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Authors: Kami Garcia & Margaret Stohl

Tags: #Fantástico, Infantil y juvenil, Romántico

Hermosa oscuridad (7 page)

BOOK: Hermosa oscuridad
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Sacó un grueso libro negro del bolsillo de su delantal y se lo dio a Abraham, que percibió su poder nada más con tocarlo
.

El volumen estaba vivo, palpitaba como si le latiera un corazón. Abraham casi lo oía susurrar, cómo lo incitaba a cogerlo, a abrirlo y a liberar lo que guardaba dentro. En la portada no había palabras, sólo una media luna. Abraham pasó los dedos por el borde
.

Ivy seguía hablando. Confundió el silencio de Abraham, lo tomó por vacilación
.


Por favor, señor Ravenwood, no tengo a nadie a quien dárselo y no se lo puedo dejar a la señorita Genevieve. Ya no
.

Genevieve levantó la cabeza, como si los oyera a pesar de la lluvia y del fragor de las llamas.Abraham comprendió. A través de la oscuridad vio los ojos amarillos de Genevieve, los ojos de un Caster Oscuro. Y comprendió también qué tenía en las manos
.

El Libro de las Lunas
.

Lo había visto ya en los sueños de Marguerite, la madre de Genevieve. Era un libro de poder infinito, un libro al que Marguerite temía y veneraba en igual medida. Se lo había ocultado a su marido y a sus hijas y jamás habría permitido que cayera en manos de un Caster Oscuro o de un Íncubo. Era un libro que podía salvar Ravenwood
.

Ivy sacó un objeto de los pliegues de su falda y lo frotó contra la portada del libro. Los blancos cristales rodaron al suelo. Era sal, el recurso de las mujeres supersticiosas que de las islas del Azúcar de sus ancestros habían traído sus propias armas. Decían que la sal protegía de los demonios, creencia que Abraham siempre le había parecía divertida
.


Vendré a buscarlo en cuanto pueda. Lo juro
.


Lo guardaré en un lugar seguro, te doy mi palabra
.

Abraham limpió de sal la cubierta del libro para sentir su calor y volvió a los bosques tras caminar unos metros para que Ivy no lo viera viajar. Las mujeres de color siempre se asustaban, se acordaban de quien era en realidad
.


Señor Ravenwood, escóndalo donde quiera, pero no lo abra. Sólo trae desgracias a los que se entrometen. No lo escuche cuando lo llame, yo vendré a buscarlo
.

Pero la advertencia de Ivy llegaba demasiado tarde. Abraham ya había empezado a escuchar
.

Cuando recobré el sentido estaba tendido de espaldas en el suelo mirando el techo de mi habitación. Era azul, como todos los techos de mi casa, para engañar a las abejas carpinteras que allí anidaban.

Estaba mareado, pero me incorporé. La caja estaba cerrada a mi lado. La abrí. Las hojas estaban dentro. Esta vez no las toqué.

Aquello carecía de sentido. ¿Por qué volvía a tener visiones? ¿Por qué había visto a Abraham Ravenwood, un hombre del que en mi pueblo sospechaban desde hacía generaciones porque la suya era la única plantación que sobrevivió al Gran Incendio? Yo no me fiaba mucho de lo que decían en el pueblo, pero…

Sin embargo, si el relicario de Genevieve había provocado aquellas visiones sería por alguna razón, por algo que Lena y yo tendríamos que averiguar. ¿Qué tenía que ver Abraham Ravenwood con nosotros? El Libro de las Lunas era el hilo que conectaba toda la trama. Aparecía en las visiones del relicario y en la mía, pero había desaparecido. Nadie había vuelto a saber de él desde la noche del cumpleaños de Lena, cuando lo vieron en el suelo de la cripta cercado por las llamas. Como tantas otras cosas, se había convertido en cenizas.

17 DE MAYO
Salvo los restos

A
L DÍA SIGUIENTE me senté a comer en el instituto con Link y sus cuatro desaliñados colegas. Mientras comía pizza sólo podía pensar en lo que Link había dicho de Lena. Tenía razón. Poco a poco, me había cambiado, hasta el extremo de que yo casi no recordaba cómo éramos antes. De haber podido hablarlo con alguien, me habrían dicho que le diera tiempo. Pero es lo que suele decirse cuando no hay nada que decir y no se puede hacer nada. Porque Lena no conseguía salir adelante. No había vuelto a ser la misma y tampoco había vuelto conmigo, en todo caso, la arrastraba una corriente que la alejaba más de mí que de ninguna otra persona. Cada vez me resultaba más difícil llegar hasta ella. No alcanzaba su interior y ya no contábamos con el kelting o los besos o con cualquiera de las formas sencillas o complicadas en que antes nos tocábamos. Cuando le cogía la mano, ahora sólo sentía frío.

Cuando Emily Asher me miró desde el rincón opuesto del comedor, en sus ojos sólo había pena. Había vuelto a convertirme en una persona digna de lástima. Ya no era Ethan Wate, el chico cuya madre murió el año pasado, sino Ethan Wate, el chico cuya novia se volvió loca al morir su tío. La gente sabía que habían surgido complicaciones y que Lena no había vuelto a aparecer por el instituto.

Aunque Lena no les cayera bien, a los tristes les gusta ver tristes a los demás. Además, yo había abandonado la categoría de los tristes hacia tiempo y descendido a una aún peor que la de los desaliñados colegas de Link, a los que todos marginaban. Yo estaba solo.

Una mañana de una semana después un sonido extraño empezó a resonar con insistencia en el fondo de mi mente. Era como un chirrido, o como el ruido que se produce al arañar una superficie metálica o al rasgar un papel. Estaba en clase de historia y debatíamos la reconstrucción, que es una época todavía más aburrida que la Guerra de Secesión, cuando los Estados Unidos tuvieron que recuperar su unidad. En un instituto de Gatlin aquella lección resultaba tan embarazosa como deprimente, nos recordaba que Carolina del Sur fue un estado esclavista y que en la lucha por la justicia habíamos tomado parte por el bando equivocado. Todos lo sabíamos, pero la clase de aquel día era un recordatorio de que nuestros antepasados nos habían legado un suspenso definitivo en el expediente moral de la nación. Heridas tan profundas dejan huella por mucho que uno se esfuerce por curarlas. El señor Lee proseguía con su monótono discurso y culminaba cada frase con un suspiro dramático.

Yo me esforzaba por no escuchar cuando me llegó un olor a quemado. Parecía un motor recalentado o un encendedor. Miré a mí alrededor. El olor no provenía del señor Lee, la fuente más habitual de aromas horribles en la clase de historia, y parecía que nadie más lo notaba.

El ruido aumentó y se convirtió en una confusa mezcla de estrépito, rasgaduras, conversaciones y gritos. Lena.

¿L?

No obtuve respuesta. Por encima del ruido oí a Lena mascullar unos versos muy distintos de esos que se escriben el día de San Valentín.

No los escucho, me estoy ahogando..

Reconocí el poema, lo cual no era buena noticia. Si Lena leía a Stevie Smith, su día estaba a un paso de la sombría Sylvia Plath de
La campana de cristal
. Había sacado bandera roja, como cuando Link oía a los Dead Kennedys o Amma cortaba las verduras de los rollitos de primavera con un cuchillo de carnicero.

Aguanta, L. Ya voy
.

Algo había cambiado. Antes de que no hubiera vuelta atrás, cogí los libros y, sin dar tiempo a un nuevo suspiro del señor Lee, salí del aula y eché a correr.

Cuando entré, Reece no me miró, señaló las escaleras. Ryan, la prima pequeña de Lena, estaba sentada en el escalón inferior con
Boo
. Parecía triste. Cuando la despeiné con gesto cariñoso, me indicó que no hiciera ruido.

—Hay que estar quieto hasta que lleguen la abuela y mamá. Lena tiene un ataque de nervios.

Ryan se había quedado muy corta.

La puerta de la habitación de Lena estaba entreabierta. Al empujarla las bisagras chirriaron como en una película de terror. La estancia estaba patas para arriba. Los muebles estaban volcados y rotos, algunos faltaban. El suelo, las paredes y el techo estaban cubiertos de páginas de libros arrancadas y en la estantería no quedaba un sólo libro. Era como si hubiera explotado una biblioteca. En el suelo había algunas páginas quemadas y todavía humeantes.

Pero no veía a Lena por ninguna parte.

L, ¿dónde estás?

La busque con la vista por toda la habitación. La pared de encima de su cama no estaba cubierta con pedazos de los libros que amaba, sino con los siguientes versos:

Nadie difunto y Nadie con vida

Nadie cede y Nadie se entrega

Nadie me oye, pero Nadie me cuida

Nadie me teme, pero Nadie me observa

Nadie es mío y Nadie presente

Nadie no sabe, no hay Nadie que sepa

Salvo los restos, el resto está ausente

Nadie
y
Nadie
. Uno era Macon, ¿verdad? El
difunto
.

Y el otro, ¿quién era? ¿Yo?

¿Me había convertido en
Nadie
?

¿Tenían todos los novios que esforzarse tanto para comprender a sus novias?¿Desentrañar los intrincados poemas que escribían sobre el yeso con un mini rotulador aprovechando las grietas de las paredes?

Salvo los restos, el resto está ausente
.

Tapé la primera parte del último verso. No sólo quedaban los restos, sino bastante más. Y no se trataba únicamente de Macon. Mi madre también había muerto, pero como los últimos meses me habían demostrado, una parte de ella seguía conmigo. Cada día pensaba más en ella.

«Sé tú misma». Había sido el mensaje que mi madre había dejado a Lena en los números de página de libros esparcidos por el suelo de su habitación favorita. Su mensaje para mí no necesitaba escribirlo ni con números ni con letras, ni siquiera decírmelo en sueños.

La habitación de Lena, repleta de libros tirados por todas partes, se parecía mucho al estudio de mi madre aquel día. Sólo que a los libros de Lena les faltaban las páginas, lo cual transmitía un mensaje totalmente distinto.

Dolor y culpa . Era el segundo capítulo de los libros que tía Caroline me había comprado sobre las cinco —o las que sean— fases del duelo. Si Lena ya había superado la conmoción y la negación, que eran las dos primeras, yo debía haber intuido que la siguiente estaba al caer. Supongo que para ella significaba desprenderse de los libros, que eran lo que más apreciaba.

Al menos, eso esperaba yo que significase aquel incidente. Entré con cuidado de no pisar el montón de sobrecubiertas quemadas y oí sus sollozos. Abrí la puerta del armario y allí estaba, a oscuras, acurrucada, con la barbilla apoyada en las rodillas.

Hola, L. Tranquila
.

Me miró, pero no sé si llegó a verme.

Los libros me recordaban a él, sonaban como él y no podía hacerlos callar.

Tranquila. Ya pasó todo
.

Yo era consciente de que la calma no duraría. Porque no había pasado todo. En algún lugar entre la furia, el miedo y la tristeza, Lena había traspasado un umbral y, por experiencia, yo sabía que no había vuelta atrás.

Finalmente, intervino la abuela. Lena tendría que volver a clase en una semana tanto si le gustaba como si no. Sólo tenía dos opciones: una, el instituto; dos, la que nadie se atrevía a decir en voz alta: Blue Horizons o donde fueran los Caster cuando se encontraban en su estado. Hasta entonces sólo me permitirían verla para levarle los deberes. Subí a pie la cuesta de su casa con la mochila cargada de preguntas fáciles y absurdas.

¿Por qué yo? ¿Qué he hecho?

Se supone que no debo estar con nadie que me ponga nerviosa. Eso dice Reece.

Y yo, ¿te pongo nerviosa?

Intuí que en el fondo de mis pensamientos se formaba algo parecido a una sonrisa.

Pues claro que sí. Sólo que no como ellos creen.

Cuando Lena abrió por fin la puerta, solté la mochila y la estreché entre mis brazos. No llevaba más que unos días sin verla, pero echaba de menos la familiar fragancia a limón y romero de su pelo. Apoyé la cabeza en su hombro y, sin embargo, no pude olerla.

Yo también te echaba de menos.

Lena me miró. Lleva una camiseta negra y unos leotardos negros llenos de cortes extravagantes. Del broche del pelo escapaban algunos cabellos y el collar de los amuletos estaba retorcido y demasiado largo. Además, tenía ojeras. Me preocupé. Luego me fijé en su habitación y me preocupé todavía más.

Su abuela se había salido con la suya. De los libros quemados no había ni rastro y ni un sólo objeto estaba fuera de su sitio. Pero existía un problema. En las paredes no había trazos de rotulador, ni poemas, ni páginas arrancadas. Formando una fila que recorría todo el perímetro de la habitación había fotografías cuidadosamente pegadas con celo, como si Lena o quien las hubiese colgado hubiera querido improvisar una verja.

Sagrada. Reposo. Amada. Hija.

Eran fotografías de lápidas tomadas tan de cerca que lo único que podía advertirse era la tosca textura de la piedra y las palabras cinceladas en ella.

Padre. Gozo. Desesperación. Descanso eterno.

—No sabía que fueras aficionada a la fotografía —dije, preguntándome cuántas cosas no sabría de Lena.

—En realidad, no tanto —repuso ella. Parecía incómoda.

—Son geniales.

—Se supone que me vienen bien. Tengo que demostrar que por fin he aceptado su muerte.

—Ya. Mi padre lleva un diario en el que tiene que anotar sus sentimientos —dije, pero enseguida me arrepentí. La comparación con mi padre no podía tomarse como un cumplido. Lena, sin embargo, no pareció darse cuenta. Me pregunté cuánto tiempo habría estado haciendo aquellas fotos en el Jardín de la Paz Perpetua y pensé en cuánto la había echado de menos.

Soldado. Reposo. A través de un cristal, oscuramente
.

Llegué a la última fotografía, la única que se salía un poco del tono general.

Aparecía una moto, una Harley apoyada en una lápida. Los brillantes cromados parecían fuera de lugar al lado de las lápidas erosionadas. Al verla, mi corazón empezó a palpitar más deprisa.

—¿Y ésta?

Lena hizo un ademán, quitándole importancia.

—Un tío visitando una tumba, supongo. Una especie de… no sé. La voy a quitar, tiene una luz terrible.

Sacó una a una las chinchetas que sujetaban la foto. Al llegar a la última, la foto se esfumó y en la pared negra sólo quedaron cuatro agujeros.

A parte de las fotos, la habitación estaba prácticamente vacía, como si Lena se hubiera mudado a otra. La cama había desaparecido y también la estantería y los libros. La vieja araña, que después de balancearla tantas veces yo temía que se desprendiera del techo, tampoco estaba. En el suelo, justo en el centro de la habitación, había un futón. A su lado estaba el diminuto gorrión de plata. Al verlo acudieron a mi mente las imágenes del entierro de Macon: los magnolios arrancados de cuajo, aquel gorrión en la mano manchada de barro de Lena.

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