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Authors: Kami Garcia & Margaret Stohl

Tags: #Fantástico, Infantil y juvenil, Romántico

Hermosa oscuridad

BOOK: Hermosa oscuridad
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Después de
Hermosas criaturas
, llega el segundo volumen de la saga de las dieciséis lunas,
Hermosa oscuridad
.

Tras el cumpleaños de Lena. ella y Ethan se creen con fuerzas para enfrentarse a cualquier situación, por oscura que sea, pero la pérdida de un ser querido de la joven hace que ésta se aleje de Ethan y que guarde secretos aún más terribles... Sin embargo, el muchacho ha abierto los ojos al lado más oscuro y no hay vuelta atrás.

Kami Garcia & Margaret Stohl

Hermosa oscuridad

Saga de las dieciséis lunas II

ePUB v1.1

Mística
23.08.12

Colabora Aytza

Título original:
Beautiful Darkness

Kami García y Margaret Peterson, 2010

Traducción: Amado Diéguez

Imagen de cubierta: Paul Knight/Trevillon Images

Adaptación y tipografía de cubierta: Manuel Calderón

Editor original: Mística (v1.0 a v1.1)

ePub base v2.0

Para Sarah Burnes,

Julie Scheina y Jennifer Bailey Hunt

porque por alguna razón muy tonta

no dejarían que sus nombres aparecieran en la portada.

Es fácil perdonar a un niño el miedo a la oscuridad;

La verdadera tragedia es que los hombres teman a la luz.

PLATÓN

NOTA DE LA EDICIÓN

P
or indicación de las autoras, se ha mantenido en el idioma original una serie de términos relativos al imaginario de su invención. A continuación, y a modo de guía, se glosan los más relevantes, con una breve explicación a fin de facilitar la comprensión por parte del lector hispanohablante.

CASTER
: seres que conviven con los humanos y ejercen diferentes poderes mágicos. Deriva de la expresión
cast a spell
(lanzar un hechizo).

CATACLYST
: natural que se ha vuelto hacía la oscuridad.

EMPATH
:
Caster
capaz con una sensibilidad tan especial que es capaz de usar los poderes de otro
Caster
de forma temporal.

HARMER
: dañador

HUNTER
: cazador

ILLUSIONIST
:
Caster
capaz de crear ilusiones.

LILUM
: quienes moran en la oscuridad.

MORTAL
: humano

NATURAL
:
Caster
con poderes innatos y superiores a los demás de su especie.

SHIFTER
:
Caster
capaz de cambiar cualquier objeto en otro durante todo el tiempo que desee.

SYBIL
:
Caster
con el don de interpretar los rostros como quien lee un libro con sólo mirar a los ojos.

SIREN
:
Caster
dotado con el poder de la persuasión

THAUMATURGE
:
Caster
con el don de sanar.

ANTES
Chica caster

S
IEMPRE PENSÉ QUE GATLIN, mi pueblo, oculto en lo más profundo de los bosques de Carolina del Sur, encajonado en las embarradas profundidades del valle del río Santee, era un lugar perdido en medio de ninguna parte. Aquí nunca ocurría nada y nunca cambiaba nada. Hoy igual que ayer saldría y se pondría un sol radiante sin molestarse en levantar ni la más leve brisa. Hoy igual que mañana mis vecinos se mecerían en la hamaca del porche y el calor, los chismes y la rutina se irían derritiendo con los cubitos de su té helado como venía sucediendo desde hace más de cien años. Mi pueblo vivía arraigado en tradiciones que era muy difícil abandonar. Se advertían en todo lo que hacíamos o, para ser exactos, en todo lo que no hacíamos. En Gatlin ya podías nacer, casarte o morir, que los metodistas seguirían cantando sus himnos.

Los domingos había que ir a misa, los lunes a Stop & Shop, el único supermercado del pueblo. El resto de la semana era un plato bien lleno de nada y, de postre, otro poquito de tarta; sólo había postre, eso sí, para quién, como yo, tenía la suerte de vivir con una persona como Amma, la mujer que estaba al cuidado de la casa de mis padres y todos los años ganaba el concurso de repostería de la Feria del Condado. En mi pueblo, la señorita Cuatro Dedos Monroe, mujer ya entrada en años, todavía enseñaba a bailar el cotillón y recorría con orgullo la pista de baile acompañando a los debutantes mientras el dedo vacío de su blanco guante se doblaba primero a un lado y luego al otro. Maybelline Sutter aún cortaba el pelo en Snip «n» Curl aunque hubiera perdido la mayor parte de la visión al cumplir los setenta —la mitad de las veces se le olvidaba poner el peine en la máquina y te ibas de la peluquería con su famoso corte a lo mofeta, o sea, con un trasquilón en la nuca—. Y luego estaba Carlton Eaton. Lo mismo daba que cayeran chuzos de punta: él siempre abría el correo antes de repartirlo. Si había ocurrido algún percance, ya te lo adelantaba él. Al fin y al cabo, de las malas noticias, mejor enterarse por boca de un conocido.

Gatlin, mi pueblo, era nuestro dueño, lo cual era bueno y malo a la vez. Conocía de nosotros cada centímetro, cada pecado, cada secreto, cada costra. Por eso la mayoría no se molestaba en marcharse, por eso quienes lo hacían no volvían jamás. De no haber conocido a Lena, eso habría hecho yo a los cinco minutos de graduarme en el Jackson High. Irme.

Pero me enamoré de una Caster.

Lena me enseñó que existía otro mundo bajo las grietas de nuestras irregulares aceras. Y que llevaba allí desde siempre, escondido a plena luz del día. En el Gatlin de Lena ocurrían cosas imposibles, sobrenaturales, cosas que podían cambiarte la vida.

Y, a veces, ponerle fin.

Mientras las personas normales se entretenían podando los rosales o comprando fruta con gusanos en el puesto del arcén, Casters de la Luz y de la Sombra con poderes singulares y extraordinarios libraban una guerra sin cuartel, una contienda civil y sobrenatural sin la menor esperanza de que nadie ondeara bandera blanca. El Gatlin de Lena era un lugar lleno de demonios y peligros, víctima de una maldición que pesaba sobre su familia desde hace más de un siglo. Y cuanto más me aproximaba yo a ella, más cerca se encontraba su Gatlin del mío.

Meses atrás yo creía que en este pueblo nunca cambiaría nada. Ahora que conozco la verdad, cuanto me habría gustado que eso fuera cierto.

Desde que me enamoré de una Caster, ninguna de las personas a las que yo apreciaba estaba a salvo. Lena creía que la maldición sólo le afectaba a ella, pero se equivocaba.

Desde el preciso instante en que me enamoré de ella, su maldición es también la nuestra.

15 DE FEBRERO
Paz perpetua

L
A LLUVIA RESBALABA por el ala del mejor sombrero negro de Amma. Las rodillas de Lena hincadas en el barro, ante la tumba. El cosquilleo en la nuca por hallarnos tan cerca de la gente de Macon… Íncubos, demonios que se nutrían de los recuerdos y los sueños de los Mortales cuando estos dormían. Y justo antes del alba, tras desgarrar la última franja de cielo negro con un ruido que no se parecía a ningún otro del universo, desaparecieron como una bandada de cuervos que se elevara en perfecta sincronía desde un cable de alta tensión.

Así fue el entierro de Macon.

Recordaba bien los detalles, aunque en ese momento me resultara difícil creer que hubiera ocurrido. Funerales así son muy extraños. Como la vida, supongo. Lo esencial se detiene y lo olvidas de inmediato, pero los momentos superfluos, los fogonazos aislados te persiguen, vuelves a verlos una y otra vez tal y como sucedieron.

Me acordaba de lo siguiente: Amma despertándome en mitad de la noche para llevarme al Jardín de la Paz Perpetua, el jardín de Macon, antes del amanecer. Lena congelada y hecha pedazos, y deseando congelar y hacer pedazos cuanto la rodeaba. La oscuridad del cielo y la gente a medias que rodeaba la tumba, personas que de personas no tenían nada.

Y al fondo, algo que no conseguía recordar y sin embargo allí estaba, insinuándose desde lo más profundo de mis pensamientos. Llevaba con ganas de recordarlo desde la Decimosexta Luna de Lena, su cumpleaños, la noche que murió Macon.

Y no podía visualizarlo, aunque supiera que lo necesitaba.

La madrugada del funeral fue negra como la pez, aunque por la ventana entraban haces de luna. Mi habitación estaba helada, pero me daba igual. Tras morir Macon, dejé la ventana abierta dos noches, como si él pudiera entrar en cualquier momento para sentarse en la silla giratoria y quedarse un rato conmigo.

Recuerdo la noche que lo vi en ese mismo lugar, en medio de la habitación a oscuras. Fue entonces cuando me di cuenta de quién era. No un vampiro o, como yo había sospechado hasta ese momento, una criatura mitológica sacada de algún libro, sino un demonio auténtico. Podría haberse alimentado de sangre, pero prefería mis sueños.

Macon Melchizedek Ravenwood. La gente de por aquí lo llamaba el Viejo Ravenwood, el hombre más solitario de los contornos. Era también el tío de Lena y el único padre que había conocido.

Me estaba vistiendo sin encender la luz cuando percibí la cálida sensación interna que me anunciaba su presencia.

¿L?

Lena hablaba desde las profundidades de mi mente, al mismo tiempo más cerca y más lejos que nadie. Hablaba kelting, nuestra lengua de comunicación no pronunciada, el idioma susurrado que los Casters como ella compartían desde mucho antes de que nadie supiera que mi habitación se encuentra al Sur de la línea Mason-Dixon, que fue trazada en 1781 para distinguir el Sur, la región de los estados esclavistas, del norte de los Estados Unidos. Era un lenguaje secreto de la intimidad, nacido por necesidad en un tiempo en que por ser diferente podías acabar en la hoguera. Un idioma que no teníamos que haber compartido porque yo era Mortal. Y, sin embargo, por alguna razón inexplicable, lo compartíamos y lo hacíamos para hablar de lo que no se habla, para expresar lo inexpresable.

No puedo ir. No quiero
.

Me di por vencido —estaba intentando hacer el nudo de la corbata— y me senté en la cama. Los muelles del viejo colchón chirriaron.

Tienes que ir. No te perdonarás si no lo haces
.

Tardó un momento en responder.

No tienes ni idea de cómo me siento
.

Lo sé perfectamente
.

Recordé que yo también me había quedado en esa misma cama por miedo a levantarme, por miedo a ponerme el traje, a unirme al círculo para cantar Sufre conmigo y sumarme a la sombría hilera de farolas que atravesaban el pueblo camino del cementerio para enterrar a mi madre. Por miedo a que se hiciera real. La mera idea me parecía insoportable, pero liberé mi mente y apareció Lena…

No puedes ir, pero no te queda otro remedio, porque Amma te tira del brazo y te sube al coche, te sienta en el banco de la iglesia y te mete en el piadoso desfile. Aunque moverse duela como una enfermedad. La mirada se detiene en los rostros de los que murmuran y no puedes oír lo que están diciendo porque en tu cabeza el estruendo de los gritos es demasiado fuerte. Así que dejas que tiren de tu brazo y que te suban al coche, y sigues. Porque puedes cuando alguien te dice que puedes.

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