Read El caso Jane Eyre Online

Authors: Jasper Fforde

Tags: #Aventuras, #Humor, #Policíaco

El caso Jane Eyre (2 page)

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Y se fue. El mundo onduló cuando el reloj volvió a ponerse en marcha. El barman acabó su frase, los pájaros volaron a sus nidos, la televisión regresó con un anuncio vomitivo de SmileyBurger y, en la carretera, el ciclista golpeó el asfalto.

Todo siguió como siempre. Nadie excepto yo había visto ir y venir a papá.

Pedí un sándwich de cangrejo y lo mordisqueé ausente mientras bebía un moca al que parecía llevarle una eternidad enfriarse. Había muchos clientes y Stanford, el propietario, estaba muy atareado limpiando tazas. Dejé el periódico para mirar la tele cuando apareció el logotipo de Toad News Network.

Toad News era la mayor red de noticias de Europa. Dirigida por la Corporación Goliath, era un servicio de veinticuatro horas con informativos a la última que los servicios de noticias nacionales no podían ni siquiera aspirar a igualar. Goliath le daba dinero y estabilidad, pero también un aire ligeramente sospechoso. A nadie le gustaba el pernicioso control que la Corporación tenía sobre el país, y la Toad News Network recibía algo más que su parte justa de críticas, a pesar de las negativas repetidas de que la compañía matriz decidiese las cosas.

—¡Esta —atronó la voz en off por encima del torbellino musical— es la Toad News Network! ¡La Toad les trae Noticias Globales, Noticias Actualizadas, Noticias AHORA!

Las luces se encendieron sobre la presentadora, quien le sonrió a la cámara.

—Son las noticias del mediodía para el lunes 6 de mayo de 1985, y las lee Alexandria Belfridge. La península de Crimea —anunció— vuelve a ser investigada esta semana al aprobar las Naciones Unidas la resolución PN17296, insistiendo en que Inglaterra y el Gobierno Imperial Ruso abran negociaciones en relación a la soberanía. Mientras la guerra de Crimea entra en su centésimo trigésimo primer año los grupos de presión tanto nacionales como extranjeros hacen lo posible por lograr un final pacífico de las hostilidades.

Cerré los ojos y gruñí en silencio para mí. Había estado allí cumpliendo con mi deber patriótico en el 73 y había visto por mí misma la verdad de la guerra más allá de la pompa y la gloria. El calor, el frío, el miedo, la muerte. La presentadora volvió a hablar, con la voz teñida por el patriotismo.

—Cuando las fuerzas inglesas expulsaron a los rusos de su último enclave en la península en 1975, fue considerado un triunfo importante contra una oposición arrolladora. Sin embargo, desde esos días la situación se mantiene en punto muerto y la pasada semana sir Gordon Duff-Rolecks resumió el estado de ánimo del país en un acto antibélico en Trafalgar Square.

El programa pasó a unas imágenes de una manifestación grande y bastante pacífica en el centro de Londres. Duff-Rolecks estaba de pie en un podio dando un discurso frente a un enorme y desorganizado bosque de micrófonos.

—Lo que comenzó como una excusa para controlar el expansionismo ruso en 1854 —entonó el parlamentario— se ha convertido a lo largo de los años en nada más que en un ejercicio de conservación del orgullo nacional.

Pero yo no escuchaba. Lo había oído antes una infinidad de veces. Tomé otro sorbo de café y el sudor me recorrió el cuero cabelludo. Mientras Duff-Rolecks hablaba, la televisión mostraba imágenes de archivo de la península: Sebastopol, una ciudad con guarnición inglesa muy fortificada con poco que mostrar de su herencia arquitectónica e histórica. Siempre que veía esas imágenes, el olor a cordita y el estruendo de las bombas me llenaban la cabeza. Instintivamente me froté el único signo externo de la campaña que había vivido —una pequeña cicatriz resaltada en la barbilla—. Otros no habían tenido tanta suerte. Nada había cambiado. La guerra había continuado.

—Son tonterías, Thursday —dijo una voz grave muy cerca.

Se trataba de Stanford, el dueño del café. Al igual que yo, era veterano de Crimea, pero de una campaña anterior. Al contrario que yo, había perdido algo más que su inocencia y algunos buenos amigos; se movía sobre dos piernas de metal y todavía tenía metralla suficiente en el cuerpo como para fabricar media docena de latas de judías cocidas.

—Crimea no tiene nada que ver con Naciones Unidas.

A pesar de que teníamos puntos de vista opuestos, le gustaba hablar de Crimea conmigo. Nadie más quería. Los soldados implicados en la disputa actual con Gales disfrutaban de mayor gloria; el personal de Crimea de permiso normalmente se dejaba el uniforme en el armario.

—Supongo que no —respondí sin comprometerme, mirando por la ventana hasta donde podía ver a un veterano de Crimea pidiendo en una esquina, recitando a Longfellow de memoria a cambio de un par de peniques.

—Si la devolvemos ahora sería como si todas esas vidas se hubiesen malgastado —añadió Stanford bruscamente—. Llevamos allí desde 1854. Nos pertenece a
nosotros
. Igualmente podrías decir que tendríamos que devolver la isla de Wight a los franceses.


Devolvimos
la isla de Wight a los franceses —respondí pacientemente; por lo general, los conocimientos de Stanford sobre el mundo se limitaban ahora al críquet de primera división y la vida amorosa de la actriz Lola Vaum.

—Oh, sí —murmuró, con el ceño fruncido—. Lo hicimos, ¿no? Bien, no deberíamos haberlo hecho. ¿Y quién se cree que es la ONU?

—No sé, pero si acaban las muertes, tienen mi voto, Stan.

El barman agitó la cabeza con tristeza mientras Duff-Rolecks daba fin a su discurso.

—… no hay ninguna duda de que el zar Romanov Alexei IV
tiene
unos abrumadores derechos a la soberanía de la península y al menos yo ansío el día en que podamos retirar nuestras tropas de lo que sólo se puede describir como un derroche incalculable de vidas y recursos humanos.

La presentadora de Toad News volvió a aparecer y pasó a otra noticia: el gobierno iba a aumentar el impuesto sobre el queso hasta el 83 por ciento, una medida impopular que sin duda conseguiría que los ciudadanos más militantes se manifestasen delante de las queserías.

—¡Los rusos podrían detenerla mañana si se retirasen! —dijo Stanford con beligerancia.

No era un argumento, y él y yo lo sabíamos. No quedaba nada de la península que valiese la pena poseer para el ganador hipotético. La única franja de tierra que no había quedado convertida en pulpa por los bombardeos de artillería estaba cubierta de minas. Histórica y moralmente, Crimea pertenecía a la Rusia Imperial; en resumen era eso.

La siguiente noticia trataba de una escaramuza fronteriza con la República Popular de Gales; sin heridos, sólo intercambio de algunos disparos por encima del río Wye cerca de Hay. Con su estilo pendenciero habitual, el joven presidente-de-por-vida Owain Glyndwr VII lo había achacado a las ansias imperialistas inglesas de tener una isla unificada; igualmente típico, el parlamento no se había molestado ni en emitir un comentario sobre el incidente. Hubo más noticias, pero en realidad no prestaba atención. Se había abierto una nueva planta de fusión en Dungeness y el primer ministro había ido a inaugurarla. Sonrió adecuadamente mientras se disparaban los flashes. Volví al periódico y leí un artículo sobre una propuesta parlamentaria para retirar al dodo la consideración de especie protegida tras su asombroso crecimiento numérico; pero no podía concentrarme. Crimea ocupaba toda mi mente con sus recuerdos inoportunos. Fue una suerte para mí que me sonase el busca y que me trajese una muy necesaria dosis de realidad. Tiré algunos billetes sobre la barra y salí corriendo por la puerta mientras la presentadora de Toad News anunciaba la muerte de un joven surrealista, apuñalado mortalmente por una banda que seguía una escuela radical de impresionistas franceses.

2

Gad’s Hill

«… Hay dos escuelas de pensamiento sobre la resistencia del tiempo. La primera dice que el tiempo es extremadamente volátil, con cada pequeño acontecimiento alterando el resultado final del futuro de la tierra. La otra dice que el tiempo es rígido y que no importa lo mucho que lo intentes, siempre regresará a un presente ya determinado. En cuanto a mí, no me interesan esas trivialidades. Me limito a vender corbatas a quien las quiera comprar…»

Vendedor de corbatas en Victoria, junio de 1983

Mi busca me había entregado un mensaje desconcertante; acababan de robar lo imposible de robar. No era la primera vez que se habían apropiado del manuscrito de
Martin Chuzzlewit
. Dos años antes, lo había sacado de su caja un guardia de seguridad que simplemente quería leer el libro en su estado puro e inmaculado. Incapaz de vivir consigo mismo o de descifrar la letra de Dickens más allá de la tercera página, finalmente confesó y se recuperó el manuscrito. Pasó cinco años sudando en hornos de cal en el límite de Dartmoor.

Gad’s Hill Palace era donde Charles Dickens había vivido al final de su vida, pero no donde había escrito
Chuzzlewit
. Eso fue en Devonshire Terrace, donde en 1843 todavía vivía con su esposa. Gad’s Hill es un enorme edificio Victoriano cerca de Rochester que cuando Dickens lo compró poseía bonitas vistas del Medway. Si retuerces los ojos y haces caso omiso de la refinería de petróleo, la planta de agua pesada y la instalación de contención de CoMatEx, no es excesivamente difícil descubrir que le atrajo hasta esta parte de Inglaterra. Cada día pasaban por Gad’s Hill varios miles de visitantes, convirtiéndola en la tercera área de peregrinaje literario más popular después de la casa de Anne Hathaway y la mansión Haworth de las Brontë. Un número tan impresionante de personas había creado grandes problemas de seguridad; nadie se arriesgaba desde que un individuo trastornado había entrado en Chawton, amenazando con destruir todas las cartas de Jane Austen a menos que se publicase su, francamente, aburrida y desigual biografía de Austen. En esa ocasión no había habido ningún daño, pero fue un heraldo importante de lo que estaba por llegar. El año siguiente en Dublín, una banda organizada intentó secuestrar a cambio de rescate los papeles de Jonathan Swift. Se produjo un asedio prolongado que acabó con dos de los extorsionistas muertos y la destrucción de varios panfletos políticos originales y un borrador inicial de
Los viajes de Gulliver
. Tenía que suceder lo inevitable. Las reliquias literarias se guardaron tras vidrios a prueba de balas y se protegieron con vigilancia electrónica y guardias armados. Nadie lo quería así, pero parecía ser la única respuesta. Desde entonces, se habían producido muy pocos problemas, lo que hacía que el robo de
Chuzzlewit
fuese aún más asombroso.

Aparqué el coche, me colgué la identificación de OE-27 en el bolsillo superior y me abrí paso a través de las multitudes de periodistas y curiosos. En la distancia vi a Boswell y pasé por debajo de una barrera policial.

—Buenos días, señor —murmuré—. Vine tan pronto como lo supe.

Se llevó un dedo a los labios y me susurró al oído:

—Ventana del primer piso. Llevó menos de diez minutos. Nada más.

—¿Qué?

Entonces la vi. La reportera estrella de Toad News Network, Lydia Startright, estaba a punto de hacer una entrevista. La exquisitamente peinada periodista televisiva terminó la introducción y se volvió hacia nosotros dos. Boswell empleó un perfecto paso lateral, me dio un codazo juguetón en las costillas y me dejó sola ante la mirada feroz de las cámaras de noticias.

—… de
Martín Chuzzlewit
, robado del museo Dickens en Gad’s Hill. Tengo conmigo a la detective literaria Thursday Next. Agente, ¿cómo es posible que unos ladrones entrasen y robasen uno de los grandes tesoros de la literatura?

Murmuré cabrón por lo bajo en dirección a Boswell, quien lo esquivó estremeciéndose de alegría. Me moví incómoda. Con una población que manifestaba un interés, que no disminuía, por el arte y la literatura, el trabajo de detective literario se había vuelto cada vez más difícil, empeorado aún más por el presupuesto limitado.

—Lo ladrones entraron a través de una ventana en la planta baja y fueron directamente por el manuscrito —dije con mi mejor voz televisiva—. Entraron y salieron en diez minutos.

—Tengo entendido que el museo dispone de un circuito cerrado de televisión —siguió diciendo Lydia—. ¿Los ladrones aparecen en el vídeo?

—La investigación todavía prosigue —respondí—. Debe comprender que es preciso mantener en secreto algunos detalles por razones de procedimiento.

Lydia bajó el micrófono y paró la cámara.

—¿Tiene
algo
que ofrecerme, Thursday? —preguntó—. El discurso de cacatúa lo puedo conseguir en cualquier parte.

Sonreí.

—Acabo de llegar, Lyds. Llámame la próxima semana.

—Thursday, en una semana esto será material de archivo. Vale, grabando.

El cámara se volvió a colocar la cámara al hombro y Lydia continuó con su reportaje.

—¿Tienen alguna pista?

—Estamos siguiendo varias posibilidades. Confiamos en devolver el manuscrito al museo y arrestar a los implicados.

Deseaba poder compartir ese optimismo. Había pasado un montón de tiempo en Gad’s Hill supervisando la seguridad, y sabía que era como el Banco de Inglaterra. Los que se habían encargado de la seguridad eran muy buenos.
Realmente
buenos. También lo convertía en algo un poco personal. La entrevista terminó cuando pasé por debajo de la cinta de No Cruzar de OpEspec para llegar hasta donde me esperaba Boswell.

—Esto es un desastre, Thursday. Turner, informe.

Boswell nos dejó y se fue a buscar algo de comer.

—Si puede deducir cómo lo han hecho —murmuró Paige, que era una versión ligeramente mayor y en mujer de Boswell—, me comeré las botas, con hebilla y todo.

Turner y Boswell ya formaban parte del departamento de detectives literarios cuando yo aparecí por allí, recién salida del servicio militar y una corta carrera en el departamento de policía de Swindon. Poca gente abandonaba la división de detectives literarios; cuando estabas en Londres básicamente habías alcanzado el punto máximo de tu profesión. El ascenso o la muerte eran las dos formas habituales de irse; se decía que un trabajo allí no era hasta Navidad… era para toda la vida.

—A Boswell le caes bien, Thursday.

—¿De qué forma? —pregunté con suspicacia.

—De esta forma: desear que estés en mis zapatos cuando yo me vaya… El fin de semana me comprometí con un tipo bastante agradable de OE-3.

Debería haber manifestado más entusiasmo, pero Turner había estado comprometida tanta veces que podría haberse colocado un anillo en todos los dedos de pies y manos; dos anillos en cada dedo.

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