derrota, no podía permitir que este golpe psicológico quedase sin respuesta. Se proclamó rey también él; luego se las arregló para rechazar un débil intento de Demetrio y Antígono para invadir Egipto, reforzando así su nuevo título.

Como rey de Egipto, Ptolomeo fundó una dinastía que duró tres siglos, más que cualquiera de las dinastías nativas que habían gobernado Egipto en un lapso de tres mil años. La dinastía de Ptolomeo puede denominarse Dinastía Macedonia o de los Lagidas, por el nombre del padre o presunto padre, de Ptolomeo, Lagos (o bien, Dinastía XXXI, si nos inclinamos por el criterio numérico).

Más frecuentemente, la dinastía se llama de “los Ptolomeos”, ya que todos los reyes de ella, sin excepción, llevaron ese nombre. Así, podemos hablar del Egipto de la época como del Egipto Ptolemaico.

No sólo fueron Antígonos y Ptolomeo los generales que se convirtieron en reyes. Seleúco, que se había establecido en Babilonia, adoptó también el título de rey. La dinastía que fundó se conoce con el nombre de seleúcida, y el imperio que construyeron en Asia occidental, el Imperio Seleúcida.

Ptolomeo I —como lo llamaremos desde ahora— no se retiró del Mediterráneo septentrional por una única derrota. Reconstruyó la flota y esperó una oportunidad. En el 305 a. C. Demetrio sitió la isla de Rodas, que había continuado siendo aliada de Egipto a pesar del descalabro de Ptolomeo. Sus habitantes ofrecieron una firme resistencia, y los barcos de Ptolomeo se hicieron a la mar para contribuir a la defensa. Demetrio tuvo que abandonar y marcharse con sus navíos, y los agradecidos isleños dieron a Ptolomeo el título de Sóter (“salvador”).

En los siglos siguientes a Alejandro se hizo habitual que los reyes adoptasen, o se les asignase, algún apodo lisonjero con el que distinguirse de los demás y poder pasar a la historia. (Por lo general, cuanto peor o más débil era un monarca, más pretencioso y adulador era el apodo). Esta costumbre imperaba también entre los reyes selúcidas y en diversas dinastías del Mediterráneo oriental, pero nosotros la utilizaremos tan sólo en relación con los reyes egipcios. Así, el primer Ptolomeo puede ser llamado Ptolomeno I Sóter.

Como de todos los generales Antígono era el más ambicioso y el menos deseoso de transigir o de renunciar al poder supremo, Ptolomeo, Seleúco y algunos otros se aliaron contra él. En el momento de formar esta unión, Ptolomeo y Seleúco acordaron informalmente repartirse Siria. Ptolomeo se quedaría con la mitad sur.

A medida que las campañas contra Antígono progresaban, el cauto Ptolomeo comenzó a temer una derrota y a retirar sus tropas. Cuando se libró la batalla final, en el 301 a. C., en Ipso, en el Asia Menor central, fue Antígono el que resultó derrotado y muerto, mientras que su hijo Demetrio fue enviado a un exilio temporal.

Seleúco se hallaba ahora en una posición óptima. Fue capaz de establecer su dominio sobre casi toda la parte asiática del Imperio de Alejandro. Reclamó, además, el sur de Siria, aduciendo que Ptolomeo había perdido el dominio sobre esta región por su pusilánime comportamiento antes de la batalla de Ipso. Sin embargo, Ptolomeo se negó a abandonarla. El sur de Siria, y en particular Judea, siguieron bajo dominación egipcia durante un siglo. Esta fue la primera empresa egipcia en el campo del imperialismo en Asia (si exceptuamos la estancia de Necao durante tres años) desde la época de Ramsés III, ocho siglos antes.

Sea como fuere, Siria siguió siendo la manzana de la discordia entre los Ptolomeos y los Seleúcidas durante siglo y medio, provocando una serie de guerras que, al final, acabaron destruyendo ambos reinos.

Ptolomeo I gozó de una larga vida, en beneficio de Egipto, sobre el cual gobernó de manera justa e indulgente —gobernó tan bien, de hecho, que al final logró granjearse la estima de sus súbditos a pesar de ser extranjero—. Fue el primer monarca egipcio que acuño moneda en Egipto, y con él floreció la economía. La segunda mitad de su reinado transcurrió en paz, aunque nunca perdió de vista el hecho de que en Seleúco, que también gozó de larga vida, tenía un temible enemigo.

En el 285 a. C. Ptolomeo I tenía ochenta y dos y no se sentía capaz ya de cumplir los deberes de su cargo. Por ello decidió abdicar, pero antes tuvo que tomar ciertas decisiones en materia de sucesión. Deseaba que el rey que lo sustituyera fuese tan prudente como él, y capaz, igual que él, de mantener a distancia a Seleúco y a sus sucesores.

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