Las intermitencias de la muerte

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En un país cuyo nombre no será mencionado se produce algo nunca visto desde el principio del mundo: la muerte decide suspender su trabajo letal, la gente deja de morir. La euforia colectiva se desata, pero muy pronto dará paso a la desesperación y al caos. Sobran los motivos. Si es cierto que las personas ya no mueren, eso no significa que el tiempo haya parado. El destino de los humanos será una vejez eterna. Se buscarán maneras de forzar a la muerte a matar aunque no lo quiera, se corromperán las conciencias en los «acuerdos de caballeros» explícitos o tácitos entre el poder político, las mafias y las familias, los ancianos serán detestados por haberse convertido en estorbos irremovibles. Hasta el día en que la muerte decide volver... Arrancando una vez más de una proposición contraria a la evidencia de los hechos corrientes, José Saramago desarrolla una narrativa de gran fecundidad literaria, social y filosófica que sitúa en el centro la perplejidad del hombre ante la impostergable finitud de la existencia. Parábola de la corta distancia que separa lo efímero y lo eterno, Las intermitencias de la muerte bien podría terminar tal como empieza: «Al día siguiente no murió nadie».

José Saramago

Las intermitencias de la muerte

ePUB v1.1

jabo
19.06.11

A Pilar, mi casa

Sabremos cada vez menos

qué es un ser humano

LIBRO DE LAS PREVISIONES

Piensa por ex. más en la muerte, - & sería

extraño en verdad que no tuvieras que conocer por

ese hecho nuevas representaciones, nuevos ámbitos

del lenguaje.

WITTGENSTEIN

1

Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta recordar que no existe noticia en los cuarenta volúmenes de la historia universal, ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenómeno semejante, que pasara un día completo, con todas sus pródigas veinticuatro horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas, sin que se produjera un fallecimiento por enfermedad, una caída mortal, un suicidio conducido hasta el final, nada de nada, como la palabra nada. Ni siquiera uno de esos accidentes de automóvil tan frecuentes en ocasiones festivas, cuando la alegre irresponsabilidad o el exceso de alcohol se desafían mutuamente en las carreteras para decidir quién va a llegar a la muerte en primer lugar. El fin de año no había dejado tras de sí el habitual y calamitoso reguero de óbitos, como si la vieja Átropos de regaño amenazador hubiese decidido envainar la tijera durante un día. Sangre, sin embargo, hubo, y no poca. Desorientados, confusos, horrorizados, dominando a duras penas las náuseas, los bomberos extraían de la amalgama de destrozos míseros cuerpos humanos que, de acuerdo con la lógica matemática de las colisiones, deberían estar muertos y bien muertos, pero que, pese a la gravedad de las heridas y de los traumatismos sufridos, se mantenían vivos y así eran transportados a los hospitales, bajo el sonido dilacerante de las sirenas de las ambulancias. Ninguna de esas personas moriría en el camino y todas iban a desmentir los más pesimistas pronósticos médicos, Este pobre diablo no tiene remedio posible, no merece la pena perder tiempo operándolo, le decía el cirujano a la enfermera mientras ésta le ajustaba la mascarilla a la cara. Realmente, quizá no hubiera salvación para el desdichado el día anterior, pero lo que quedaba claro era que la víctima se negaba a morir en éste. Y lo que sucedía aquí, sucedía en todo el país.

Hasta la medianoche en punto del último día del año aún hubo gente que aceptó morir en el más fiel acatamiento de las reglas, tanto las que se refieren al fondo de la cuestión, es decir, se acabó la vida, como las que se atienen a las múltiples formas en que éste, el dicho fondo de la cuestión, con mayor o menor pompa y solemnidad, suele revestirse cuando llega el momento fatal. Un caso sobre todos interesante, obviamente por tratarse de quien se trata, es el de la ancianísima y veneranda reina madre. A las veintitrés horas y cincuenta y nueve minutos de aquel treinta y uno de diciembre nadie sería tan ingenuo para apostar el palo de una cerilla quemada por la vida de la real señora. Perdida cualquier esperanza, rendidos los médicos ante la implacable evidencia, la familia real, jerárquicamente dispuesta alrededor del lecho, esperaba con resignación el último suspiro de la matriarca, tal vez unas palabras, una última sentencia edificante para la formación moral de los amados príncipes sus nietos, tal vez una bella y redonda frase dirigida a la siempre ingrata retentiva de los súbditos futuros. Y después, como si el tiempo se hubiera parado, no sucedió nada. La reina madre no mejoró ni empeoró, se quedó como suspendida, balanceándose el frágil cuerpo en el borde de la vida, amenazando a cada instante con caer hacia el otro lado, pero atada a éste por un tenue hilo que la muerte, sólo podía ser ella, no se sabe por qué extraño capricho, seguía sosteniendo. Ya estamos en el día siguiente, y en él, como se informó nada más empezar este relato, nadie iba a morir.

La tarde ya estaba muy avanzada cuando comenzó a circular el rumor de que, desde la entrada del nuevo año, más exactamente desde las cero horas de este día uno de enero en que estamos, no había constancia de que se hubiera producido en el país fallecimiento alguno. Podría pensarse, por ejemplo, que el rumor tuviera origen en la sorprendente resistencia de la reina madre a desistir de la poca vida que aún le restaba, pero lo cierto es que el habitual parte médico distribuido por el gabinete de prensa de palacio a los medios de comunicación social aseguraba no sólo que el estado general de la real enferma había experimentado una visible mejoría durante la noche, sino que incluso sugería y hasta daba a entender, eligiendo cuidadosamente las palabras, la posibilidad de un completo restablecimiento de la importantísima salud.

En su primera manifestación el rumor podría haber partido con toda naturalidad de una agencia de pompas fúnebres y traslados, Por lo visto nadie parece dispuesto a morir en el primer día del año, o de un hospital, Ese tipo de la cama veintisiete ni ata ni desata, o del portavoz de la policía de tráfico, Es un auténtico misterio que, habiéndose producido tantos accidentes en la carretera, no haya ni un muerto para muestra.

El rumor, cuya fuente primigenia nunca fue descubierta, aunque a la luz de lo que sucederá después eso importe poco, llegó pronto a los periódicos, a la radio, a la televisión, e hizo que inmediatamente las orejas de los directores, adjuntos y redactores jefes se alertaran, son personas preparadas para olfatear a distancia los grandes acontecimientos de la historia del mundo y entrenadas para agrandarlos siempre que tal convenga. En pocos minutos ya estaban en la calle decenas de reporteros de investigación haciendo preguntas a todo bicho viviente que se les pusiera por delante, mientras que en las caldeadas redacciones los teléfonos se agitaban y vibraban con idéntico frenesí indagador. Se realizaron llamadas a los hospitales, a la cruz roja, a la morgue, a las funerarias, a las policías, a todas, con comprensible exclusión de la secreta, y las respuestas llegaban siempre con las mismas lacónicas palabras, No hay muertos. Más suerte tuvo aquella joven reportera de televisión a quien un transeúnte, alternando la mirada entre ella y la cámara, contó un suceso vivido en persona y que era copia exacta del ya citado episodio de la reina madre, Estaba sonando la medianoche, dijo, cuando mi abuelo, que parecía a punto de expirar, abrió los ojos de repente antes de que sonase la última campanada del reloj de la torre, como si se hubiese arrepentido del paso que iba a dar, y no murió. La reportera, hasta tal punto estimulada con lo que acababa de oír, sin atender a súplicas ni protestas, Por favor, señora, no puedo, tengo que ir a la farmacia, mi abuelo necesita la medicina, empujó al hombre hasta dentro de la unidad móvil, Venga, venga conmigo, su abuelo ya no necesita medicinas, gritó, y a continuación ordenó regresar al estudio de televisión, donde en ese preciso instante se estaba preparando todo para un debate entre tres especialistas en fenómenos paranormales, a saber, dos brujos reputados y una famosa vidente, convocados a toda prisa para analizar y dar su opinión sobre lo que ya comenzaba a ser llamado por algunos graciosos, de esos que no respetan nada, la huelga de la muerte. La confiada periodista trabajaba partiendo de la más grave de las equivocaciones, porque había interpretado las palabras de su fuente informativa como significando que el moribundo, en sentido literal, se arrepintió del paso que estaba a punto de dar, o sea, morir, finar, estirar la pata, y por tanto decidió dar marcha atrás. Sin embargo, las palabras que el feliz nieto pronunció efectivamente, Como si se hubiese arrepentido, eran radicalmente diferentes de un perentorio Se arrepintió. Unas cuantas luces de sintaxis elemental y una mayor familiaridad con las elásticas sutilezas de los tiempos verbales habrían evitado el equívoco y el consiguiente rapapolvo que la pobre muchacha, roja de vergüenza y humillación, tuvo que soportar de su jefe directo. Lo que no podían imaginar, ni uno ni otra, es que la tal frase, pronunciada en directo por el entrevistado y nuevamente escuchada en la grabación que emitió el telediario de la noche, sería entendida de la misma equivocada manera por millones de personas, lo que acabará teniendo como desconcertante consecuencia, en un futuro muy próximo, la creación de un movimiento de ciudadanos firmemente convencidos de que con la simple acción de la voluntad se puede vencer a la muerte y que, por consiguiente, la inmerecida desaparición de tantas personas en el pasado se habría debido a una censurable flaqueza de voluntad de las generaciones anteriores. Pero las cosas no se quedaron así. Dado que las personas, sin que para tal tengan que acometer ningún esfuerzo perceptible, seguirán sin morir, otro movimiento popular de masas, dotado de una visión prospectiva más ambiciosa, proclamó que el mayor sueño de la humanidad desde el principio de los tiempos, es decir, el gozo feliz de una vida eterna aquí en la tierra, se había convertido en un bien para todos, como el sol que nace todos los días y el aire que respiramos. Pese a disputarse, por decirlo así, el mismo electorado, hubo un punto en que los dos movimientos supieron ponerse de acuerdo, y fue nombrar para la presidencia honoraria, dada su eminente calidad de precursor, al intrépido veterano que, en el instante supremo, había desafiado y derrotado a la muerte. Hasta donde se sabe, no se le atribuyó particular importancia al hecho de que el abuelo se encuentre en estado de coma profundo y, según todos los indicios, irreversible.

Aunque la palabra crisis no sea ciertamente la más apropiada para caracterizar los singularísimos sucesos que venimos narrando, por tanto sería absurdo, incongruente y atentatorio contra la lógica más común hablar de crisis en una situación existencial justamente privilegiada por la ausencia de la muerte, se comprenderá que algunos ciudadanos, celosos de su derecho a una información veraz, se pregunten a sí mismos, y unos a otros, qué diablos pasa con el gobierno, que hasta ahora no ha dado la menor señal de vida. Es cierto que el ministro de sanidad, interpelado cuando pasaba en el breve intervalo entre dos reuniones, había explicado a los periodistas que, teniendo en cuenta la falta de elementos suficientes de juicio, cualquier declaración oficial sería forzosamente prematura, Estamos tratando de colegir las informaciones que nos llegan de todo el país, añadió, y realmente en ninguna se hace mención de fallecimientos, pero, como se puede suponer, pillados por sorpresa como todo el mundo, todavía no estamos preparados para enunciar una primera idea sobre el origen del fenómeno y sobre sus implicaciones, tanto las inmediatas como las futuras. Podría haberse quedado aquí, lo que, teniendo en cuenta las dificultades de la situación, ya sería de agradecer, pero el conocido impulso de recomendar tranquilidad a las personas a propósito de todo y de nada, de mantenerlas sosegadas en el redil sea como sea, ese tropismo que en los políticos, en particular si están en el gobierno, se ha convertido en una segunda naturaleza, por no decir automatismo, movimiento mecánico, le obligó a rematar la intervención de la peor manera, Como responsable de la cartera de sanidad, les aseguro a quienes me escuchan que no existe motivo alguno de alarma, Si he entendido bien lo que acabo de oír, observó un periodista con tono que no quería parecer demasiado irónico, en su opinión de ministro no es alarmante el hecho de que nadie esté muriendo, Exacto, aunque con otras palabras, es eso mismo lo que he dicho, Señor ministro, permítame que le recuerde que todavía ayer había personas que morían y a nadie se le pasaba por la cabeza que eso fuera alarmante, Es lógico, lo habitual es morir, y morir sólo es alarmante cuando las muertes se multiplican, una guerra, una epidemia, por ejemplo, Es decir, cuando se salen de la rutina, Podría decirse así, Pero, ahora que no se encuentra a nadie dispuesto a morir, es cuando usted nos pide que no nos alarmemos, convendrá conmigo que, por lo menos, es bastante paradójico, Es la fuerza de la costumbre, reconozco que el término alarma no tiene aquí cabida, Qué otra palabra usaría entonces, señor ministro, le pregunto porque, como periodista consciente de mis obligaciones que presumo ser, me preocupa emplear el término exacto siempre que sea posible. Ligeramente enfadado con la insistencia, el ministro respondió secamente, No una, sino cuatro, Cuáles, señor ministro, No alimentemos falsas esperanzas. Habría sido, sin duda, un buen y honesto titular para el periódico del día siguiente, pero el director, tras consultar con su redactor jefe, consideró desaconsejable, incluso desde el punto de vista empresarial, lanzar ese cubo de agua fría sobre el entusiasmo popular, Ponga lo mismo de siempre, Año Nuevo, Vida Nueva, dijo.

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