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Authors: Maj Sjöwall,Per Wahlöö

Tags: #novela negra

Los terroristas (7 page)

BOOK: Los terroristas
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—No —dijo Martin Beck.

A pesar de que el color de las mejillas de Bulldozer adquirió un tono que hacía juego con la camisa, aumentando hasta contrastar con la monstruosa corbata de sirenas doradas y bailarinas de
hula-hoop,
el hombre sonrió y dijo:

—Yo también quiero hacer una pregunta: ¿tuvo el comisario Beck algo que ver con las investigaciones en torno al asesinato en el banco?

—No.

Bulldozer Olsson cerró las manos delante de su cara y cabeceó con alivio.

Martin Beck fue a sentarse junto a Rhea y le sopló en sus rubios cabellos, lo que hizo que ella le mirase con expresión enfadada.

—Me esperaba algo más —dijo ella.

—Yo no —contestó Martin Beck.

Los ojos de Bulldozer Olsson casi se le salían de las órbitas debido a su curiosidad.

Sin saber por qué, al Trueno le pareció que la cosa tenía buen aspecto. Con su ligera cojera se había acercado a la ventana que quedaba detrás de Bulldozer, y sobre el polvo de los cristales escribió la palabra IDIOTA.

Después dijo:

—Me veo obligado a llamar como siguiente testigo a un guardia.

—Policía auxiliar —corrigió el portavoz del tribunal.

—Guardia Karl Kristiansson —dijo el Trueno sin inmutarse.

Kristiansson entró. Era un tipo inseguro, que en los últimos años había llegado al convencimiento categórico de que la organización policial era una sociedad de clases por sí misma, en la que los superiores se comportaban como se comportaban, no para explotar a sus subordinados, sino simple y exclusivamente para fastidiarles.

Tras una larga espera, el Trueno dio media vuelta y empezó a caminar de arriba a abajo por toda la sala. Bulldozer hacía lo mismo, pero a un ritmo distinto, y daban la impresión de ser dos locos de atar. Por fin, el Trueno inició el interrogatorio tras un suspiro tremendo:

—Según los informes, lleva usted quince años en la policía.

—Sí.

—Sus superiores le consideran perezoso e inepto, pero honrado y fundamentalmente tan trabajador, o gandul, como el resto de sus colegas de la policía de Estocolmo.

—¡Protesto! —chilló Bulldozer—. El defensor está insultando al testigo.

—¿Ah, sí? —preguntó el Trueno—, Pues si afirmo que el fiscal jefe es uno de los charlatanes más interesantes de Suecia (digo, del mundo), tan vacío y gordo como un zepelín y tan hueco como el globo
Svenske,
yo creo que en ello no existe nada peyorativo. Pero ahora no estoy diciendo esto sobre el fiscal jefe, sino que, en relación con el testigo, me limitó a señalar que es un policía experimentado, tan aplicado e inteligente como los demás policías que adornan nuestra ciudad.

—Si el abogado quisiera dedicar alguna vez un par de horas a escuchar las grabaciones de sus peroratas, con todo su correspondiente acompañamiento de efectos sonoros, estoy seguro de que terminaría tan horrorizado y sorprendido como los demás miembros de la carrera judicial —observó Bulldozer Olsson.

—En el caso de que el fiscal jefe circulara con una de sus corbatas por un país en el que el mal gusto estuviera perseguido, estoy seguro de que lo procesarían —replicó el Trueno—. Por cierto, ¿cómo consigue entrarlas en el país sin que le detengan?

—El abogado defensor me acusa de contrabando ante un tribunal —dijo Bulldozer con una gran calma.

Su rabia oculta se debía a que realmente había entrado unas cuantas de contrabando, concretamente de Irán, adonde había hecho un viaje de estudio para seguir las rutas de contrabando de drogas. La que llevaba en aquellos momentos se la había enviado el ministerio fiscal de Andorra, que, siguiendo las instrucciones de Bulldozer, había escrito «Muestra sin valor» en el paquete.

—Si logramos proteger a esta pobre chica... —empezó Bulldozer con un gesto mayestático.

Inmediatamente fue interrumpido por el Trueno, que, con un gesto aún más solemne, dijo:

—Mucho ruido y pocas nueces.

Antes de que Bulldozer pudiera contraatacar, intervino el juez, aclarándose primero la voz y diciendo después:

—Tengo la impresión de que los señores se han enzarzado en una disputa personal y privada, que por tanto debería transcurrir en privado o quizá en otro lugar.

—Sólo estaba intentando poner de relieve las extraordinarias calificaciones del testigo y su juicioso equilibrio —alegó el Trueno con expresión de inocencia.

Rhea Nielsen estalló en una carcajada y Martin Beck puso la mano derecha sobre la izquierda de ella, pero Rhea se reía cada vez más fuerte. El juez indicó que esperaba que la oyente guardara silencio, y se volvió para mirar a las partes con irritación. Por su parte, Bulldozer miró a Rhea con tal intensidad que se perdió el inicio de la intervención del Trueno.

Éste, en cambio, no reflejaba ninguna reacción de tipo humano. Se limitó a preguntar:

—¿Fue usted el primero en entrar en el banco?

—No.

—¿Detuvo usted a esta chica, Rebecka Olsson?

—No.

—Quiero decir Rebecka Lind —dijo el Trueno tras un titubeo.

—No.

—¿Qué hizo, entonces?

—Detuve a la otra.

—¿Así que hubo dos chicas en aquel atraco?

—Sí.

—¿Y usted detuvo a la otra?

—Sí.

—¿Por qué?

Kristiansson meditó un buen rato.

—Para que no se cayera.

—¿Qué edad tenía esa otra chica?

—A simple vista, unos cuatro meses.

—¿O sea que la situación era que Kvastmo había detenido a Rebecka Lind?

—Sí.

—¿Podría decirse que lo hizo violentamente o empleando una fuerza desmesurada?

—No comprendo en absoluto lo que la defensa quiere dar a entender —exclamó Bulldozer, radiante.

—Quiero dar a entender que Kvastmo, a quien todos nosotros hemos visto hoy aquí...

El Trueno rebuscó un buen rato entre sus papeles.

—Sí, aquí está —dijo—. Kvastmo pesa ciento dos kilos, y entre otras cosas es especialista en karate y lucha libre. Sus superiores le consideran un funcionario celoso y apasionado. El inspector Norman Hansson, que redactó el informe, dice que Kvastmo se muestra demasiado celoso cuando está de servicio, y que muchos detenidos se han quejado de tratos violentos por su parte. El informe dice también que Kenneth Kvastmo ha recibido frecuentes reprimendas, y que no tiene demasiada facilidad para expresarse.

El Trueno apartó el documento y dijo:

—¿Quiere el testigo responder ahora a la pregunta de si Kvastmo empleó la violencia?

—Sí —dijo Kristiansson—, más bien creo que sí.

La experiencia le había enseñado a no mentir en relación con el servicio, o al menos no muy a menudo. Además, Kvastmo no le gustaba nada.

—¿Y usted se ocupó de la criatura?

—Sí, no tuve más remedio. La chica la llevaba sujeta con una especie de faja, y, cuando Kvastmo le arrebató el cuchillo, la niña estuvo a punto de caerse.

—¿Ofreció Rebecka alguna resistencia?

—No.

—¿En absoluto?

—No. Cuando le cogí la niña, sólo me dijo: «Vigile que no se le caiga».

—Este punto queda claro —dijo el Trueno—. Volveré a las eventuales violencias más adelante, pero ahora quiero hablar de otro asunto.

—Sí —asintió Kristiansson.

—En vista de que los agentes que se encargan de proteger el dinero de los bancos no habían aparecido en el lugar... —dijo el Trueno, y calló, mirando al fiscal con una expresión imperativa.

—Nosotros trabajamos las veinticuatro horas —dijo Bulldozer—, Y este caso es una excepción insignificante, uno de tantos.

—Pero, en cambio, es poco probable que el señor Olsson deje de dormir por las noches pensando en todos los inocentes que terminan en prisión gracias a él y gracias a un mal planteamiento o al error de la demanda judicial. —El Trueno había perdido los estribos, soltó un eructo y añadió—: Sí, sí, ya lo creo.

Su mirada perdida, extraviada, se posó finalmente en Karl Kristiansson, que estaba allí de pie, en medio de la sala, y que parecía una oveja, enfundado en su chaqueta blanca con puños de punto azules, un león estilizado en la parte izquierda del pecho, y las palabras THE LIONS bordadas o pegadas en la espalda. El resto era, lisa y llanamente, el uniforme.

—Esto significa que los policías que estaban más a mano fueron los que realizaron los primeros interrogatorios —dijo el Trueno finalmente—. ¿Quién habló con la cajera?

—Yo.

—¿Y qué le dijo?

—Que la chica se acercó al mostrador con la niña a cuestas y puso su bolsa sobre el mostrador, y la cajera vio en seguida el cuchillo, de manera que empezó a llenarle la bolsa de billetes.

—¿Sacó Rebecka el cuchillo?

—No, lo llevaba en el cinto, casi a la espalda.

—¿Y cómo pudo verlo la cajera?

—Eso no lo sé... Sí, bueno, lo vio en un momento en que Rebecka se dio la vuelta. Entonces gritó: «¡Un cuchillo, un cuchillo, lleva un cuchillo!».

—¿Era un puñal o una navaja?

—No, más bien una especie de cuchillo de cocina, de esos que se tienen en casa.

—¿Qué le dijo Rebecka a la cajera?

—Nada, al menos inmediatamente. Después, parece ser que se rió y dijo: «Pues no sabía yo que era tan fácil pedir dinero prestado». Después, al parecer preguntó si tenía que firmar un recibo o algo así.

—Por lo visto, el dinero quedó esparcido por el suelo —agregó el Trueno—, ¿cómo fue eso?

—Sí, eso sí que lo sé. Kvastmo estaba allí sujetando a la chica, mientras esperábamos refuerzos. Entonces la cajera empezó a contar el dinero, por si faltaba algo. Y entonces Kenneth me gritó: «¡Alto, esto es ilegal!».

—¿Y luego?

—Luego me gritó: «Kalle, procura que nadie toque el botín». Claro, yo llevaba a la cría en brazos, y sólo pude coger la bolsa por una de las asas, y entonces, plam, todo se fue por el suelo. La mayor parte eran billetes pequeños, o sea que salieron volando en todas direcciones. Sí, y entonces llegó otro coche patrulla. Les dimos la niña a ellos y nos llevamos a la detenida a la comisaría de Kungsholmen. Yo conducía y Kvastmo iba en el asiento trasero, con esta chica.

—¿Hubo alboroto en el asiento trasero?

—Sí, un poco. Primero se puso a llorar y preguntó qué habíamos hecho con la cría. Entonces lloró todavía más y Kvastmo tuvo que ponerle las esposas.

—¿Dijo usted algo?

—Sí, le dije que no era necesario, porque Kvastmo era casi el doble de grande que ella, y tampoco es que ofreciera resistencia.

—¿Dijo usted algo más en el coche?

Kristiansson se mantuvo en silencio durante varios minutos. El Trueno permaneció mudo, a la espera. Ni siquiera eructó ni repitió la pregunta, ni empezó a murmurar ni a advertir sobre el perjuicio de no decir la verdad, que es lo que suelen hacer los abogados.

Kristiansson contempló sus piernas uniformadas, miró con aire de culpabilidad a su alrededor y contestó:

—Le dije: «No le pegues, Kenneth».

El resto era sencillo. El Trueno se levantó y avanzó hacia Kristiansson.

—¿Suele Kenneth Kvastmo pegar a los detenidos?

—Ha ocurrido.

—¿Vio usted el bolsillo descosido y el botón que estaba a punto de caérsele a Kvastmo?

—Sí, dijo algo sobre eso; dijo que su mujer no se cuidaba de arreglarle la ropa.

—¿Cuándo se lo dijo?

—El día antes.

—Su turno, señor fiscal —concluyó el Trueno con gran calma.

Bulldozer miró fijamente a Kristiansson y mantuvo la mirada. ¿Cuántas causas se habían ido a paseo por culpa de policías imbéciles? ¿Y cuántas se habían salvado? El balance era negativo. Pero aquella comedia de los guardias, o auxiliares de policía como se les tenía que llamar, aquello era una desgracia inevitable. Era tan malo para los delincuentes como para la justicia.

—No hay preguntas —repuso Bulldozer con alivio, pero después añadió, como de pasada—: La acusación retira la demanda por violencia contra un funcionario.

A continuación, el Trueno solicitó un descanso. Durante la pausa, primero encendió su cigarro, y luego efectuó el largo recorrido hasta los lavabos. Regresó al cabo de un rato y se puso a charlar con Rhea Nielsen.

—¿De qué clase de señoras te rodeas ahora? —le preguntó Bulldozer Olsson a Martin Beck—. Primero se ríe a carcajadas en mitad de un juicio y ahora se pone a charlar con el Trueno. Todo el mundo sabe que el Trueno tiene un aliento que es capaz de tumbar a un orangután a cincuenta metros de distancia.

—Señoras estupendas —dijo Martin Beck—, mejor dicho, una señora estupenda.

—¡Ah, vaya, te has vuelto a casar! Yo también. Es lo mejor, te lo advierto.

Rhea se acercó a ellos.

—Rhea —dijo Martin Beck—, te presento al fiscal Olsson.

—Ya lo tengo visto.

—Todos le llaman Bulldozer —explicó Martin Beck—. Creo que este juicio te está yendo mal.

—Sí, una mitad ha quedado bloqueada —admitió Bulldozer—, pero el resto continúa, ¿nos apostamos una botella de whisky?

Rhea se rascó la nuca y miró interrogativa a Martin Beck, que sacudía la cabeza.

—Una botella de whisky —repitió Bulldozer seductor.

—No —dijo Martin Beck.

Rhea inclinó un poco la cabeza y pareció como si quisiera decir algo, pero en aquel momento llamaron de nuevo a juicio, y Bulldozer se precipitó hacia la sala de deliberaciones.

La defensa llamó a su siguiente testigo, Hedy-Marie Wirén, una mujer bronceada de unos cincuenta años, inexplicablemente bronceada en un país en el que incluso la meteorología parecía tomar parte en la conjura contra sus pobres habitantes. La primera pregunta del Trueno fue, por tanto:

—¿Cómo es que está usted tan morena?

—Canarias —contestó la testigo lacónicamente.

—De las informaciones de la instrucción se desprende que Rebecka Lund..., bueno, sí, ya lo sé, ya sé que se llama Lind, pero es que yo padezco de algo que seguramente el fiscal no ha tenido nunca ni corre peligro de tener nunca. Me refiero a la fantasía y a la capacidad de identificarme con la sensibilidad y los pensamientos de otras personas.

—¿Es fantasía eso de llamar Lund a la señorita Lind? —preguntó Bulldozer, jugueteando con su corbata—. ¿Es eso identificarse con la sensibilidad de los demás?

—Déjenme preguntarle algo al fiscal —repuso el Trueno—: ¿Sabe el señor Olsson dónde se encuentra en estos momentos la hija de cuatro meses de Rebecka Lind?

—¿Por qué diantre he de saber yo eso? —respondió Bulldozer—. Tenemos una sección de protección de la infancia.

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