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Authors: Clive Barker

Hellraiser

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Hellraiser es una de las mejores creaciones de Clive Barker. Una novela desgarradora sobre los grandes terrores y éxtasis que alberga en su reino infinito el corazón humano. Habla de la codicia y el amor, de la falta de amor y de la desesperación, del deseo y la muerte, de la vida y el cautiverio, de campanas y sangre. Es una de las historias más aterradoras que hayas leído jamás.

Clive Barker

Hellraiser

El corazón condenado

ePUB v1.0

Demes
19.07.11

Titulo original: The Hellbound Heart.

Traducción: Vladimir Oz.

© 1986 by Clive Barker.

 

“Anhelo hablar con el fantasma de algún antiguo amante que murió antes de que naciera el dios del amor.”
John Done, “Deidad del amor”

Uno

1

Tan concentrado estaba Frank en la resolución del enigma de la caja de Lemarchand que cuando comenzó a sonar la gran campana no la oyó. El artefacto había sido construido por un maestro artesano y el enigma era este: que aunque le habían dicho que la caja contenía maravillas, le parecía que no había manera de introducirle nada; no había, en ninguna de las seis caras laqueadas, pistas que indicaran la ubicación de los puntos de presión que desenganchaban una pieza del rompecabezas tridimensional de la otra.

Frank había visto rompecabezas similares —principalmente en Hong Kong, productos de la afición china por la fabricación de elementos metafísicos de madera dura— pero los franceses, en respuesta a la agudeza y al genio técnico de los chinos, habían desarrollado una lógica perversa que les era enteramente exclusiva. Si existía algún sistema para resolver este rompecabezas, Frank no lograba descubrirlo. Recién después de varias horas de prueba y error, una fortuita yuxtaposición de pulgares, dedos medios y meñiques dio sus frutos: un clic casi imperceptible y entonces… ¡victoria! Un segmento de la caja se proyecto hacia fuera, separándose de sus vecinos.

Hubo dos revelaciones.

La primera, que las superficies interiores estaban espléndidamente lustradas. El reflejo de Frank —distorsionado, fragmentado— se arrastraba por la laca. La segunda, que Lemarchand, en su tiempo fabricante de pájaros cantores, había construido la caja de tal manera que al abrirse esta se disparaba un mecanismo musical, que entonces empezó a tintinear, ejecutando un breve rondo de sublime banalidad.

Animado por su éxito, Frank se puso a trabajar en la caja mas febrilmente, hallando pronto nuevas alineaciones de ranuras estriadas y aceitadas clavijas que, a su vez, iban revelando mayores intrincaciones. Y con cada solución —con cada nuevo tirón o media vuelta— se iba agregando un nuevo elemento melódico. La tonada comenzó a hacer contrapuntos y a desarrollarse, hasta que la fantasía inicial quedo casi perdida bajo los ornamentos.

En algún momento de sus labores, empezó a sonar la campana…un tañido sombrío y constante. El no la oyó, al menos conscientemente. Pero cuando el rompecabezas estaba casi resuelto, los espejados interiores de la caja desentrañados, advirtió que las campanadas le crispaban violentamente el estomago, como si hubiesen estado sonando desde hacia media vida.

Aparto la vista de su trabajo. Por unos momentos, supuso que el ruido provenía de afuera, de algún lugar de la calle, pero rápidamente descarto esa idea. Había comenzado su tarea con la caja del fabricante de pájaros casi a medianoche; desde entonces, habían pasado varias horas, horas cuyo transcurso el no habría recordado de no ser por la evidencia de lo que marcaba el reloj. Ninguna iglesia de la ciudad, por más desesperada que estuviera de convocar adherentes, habría echado a volar las campanas a semejante hora.

No. El sonido provenía de algún sitio mucho mas distante; salía de la mismísima puerta (aun invisible) que la caja milagrosa de Lemarchand había sido construida para abrir. ¡Todo lo que Kircher, el vendedor de la caja, le había prometido era cierto! Estaba en el umbral de un nuevo mundo, de una provincia ubicada infinitamente alejada de la habitación en donde estaba sentado.

Infinitamente lejos, pero ahora repentinamente cerca.

La idea le acelero la respiración. Había anticipado este momento con gran perspicacia; había planeado esta caída del velo con todo su ingenio. En unos momentos estarían aquí…los que Kircher había llamado Cenobitas, teólogos de la orden de la incisión. Emplazados a abandonar sus experimentos en los mas altos limites del placer y trasladar sus cabezas sin edad a un mundo de lluvias y fracasos.

Durante la semana anterior, había trabajado sin cesar para prepararles la habitación. Meticulosamente, había esparcido pétalos por el desnudo entablado del piso. Sobre la pared izquierda, había colocado una especie de altar dedicado a ellos y decorado con una miscelánea de ofrendas de apaciguamiento que, según Kircher le había asegurado, favorecerían sus buenos oficios: huesos, bombones, agujas. A la izquierda del altar había una jarra que contenía su propia orina —recolectada durante siete días—, por si le solicitaban algún gesto espontáneo de auto profanación. A la derecha, un plato con cabezas de paloma, que Kircher le había aconsejado tener a mano.

No había dejado de observar ninguna parte del ritual de invocación. Ningún Cardenal ansioso de calzarse las sandalias del pescador hubiese sido más diligente.

Pero ahora, mientras el sonido de la campana se volvía cada vez mas fuerte, ahogando la música de la caja, estaba asustado.

Demasiado tarde, murmuro para sus adentros, deseando ser capaz de sofocar su creciente miedo. El artefacto de Lemarchand estaba abierto; el mecanismo final había girado. No había tiempo para la prevaricación o el arrepentimiento. Además, ¿no había arriesgado su vida y su cordura para hacer posible esta revelación? El umbral seguía abriéndose a los placeres cuya existencia solo un puñado de humanos había llegado a conocer, y muchos menos habían saboreado…placeres que iban a redefinir los parámetros de la sensación, que lo liberarían del insípido circuito del deseo, seducción y desencanto que lo había acosado desde los últimos años de la adolescencia. Esa nueva sabiduría iba a transformarlo, ¿verdad? Ningún hombre podía experimentar la profundidad de semejantes sentimientos y seguir siendo el mismo.

La despojada bombilla de luz que colgaba en medio del cuarto languidecía y se hacia mas brillante; Se hacia mas brillante y volvía a languidecer. Había adoptado el ritmo de las campanadas, ardiendo al máximo con cada tañido. En los espacios entre una campanada y otra, la oscuridad de la habitación se hacia completa; era como si el mundo que Frank había ocupado durante veintinueve años hubiese dejado de existir. Después, la campana volvía a sonar y la luz se encendía con tanta fuerza como si nunca hubiese vacilado, y durante unos preciosos segundos Frank se encontraba en un sitio familiar, con una puerta que conducía afuera, y abajo, y a la calle, y una ventana desde la cual —de haber tenido la voluntad (o la fuerza) de apartar las persianas— hubiese podido vislumbrar la incipiente mañana.

Con cada tañido, la luz de la lámpara se volvía cada vez más reveladora. Gracias a ella, vio que la pared derecha se descascaraba; vio que los ladrillos, momentáneamente perdían solidez y explotaban; vio, en ese mismo instante, un lugar que estaba mas allá de la habitación, del que provenía el clamor de la campana. ¿Era un mundo de pájaros, de inmensos mirlos atrapados en una tempestad perpetua? Era la única conclusión que podía sacar sobre la provincia de donde —También ahora— venían los hierofantes: que era una confusión y que estaba llena de objetos quebradizos, de cosas rotas que se elevaban y caían, colmando de espanto el aire oscuro.

Y después la pared volvió a solidificarse, y la campana quedo en silencio. La lámpara parpadeo y se apago. Esta vez, sin esperanzas de volver a reavivarse.

Frank se quedo de pie en la oscuridad y no dijo nada. Aunque hubiese podido recordar las palabras de bienvenida que había preparado, su lengua no habría sido capaz de pronunciarlas. Estaba muerta en el interior de su boca.

Y entonces la luz.

Provenía de
ellos
: del cuarteto de Cenobitas que ahora, de espaldas a la pared sellada, ocupaba la habitación. Los acompañaba una fosforescencia, como el fulgor de los peces de las profundidades marinas: azul, fría, sin encanto. Frank se percato de que nunca había tratado de imaginar como serian. Su imaginación, aunque fértil para la estafa y el robo, era muy pobre en otros aspectos: la habilidad de imaginarse a estas eminencias estaba fuera de su alcance, de modo que ni siquiera lo había intentado.

¿Por qué entonces se sentía tan angustiado al posar sus ojos en ellos? ¿Era por las cicatrices que les cubrían cada centímetro del cuerpo; por la carne cosmeticamente perforada, rebanada e infibulada, y luego empolvada con ceniza; era por el olor a vainilla que exhalaban, esa dulzura que disimulaba muy poco el hedor que cubría?

¿O era porque, al aumentar la luz, los estudio mas detenidamente y no vio nada de alegría, de humanidad siquiera, en sus rostros mutilados, sino solo desesperación, y un apetito que le provoco unas ganas irrefrenables de vaciar los intestinos?

—¿Qué ciudad es esta? —inquirió uno de los cuatro.

A Frank le costaba adivinar con certeza el sexo del que había hablado. Sus ropas, algunas de las cuales estaban cosidas
a la piel
, atravesándola, escondían sus partes íntimas, y no había nada en el sedimento de su voz o en sus rasgos concienzudamente desfigurados que ofreciera la menor pista. Cuando hablaba, los anzuelos que le transfiguraban el rabillo de los ojos y que estaban unidos, por medio de un intrincado sistema de cadenas que le atravesaban la carne y los huesos por igual, a unos anzuelos similares que tenia en el labio inferior, eran agitados por el movimiento, y desgarraban y exponían la resplandeciente carne que había debajo.

—Te hice una pregunta —dijo. Frank no respondió. El nombre de esta ciudad era lo último que podía recordar.

—¿Nos entiendes? —exigió la figura ubicada detrás del que había hablado primero. Su voz, a diferencia de la de su compañero, era ligera y jadeante, como la voz de una muchacha excitada. Cada centímetro de su cabeza estaba tatuado, formando una intrincada red; en cada una de las intersecciones de los ejes verticales y horizontales tenia un alfiler enjoyado, clavado en el hueso. Su lengua estaba decorada de manera similar—. ¿Sabes quienes somos, por lo menos? —pregunto.

—Si —dijo Frank por fin—. Lo sé.

Por supuesto que lo sabia; el y Kircher habían pasado largas noches hablando de las insinuaciones deslizadas en los diarios de Bolingbroke y de Gilles de Rais. Todo lo que la humanidad sabia de la Orden de la Incisión, el también lo sabia.

Y, sin embargo…había esperado encontrarse con algo diferente. Había esperado algún signo que hablara de los innumerables esplendores a los que tenían acceso. Había pensado que vendrían con mujeres, al menos; mujeres cubiertas de aceite, de leche, mujeres depiladas y con músculos especialmente hechos para el acto de amor, con labios perfumados, muslos que temblaban de ansiedad por separarse, nalgas rotundas, como a el le gustaban. Había esperado suspiros y lánguidos cuerpos desparramados entre las flores que tenia a sus pies, como alfombras vivientes; había esperado prostitutas vírgenes que le entregaran sus hendeduras con solo pedirlo y que, con pericia, lo llevaran —
arriba, arriba
— hasta un éxtasis nunca soñado. En sus brazos se olvidaría del mundo. En vez de despreciarlo por su lujuria, lo exaltarían.

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