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Authors: Maj Sjöwall,Per Wahlöö

Tags: #novela negra

Los terroristas (6 page)

BOOK: Los terroristas
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Rönn tenía la especialidad de lograr que Martin Beck sintiera remordimientos de conciencia. Porque ¿quién mejor que él para haber hecho aquel viaje de placer, siendo como era uno de los más necesitados de apoyo y ánimo?

Porque la verdad no se podía decir en voz alta: Rönn había sido rechazado por la sencilla razón de que no se podía enviar por el mundo a un norteño con la nariz eternamente colorada y chorreando, con un aspecto nada representativo y que además, siendo muy indulgentes, se podía afirmar que balbuceaba algo de inglés, pero sólo siendo muy indulgentes.

Sin embargo, Rönn era un buen detective. Al principio no había sido nada espectacular, pero con el paso del tiempo se había convertido en uno de los indiscutibles buenos valores de la sección.

Martin Beck intentó hallar algo estimulante que decirle, pero no lo encontró, como de costumbre; se limitó a decirle adiós y a marcharse.

Y en aquel momento estaba sentado junto a Rhea y aquello era realmente otra cosa. El único fallo era que ella parecía abatida.

—Este juicio... —dijo—, qué mierda tan deprimente, y qué monigotes para decidir. Ese fiscal es un auténtico payaso... ¡y cómo me mira!, como si no hubiera visto una tía en su vida.

—Bulldozer —dijo Martin Beck— ha visto un montón de tías en su vida, pero tú no eres tampoco su tipo; lo que ocurre es que es más curioso que un cangrejo.

—¿Los cangrejos son curiosos?

—No lo sé, pero lo oí decir una vez; debe de ser sueco-finés o algo así.

—Y el abogado defensor ni siquiera sabe el nombre de su defendida. Además, suelta eructos y dice unas cosas completamente incomprensibles. Esta pobre chica no tiene el más mínimo punto a su favor.

—Todavía no hemos visto el final. Bulldozer gana casi todos sus casos, pero si pierde alguna vez es porque el defensor es Braxén. ¿Te acuerdas de aquella historia de Svärd?

—¡Que si me acuerdo! —rió Rhea roncamente—. Fue cuando viniste a casa, a la calle Tule, la primera vez. Aquella habitación cerrada y todo lo demás, pronto hará dos años, ¡cómo no me iba a acordar! —recordó Rhea, especialmente contenta.

Y él no podía ser más feliz; lo habían pasado estupendamente desde entonces, charlando, prisioneros de los celos, con discusiones amorosas, hermosos momentos de sexo, fidelidad y compañerismo. Y todo a pesar de que él tenía más de cincuenta años y creía haber vivido ya todo lo que había por vivir; sin embargo, había ido evolucionando junto a Rhea.

En su fuero interno confiaba en que la alegría fuera recíproca, aunque no las tenía todas consigo sobre ese particular. Ella era psíquicamente más fuerte y la más liberal de los dos, y posiblemente también era más inteligente, o al menos más rápida de pensamiento. Rhea tenía también muchos defectos, por ejemplo que con frecuencia estaba de mal humor y en tensión, a pesar de lo cual a él le gustaban estos defectos. Era una manera un tanto romántica o bobalicona de sentir, pero no sabía más.

La miró y se dio cuenta de que había dejado de sentirse celoso. Sus grandes pezones apuntaban a través de la tela de la camisa, que tampoco llevaba abrochada del todo; se había sacado las sandalias y se frotaba los pies uno contra el otro; de vez en cuando se agachaba para rascarse uno de ellos debajo de la mesa. En definitiva, ella era ella y no era de nadie más, ni siquiera de él, y quizá eso era lo que la hacía más encantadora a sus ojos.

Tenía la cara preocupada; sus rasgos irregulares reflejaban inquietud y contrariedad.

—No entiendo mucho de leyes —dijo sin gran convicción—, pero esta causa parece perdida de antemano. ¿Tú crees que tu testimonio puede cambiar algo?

—No lo creo. Ni siquiera sé qué es lo que pretende que diga.

—Pues los otros testigos parecen completamente inútiles. Un director de banco, una profesora de cocina y un policía. ¿Estuvo de verdad alguno de los policías allí?

—Sí, Kristiansson, que conducía el coche patrulla.

—¿Y es igual de memo que el otro?

—Sí.

—Y ni siquiera tiene pinta de poderse ganar el caso por las alegaciones finales y eximentes de la defensa, ¿verdad?

Martin Beck sonrió. En realidad, era de esperar que Rhea se metiera a fondo en aquel caso.

—No, no parece probable, pero ¿estás segura de que este caso lo puede ganar la defensa y que Rebecka es inocente?

—La instrucción del caso es una porquería impresentable. Tendrían que devolverlo a la policía y volver a empezar; no han hecho nada a derechas, y por eso odio a la policía; bueno, excepto por lo de la violencia y esas cosas. Es que presentan causas a juicio con la instrucción a medias, y luego encima resulta que el fiscal es un tío que se pasea de arriba abajo como un pato en un estercolero, y los del tribunal son una colección de incompetentes que están ahí porque no sirven para hacer otra cosa y porque nadie más se atreve a hacerlo.

En realidad, no le faltaba razón. A los miembros de los tribunales los sacaban de los desechos de los partidos políticos, solían estar conchabados con los fiscales o se dejaban dominar por algún juez autoritario, que en el fondo sentía un infinito desprecio por ellos. En general, no se atrevían a contradecir a los juristas y no eran otra cosa que los representantes de la mayoría silenciosa del país, la que vivía obsesionada por el orden conseguido a base de leyes sumarísimas, y poca cosa más.

De vez en cuando había algún juez progresista, pero eran excepciones rarísimas, y la mayor parte de los abogados defensores vivían resignados desde antiguo, un poco avergonzados por no haberse podido ganar mejor la vida como abogados de empresa o de fama, obteniendo dinero a patadas y saliendo todas las semanas fotografiados en las revistas sensacionalistas.

—Te parecerá raro quizá —dijo Martin Beck—, pero me parece que estás infravalorando a Braxén.

Durante el corto camino hacia el juzgado municipal, Rhea le cogió la mano de repente; era algo poco frecuente y significaba que estaba inquieta o que se encontraba en un estado emocional alterado. Su mano era como todo lo suyo: firme y confiada.

Bulldozer Olsson llegó a la antesala al mismo tiempo que ellos dos, es decir, un minuto antes de la hora.

—El atraco de la calle Vasa está claro —dijo, casi sin aliento—, pero en cambio ya tenemos dos más. Uno de ellos apunta a Werner Roos...

Dirigió su mirada a Kvastmo, y se encaminó hacia él sin terminar siquiera la frase.

—Puedes marcharte a casa —dijo—, o volver al servicio. Lo consideraría como un favor personal.

Ésta era la manera que tenía Bulldozer Olsson de insultar a la gente.

—¿Qué? —dijo Kvastmo.

—Puedes volver al servicio —aconsejó Bulldozer—, cada persona hace falta en su puesto.

—Después de mi testimonio, a ésta la encierran, ¿eh? Y es que tenía todos los detalles guardados aquí dentro, claritos, claritos.

—Sí —dijo Bulldozer—, ha resultado revelador.

Kvastmo se alejó para reemprender la lucha contra la depravación organizada en su propio terreno.

El descanso había terminado y continuaron los procedimientos.

El Trueno llamó a su primer testigo, el director de banco Rumford Bondesson. Después de los formulismos, el abogado Braxén habló y dijo:

—Es realmente bastante difícil llegar a comprender los principios, o, mejor dicho, la falta de principios que rigen esta sociedad capitalista. Casi todo el mundo ha oído hablar de las ballenas; pues eso es lo que pasa con los socialdemócratas y otros partidos burgueses, que «van llenos», ¿comprenden? Tienen los bolsillos llenos, se llenan los bolsillos con el dinero del pueblo, y total para que esa misma gente vote por ellos y por su política, que consiste ni más ni menos que en mantener en el poder a la clase dominante, es decir, el capitalismo, que, junto con los burócratas de los partidos y los cabecillas sindicales, forma un frente que se mueve por un solo interés, por el dinero, y sólo persiguen que la gente refrende siempre la misma política asegurándose que nada va a cambiar, voten a quien voten.

Bulldozer Olsson estaba enfrascado examinando unos documentos. De repente pareció volver a la realidad y dijo, con las manos abiertas:

—Protesto. Esto es un juicio y no un mitin.

—En la escuela nos hablaban de la ballena de Jonás, y de su permanencia en las tripas del animal —dijo el Trueno, impasible—, y luego resultó que la ballena no era un pez, sino un simple mamífero, un cetáceo, aunque la verdad es que yo no he visto nunca ninguna ballena, excepto en fotografías, y una vez mientras visitaba a un cliente en la cárcel, es decir, por televisión. Porque yo no tengo televisión, porque soy de los que opinan que obstaculiza la fluidez del pensamiento; en cambio, tengo una hija...

Y consultó sus papeles.

—...de la edad de Rebecka Lind, a pesar de que yo ya tengo mis buenos años. Por cierto, una amiga suya está casada con un albañil que se llama Lexer Ohlberg, sin que eso quiera decir que sea pariente del actor del mismo apellido, el que hizo la película sobre Elvira Madigan; bueno, en realidad, él no hizo de Elvira Madigan, sino de teniente Sparre, y también dirigió la película. O sea que no son parientes, vamos; o si lo son, lo son tan poco como el artista Ernst Jönsson de Trelleborg y el actor Edvard Persson.

—¿Y por qué no pueden ser parientes? —preguntó el juez, visiblemente arrastrado por contagio hacia aquellas fantasías sin pies ni cabeza.

—Es difícil contestar a eso —replicó el Trueno.

—Mantener una conversación con el abogado Braxén es como ponerse a hablar con un hormiguero entero —indicó Bulldozer a modo de información.

Luego continuó estudiando sus papeles, escribiendo anotaciones aquí y allá, o haciendo gestos sorprendentes. Ni siquiera reaccionó cuando el portavoz del tribunal preguntó de repente:

—Bueno, ¿y qué tiene que ver todo eso con el caso?

—Sobre el particular puedo decirle que se trata de otra pregunta de difícil contestación —manifestó el Trueno.

Luego señaló de repente al testigo, apuntándole con su cigarro apagado, y preguntó inquisitorialmente:

—¿Conoce usted a Rebecka Lind?

—Sí.

—¿Cuándo la conoció?

—Hace aproximadamente un mes. Esta joven vino a la oficina principal de nuestro banco. Por cierto, que iba vestida exactamente igual que ahora, sólo que con un crío colgado con una especie de tirantes ante el pecho.

—¿Y la recibió usted?

—Sí, casualmente tenía unos minutos libres, aparte de que me interesa la juventud actual.

—¿Particularmente la parte femenina?

—Sí, ¿para qué voy a negarlo?

—¿Qué edad tiene usted, señor Bondesson?

—Cincuenta y nueve años.

—¿Qué quería Rebecka Lind?

—Que le prestaran dinero, pero era evidente que no tenía la menor idea sobre las cuestiones más sencillas en materia económica. Alguien le había dicho que los bancos prestan dinero y por eso se dirigió al banco más próximo y pidió hablar con el jefe.

—¿Y qué respondió usted?

—Que los bancos son negocios y que no se dedican a prestar dinero así por las buenas, sino que piden a cambio intereses y seguridad. Entonces me dijo que ella tenía una cabra y tres gatos.

—¿Para qué quería que le prestasen dinero?

—Para ir a América, aunque no sabía muy bien a qué lugar exacto de América, ni qué iba a hacer cuando llegara. De todos modos, me dijo que tenía una dirección apuntada.

—¿Qué más le preguntó?

—Que si había algún banco que no fuera un negocio como los demás, que perteneciera al pueblo y al que las personas corrientes pudieran acudir cuando necesitaran dinero. Le contesté medio en broma que la Caja de Crédito, o el banco PK, —que es como le llama todo el mundo—, que es estatal y por lo tanto del pueblo. Pareció satisfecha con esta contestación.

El Trueno se acercó al testigo, le puso el cigarro ante el pecho y dijo:

—¿Intercambiaron ustedes más frases después de esto?

El director de banco Bondesson no respondió y el juez le indicó:

—Está usted bajo juramento, señor Bondesson, pero no está obligado a responder a preguntas que puedan incriminarle.

—Sí —dijo Bondesson de mala gana—, las chicas jóvenes se interesan por mí y yo por ellas, así que me ofrecí para solucionarle su problema inmediato.

Miró a su alrededor y se encontró con la mirada aniquiladora de Rhea Nielsen y con el brillo de la calva de Bulldozer Olsson, que seguía sumergido en sus papeles.

—¿Y qué contestó Rebecka Lind?

—No me acuerdo; de todos modos, luego no hubo nada.

El Trueno había vuelto a su mesa. Revolvió un momento entre sus papeles y dijo:

—Durante los interrogatorios policiales, Rebecka Lind declaró haberle soltado la siguiente expresión: «Me cago en los viejos verdes», y «Es usted repugnante». —Y el Trueno repitió en voz alta—: ¡Viejos verdes!

Y con un gesto de su cigarro, indicó que las preguntas habían terminado por su parte.

—No comprendo en absoluto qué tiene que ver todo esto con este caso —comentó Bulldozer de nuevo.

El Trueno atravesó la sala, se inclinó sobre la mesa de Bulldozer y dijo:

—Por lo visto, y lo está viendo todo el mundo, el fiscal jefe lleva todo el rato, desde el descanso de la comida, leyendo un informe sobre un tal Werner Roos. Y ahora yo pregunto al portavoz de este tribunal si esto tiene algo que ver con el caso.

—Interesante esto de que el abogado saque a colación a Werner Roos —replicó Bulldozer poniéndose súbitamente de pie.

Luego abrió desmesuradamente los ojos para mirar al Trueno y dijo con voz aguda:

—¿Qué sabe usted acerca de Werner Roos?

—Debo rogar a las partes que se atengan al presente caso —dijo el juez.

El testigo se alejó con aire ofendido.

Después le llegó el turno a Martin Beck. Se practicaron las formalidades usuales, mientras Bulldozer se mostraba más atento que con otros testigos, y seguía con evidente interés el planteamiento de la defensa. El Trueno empezó:

—Cuando esta mañana he visto las palomas en la escalera del Ayuntamiento...

Pero el juez ya estaba harto y le interrumpió:

—Estoy seguro de que las observaciones zoológicas del abogado Braxén encajarían mejor en otros contextos y ante un auditorio diferente, y también estoy convencido de que el comisario de homicidios dispone de un tiempo limitado para acompañarnos.

—En estas circunstancias —dijo el Trueno— procuraré ser breve. Ayer me llegó, y no portado por una paloma mensajera, sino de una forma más prosaica y menos alada, o sea por correo, la notificación de que un tal Filip Trofast Mauritzon se había atrevido a recurrir su sentencia ante el Tribunal Supremo. Como el comisario seguramente recuerda, hace poco más de año y medio Mauritzon fue condenado por asesinato en relación con un atraco a mano armada en un banco. El fiscal del caso fue mi tal vez no muy docto amigo Sten Robert Olsson, que a la sazón esgrimía el título de fiscal de cámara. Yo mismo tuve el ingrato deber, que para mi profesión suele resultar moralmente fatigoso, de defender a Mauritzon, que sin ningún género de dudas era lo que vulgarmente llamaron un delincuente. Y ahora quiero hacer una única pregunta: ¿le parece al comisario Beck que Mauritzon era culpable del atraco al banco y del consiguiente asesinato, y que las alegaciones que presentó el hoy en día fiscal jefe Olsson fueron policialmente satisfactorias?

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