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Authors: Belinda Alexandra

Tags: #Drama

Secreto de hermanas

BOOK: Secreto de hermanas
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Los lazos entre hermanas son tan fuertes que lo que les sucede puede correr el riesgo de repetirse generación tras generación.¿Qué hacer si lo que les pasa a tus hijas te recuerda a tu propia historia y a la de tu hermana?¿Y si esa historia está rodeada de misterio, muerte y un amor imposible?Adéla y Klára tendrán que enfrentarse a su pasado para poder sobrevivir. En esta novela ambientada en Praga y Australia tras la Primera Guerra Mundial, Belinda Alexandra nos cautiva no solo con una perfecta ambientación histórica sino con la emoción y el misterio que nace de una de las ataduras más fuertes del ser humano: los lazos de sangre…

Belina Alexandra

Secreto de hermanas

ePUB v1.0

Zalmi90
30.04.12

Para Mauro

UNO

Nosotros, los checos, tenemos un dicho: «No dejes que el mal te coja por sorpresa». Desearía haberle prestado más atención a esa advertencia. Pero también contamos con otro proverbio que dice: «Tras la batalla, todos son generales». A posteriori, es fácil darse cuenta de lo que uno tendría que haber hecho de forma diferente.

Cuando recuerdo Praga, pienso en los castaños en flor de la colina de Petrín. Veo los postigos de las ventanas abiertos de par en par hacia el cielo azul y huelo el aroma de los lilos flotando en el ambiente. Escucho a mi hermana Klára tocando a Chopin en el piano de cola Petrof en nuestra casa al pie del castillo. Madre también está allí, ante su caballete, pintando el cielo, delineando el contorno del paisaje o añadiéndole hasta el más mínimo detalle a su último cuadro. El libro de poesía que estaba leyendo se me cae del regazo mientras escucho como la música flota en el aire, igualando la delicadeza del aroma de los lilos. Los dedos de Klára se deslizan por el teclado. Mi hermana pequeña desconcertaba a los profesores de piano porque interpretaba piezas complicadísimas con una sutileza insólita para su edad. Tenía una elegancia especial, una manera de acariciar la música que casi podría describirse como «aterciopelada».

Madre y yo escuchábamos a Klára durante horas a lo largo de aquellas mañanas que pasábamos juntas cuando mi padrastro se encontraba fuera por negocios. Y como a Klára le encantaba practicar incansablemente, siempre estaba dispuesta a tocar para nosotras. Incluso ahora, tantos años después, cuando pienso en ella tocando el piano, me invade una sensación de tranquilidad.

Más tarde ese mismo día, madre nos leía el periódico mientras ella, Klára y yo comíamos sopa de patata acompañada con trozos de fruta. Nos interesaban mucho los acontecimientos que estaban teniendo lugar en nuestro recién nacido país, Checoslovaquia. Había sido creado tras la caída del Imperio austrohúngaro al final de la Gran Guerra que terminó el año anterior. Pero si tía Josephine venía de visita acompañada de su caniche, Frip, dejábamos el periódico a un lado, y la animada solterona y su acompañante de oscuro pelaje ocupaban toda nuestra atención.

—¡Ah! ¡Miraos, muchachas! —nos decía tía Josephine a Klára y a mí—. ¡Cada vez que os veo, estáis más hermosas!

Klára y yo intercambiábamos una sonrisa. Tía Josephine nos visitaba entre tres y cuatro veces por semana y siempre repetía aquellas palabras con una nota de sorpresa en su voz.

—Pero ¿qué os esperabais? —nos preguntaba cuando nosotras se lo recordábamos—. Con esta madre tan maravillosa que tenéis...

Aunque madre y la hermana de padre habían sido amigas durante años, madre siempre se sonrojaba por aquel cumplido. La belleza de su rostro redondeado no era clásica, pero su sonrisa curva y las mejillas sonrosadas le conferían un encanto especial. Se vestía maravillosamente en tonos violeta y, aunque estaba cerca de los cuarenta años, no tenía ni una sola cana en su cabello rubio, ni una sola arruga en su piel nacarada.

Algunas tardes, tía Josephine llegaba más temprano de lo habitual, muy emocionada porque había recibido una carta de tío Ota. Madre la invitaba a pasar a la sala de estar con nosotras, donde nos sentábamos en sillas con adornos dorados, como princesas en sus tronos. Frip se dejaba caer a los pies de tía Josephine.

En una de estas visitas, madre y la cocinera habían preparado
strudel
de manzana aquella mañana y le pedimos a la sirvienta de madre, Marie, que nos trajera el pastel con el té. Cuando tía Josephine se encontró ante el
strudel
, se llevó la mano a la mejilla con una expresión horrorizada.

—¿Con esta cintura que tengo? —exclamó, acariciándose la barriga, aunque aceptó de todos modos el plato que madre le ofreció.

El aroma a canela y a pasas sultanas se extendió por el aire. El
strudel
era demasiado tentador para que nadie pudiera resistirse.

El silencio reinó mientras nos lo comíamos, aunque tía Josephine no paraba de lanzar miradas a su bolso, impaciente por compartir con nosotras el contenido de la última carta de tío Ota. Frip, que seguía una estricta dieta, levantó la nariz al aire, pero cuando vio que nadie le daba pastel, apoyó la cabeza sobre las patas delanteras y se quedó dormido.

—¡Mmmm! —exclamó Klára, cerrando los ojos y saboreando el
strudel
.

—Tienes que incluir esta receta en tu caja para la subasta benéfica —le dijo tía Josephine a madre.

Al principio de cada temporada, las mujeres de nuestro barrio preparaban sus mejores postres, los metían en cajas cubiertas de seda y decoradas con lazos, corazones y flores. Las cajas se subastaban al mejor postor y el dinero se donaba a la iglesia para ayudar a los pobres.

Madre sonrió y se volvió hacia mí y hacia Klára.

—Yo me enamoré de vuestro padre en la subasta. Siempre era el que más dinero ofrecía por mi
bábovka
dominical.

Aquella era una historia que ya nos había contado cientos de veces, pero nunca nos cansábamos de escucharla. Miré a mi alrededor por toda la habitación. La casa reflejaba al milímetro el carácter de madre con sus cortinas de terciopelo, sus cojines tapizados y sus molduras con motivos florales, pero la sala de estar también atestiguaba el de padre: el semental de bronce sobre la repisa de la chimenea de patas delanteras levantadas y la cabeza echada hacia atrás; el baúl de té adornado por hojas de acanto; y la alfombra turca con una escena de animales salvajes en el bosque.

«Un hombre con hijas tiene una familia, y uno con hijos está rodeado de extraños», solía sentenciar padre cada vez que alguien le decía que era una lástima que no tuviera herederos varones. Era una opinión poco corriente para un hombre que había sido capitán en el ejército, pero era verdad que padre nos quería a Klára y a mí con el mismo cariño que si hubiéramos sido varones. Durante un momento nos vi a todos juntos de nuevo en nuestra casa de campo de Doksy junto al lago Máchovo. A mi padre no le gustaba cazar y, en su lugar, nos llevaba de paseo a caballo por el bosque para que pudiéramos ver los ciervos y las nutrias. Podía percibir el olor húmedo de la tierra musgosa mezclado con el aire estival con tanta claridad como si estuviera allí mismo.

—¿En qué estás pensando tan ensimismada, Adélka? —me preguntó tía Josephine.

Desperté de mi ensoñación y me di cuenta de que todas habían terminado ya su postre y me estaban mirando. Klára sonrió, tapándose la boca con la servilleta. A los nueve años, mi hermana ya tenía las facciones que conservaría el resto de su vida. Una barbilla puntiaguda y una tupida melena de cabellos ondulados de color castaño dorado que le crecían hacia arriba desde la frente dándole forma de corazón. Aquella imagen reflejaba a la perfección su carácter, pues Klára era todo corazón, incluso aunque a veces demostrara una apariencia tranquila.

—Adélka suele soñar despierta muy a menudo —comentó madre sonriéndome—. Tiene imaginación de escritora.

Tía Josephine dio una palmada.

—¡Ah! ¡Volver a tener dieciséis años! —Yo esperaba que fuera a contarnos algún recuerdo de su juventud, pero en lugar de eso mi tía alargó la mano para coger su bolso y sacó la carta—. Vuestro tío nos ha escrito de nuevo —nos dijo con los ojos brillantes—. Y es una carta de lo más interesante.

Klára y yo nos inclinamos hacia ella. Tío Ota, el hermano de tía Josephine y de padre, era un aventurero que se había librado de entrar en el negocio del comercio de azúcar de su padre proponiéndole que le enviara de «viaje de estudios» antes de sentar la cabeza.

En una ocasión, madre me lo había explicado:

—Tu tío Ota comenzó haciendo cortos viajes a Italia y Francia. Pero pronto sus periplos se ampliaron a excursiones por Egipto y Palestina, desde donde enviaba fotografías suyas, vestido con atuendo árabe y con vívidas descripciones de los templos de Karnak y Luxor. Cuando su padre le pidió que volviera a casa, Ota replicó que una adivina le había asegurado que si alguna vez dejaba de viajar, se moriría.

Klára y yo crecimos sin ser conscientes del paradero de tío Ota hasta que comenzó a enviarnos cartas a través de tía Josephine, después de que padre muriera en la guerra. Y sin embargo, sus cartas nos resultaban tan fascinantes que era como si le conociéramos de toda la vida. Siempre comenzaba sus epístolas con «Mis queridas señoritas» y, aunque no quedaba claro si pretendía que sus cartas las leyera madre además de tía Josephine y nosotras, no parecía haber ningún problema en que las compartiéramos todas juntas.

Mi padrastro decía que tío Ota era un povaleč, un haragán inútil, pero nosotras no le hacíamos caso. Klára y yo siempre nos quedábamos cautivadas por las descripciones que hacía mi tío de sus viajes por el Nilo y por el Ganges, y sus visitas a civilizaciones que jamás habían escuchado palabras como «renacimiento nacional» o «Estado independiente».

Mis queridas señoritas:

Siento haberme demorado tanto en escribiros, pero he estado tres semanas en la cubierta de un barco rumbo a Bombay, y una semana más importunado por engreídos funcionarios de aduanas...

—¿Otra vez la India? —comentó Klára, pasando el dedo por el mapa que tía Josephine había traído consigo—. ¿Acaso planea viajar por tierra a China esta vez?

Tía Josephine leyó la carta de tío Ota con mucho sentimiento, y Klára y yo nos quedamos embobadas con cada palabra sobre los devotos en la India que se bañaban en los ríos sagrados y los curanderos que sanaban a la gente pasándoles las palmas de las manos por encima.

Uno no podría imaginar las cosas que he visto aquí..., una vaca de cinco patas paseándose por los mercados, un santo varón peregrinando sobre zancos, un baile ritual en el que los fieles tiraban cocos al aire para romperlos después con la cabeza...

En aquellas ocasiones, la reacción de madre sobre las maravillas que tío Ota describía era más reservada que la nuestra. Movía la cabeza en señal de asentimiento con cada giro que daban las aventuras de tío Ota, pero mientras tanto, su rostro quedaba desprovisto de color, como si hubiera sufrido un sobresalto. No podía imaginarme qué era lo que contenían las cartas de tío Ota que hacían que madre cambiara tanto. Los álbumes de fotografías familiares estaban llenos de imágenes de padre y su hermano mayor cogidos del brazo, desde la infancia hasta justo antes de que mis padres se casaran. Madre adoraba a padre, que, a su vez, idolatraba a su hermano. Mi padre, según tía Josephine, se había quedado desconsolado cuando el padre de los tres desheredó a Ota.

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