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Authors: María Puncel

Tags: #Infantil y juvenil

Un duende a rayas

BOOK: Un duende a rayas
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Todo el mundo sabe que hay duendes. Todo el mundo ha oído hablar seguramente de un Duende Amarillo, de un Duende Verde o de un Duende Rojo… Lo que ya es más difícil de encontrar es un duende de dos colores. Y, desde luego, lo que no hay son duendes a rayas…

Bueno…, pues ésta es, precisamente, la historia de un duende a rayas.

María Puncel

Un duende a rayas

El Barco de Vapor - Serie Azul - 11

ePUB v1.0

Siwan
06.09.12

María Puncel, junio de 1982.

Ilustraciones: Margarita Puncel

Editor original: Siwan (v1.0)

ePub base v2.0

Un duende a rayas
1

ODO EL MUNDO sabe que hay duendes, y todo el mundo ha oído hablar seguramente, alguna vez, de un Duende Amarillo, de un Duende Verde o de un Duende Rojo. Son bastantes las personas que aseguran que en cierta ocasión vieron, o creyeron ver, a alguno de estos duendes.

Lo que ya es más difícil de encontrar es un duende de dos colores. Y todos sabemos que no hay duendes a rayas.

Bueno, pues ésta es, precisamente, la historia de un duende a rayas.

Era un duende como todos los demás duendes: pequeño de estatura, más bien gordito, ágil e inquieto, curioso y preguntón, tierno y arisco, descarado y goloso… En fin, un duende como cualquier otro; excepto, claro está, que no se vestía de un solo color, ni siquiera de dos, sino de muchos y a rayas. Y, naturalmente, su nombre era Rayas.

Y Rayas, como todos los duendes, disfrutaba haciendo disparates e inventando mil fechorías para complicarles la vida a los demás. Y no es que Rayas tuviera mala idea o fuera un ser perverso, no. Es que, como todos los duendes, necesitaba hacer picardías para llamar la atención y recordar continuamente a las gentes que los duendes existen.

Le encantaba imitar al Duende Rojo que cambiaba los huevos del nidal de la gallina al de la pata, y al revés. Luego, se divertía enormemente cuando mamá pata se avergonzaba al ver que sus patitos no querían ni acercarse al agua, o cuando mamá gallina se horrorizaba al ver a sus pollitos lanzarse decididamente de cabeza al estanque.

Lo pasaba en grande jugando, como el Duende Gris, a formar remolinos de polvo en los días de calor y de tormenta, para meter chinitas de arena en los ojos de las personas y hacerlas llorar y cegarlas durante un buen rato.

Y pasaba tardes enteras ocupado en copiar al Duende Verde que hacía crecer malas hierbas en los surcos de las huertas y en los planteles de los jardines y, especialmente, en los canalones del alero de los tejados. Así, en los días de lluvia, el agua se atascaba y no corría por el desagüe, y en la casa había goteras.

¡Cómo disfrutaba Rayas!

Claro que también le divertía mucho fastidiar como lo hacía el Duende Morado. Y se colaba las tardes de los domingos en la habitación de cualquier niño que estuviera solo para hacerle pensar que todos los demás niños se estaban divirtiendo muchísimo, mientras él estaba solo y triste. Y no le dejaba caer en la cuenta, hasta después de mucho rato, de que uno que está triste porque está solo y se aburre, debe salir en busca de otro que también esté triste, solo y aburrido, para empezar a divertirse los dos juntos.

Y le parecía estupendo copiar al Duende Negro. Y despertaba a las gentes a media noche para que pudiesen escuchar el crujido de las maderas de los viejos muebles, el rechinar de las puertas mal cerradas y el ulular del viento en la chimenea. Y luego se sentaba en su almohada, sin que ellos se dieran cuenta, y les ayudaba a inventar historias de terror.

¡Ah! Y cuando Rayas se regocijaba verdaderamente en grande era cuando podía jugar a que era un duende de dos colores. Amarillo-Lila, por ejemplo. ¡Eso sí que era formidable! Los duendes de dos colores saben como ningún otro hacer que las cosas se pierdan.

—¿Pero dónde están mis tijeras? ¡Si las tenía ahora mismo aquí, encima de la mesa! —decía la Abuelita. Y se volvía loca dando vueltas por la habitación sin encontrarlas. Y, cuando la pobre señora estaba ya casi desesperada de tanto buscar las tijeras, ¡zas!, Rayas las colocaba con todo cuidado junto a Carlitos, que estaba tranquilamente sentado en la alfombra jugando con sus cromos.

—¡Te he dicho mil veces que no me quites las tijeras! —gritaba indignada la Abuelita—. ¡Eres un niño insoportable! Me estás viendo buscar y buscar las tijeras y dar vueltas y más vueltas por la habitación sin encontrarlas y no me dices que las tienes tú…

—Pero, si yo… —empezaba a decir Carlitos.

Y la Abuelita se enfadaba mucho más todavía:

—¡No me repliques…! En cuanto llegue tu padre le voy a contar las cosas que me haces y lo mal que te portas conmigo.

Y Rayas se reía hasta tener que agarrarse la barriga que le dolía de tantas carcajadas y tener que secarse los ojos que le lloraban de pura risa.

Y ocurrió un día, que Rayas estaba sentado a la puerta de su casa comiéndose tranquilamente unas tortas de miel que acababa de sacar del horno y que estaban riquísimas. Y, de repente, no se sabe muy bien por qué, se le ocurrió mirar al calendario.

Y se quedó con la boca abierta, una torta en la mano a medio camino entre el plato y la boca y una cara de sorpresa tal que la urraca, que pasaba por allí en un vuelo de placer, se le quedó mirando asombrada. Tan embobada se le quedó mirando, que se le olvidó batir las alas y, naturalmente, se cayó al suelo de golpe, y se dio un porrazo que la tuvo fastidiada del ala izquierda durante varios días.

El estrépito de la caída de la urraca sacó a Rayas de su ensimismamiento frente al calendario. Bueno, no fue solamente el ruido de la caída; también contribuyó bastante el bordoneo de varias abejas, que se estaban congregando para servirse la miel que goteaba de la media torta que Rayas mantenía en la mano, y que le estaba poniendo perdido el zapato derecho.

El caso es que Rayas recuperó la movilidad y lo primero que hizo fue darse un buen guantazo en la frente:

—¡Zapatetas! ¡Si el miércoles que viene es mi cumpleaños!

Luego, se recostó de nuevo en la silla y siguió comiendo tortas de miel; pero ya no con la misma tranquilidad de antes, claro. Ahora tenía por dentro el remusguillo emocionante del que tiene que preocuparse de los preparativos de una gran fiesta.

Y el remusguillo de inquietud le duró bastante más que las tortas de miel. Le duró tanto que todavía le cosquilleaba en el estómago cuando se fue a la cama.

Y la cosa no era para menos. Rayas iba a cumplir setenta años ¡setenta añazos! Y ésta, que es una edad importante para cualquiera, lo es mucho más para un duende.

Rayas puso la cabeza sobre la almohada. Una cabeza llena de proyectos maravillosos: bocadillos de varias clases, bollos rellenos de crema, tortitas de miel, chocolate, naranjada, licor de moras, lista de invitados, servilletas de colorines, tarta con velas… Y, de repente, se quedó dormido.

2

LA MAÑANA siguiente se levantó muy temprano y muy contento.

Preparar una fiesta de cumpleaños es siempre una cosa muy divertida y muy emocionante. Así que se lavoteó con entusiasmo, se puso su ropa de trabajo, desayunó su buen tazón de chocolate con pan tostado y mantequilla y se bajó a trabajar a la huerta.

Regó, cavó y abonó lo que había que regar, cavar y abonar. Pasó revista a su plantación de coles y encontró tres hermosas orugas verdes en las hojas de los repollos. Las orugas estaban gordas y relucientes y mordían con verdadero entusiasmo las crujientes hojas. Rayas las tomó con todo cuidado y se las puso en la palma de la mano:

—Yo comprendo que las hojas de mis repollos os gustan muchísimo. A mí también, por eso los he plantado en mi huerta. Y no estoy dispuesto a permitir que nadie se los zampe. Así que os voy a dejar a la orilla del arroyo y allí podréis comer cualquier hierba que os apetezca.

Y como lo dijo, lo hizo. Las orugas no parecieron muy entusiasmadas con el cambio de comedero, pero no dijeron nada. Ya se sabe que son unos animalillos más bien discretos y silenciosos.

Rayas volvió a su trabajo.

Inspeccionó las colmenas de las que extraía la miel para sus tortas. Todo estaba en orden: la reina ponía huevos, las obreras trabajaban y los zánganos haraganeaban.

Paseó entre los frutales, enderezó el espantapájaros y le colgó dos cintajos más de los brazos. En los últimos días habían aparecido unos grajos especialmente atrevidos que se estaban acercando demasiado a los cerezos.

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