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Authors: Julio Verne

Tags: #Aventuras

La vuelta al mundo en 80 días (9 page)

BOOK: La vuelta al mundo en 80 días
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—Sí —repuso el brigadier general—, quemada; y si no lo fuera, no podéis figuraros a qué miserable condición se vería reducida por sus mismos deudos. Le afeitarían la cabeza, le darían por alimentos algunos puñados de arroz, la rechazarían, sería considerada como una criatura inmunda, y moriría en algún rincón como un perro sarnoso. Por eso la perspectiva de esta horrible existencia, impele con frecuencia a esas desgraciadas al suplicio mucho más que el amor o el fanatismo religioso. Algunas veces, sin embargo, el sacrificio es realmente voluntario, y se necesita la intervención enérgica del gobierno para impedirlo. Así es que, hace algunos años, yo residía en Bombay, cuando una joven viuda pidió al gobierno autorización para quemarse con el cuerpo del marido. Como podéis pensarlo, el gobierno la negó. Entonces la viuda fue a refugiarse al territorio de un rajá independiente, donde consumó su sacrificio.

Durante la relación del brigadier general, el guía movía la cabeza, y cuando aquél concluyó de hablar, éste último dijo:

—El sacrificio que ha de verificarse mañana al amanecer no es voluntario.

—¿Cómo lo sabéis?

—Es una historia que todo el mundo conoce en el Bundelkund —respondió el guía.

—Sin embargo, esa desventurada no parecía oponer resistencia —observó sir Francis Cromarty.

—Es porque la han emborrachado con zumo de cáñamo y de opio.

—¿Pero adónde la llevan?

—A la pagoda de Pillaji, a dos millas de aquí. Allí pasará la noche aguardando la hora del sacrificio.

—Y este sacrificio, ¿se verificará?

—Mañana, con los primeros albores del día.

Después de esta respuesta, el guía hizo salir al elefante de la espesura y montó sobre su cuello. Pero en el momento en que iba a excitarlo con un silbido particular, míster Fogg lo detuvo, y dirigiéndose a sir Francis Cromarty, le dijo:

—¿Y si salvásemos a esa mujer?

—¡Salvar a esa mujer, señor Fogg! — exclamó el brigadier general.

—Tengo todavía doce horas de adelanto y puedo dedicarlas a esto.

—¡Sois entonces hombre de corazón! — dijo sir Francis Cromarty.

—Algunas veces —respondió sencillamente Phileas Fogg—, cuando me sobra tiempo.

Capítulo XIII

El intento era atrevido, lleno de dificultades, impracticable quizá. Míster Fogg iba a arriesgar su vida o al menos su libertad, y por consiguiente el éxito de sus proyectos, pero no vaciló. Tenía además en sir Francis Cromarty un auxiliar decidido.

En cuanto a Picaporte, estaba preparado y se podía disponer de él. La idea de su amo lo exaltaba. Lo sentía con alma y corazón bajo aquella corteza de hielo, y le iba concibiendo cariño.

Quedaba el guía. ¿Qué partido tomaría en el asunto? ¿No estaría inclinado a favor de los indios?

A falta de concurso, era menester cuando menos asegurar la neutralidad.

Sir Francis Cromarty le planteó la cuestión con franqueza.

—Mi oficial —respondió el guía—, soy parsi—; no tan sólo arriesgamos nuestras vidas, sino suplicios horribles si nos agarran. Mirado, pues.

—Mirado está —respondió míster Fogg—. Creo que debemos aguardar la noche para obrar.

—Así lo creo también —respondió el guía.

Este valiente indio expuso entonces algunos pormenores sobre la víctima. Era una india de célebre belleza y de raza parsi, hija de ricos comerciantes de Bombay. Había recibido en esta ciudad una educación absolutamente inglesa y por sus modales y su instrucción hubiera pasado por europea. Se llamaba Aouda.

Huérfana, fue casada a pesar suyo con ese viejo rajá de Bundelkund. Tres meses después enviudó, y sabiendo la suerte que le esperaba se escapó, fue alcanzada en su fuga, y los parientes del rajá, que tenían interés en su muerte, la condenaron a este suplicio, del cual era difícil que escapara.

Esta relación tenía que arraigar en míster Fogg y sus compañeros su generosa resolución. Se decidió que el guía conduciría el elefante hacia la pagoda de Pillaji, a la cual debía acercarse todo lo posible.

Media hora después se hizo alto en un bosque a quinientos pasos de la pagoda, que no podía percibirse, pero los alaridos de los fanáticos se oían con toda claridad.

Los medios para llegar hasta la víctima fueron entonces discutidos. El guía conocía apenas esa pagoda de Pillaji, en la cual afirmaba que la joven estaba encarcelada. ¿Podía penetrarse por una de las puertas cuando toda la banda estuviese sumida en el sueño de la embriaguez, o sería necesario practicar un boquete en la pared? Esto no podía decidirse sino en el momento y en el lugar mismo; pero lo indudable era que el rapto debía verificarse aquella misma noche, y no cuando la víctima fuese conducida al suplicio, porque entonces ninguna intervención humana la salvaría.

Míster Fogg y sus compañeros aguardaron la noche, y tan luego como llegó la oscuridad, hacia las seis de la tarde, resolvieron verificar un reconocimiento alrededor de la pagoda. Los últimos gritos de los fakires se extinguían. Según su costumbre, aquellos indios debían hallarse entregados a la pesada embriaguez del
"hag",
opio líquido, mezclado con infusión de cáñamo, y tal vez sería posible deslizarse entre ellos hasta el templo.

El parsi, guiando a míster Fogg, a sir Francis Cromarty y a Picaporte, se adelantó sin hacer ruido a través del bosque. Después de arrastrarse durante diez minutos por las matas, llegaron al borde de un riachuelo y allí, a la luz de las antorchas de hierro impregnadas de resina, percibieron un montón de leña apilada. Era la hoguera forrada con sándalo precioso y bañada ya con aceite perfumado. En su parte posterior descansaba el cuerpo embalsamado del rajá, que debía arder al mismo tiempo que la viuda. A cien pasos de esta hoguera se elevaba la pagoda, cuyos minaretes penetraban en la sombra por encima de los árboles.

—Venid —dijo el guía con voz baja.

Y redoblando las precauciones, seguido de sus compañeros, se deslizó silenciosamente a través de las altas hierbas.

El silencio sólo estaba interrumpido por el murmullo del viento en las ramas.

Muy luego el guía se detuvo en la extremidad de un claro alumbrado por algunas antorchas. El suelo estaba cubierto de grupos de durmientes entorpecidos por la embriaguez. Parecía un campo de batalla sembrado de muertos. Hombres, mujeres, niños, todo allí estaba confundido. Algunos había aquí y acullá que dejaban oír el ronquido de la embriaguez.

En el fondo, entre las masas de árboles, se alzaba confusamente el templo de Pillaji; pero, con gran despecho de parte del guía, los guardias del rajá, alumbrados por antorchas fuliginosas, vigilaban la puerta, paseándose sable en mano. Podía suponerse que en el interior los sacerdotes estarían velando también.

El parsi no se adelantó más porque había reconocido la imposibilidad de forzar la entrada del templo, e hizo retroceder a sus compañeros.

Phileas Fogg y sir Francis Cromarty habían comprendido como él que no podían intentar nada por aquella parte.

Se detuvieron y hablaron en voz baja.

—Aguardemos —dijo el gobernador general— no son mas que las ocho todavía, y es posible que esos guardias sucumban también al sueño.

—Posible es en efecto —respondió el parsi.

Phileas Fogg y sus compañeros se recostaron, pues, al pie de un árbol y esperaron.

El tiempo les pareció largo. De vez en cuando el guía los dejaba e iba a observar.

Los guardias del rajá se huían siempre vigilando a la luz de las antorchas, y una luz vaga se filtraba por las ventanas de la pagoda.

Esperaron hasta medianoche. La situación no cambió. Había afuera la misma vigilancia, y era evidente que no podía contarse con el sueño de los guardias. La embriaguez del
"hag"
les había sido probablemente ahorrada. Era menester, pues, obrar de otro modo y penetrar por una abertura practicada en las murallas de la pagoda. Restaba la cuestión de saber si los sacerdotes vigilaban cerca de su víctima con tanto cuidado como los soldados en la puerta del templo.

Después de otra conversación, el guía estuvo dispuesto a marchar. Míster Fogg, sir Francis y Picaporte lo siguieron. Dieron una vuelta bastante larga a fin de alcanzar la pagoda por atrás.

A las doce y media de la noche llegaron al pie de los muros sin haber hallado a nadie.

Ninguna vigilancia existía por ese lado, pero ni había puertas ni ventanas.

La noche estaba sombría. La luna, entonces en su último cuarto, desaparecía apenas del horizonte, encapotado por algunos nubarrones. La altura de los árboles aumentaba aún en la oscuridad.

Pero no bastaba haber llegado al pie de las murallas, sino que era preciso practicar un boquete, y para esta operación Phileas Fogg y sus compañeros no tenían otra cosa más que navajas. Por fortuna las paredes del templo se componían de una mezcla de ladrillos y madera que no era difícil perforar. Una vez quitado el primer ladrillo, los otros seguirían con facilidad.

Se pusieron a trabajar haciendo el menor ruido posible. El parsi por un lado y Picaporte por otro trabajaban en arrancar los ladrillos, de modo que pudiera obtenerse un boquete de dos pies de anchura.

El trabajo adelantaba, cuando se oyó un grito dentro del templo, y casi al punto le respondieron desde fuera otros gritos.

Picaporte y el guía interrumpieron su trabajo. ¿Los habían sorprendido? ¿Se había dado el alerta?

La prudencia más vulgar les recomendaba que se fueran, lo cual hicieron al propio tiempo que Phileas Fogg y sir Francis Cromarty. Se ocultaron de nuevo bajo la espesura del bosque, aguardando que la alarma, si la había, se desvaneciese, y dispuestos a proseguir la operación.

Pero, ¡contratiempo funesto! Aparecieron unos guardias al otro lado de la pagoda, instalándose allí para impedir la aproximación.

Difícil sería escribir el despecho de aquellos cuatro hombres interrumpidos en su tarea. Ahora que no podían llegar hasta la víctima, ¿cómo la salvarían? Sir Francis Cromarty se roía los puños. Picaporte estaba fuera de sí y apenas podía el guía contenerlo.

El impasible Fogg aguardaba sin expresar sus sentimientos.

—¿Ya no resta más que echar a andar? — Preguntó el brigadier general en voz baja.

—No tenemos otro remedio —respondió el guía.

—Aguardad —dijo Fogg—. Me basta llegar a Allahabad antes de mediodía.

—Pero, ¿qué esperáis? —Respondió sir Francis Cromarty—. Dentro de algunas horas será de día, y...

—La suerte, que nos es esquiva, puede aparecer en el supremo momento.

El brigadier general hubiera querido poder leer en los ojos de Phileas Fogg.

¿Con qué pensaba contar aquel inglés frío y calmoso? ¿Quería precipitarse sobre la joven en el momento del suplicio y arrebatarla a sus verdugos abiertamente?

Locura hubiera sido, y no podía admitirse que aquel hombre estuviera loco hasta ese extremo. Sin embargo, sir Francis consintió en aguardar hasta el desenlace de tan terrible escena; pero el guía no dejó a sus compañeros en el paraje donde se habían refugiado, sino que los llevó al sitio que precedía a la plazoleta donde dormían los indios. Abrigados nuestros viajeros por un grupo de árboles, podían observar lo que había de pasar sin ser visto.

Entretanto, Picaporte, sentado sobre las primeras ramas de un árbol, estaba rumiando una idea que primeramente había cruzado por su mente como un relámpago, y acabó por incrustarse en su cerebro.

Había comenzado por decir para sí: "¡Qué locura!" Y ahora repetía: "¿Y porqué no? ¡Es una probabilidad, tal vez la única, y con semejantes brutos...!"

En todo caso, Picaporte no formuló de otro modo su pensamiento; pero no tardó en deslizarse con una flexibilidad de serpiente bajo las ramas inferiores del árbol, cuya extremidad se inclinaba hacia el suelo.

Pasaban las horas, y bien pronto algunos matices menos sombríos anunciaron la proximidad del día. La oscuridad era profunda sin embargo.

Aquel era el momento preciso. Hubo como una resurrección en la multitud adormecida. Los grupos se animaron. Había llegado para la desdichada víctima la hora de la muerte.

En efecto, las puertas de la pagoda se abrieron. Una luz más viva se escapó del interior. Míster Fogg y sir Francis Cromarty pudieron percibir a la víctima vivamente alumbrada, que dos sacerdotes sacaban fuera. Hasta les pareció que, sacudiendo el entorpecimiento de la embriaguez por un supremo instinto de conservación, la desgraciada intentaba escaparse de entre sus verdugos. El corazón de sir Francis Cromarty palpitó, y por un movimiento convulsivo, asiendo la mano de Phileas Fogg, sintió que esta mano llevaba una navaja abierta.

En este momento la multitud se puso en movimiento. La joven habíase caído en aquel entorpecimiento provocado por el humo del cáñamo. Pasó por entre los fakires que la escoltaban con sus vociferaciones religiosas.

Phileas Fogg y sus compañeros la siguieron, mezclándose entre las últimas filas de la multitud.

Dos minutos después llegaban al borde del río y se detenían a menos de cincuenta pasos de la hoguera, sobre la cual estaba el cuerpo del rajá. Entre la semioscuridad vieron a la víctima absolutamente inerte, tendida junto al cadáver de su esposo.

Después acercaron una tea, y la leña impregnada de aceite se inflamó inmediatamente.

Entonces sir Francis y el guía retuvieron a Phileas Fogg, que en un momento de generosa demencia quiso arrojarse sobre la hoguera...

Pero Phileas Fogg los había ya repelido, cuando la escena cambió de repente. Hubo un grito de terror, y toda aquella muchedumbre se arrojó a tierra amedrentada.

Creyeron que el viejo rajá no había muerto, puesto que lo vieron de repente levantarse, tomar a la joven mujer en sus brazos y bajar de la hoguera en medio de torbellinos de humo que le daban una apariencia de espectro.

Los fakires, los guardias, los sacerdotes, acometidos de súbito terror, estaban tendidos boca abajo sin atreverse a levantar la vista ni mirar semejante prodigio.

La víctima inanimada pasó a los vigorosos brazos que la llevaban sin que les pareciese pesada. Fogg y Francis habían permanecido de pie; el parsi había inclinado la cabeza, y es probable que Picaporte no estuviese menos estupefacto.

El resucitado llegó a donde estaban míster Fogg y sir Francis Cromarty, y con voz breve, dijo:

—¡Huyamos!

¡Era Picaporte mismo quien se había deslizado hasta la hoguera en medio del denso humo! ¡Era Picaporte quien, aprovechando la oscuridad que reinaba todavía, había libertado a la joven de la muerte! ¡Era Picaporte quien, haciendo su papel con atrevida audacia, pasaba en medio del espanto general!

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