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Authors: Jo Nesbø

Tags: #Policíaco

La estrella del diablo (10 page)

BOOK: La estrella del diablo
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—Está preguntando por el grupo, Ruth.

—Ah, bueno. La hermana siguió cantando sola, pero Lisbeth era la estrella. Creo que ahora se dedica a cantar en hoteles de alta montaña, en los barcos que van a Dinamarca y esas cosas.

Harry se levantó.

—Sólo una última pregunta rutinaria. ¿Tenéis alguna impresión sobre cómo funcionaba el matrimonio de Willy y Lisbeth?

«El Águila de Trondheim» y Ruth intercambiaron nuevas señales de radar.

—Como ya dijimos, el sonido se trasmite bien en esta clase de patios —dijo Ruth—. Su dormitorio también da al patio.

—¿Los oíais discutir?

—No, discutir no.

Miraron a Harry con expresión elocuente. Transcurrieron un par de segundos antes de que él cayese en la cuenta de lo que estaban insinuando y notó con disgusto que se ruborizaba.

—Así que tenéis la impresión de que funcionaba bastante bien, ¿no?

—La puerta de la terraza está entreabierta todo el verano, así que a mí se me ha ocurrido en broma que deberíamos ir de puntillas hasta el tejado, dar la vuelta al edificio y saltar a su terraza —rió Ruth en tono burlón—. Espiar un poco, ¿no? No es difícil, te pones en la barandilla de nuestro balcón, colocas el pie en el canalón y…

«El Águila de Trondheim» le dio a su compañera un empujoncito en el costado.

—Pero realmente no hace falta. Lisbeth es una profesional… ¿cómo se dice?

—De la comunicación —completó «El Águila de Trondheim».

—Eso es. Todas las buenas imágenes están en las cuerdas vocales, ¿sabes?

Harry se frotó la nuca.

—Una potencia indiscutible —intervino «El Águila de Trondheim», sonriendo sin excesos.

Cuando Harry volvió, Ivan e Ivan seguían repasando el apartamento El Ivan humano no paraba de sudar y el pastor alemán tenía la boca abierta y la lengua colgando como un lazo color hígado en la fiesta nacional del 17 de mayo.

Harry se sentó con cuidado en aquella especie de tumbona y le pidió a Willy Barli que se lo contase todo desde el principio. Lo que explicó sobre cómo había transcurrido la tarde y el horario exacto concordaba con lo que le habían dicho Ruth y «El Águila de Trondheim».

Harry vio que la desesperación que reflejaban los ojos del marido era real. Y empezó a creer que si se trataba de un acto criminal, podría
—podría
— ser una excepción estadística. Pero ante todo, eso lo reafirmó en su creencia de que no tardarían en encontrar a Lisbeth. Si no había sido el marido, no había sido nadie. Estadísticamente hablando.

Beate volvió y le contó que sólo había gente en dos de los pisos del bloque y que no habían visto ni oído nada, ni en las escaleras, ni en la calle.

Llamaron a la puerta y Beate fue a abrir. Era uno de los agentes uniformados de la patrulla de Seguridad Ciudadana. Harry lo reconoció enseguida, era el mismo que estaba de guardia en la calle Ullevålsveien. Se dirigió a Beate, ignorando a Harry por completo.

—Hemos hablado con la gente que había en la calle y en Kiwi y hemos comprobado los portales y los patios del vecindario. Nada. Pero claro, estamos de vacaciones y las calles de este barrio están casi desiertas, así que pueden haber metido a la señora en un coche a la fuerza sin que nadie haya visto nada.

Harry notó que Willy Barli se sobresaltaba a su lado.

—A lo mejor deberíamos hablar con algunos de esos paquistaníes que tienen comercios por aquí —sugirió el agente hurgándose la oreja con el meñique.

—¿Por qué con ellos precisamente? —preguntó Harry.

El agente se volvió por fin hacia él y preguntó poniendo énfasis en la última palabra.

—¿No has leído la estadística sobre criminalidad, comisario?

—Sí —dijo Harry—. Y si no recuerdo mal, los dueños de comercios están muy al final de la lista.

El agente estudió su meñique.

—Yo sé algunas cosas sobre los musulmanes que tú también sabes, comisario. Para esa gente, una mujer que entra en la tienda en biquini es una tía que está pidiendo a gritos que la violen. Se puede decir que casi lo ven como una obligación.

—¿No me digas?

—Exacto, así es su religión.

—Ahora creo que estás mezclando cristianismo e islamismo.

—Bueno, Ivan y yo ya hemos terminado —dijo el policía de la patrulla canina que bajaba las escaleras en ese momento.

—Encontramos un par de chuletas en la basura, eso es todo. ¿Sabes si ha habido aquí otros perros últimamente?

Harry miró a Willy. Éste sólo negó con la cabeza. La expresión de su cara indicaba que no le saldría la voz.

—Ivan reaccionó en la entrada como si hubiese olfateado a algún perro, pero sería otra cosa, supongo. Estamos listos para dar una vuelta por los trasteros. ¿Alguien puede acompañarnos?

—Por supuesto —dijo Willy levantándose.

Salieron por la puerta, y el policía de Seguridad Ciudadana le preguntó a Beate si podía marcharse.

—Pregúntale al jefe —respondió ella.

—Se ha dormido.

Señaló con la cabeza a Harry, que estaba probando la tumbona romana.

—Agente —dijo Harry en voz baja sin abrir los ojos—. Acércate, por favor.

El agente se colocó delante de Harry con las piernas separadas y los pulgares enganchados en el cinturón.

—¿Sí,
comisario?

Harry abrió
un
ojo.

—Si te dejas convencer por Tom Waaler una vez más y entregas un informe sobre mí, me encargaré de que patrulles en Seguridad Ciudadana durante el resto de tu carrera policial. ¿Entendido,
agente?

La musculatura facial del agente se movía inquieta. Cuando abrió la boca, Harry estaba preparado para que salieran por ella sapos y culebras, pero el agente respondió despacio y controlado.

—En primer lugar, no conozco a Tom Waaler. En segundo lugar, es mi deber informar cuando algún policía pone en peligro su vida y la de los demás colegas presentándose bebido al trabajo. Y en tercer lugar, no quiero trabajar en otro sitio que no sea en Seguridad Ciudadana. ¿Puedo irme ya,
comisario?

Harry miró fijamente al agente con el ojo de cíclope. Luego lo cerró otra vez, tragó saliva y dijo.

—De acuerdo.

Oyó cómo se cerraba la puerta de entrada y dejó escapar un suspiro. Necesitaba una copa. De inmediato.

—¿Vienes? —preguntó Beate.

—Vete tú —dijo Harry—. Yo me quedaré y ayudaré a Ivan a rastrear un poco la calle cuando terminen con los trasteros.

—¿Seguro?

—Completamente.

Harry subió las escaleras y salió a la terraza. Observó las golondrinas y escuchó los sonidos procedentes de las ventanas abiertas al patio interior. Levantó la botella de vino tinto de la mesa. Quedaba un poquito. La apuró, saludó con la mano a Ruth y a «El Águila de Trondheim» que, después de todo, no habían bebido aún lo suficiente, y volvió a entrar.

Lo notó inmediatamente al abrir la puerta del dormitorio. Lo había notado ya en numerosas ocasiones, pero nunca supo de dónde venía aquel silencio de los dormitorios de personas extrañas.

Aún se apreciaban las señales de la reforma.

Delante del armario había una puerta de espejo sin montar y al lado de la cama doble ya hecha, una caja de herramientas abierta. Encima de la cama colgaba una foto de Willy y Lisbeth. Harry no había mirado con detenimiento las fotos que Willy le había entregado a los de Seguridad Ciudadana, pero ahora vio que Ruth tenía razón, Lisbeth era realmente una muñeca. Rubia con brillantes ojos azules y un cuerpo delgado y esbelto. Era diez años más joven que Willy, como mínimo. En la foto se les veía bronceados y felices. Quizá de vacaciones en el extranjero. Detrás de ellos se atisbaba un edificio magnífico y una estatua ecuestre. Un lugar de Francia, Normandía, tal vez.

Harry se sentó en el borde de la cama y se sorprendió al comprobar que cedía bajo su peso. Una cama de agua. Se echó hacia atrás y notó cómo el colchón se acoplaba a su cuerpo. Experimentó una profunda sensación de bienestar al sentir la funda del edredón fresca en sus brazos desnudos. Cuando él se movía, el agua chapoteaba al dar con la cara interior del colchón de goma. Cerró los ojos.

Rakel. Estaban en un río. No, en un canal. Se balanceaban en un barco y el agua besaba los laterales del barco con un chasquido intermitente. Estaban bajo la cubierta y Rakel yacía inmóvil a su lado en la cama. Se rió bajito cuando él le susurró. Ahora fingía estar dormida. A ella le gustaba eso. Fingir que dormía. Era como un juego entre los dos. Harry se dio la vuelta para mirarla. Y su mirada se encontró primero con la puerta del espejo, en el que se reflejaba toda la cama. Luego con la caja de herramientas abierta. Encima había un cincel corto con el mango de madera verde. Cogió la herramienta. Era ligera y pequeña, sin rastro de óxido bajo la fina capa de lubricante.

Iba a devolver el cincel a su lugar cuando detuvo la mano en el aire.

Había un miembro de un ser humano en la caja de herramientas. Ya lo había visto antes en el lugar del crimen. Genitales seccionados. Tardó un segundo en comprender que el pene de color carne no era más que un consolador.

Se volvió a tumbar de espaldas, todavía con el cincel en la mano. Tragó saliva.

Después de tantos años desempeñando un trabajo que incluía revisar las pertenencias y las vidas privadas de la gente, un consolador no causaba demasiada impresión. No fue por eso por lo que tragó saliva.

Aquí, en esta cama.

¡Tenía que tomar esa copa ya!

El sonido se transmite bien a través del patio interior.

Rakel.

Intentó no pensar, pero era demasiado tarde. Su cuerpo pegado al de ella.

Rakel.

Y se produjo la erección. Harry cerró los ojos y notó que la mano de ella se desplazaba, con los movimientos inconscientes y casuales de una persona dormida, para posarse en su barriga. La mano se quedó allí sin más, como si no tuviera intención de ir a ninguna parte. Los labios de ella contra su oreja, su aliento cálido que sonaba como el rugido de algo que arde. Sus caderas que empezaban a moverse en cuanto la tocaba. Los pechos pequeños y suaves con aquellos pezones sensibles que se ponían duros con tan sólo notar su respiración. Su sexo que se abría con la intención de devorarlo. Sintió una presión en la garganta, como si estuviera a punto de romper a llorar.

Harry se sobresaltó cuando oyó abrirse la puerta de abajo. Se sentó, alisó el edredón, se levantó y se miró en el espejo. Se frotó la cara con ambas manos.

Willy insistió en acompañarlos para ver si Ivan, el pastor alemán, lograba olfatear algo.

Justo cuando asomaron a la calle Sannergata, un autobús rojo salía silenciosamente de la parada. Una niña pequeña miró fijamente a Harry desde la ventanilla trasera, su cara redonda fue haciéndose más pequeña a medida que el autobús se alejaba en dirección a Rodeløkka.

Fueron hasta la tienda Kiwi y regresaron sin que el perro reaccionase.

—Eso no quiere decir que tu mujer no haya estado aquí —explicó Ivan—. En una calle de la ciudad con tráfico de vehículos y muchos otros peatones resulta difícil distinguir el olor de una persona en particular.

Harry miró a su alrededor. Tenía la sensación de ser observado, pero en la calle no había nadie, y lo único que vio en las ventanas de la hilera de fachadas era el cielo negro y sol. Paranoia de alcohólico.

—Bueno —dijo Harry al fin—. De momento, no podemos hacer nada más.

Willy los miró con desesperación.

—Todo irá bien, ya verás —dijo Harry.

Willy contestó con voz queda, como el hombre del tiempo:

—No, todo no irá bien.

—¡Ivan, ven aquí! —gritó el policía tirando de la cadena. El perro había metido el hocico debajo del parachoques frontal de un Golf que estaba aparcado al lado de la acera.

Harry le dio a Willy una palmadita en el hombro, evitando su mirada ansiosa.

—Todos los coches patrulla están avisados. Y si no ha aparecido a la medianoche, emitiremos una orden de búsqueda. ¿De acuerdo?

Willy no contestó.

Ivan seguía colgado de la cadena y no dejaba de ladrarle al Golf.

—Espera un poco —dijo el policía.

Se puso a cuatro patas y pegó la cabeza al asfalto.

—Vaya —dijo alargando el brazo por debajo del coche.

—¿Has encontrado algo? —preguntó Harry.

El policía se dio la vuelta con un zapato de tacón en la mano. Harry oyó jadear a Willy a su espalda y preguntó:

—¿Es el zapato de Lisbeth, Willy?

—No irá bien —respondió Willy—. Nada irá bien.

10
Jueves y viernes. Pesadilla

El jueves por la tarde, un vehículo rojo del servicio de Correos se detuvo ante una estafeta de Rodeløkka. El contenido del buzón se había introducido en una saca que habían depositado en la parte trasera de la furgoneta que lo llevó a la central de la calle Biskop Gunerius número 14, más conocida como el edificio Postgiro. Esa misma noche clasificaron el correo en la terminal de clasificación de la central. Lo hicieron por tamaño y el sobre marrón acolchado fue a parar a una bandeja junto con otros sobres de formato C5. El sobre pasó por varias manos, pero lógicamente nadie se fijó en ése en particular, como tampoco repararon en él durante la clasificación geográfica, durante la cual lo depositaron primero en la bandeja de Østlandet y luego en la del código postal 0032.

Cuando el sobre llegó por fin a la saca y fue a parar a la parte trasera del vehículo rojo de Correos, listo para ser distribuido a la mañana siguiente, ya había anochecido y la mayoría de los habitantes de Oslo dormían plácidamente.

—Todo irá bien —aseguró el chico dándole a la niña de la cara redonda unas palmaditas en la cabeza. Notó enseguida que el fino cabello de la pequeña se le pegaba a los dedos. Electricidad estática.

Él tenía once años. Ella sólo siete, y era su hermana pequeña. Habían ido al hospital a ver a su madre.

Llegó el ascensor, el niño abrió la puerta. Un hombre con bata blanca retiró la corredera, les sonrió y salió. Y ellos entraron.

—¿Por qué tienen un ascensor tan viejo? —preguntó la niña.

—Porque el edificio es viejo —explicó el chico cerrando la cancela.

—¿Es un hospital?

—No exactamente —respondió el hermano pulsando el botón del primer piso—. Es un lugar donde puede descansar un poco la gente que está muy cansada.

—¿Es que mamá está cansada?

—Sí, pero todo irá bien. No debes apoyarte en la puerta, Søs.

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