Read La vuelta al mundo en 80 días Online

Authors: Julio Verne

Tags: #Aventuras

La vuelta al mundo en 80 días (11 page)

BOOK: La vuelta al mundo en 80 días
5.78Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

míster Fogg, Aouda y Picaporte, fueron conducidos a un
"palki-ghari",
especie de carruaje de cuatro ruedas y cuatro asientos, tirado por dos caballos. Partieron sin que nadie hablase durante el trayecto, que duró unos veinte minutos.

El carruaje atravesó primeramente la ciudad "negra" de calles estrechas formadas por unos casuchos donde pululaba una población cosmopolita, sucia y andrajosa, y luego pasó por la ciudad europea, embellecida con casas de ladrillos, adornada de palmeras, erizadas de arboladuras, y que, a pesar de la hora, temprana, estaba ya recorrida por elegantes jinetes y magníficos carruajes.

El
"palki-ghari"
se paró delante de un edificio de apariencia sencilla, pero que no parecía apropiado para usos domésticos. El agente hizo bajar a sus presos —pues podía dárseles ese nombre— y los llevó a un aposento con rejas, diciéndoles:

—A las ocho y media compareceréis ante el juez Obadiah.

Y luego se retiró cerrando la puerta.

—¡Vamos, nos han agarrado! —exclamó Picaporte dejándose caer sobre una silla.

Aouda procurando en vano disfrazar su emoción, dijo a míster Fogg:

—¡Es necesario que me abandonéis! ¡Os veis perseguido por mí! ¡Es por haberme salvado!

Phileas Fogg se contentó con responder que eso no era posible. ¡Perseguido por ese asunto del
"sutty"!
¡Inadmisible! ¿Cómo se habían de atrever a presentarse los que se querellasen? Había sin duda alguna equivocación. míster Fogg añadió que, en todo caso, no abandonaría a la joven y la conduciría a Hong-Kong.

—¡Pero el buque se marcha a las tres! — dijo Picaporte.

—Antes de las tres estaremos a bordo — respondió sencillamente el impasible
gentleman.

Quedó esto afirmado tan terminantemente que Picaporte no pudo menos de decir para sí:

—¡Diantre, cierto será! Antes de las dos estaremos a bordo.

Pero esto no lo tranquilizaba.

A las ocho y media la puerta del cuarto se abrió. El agente de policía volvió a presentarse e introdujo a los presos en la pieza vecina. Era una sala de audiencias, y había un público bastante numeroso compuesto de europeos y de indígenas, que ocupaba el pretorio.

Míster Fogg, mistress Aouda y Picaporte, se sentaron en un banco frente a los asientos reservados para el juez y el escribano.

Ese juez, el juez Obadiah, no tardó en llegar seguido del escribano. Era un señorón regordete. Descolgó una peluca colgada de un clavo y se la puso con presteza.

—La primera causa —dijo; pero llevando la mano a su cabeza, exclamó—: ¡Eh! ¡Si no es mi peluca!

—En efecto, señor Obadiah, es la mía — repuso el escribano.

—Querido señor Oysterpuf, ¿cómo queréis que un juez pueda dictar una buena sentencia con la peluca de un escribano?

Se verificó el cambio de pelucas. Durante estos preliminares, Picaporte hervía de impaciencia porque la aguja le parecía andar terriblemente aprisa en el reloj grande del pretorio.

—La primera causa —repuso entonces el juez Obadiah.

—¿Phileas Fogg? —dijo el escribano Oysterpuf.

—Heme aquí —respondió míster Fogg.

—¿Picaporte?

—¡Presente! —respondió Picaporte.

—¡Bien! —dijo el juez Obadiah—. Hace dos días, acusados, que os están espiando en todos los trenes de Bombay.

—Pero, ¿de qué nos acusan? —exclamó Picaporte impaciente.

—Vais a saberlo —respondió el juez.

—Caballero —dijo entonces míster Fogg—, soy ciudadano inglés y tengo derecho...

—¿Os han faltado a los miramientos? — preguntó míster Obadiah.

—De ningún modo.

—¡Bien! Haced entrar a los querellantes.

Por orden del juez se abrió una puerta, y tres sacerdotes indios fueron introducidos por un alguacil.

—¿No lo decía yo? —dijo Picaporte—. ¡Esos bribones son los que querían quemar a esa joven señora!

Los sacerdotes se mantuvieron de pie delante del juez, y el escribano leyó en voz alta una querella de sacrilegio formulada contra el señor Phileas Fogg y su criado, acusados de haber profanado un lugar consagrado por la religión brahmánica.

—¿Habéis oído? —preguntó el juez a Phileas Fogg.

—Sí, señor —respondió míster Fogg mirando el reloj—, y lo confieso.

—¡Ah! ¿Conque lo confesáis?

—Lo confieso, y estoy aguardando que esos tres sacerdotes declaren a su vez lo que querían hacer en la pagoda de Pillaji.

Los sacerdotes se miraron. No comprendían al parecer nada en las palabras del acusado.

—¡Sin duda! —exclamó impetuosamente Picaporte—. ¡En esa pagoda de Pillaji, ante la cual iban a quemar a su víctima!

Los sacerdotes volvieron a quedar estupefactos, asombrándose profundamente el juez Obadiah.

—¿Qué víctima? —preguntó—. ¿Quemar a quién? ¿En medio de la ciudad de Bombay?

—¿Bombay? —exclamó Picaporte.

—Sin duda no se trata de la pagoda de Pillaji, sino de la pagoda de Malebar-Hill, en Bombay.

—Y como pieza de convicción, he aquí los zapatos del profanador —añadió el escribano colocando un par de ellos encima de la mesa.

—¡Mis zapatos! —exclamó Picaporte, quien altamente sorprendido no pudo contener esa involuntaria exclamación.

Fácil es comprender lo confundidos que quedaron amo y criado. Se habían olvidado del incidente de Bombay, y éste era precisamente lo que los traía ante el magistrado de Calcuta.

En efecto, el agente Fix había comprendido todo el partido que podía sacar de ese desgraciado asunto. Atrasando su marcha doce horas había ido a aconsejar lo que debían hacer los sacerdotes de Malebar-Hill. Les había prometido resarcimiento de perjuicios, sabiendo muy bien que el gobierno inglés se mostraba muy severo con esos delitos, y después por el tren siguiente los había hecho ir en seguimiento de los culpables. Pero a causa del tiempo empleado en dar libertad a la joven viuda, Fix y los indios llegaron a Calcuta antes que Phileas Fogg y su criado, a quienes los magistrados, prevenidos por despacho telegráfico, debían prender al apearse del tren.

Júzguese el despecho de Fix cuando supo que Phileas Fogg no había llegado a la capital del Indostán. Debió creer que el ladrón, deteniéndose en una de las estaciones, se había refugiado en una de las provincias septentrionales. Durante las veinticuatro horas, Fix estuvo de acecho en la estación, entregado a mortales inquietudes. ¡Cuál fue después su alegría al verlo aquella misma mañana bajar del vagón en compañía, es cierto, de una joven cuya presencia no podía explicar! Al punto envió contra él un agente de policía, y de esa manera Fogg, Picaporte y la viuda del rajá de Bundelkund fueron conducidos ante el juez Obadiah.

Y no estando Picaporte tan preocupado, hubiera visto en un rincón del pretorio al "detective", que asistía al juicio con interés fácil de comprender, porque en Calcuta como en Bombay y como en Suez, no tenía aún el mandato de prisión.

Entretanto, el juez Obadiah había tomado acta de la confesión, que se le había escapado a Picaporte, quien hubiera dado todo lo que poseía por poder retirar sus imprudentes palabras.

—¿Los hechos se confiesan? —dijo el juez.

—Confesados —respondió míster Fogg.

—Visto —repuso el juez —que la ley inglesa entiende proteger igual y rigurosamente todas las religiones de las poblaciones indias; estando el delito confesado por el señor Picaporte; convencido de haber profanado con sacrílego pie el pavimento de la pagoda de Malebar-Hill, en Bombay, el día 20 de octubre, condena al susodicho Picaporte a quince días de prisión y una multa de trescientas libras.

—¿Trescientas libras? —exclamó Picaporte, que sólo se manifestó impresionado por la multa.

—¡Silencio! —dijo el alguacil con áspera voz.

—Y —añadió el juez Obadiah—, considerando que no está materialmente probado que haya dejado de haber convivencia entre el criado y el amo, y que en todo caso éste es responsable de los hechos y gestiones de quienes tiene a su servicio, condeno al señor Phileas Fogg a ocho días de prisión y ciento cincuenta libras de multa. Escribano, llamad a otros.

Fix, en su rincón, experimentaba una satisfacción indecible. Phileas Fogg, detenido ocho días en Calcuta, era más de lo que necesitaba para dar tiempo a que el mandamiento llegase.

Picaporte estaba atolondrado. Esta sentencia arruinaba a su amo. Una apuesta de veinte mil libras perdida, y todo por haber tenido la curiosidad de entrar en aquella maldita pagoda.

Phileas Fogg, tan dueño de sí, como si la sentencia no te hubiese alcanzado, no había movido tan siquiera las cejas. Pero en el momento en que el escribano llamaba a otro juicio, se levantó y dijo:

—Ofrezco caución.

—Tenéis el derecho de hacerlo —respondió el juez.

Fix sintió frío en sus fibras, pero recobró su tranquilidad cuando oyó que el juez, atendida la cualidad de extranjeros de Phileas Fogg y su criado, fijaba la caución para cada uno de ellos en la enorme suma de mil libras.

Eran dos mil libras más de gasto para míster Fogg si no cumplía la condena.

—¡Pago! —exclamó el
gentleman.

Y retiró del saco que llevaba Picaporte un paquete de billetes de banco que dejó sobre la mesa del escribano.

—Esta suma os será devuelta al salir de la cárcel —dijo el juez—. Entretanto, estáis libre.

—Venid —dijo Phileas Fogg a su criado.

—¡Pero al menos que me devuelvan mis zapatos! —exclamó Picaporte con un movimiento de rabia.

Le devolvieron sus zapatos.

—¡Bien caros cuestan! —dijo entre dientes—. ¡Más de mil libras cada uno! ¡Sin contar que me hacen daño!

Picaporte siguió con actitud compungida a míster Fogg, que había ofrecido su brazo a la joven. Fix esperaba todavía que el ladrón no se decidiera a perder la suma de dos mil libras y que cumpliría sus ocho días de cárcel. Echó, pues, a andar tras de míster Fogg. Tomó éste un coche, en el cual Aouda, Picaporte y él subieron en seguida. Fix corrió detrás del coche, que se detuvo en uno de los muelles.

A media milla en rada, el
"Rangoon"
estaba aparejando con su pabellón de marcha izado sobre el mástil. Daban las once. Míster Fogg llegaba, pues, con una hora de adelanto. Fix lo vio apearse y entrar en un bote con Aouda y su criado. El agente dio con el pie en el suelo.

—¡Bribón! —exclamó—. ¡Se marcha! ¡Dos mil libras sacrificadas! ¡Pródigo como un ladrón! ¡Ah! ¡Lo seguiré hasta el fin del mundo si es menester; pero al paso que va, todo el dinero robado se habrá ido!

El inspector de policía tenía sus fundamentos para hacer esta reflexión. En efecto; desde que se había marchado de Londres, entre gastos de viaje, primas, compras de elefantes, cauciones y multas, Phileas Fogg había sembrado ya más de cinco mil libras por el camino, y el tanto por ciento que se concede a los policías sobre lo recobrado iba siempre bajando.

Capítulo XVI

El
"Rangoon",
uno de los buques que la Compañía Peninsular y Oriental emplea para el servicio del mar de China y del Japón, era un vapor de hierro, de hélice, con el aforo en bruto de mil setecientas toneladas, y la fuerza nominal de cuatrocientos caballos. Igualaba al
"Mongolia"
en velocidad, pero no en comodidades. Por eso mistress Aouda no estuvo tan bien instalada como lo hubiera deseado Phileas Fogg. Por lo demás, tratándose sólo de una travesía de tres mil quinientas millas, o sea de once a doce días, la joven no fue viajera de difícil acomodo.

Durante los primeros días de la travesía, mistress Aouda contrajo mayor intimidad con Phileas Fogg. En todas ocasiones le manifestaba el más vivo reconocimiento. El flemático
gentleman
la escuchaba, en apariencia al menos, con la mayor frialdad, sin que una entonación ni un ademán revelasen la más ligera emoción. Cuidaba que nada faltase a la joven. A ciertas horas acudía regularmente, si no a hablar, al menos a escucharla. Cumplía con ella los deberes de urbanidad más estricta, pero con la gracia y la imprevisión de un autómata cuyos movimientos se hubiesen dispuesto para ese fin. Aouda no sabía qué pensar de ello, pero Picaporte le había explicado algo de la excéntrica personalidad de su amo. Le había instruido de la apuesta que le hacía dar la vuelta al mundo. Mistress Aoulda se había sonreído; pero al fin le debía la vida, y su salvador no podía salir perdiendo en que ella lo viese al través de su reconocimiento.

Mistress Aouda confirmó la noticia que el guía indio había hecho de su interesante historia. Pertenecía ella, en efecto, a esa raza que ocupa el primer lugar entre los indígenas. Varios negociantes parsis han hecho grandes fortunas en las Indias en el comercio de algodones. Uno de ellos, sir James Jejeebhoy, ha sido ennoblecido por el gobierno inglés, y Aouda era pariente de ese rico personaje que habitaba en Bombay. Contaba ella con encontrar en Hong-Kong al honorable Jejeeb, primo de sir Jejeebhoy. ¿Hallaría allí refugio y protección? No podría asegurarlo, y a eso respondía míster Fogg que no se inquietara porque todo se arreglaría matemáticamente. Estas fueron sus palabras.

¿Comprendía la joven viuda la significación de tan horrible adverbio? No se sabe; pero sus hermosos ojos, límpidos como los sagrados lagos del Himalaya, se fijaban sobre los de Fogg, quien, tan intratable y tan abotonado como siempre, no parecía dispuesto a arrojarse en el referido lago.

Esta primera parte de la travesía del
"Rangoon"
se efectuó con excelentes condiciones. El tiempo era bonancible, y toda la porción de la inmensa bahía que los marineros llaman los "brazos del Bengala", se mostró favorable a la marcha del vapor.

El
"Rangoon"
no tardó en cruzar por delante del Gran Andaman, que era la principal isla de un grupo que los navegantes divisan desde lejos, por su pintoresca montaña de Saddle Peek, de dos mil cuatrocientos pies de altura.

Se fue siguiendo la costa de bastante cerca. Los salvajes papúas de la isla no se mostraron. Son unos seres colocados en el último grado de la escala humana, pero que han sido indudablemente considerados como antropófagos.

El desarrollo panorámico de las islas era soberbio. Inmensos bosques de palmeras asiáticas, arecas, bambúes, moscadas, tecks, mimosas gigantescas, helechos arborescentes cubrían el primer plano del país, perfilándose atrás los elegantes contornos de las montañas. Sobre la costa pululaban a millares esas preciosas salanganas, cuyos nidos comestibles son un manjar muy apetitoso en el Celeste Imperio. Pero todo este espectáculo variado, ofrecido a las miradas por el grupo de las Andaman, paso pronto, y el
"Rangoon"
se dirigió con rapidez hacia el estrecho de Malaca, que debía darle acceso a los mares de la China.

BOOK: La vuelta al mundo en 80 días
5.78Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Over the Line by Lisa Desrochers
Keep on Running by Phil Hewitt
Personal Statement by Williams, Jason Odell
Gangsters' Wives by Tammy Cohen
The Truth About Letting Go by Leigh Talbert Moore
The Cradle Robbers by Ayelet Waldman
Snowbound with a Stranger by Rebecca Rogers Maher