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Authors: Nathan Long

Tags: #Aventuras,Fantástico,Infantil y Juvenil

Matahombres (10 page)

BOOK: Matahombres
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Por otro lado, destrozar cosas y luchar contra la guardia nunca había llevado a nadie a ningún sitio, y dudaba de que aquella gente fuera a esperar a que les explicara que estaba de su parte, antes de hundirle el cráneo. Cogió la vaina que llevaba al cinturón y deslizó dentro la hoja de la espada. El método de Gotrek parecía el mejor. No había honor ninguno en asesinar a necios carentes de entrenamiento, pero, al mismo tiempo, tampoco había honor ninguno en dejarse asesinar por ellos.

En medio de esas meditaciones, vio con el rabillo del ojo una silueta que le resultó familiar. Era una figura vestida toda de negro, con un mechón de pelo blanco que asomaba de la voluminosa capucha que le cubría la cabeza, y que observaba desde la orilla. Estiró el cuello para verla mejor, pero una piedra rebotó sobre su cabeza, y él se agachó por reflejo, maldiciendo. Para cuando volvió a erguirse, frotándose vigorosamente la coronilla, la figura había desaparecido…, en el caso de que hubiera estado allí, para empezar.

Una última andanada de piedras repiqueteó en torno a ellos, y luego la multitud chocó contra la línea de la guardia. Los hombres de Wissen hirieron a docenas, pero no eran más que una delgada línea ante un imparable ariete de humanidad, y la tremenda masa los hizo retroceder.

—¡Destruid el cañón! ¡Destruid el cañón! —gritaron algunos de los agitadores que lograron pasar por los lados.

Gotrek los derribó al suelo con sus enormes puños. Félix asestaba golpes con la espada envainada, que usaba como garrote. Pero eran demasiados. Cada vez eran más los que lograban pasar y situarse detrás de ellos. Félix vio que un guardia recibía un ladrillazo en una sien y caía. Tres obreros arrastraron a otro al suelo, aun cuando su lanza destripaba a uno de los compañeros de los hombres. Otros trabajadores avanzaron y pisotearon los cuerpos. Lanzaron hacia el carro del cañón botellas de vidrio, que, al romperse, lo salpicaban todo con un líquido oleoso. Siguieron las antorchas, y el carro estalló en llamas.

Wissen disparó su pistola a bocajarro a la cara de un manifestante y asestó tajos a su alrededor con la espada, pero retrocedía con cada barrido.

—¡Retirada! ¡Retirada! —gritó—. ¡Usad el cañón como barrera!

—Pero si es tras el cañón que van éstos —gruñó Gotrek.

Los guardias no lo oyeron. Retrocedieron, siguiendo a Wissen, que reculaba para situarse al otro lado del cañón. Gotrek y Félix quedaron repentinamente solos en un mar de aullantes trabajadores. Derribaban a todos los que se ponían a su alcance, pero no eran más que una pequeña roca en un violento torrente. La multitud pasó en torno a ellos por ambos lados, y los hombres comenzaron a trepar sobre el cañón, algunos peligrosamente cerca de las llamas, para golpearlo ineficazmente con garrotes y rastrillos, sin dejar de gritar: «¡Destruid el cañón! ¡Destruid el cañón!».

—¡Echadlo al río! —gritó alguien que se encontraba en el puente, más lejos—. ¡Echadlo al río!

La turba recogió el grito y comenzó a balancear el carro del cañón.

—¡Al río! ¡Al río!

—Ni hablar —dijo Gotrek, que se volvió hacia los que rodeaban el cañón y empezó a apartarlos a tirones y empujarlos a un lado.

Félix lo ayudaba golpeando la cabeza de los manifestantes con la espada envainada, y pateándolos a derecha e izquierda. Oyó que junto a él se rompía algo de vidrio, y un líquido le salpicó un brazo y la mejilla correspondiente. Se volvió. Gotrek estaba empapado en aceite. Esquirlas de vidrio pegajoso destellaban en su cresta y descendían por su espalda desnuda.

El enano miró por encima del hombro.

—¿Quién…?

Por encima de las cabezas de la turba voló una antorcha. Gotrek cogió velozmente el hacha y la desvió. La tea giró sobre los extremos y rebotó en su hombro derecho, para luego volar hacia Félix.

El fuego prendió sobre Gotrek como una flor anaranjada, ascendió por el lado de la cabeza y le envolvió la cresta en llamas. También se encendieron la capa y el jubón de Félix. Los manifestantes intentaban golpearlos con garrotes y bastones.

—¡Cobardes incendiarios! —rugió Gotrek—. ¡Venid a luchar conmigo, acero con acero!

Él y Félix les daban manotazos a las llamas mientras la turba los golpeaba. Lo único que lograron fue que sus manos también se prendieran. El fuego se adhería a todo. Félix maldijo, con un terrible dolor en los dedos. El calor le quemaba la cara. Gotrek bramaba de furia. Barrió el aire con el hacha, que cercenó garrotes y manos, y luego corrió hacia la balaustrada. Félix lo siguió. Los manifestantes saltaban atrás para apartarse de las llamas que los envolvían.

Gotrek se lanzó de cabeza desde el puente, con Félix justo detrás. El mundo dio vueltas a su alrededor —puente, río, orilla, cielo, Gotrek en llamas—, y luego, se sumergió en las aguas. El frío le arrancó un grito y tragó un gran sorbo de agua.

Pateó y agitó los brazos en una confusión de burbujas y fango. Pasado un momento de ciego terror, salió a la superficie, atragantado y entre arcadas, con los ojos llorosos.

Gotrek flotaba a su lado y se apartaba de los ojos la cresta chorreante. Tenía un lado de la cara cubierto de ampollas.

—Ese es el pago que recibo por ser misericordioso. —Alzó la mirada, y entonces sus ojos se abrieron más—. ¡A nadar! —le bramó.

Félix siguió su mirada. El puente se alzaba junto a ellos y, justo encima, el cañón destrozado asomaba al exterior por el borde de la balaustrada. Estaba deslizándose del carro, que se inclinaba rápidamente. Félix se quedó mirándolo, petrificado, mientras se soltaba del todo, atravesaba la balaustrada en una explosión de granito y comenzaba a caer del puente.

—¡Que nades, humano!

Félix se recuperó de la parálisis y pataleó para avanzar e intentar meterse debajo del puente. Gotrek iba por delante de él y nadaba con fuertes brazadas. Félix pataleaba y braceaba con toda su alma, pero tenía la impresión de ir a paso de tortuga. No iba a lograrlo.

Con un estruendo como el de un ariete que golpeara una puerta de hierro, el cañón cayó al río. Félix sintió que era arrastrado hacia atrás cuando el enorme cañón generó un remolino, y luego fue empujado hacia adelante con el reflujo del agua. Se golpeó un hombro contra un pilar del túnel, y se alejó girando sobre una veloz colina líquida.

Al salir disparados por el otro lado del puente, Gotrek lo atrapó y lo mantuvo a flote.

—¿Puedes nadar?

Félix rotó los hombros y flexionó los brazos. Los tenía doloridos, pero no se había roto nada.

—Creo…, creo que sí.

—Entonces, vamos.

Gotrek se puso a bracear hacia la orilla norte. Félix lo siguió, luego se detuvo y miró hacia arriba. Los manifestantes del puente estaban dispersándose, y corrían hacia la orilla mientras gritaban y reían por la victoria obtenida, con los hombres del capitán Wissen detrás de ellos. Félix los maldijo, ya que su anterior simpatía se había evaporado completamente. Aquellos maníacos le habían prendido fuego. Esperaba que todos se asaran vivos.

Capítulo 5

—Fue una gran pérdida —dijo el señor Groot. El mago Lichtmann, Malakai, Gotrek, Félix y el mismo Groot, junto con un grupo de oficiales de la Escuela Imperial de Artillería, observaban, desde una plataforma metálica situada en lo alto de la sala de colada, cómo vertían el hierro fundido en los moldes del nuevo cañón.

—No en hierro —siguió Groot—, aunque actualmente no es barato, porque los exportadores nos estafan con precios de guerra, sino en hombres y honor. No sólo hemos perdido a uno de los mejores grupos de artilleros del Imperio, sino que perdimos también el cuerpo y el espíritu de Johannes Baer, cuyas cenizas estaban mezcladas con el hierro del cañón.

—¿Sus cenizas? —preguntó Félix.

El calor de la forja hacía que le ardieran las quemaduras de la cara, y la mano izquierda le sudaba y picaba bajo los vendajes, pero el honor de ser invitado a presenciar la colada de un gran cañón no podía rechazarse, así que se limitó a retroceder un paso, con la esperanza de que acabara pronto.

La mano izquierda de Félix había sido untada con un ungüento y vendada, y llevaba puesta ropa que le había prestado un estudiante del Colegio de Ingenieros para reemplazar la capa y el jubón, que habían quedado muy quemados, y todas las otras prendas, que estaban empapadas. La mano aún le palpitaba, pero no se atrevía a quejarse. Gotrek tenía envueltos en vendas todo el brazo derecho, el lado derecho del cuello, la oreja derecha y parte de la espalda, y llevaba la cresta más corta de lo habitual después de que el cirujano barbero de la Escuela Imperial de Artillería le hubiera cortado los trozos ennegrecidos. Sin embargo, soportaba el dolor y la indignidad en estoico silencio.

—Sí —replicó Groot—. Es una larga tradición, y un gran honor. Los artilleros distinguidos son incinerados cuando mueren, y sus cenizas se añaden a un nuevo cañón. Se cree que imbuyen al cañón con la fortaleza y el valor que el hombre tuvo en vida. Johannes Baer fue uno de esos hombres, un gran artillero y un valiente soldado que murió defendiendo el cañón cuando su posición fue tomada. —Inclinó la cabeza—. Los hombres que murieron hoy se unirán muy pronto a sus propios cañones. Hoy… —miró hacia el enorme crisol que colgaba sobre el pozo de colada—. Hoy, Leopolt Engle será uno con su cañón. Murió hace cuatro meses, en el asedio de Wolfenburgo, cuando la muralla se derrumbó bajo el bombardeo de uno de los cañones infernales del enemigo. Había destruido dos de esas máquinas inmundas con su excelente puntería.

Abajo sonó una campanilla, y Groot avanzó.

—Están preparados.

Los demás se situaron junto a él, aunque Félix se quedó donde estaba. Podía ver sin ningún problema, y los gruesos cuerpos de Groot y Gotrek lo protegían, en parte, de las olas de calor brutal.

Hombres que llevaban pesados mandiles de cuero y capuchas de cuero que les protegían la cara y el cuello retrocedieron del pozo de colada, un agujero cuadrado que había en el suelo de piedra, lleno de arena. En el centro del pozo, en el fondo de una leve depresión, había una gran anilla blanca. En la arena habían abierto un canalillo somero que iba hasta la anilla.

—Esa abertura —dijo Groot, al mismo tiempo que señalaba— es el extremo del molde del cañón, hecho de terracota y enterrado en posición vertical dentro del pozo de arena. El grueso cilindro que se adentra por el centro exacto es el molde del ánima. Se vierte el hierro fundido dentro del molde y luego, cuando se enfría, se retira el molde del ánima para dar forma a la cámara. Usamos secretos que nos enseñaron los fabricantes de cañones enanos, para asegurarnos de que tanto el molde del cañón como el del ánima están perfectamente verticales y alineados. Eso garantiza que el cañón dispare en línea recta y su grosor sea uniforme en toda la circunferencia, una vez acabado. —Su pecho se hinchó—. Consecuentemente, nuestros cañones son los más precisos de todo el Viejo Mundo.

Por encima del pozo de colada había una sólida grúa de pórtico hecha de madera y metal; de ella colgaba un enorme crisol que contenía el hierro fundido que sería vertido dentro del molde. De momento, el crisol descansaba sobre un horno de carbón ultracaliente. Estaba rodeado por obreros de la fundición, protegidos por grueso cuero, que retiraban impurezas de la superficie con largas cucharas de acero que sumergían en cubos de piedra llenos de arena. Sonó otra campana y los hombres retrocedieron. Detrás de ellos se abrió una puerta, y un sacerdote de Sigmar avanzó por la grúa, con dos iniciados. También ellos llevaban los pesados mandiles de cuero chamuscado de los obreros de la forja, pero éstos tenían forma de vestiduras templarías, y cosidos al pecho lucían los símbolos del martillo y del cometa de dos colas. No obstante, iban con la cara descubierta, y Félix se preguntó cómo podían soportar el calor.

El sacerdote llevaba en los brazos un Libro de Sigmar encuadernado en hierro. Su rostro, infernalmente iluminado desde debajo por la luz carmesí del hierro líquido, estaba marcado por hoyos circulares que eran cicatrices de quemaduras. Resultaba obvio que había oficiado la misma ceremonia en muchas ocasiones. Uno de los acólitos llevaba un martillo de cabeza dorada, y el otro una urna de piedra. También ellos tenían quemaduras en la cara, pero no tantas como el sacerdote.

Los trabajadores de lo alto de la grúa inclinaron la cabeza cuando el sacerdote cogió el martillo de manos del primer acólito; luego, abrió el libro y comenzó a leer en voz alta. También inclinaron la cabeza el señor Groot y los otros hombres de la escuela que presenciaban la ceremonia. Félix no lo hizo. Era demasiado fascinante como para no observarla.

Gotrek y Malakai también miraban. Las palabras del sacerdote eran ahogadas por el rugido del horno, pero cualquiera que fuese la invocación fue breve…, y necesariamente, pensó Félix. Cuando acabó, retrocedió y le hizo un gesto de asentimiento al segundo acólito.

El hombre avanzó, con el sudor corriéndole en regueros por el rostro. Sus labios se movían constantemente mientras abría la urna de piedra y la volcaba sobre el crisol. El polvo que contenía descendió, destellando, hacia el metal fundido, y cuando llegó a él se alzó un remolino de llamas y chispas que salpicó a los hombres santos. El acólito de la urna retrocedió bruscamente y casi cayó cuando una chispa chocó contra una de sus mejillas. Se controló con esfuerzo y permaneció solemnemente quieto, mientras el sacerdote concluía la ceremonia y cerraba el libro.

Cuando se retiraron, los hombres de la forja volvieron a avanzar para soltar los cerrojos que mantenían el crisol inmóvil y tirar de cadenas que lo hicieron avanzar hasta quedar suspendido sobre el pozo de arena. Otras cadenas lo hicieron descender, hasta que el fondo del enorme contenedor quedó a pocos centímetros de la arena. Dos hombres con gruesos guantes avanzaron hasta él y lo cogieron por las largas asas que sobresalían de los lados. Con movimientos muy practicados, inclinaron lentamente el crisol hasta que el hierro fundido comenzó a ser vertido por el pico dentro del canalillo que había en la arena. Saltaban chispas en todas direcciones. Los hombres actuaban con cuidado para asegurarse de que el reguero fuese uniforme y constante. El líquido descendía por el canalillo hasta el interior del molde como una relumbrante serpiente roja que se deslizara interminablemente por un agujero.

Félix parpadeó para humedecerse los ojos; los tenía secos como cáscaras de huevo. La ola de calor que manaba del hierro vertido hacía que la habitación estuviera aún más caliente que antes. El poeta se sentía como si tuviera en llamas toda la parte frontal del cuerpo. Miró a los otros. Todos sudaban, pero ninguno daba muestras de incomodidad, malditos fueran.

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