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Authors: Nathan Long

Tags: #Aventuras,Fantástico,Infantil y Juvenil

Matahombres (4 page)

BOOK: Matahombres
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Cuatro hombres saltaron hacia el enano. Félix le hizo una zancadilla a uno y bloqueó al otro con un hombro. Gotrek derribó a los restantes a patadas y codazos.

El capitán había vuelto a levantarse y tenía un largo banco de madera sujeto por encima de la cabeza para asestar un golpe demoledor. Gotrek se lanzó hacia adelante y golpeó hacia arriba con un puño que impactó entre las piernas del hombre. El capitán chilló como un hombre rata y retrocedió a paso ligero, con los ojos desorbitados.

La lucha mermaba por toda la taberna, ya que los combatientes estaban demasiado vapuleados o borrachos como para continuar.

El ronco bramido de Heinz se elevó por encima de los lamentos y gemidos.

—¿Quién ha empezado esta pelea? ¿Quién ha destrozado mi salón?

El mercenario gigante cayó hacia atrás y se estrelló contra el suelo como un árbol talado, momento en que dejó a la vista a Gotrek, que oscilaba en el centro de una pila de cuerpos inconscientes, con la jarra de cerveza aún en la mano. No había derramado ni una gota.

Heinz frunció el entrecejo.

—Gurnisson, ¿lo has empezado tú esto?

Gotrek vació la jarra de un solo trago, y luego la estrelló contra el suelo.

—Y si he sido yo, ¿qué? —preguntó.

—Y pensar que trabajasteis aquí como guardias en otra época… —Heinz sacudió la cabeza, asqueado—. Largaos.

Gotrek avanzó pesadamente hacia él, con actitud amenazadora.

—¿Y quién va a obligarme?

Los guardias comenzaron a avanzar.

Félix se situó junto a Gotrek y se inclinó para hablarle al oído.

—No quieres pelear con el viejo Heinz, ¿verdad?; tu antiguo compañero, tu hermano de sangre.

Gotrek se encogió de hombros.

—¿Quién dice que no?

—Lo harás tú mañana por la mañana —dijo Félix—. Vamos. Si lo que quieres es pelear, vayamos a buscar una taberna a cuyo dueño no conozcas. De todos modos, aquí no queda nadie con quien valga la pena luchar.

El Matador se detuvo, vacilante, y miró en torno para abarcar la multitud de gimientes borrachos y guardias vapuleados. Sonrió despectivamente.

—Tienes razón, humano. Aquí no queda nada más que un puñado de cobardes. Busquemos otro sitio. —Dio media vuelta, se orientó hacia la puerta y echó a andar, balanceándose como un marinero.

—Han sido veinte años de tranquilidad, Gurnisson —le gritó Heinz cuando llegó a la salida—. No vuelvas en otros veinte.

* * *

Tras deambular por las estrechas calles de Las Chabolas —desiertas a hora tan tardía—, mientras Gotrek mascullaba y maldecía para sí mismo, y a cada pocos pasos cambiaba de idea sobre la dirección que debían seguir, el Matador se detuvo en una pequeña plaza que tenía una fuente en el centro. La fuente había sido magnificente en otros tiempos: Magnus el Piadoso, con el martillo de Sigmar en alto, y a sus pies, grifos que escupían agua dentro de un estanque circular. Ahora, el estanque estaba seco, los rotos picos de los grifos dejaban a la vista las tuberías de cobre y al martillo de guerra le faltaba la cabeza y la mayor parte del mango. Las formas de mendigos y vagabundos dormidos yacían, como sombras sucias, contra las paredes de los edificios circundantes.

Durante un largo momento, Gotrek se balanceó en medio de la plaza, como sumido en sus pensamientos; luego, avanzó hasta la fuente y se dejó caer sentado sobre el borde del estanque.

Félix se reunió con él. Comenzaba a sentirse un poco maltrecho, y fue un alivio poder sentarse. En el camino desde Karak-Hirn no habían tenido muchas oportunidades de beber, y todo el alcohol ingerido, perdida en parte la costumbre, se le había subido un poco a la cabeza.

Gotrek se tumbó de espaldas y alzó los ojos hacia el cielo, sin dejar de mascullar para sí.

Félix lo miró con el ceño fruncido.

—Si quieres dormir, deberíamos buscar una posada.

—Buscaremos una posada, humano —replicó Gotrek, que incluso pareció sobrio—. Sólo estoy pensando.

—Muy bien —dijo Félix.

Pasado un momento, él también se encontró tumbado de espaldas. El viento comenzaba a arreciar y estaba refrescando demasiado como para sentirse a gusto, pero lo inundaba una gran placidez allí, tendido. Mannslieb estaba llena y brillante, y bañaba con una delicada luz plateada los tejados que durante el día habrían tenido un aspecto miserable y devastado. Las estrellas relucían en el cielo como luciérnagas clavadas con alfileres sobre terciopelo negro. Félix identificó las constelaciones. El Martillo, el Lobo, la Paloma. Se le cerraron los ojos y, pasado un largo momento, volvió a abrirlos. Luego, los cerró de nuevo. La respiración se le hizo más lenta.

Luchó para abrir los ojos.

—De verdad que deberíamos buscar alojamiento…

Calló y parpadeó al mirar al cielo. Una enorme sombra negra entraba en su campo visual y ocultaba las estrellas. ¡Ahora eclipsaba Mannslieb! Se quedó boquiabierto, petrificado de miedo y confusión. ¿Qué era? ¿Estaría soñando? ¿Se trataba de una extraña tormenta repentina? ¿Era un demonio que había ido a devorarlos a todos? ¿Sería…?

Gotrek se sentó bruscamente junto a él, con la vista fija en lo alto.

—¡Es la Espíritu de Grungni!

Capítulo 2

Gotrek y Félix fueron dando tumbos como lunáticos por las poco cooperadoras calles serpenteantes de Las Chabolas, intentando no perder de vista la nave aérea que se alejaba. Se dirigía al este, y todas las calles parecían ir en cualquier dirección menos en ésa. Constantemente tenían que avanzar en zigzag o volver sobre sus pasos, mientras la oblonga forma negra desaparecía detrás de altos edificios de viviendas con tejado a dos aguas y de enormes almacenes almenados, para reaparecer en cuanto ellos giraban en una esquina y se encontraban con que se alejaba por encima de los tejados bañados por la luz lunar.

Las rameras y otros merodeadores de la noche retrocedían cuando Gotrek y Félix pasaban dando traspiés de borracho y gritándole órdenes y obscenidades al cielo. Una reducida patrulla de la guardia estuvo a punto de cerrarles el paso, pero lo pensó mejor y los dejó seguir. Gatos, perros y ratas se escabullían hacia las sombras en cuanto se aproximaban.

La Espíritu de Grungni los condujo afuera de Las Chabolas y por entre los edificios gubernamentales y casas de comercio del Neuestadt, en dirección a la universidad. Allí las calles se hicieron más anchas y resultó más fácil seguir la nave, que pareció ralentizar la marcha. Y menos mal, porque Gotrek y Félix también iban a paso más lento. Félix jadeaba e inspiraba a grandes bocanadas, debilitado por el exceso de vino. Gotrek no daba señales de que le faltara el aire, pero gemía y se sujetaba la barriga a cada paso. Félix pensó que podía oír cómo la cerveza chapoteaba dentro del enano, pero lo que probablemente oía era su propio estómago.

Al fin, con un rugido que oyeron desde el suelo, la nave aérea invirtió los motores y se detuvo lentamente por encima de los altos torreones grises del sólido edificio central, parecido a un castillo, del Colegio de Ingeniería. Unas luces que había en el tejado iluminaron el vientre de latón desde abajo, y Félix alcanzó a distinguir que caían cuerdas de la nave.

Momentos más tarde, Gotrek y Félix se detuvieron, jadeantes, contra los intrincados portones de hierro del colegio. Cuatro guardias cansados salieron de una sala que había justo al otro lado, con las lanzas preparadas. Otros los observaban desde lo alto de las murallas fortificadas.

—Mak… —dijo Gotrek—. Mak… —Y vomitó una enorme cantidad de cerveza sobre las barras de hierro forjado.

—¡Eh! —exclamó el capitán, que avanzó un paso—. ¡Largaos, borrachos asquerosos! No quiero tener que limpiar eso. ¡Marchaos a casa a dormir la mona!

Una mano de Gotrek pasó velozmente por entre los barrotes para coger al capitán por el cinturón y tirar hacia abajo hasta situarlo a su altura.

—Makaisson —siseó Gotrek, mientras los otros guardias gritaban al mismo tiempo que avanzaban y desenvainaban las armas—. Id a buscar a Malakai Makaisson. Decidle que Gotrek Gurnisson quiere verlo.

Los otros guardias le gritaron a Gotrek que soltara al capitán, pero el enano rodeó con sus poderosos dedos el cuello del hombre, que les hizo frenéticos gestos a los demás para que se alejaran.

—Es demasiado tarde —chilló el capitán—. El colegio ha cerrado para pasar la noche. No se admiten visitantes. Tendréis que regresar por la mañana.

Gotrek lo sacudió.

—Ve a buscarlo ahora, o entraré ahí y te haré tragar la espada con el pomo por delante. —Lo lanzó de un empujón contra sus hombres.

El capitán sufrió una arcada y se recuperó mientras los otros guardias avanzaban de nuevo. Por un momento, pareció que iba a dejar que intentaran ahuyentar a Gotrek, pero luego lo reconsideró y los llamó.

—Dejadlo, pero mantenedlo vigilado —dijo mientras se masajeaba la maltrecha garganta—. Brugel, ve a preguntarle al profesor Makaisson si quiere ver a un asqueroso borracho llamado Gotrek Gurnisson.

Tras lo que a la turbia mente de Félix le parecieron horas, él y Gotrek alzaron la mirada al oír unos pasos que se acercaban. De las sombras de la entrada del sólido edificio central del colegio salió un pequeño destacamento de guardias que escoltaba a un personaje bajo y ancho, abrigado con un grueso jubón de cuero forrado de piel de cordero. Tocado con un peculiar gorro de cuero con una ranura en lo alto para dejar salir una corta cresta de pelo rojo brillante, llevaba también unas gafas protectoras que se había subido por encima de las hirsutas cejas. Por su aspecto, parecía que acababa de bajar de la nave aérea.

—¿Quién es el mentiroso que afirma ser Gotrek, hijo de Gurni? —espetó el enano con su extraño acento marcado—. ¿Es que el idiota no sabe que el Matademonios está muerto desde hace diecisiete…?

Se interrumpió en mitad de la frase al ver a Gotrek de pie ante el portón. Se detuvo y lo miró fijamente.

—Vaya, si es verdad que te pareces a él. —Le lanzó una mirada a Félix—. Y éste se parece al joven Félix, ¡y cómo! —Cruzó los brazos sobre el enorme pecho—. Pero Maximiliam Schreiber dijo que habíais entrado por una puerta infernal de Sylvania y no habíais vuelto a salir. ¿Cómo puedo estar seguro de que no sois unos demonios del vacío, camuflados?

Gotrek rugió y sacó el hacha que llevaba a la espalda. Hendió el aire con ella para trazar una X, la sujetó en posición de guardia y avanzó pesadamente hasta el portón, con los hombros inclinados.

—¿Estás llamándome demonio, Malakai, hijo de Makai?

Los guardias gritaron y avanzaron, con las lanzas dirigidas hacia él. El capitán sacó una pistola del cinturón y le apuntó a través de los barrotes, pero Malakai se limitó a sonreír y hacerles un gesto para que retrocedieran.

—Guardad eso, muchachos. Guardad eso y abrid los portones. ¡Sólo hay uno en el mundo que pueda blandir esa hacha!

Los guardias vacilaron, pero, al fin, el capitán les indicó que avanzaran, y ellos avanzaron para descorrer los cerrojos y empujar.

Cuando las puertas giraron hacia fuera y entraron Gotrek y Félix, Malakai abrió los brazos.

—Gotrek Gurnisson, me apena ver que no has encontrado tu fin, pero no por eso me alegro menos de verte.

Estrechó la mano de Gotrek y le palmeó un hombro.

—Bienhallado, Malakai Makaisson —dijo Gotrek, malhumorado—. Espero que tengáis cerveza aquí. Acabo de perder un poco, y eso me ha dado algo de sed.

* * *

—¿Que por qué estoy aquí? —Malakai se encogió de hombros, mientras encendía una lámpara de aceite y la dejaba sobre un escritorio bajo—. Como que, por uno u otro motivo, ahora mismo no soy bienvenido en las fortalezas de los enanos, he venido aquí para ofrecer mis servicios. Me han hecho profesor, si podéis creerlo.

Gotrek y Félix estaban sentados sobre una cama deshecha, en medio de un espacioso taller de techo alto que, al parecer, era la oficina de Makaisson, situada en el tercer piso del edificio principal del colegio. Hacía frío en la estancia, ya que carecía de tejado, y el muro este estaba sólo a medio construir. Ante la pared inacabada se alzaban andamios, y al pie de ella se apilaban sacos de mortero. Por la abertura entraban el aire nocturno y la luz lunar, mientras que, en lo alto, una lona alquitranada se agitaba en la brisa como la vela de un barco.

En el claro lunar, más allá de la luz amarilla de la lámpara, Félix distinguía las altas formas de máquinas a medio montar, extrañas armas, tramos de tubería, trozos de metal y tubos de vidrio, mesas de patas cortas cubiertas de hojas de vitela escritas, y lo que parecía un enorme caballo metálico. Félix creyó reconocer una de las máquinas como algún tipo de taladro, y otra como un torno, pero el resto estaban muy fuera de su comprensión.

Malakai trasteaba entre todo aquello como un jardinero que cuidara a sus rosales premiados; enderezaba, comprobaba y ajustaba cosas por toda la estancia, sin dejar de parlotear.

—Me disculpo por el estado en que está esto, pero he oído decir que los skavens armaron una buena en el colegio hace unos veinte años, y hasta ahora no han encontrado tiempo para repararlo.

—Eh…, sí —dijo Félix, ruborizado—. También hemos oído hablar del asunto.

«Y tuvimos algo que ver con la destrucción», pensó con sentimiento de culpabilidad. No obstante, no dijo nada. Todo el incidente era un poco embarazoso.

—Eso cambiará ahora que estoy aquí —continuó Malakai—. Arreglaré esto en un abrir y cerrar de ojos. Y lo dejaré mejor que antes.

—Así que Max Schreiber sobrevivió a Sylvania —dijo Gotrek, que bebía a sorbos la jarra de cerveza que Malakai había conseguido para él—. ¿Y Snorri Muerdenarices?

—Ya lo creo que sí —dijo Malakai—. Los dos lograron regresar a Praag, dispuestos a luchar contra las hordas en la primavera, igual que yo. Pero eso no llegó a suceder. Los bárbaros estuvieron merodeando por el exterior de la ciudad durante unas cuantas semanas más, y luego, simplemente dieron media vuelta y se marcharon a casa. Daba la impresión de que se habían descorazonado, de algún modo. —Parecía triste ante el recuerdo—. Max pensó que podría tener algo que ver con la desaparición de los brujos, pero nadie supo realmente el porqué.

—¿Max y Snorri siguen con vida? —preguntó Félix.

—Max, sí…, o al menos lo estaba cuando lo vi hace cuatro días. Se encuentra en Middenheim, con los defensores, de donde acabo de llegar yo. —Frunció la frente—. En cuanto a Snorri, no lo sé con seguridad. Después de comenzar el deshielo en Kislev, aquel año, se marchó con unos mercenarios imperiales a perseguir a una manada de hombres bestia que se dirigían al sur, hacia las Montañas Centrales. No he vuelto a saber de él desde entonces. Quiera Grimnir que haya encontrado su fin. —Se quedó pensativo durante un momento; luego, se encogió de hombros y sonrió—. Pero ya basta de todo eso. ¿Dónde habéis estado durante estos diecisiete años? Apuesto a que es una historia que merece la pena narrar.

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