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Authors: Antonio Skármeta

Tags: #Relato

El cartero de Neruda

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Mario Jiménez, un joven pescador, decide abandonar su oficio para convertirse en cartero de Isla Negra, donde la única persona que recibe y envía correspondencia es el poeta Pablo Neruda. Jiménez admira a Neruda y espera pacientemente que algún día el poeta le dedique un libro, o que se produzca algo más que un brevísimo cruce de palabras y el pago de la propina. Su anhelo se verá finalmente recompensado y entre ambos se entablará una relación muy peculiar.

Antonio Skármeta

El cartero de Neruda

Ardiente paciencia

ePUB v1.2

Perseo
27.05.12

Título original:
Ardiente paciencia

Antonio Skármeta, 1985

Diseño/retoque portada: Perseo, basada en una original

Editor original: Perseo (v1.0 a v1.2)

ePub base v2.0

Prólogo
Antonio Colinas

De vez en cuando —en momentos, sobre todo, de apatía o de agotamiento intelectual; también en tiempos de superficialidad patente—, la figura del poeta emerge del vacío y de la soledad social en que se encuentra. Me refiero a que se rescata lo esencial de la misma, de su mensaje. De repente, para fortuna de todos, la figura del poeta se nos ofrece sin sus tópicos literarios; ya no es motivo de ironías ni de polémicas, o de epidérmicos enfrentamientos en la «tribu» literaria.

Esto es algo que resulta evidente y que convence, incluso cuando la figura del poeta que emerge es la de lo que normalmente entendemos como un poeta «comprometido». Y resurge, además, su figura en unos momentos en los que los sobresaltos y las sangres de la historia —no una historia del pasado remoto, sino de un ayer que está ahí, a la vuelta de sólo treinta años—, aún se agitan y están llenos de vivísima actualidad.

Resulta también sorprendente que este rescate de la figura del poeta esencial venga, en sus más notorios casos, de la mano de los novelistas. De grandes novelistas, todo sea dicho en honor de la verdad, pues no es labor de cualquier narrador fijar en un breve espacio de tiempo y con tensa objetividad una figura tan emblemática como la del poeta. Pienso ahora, por ello, en novelas como la de Thomas Mann (Muerte en Venecia), Hermann Broch (La muerte de Virgilio), Boris Pasternak (Doctor Zivago), Vintila Horia (Dios ha nacido en el exilio), por aludir solamente a cuatro ejemplos de autores contemporáneos que nos han dejado semblanzas memorables de un anónimo poeta (quizá el propio Mann), de Virgilio, de Pasternak y de Ovidio.

Broch y Horia hacen remontar su indagación a dos poetas del mundo clásico latino, pero con maestría ponen de relieve en sus relatos valores que sentimos muy próximos a nosotros. Escribir, en el caso de estos dos autores, sobre los años o las horas finales de un gran poeta es ya, sin más y de ahí el reto de esas obras—, escribir sobre la vida de cualquier hombre, el cual siente cómo fluye por sus venas un tiempo que fue intensísimo vitalmente, pero que ahora ya está medido en sus instantes. Estas que vengo subrayando son, a mi entender, las claves con las que hay que leer una obra como El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta, por más que —como hemos dicho— la vida del poeta, del hombre de que se nos habla en su libro ya desde el título— esté para nosotros ahí, a la vuelta de la esquina, y sean muy vivos los acontecimientos históricos en que se desenvolvió. Y, sobre todo, nos asalte el convulsivo final de la misma, estrechamente fundido con el convulsivo final de la democracia en su país, Chile. Ésta era la prueba que, sobre todo, debía superar Skármeta en su novela: desde un presente muy delicado y vivo tenía que salvar para lo esencial no ya la figura del poeta, sino la de un poeta que nos es coetáneo, que aún sentimos muy cercano, que conocimos.

Precisamente, al releer la novela de Skármeta, mi memoria vuelve hacia el encuentro que tuve con el poeta en mayo de 1971, en Milán; recuerdo de qué manera se veía que Italia precisamente el «escenario» de la versión cinematográfica de su novela—, había sido un lugar entrañable, especial para Neruda. De sus muchos exilios, seguramente los pasados en tierra italiana supusieron para él —dentro del natural desasosiego de la lejanía de la propia tierra—, etapas de concentración y equilibrio.

Recordaba él en la entrevista que grabamos, y ya amenazado por la enfermedad, sus inolvidables días romanos, pasados en un piso que alquiló con Rafael Alberti y sus días junto al mar latino, que siempre tiembla y brilla al fondo de la versión cinematográfica de la novela de Skármeta. Era el Neruda que también el novelista pone muy bien de relieve en algunos pasajes de su libro, agobiado por su cargo de embajador en París, enfermo, nostálgico de sus raíces telúricas.

Muy al contrario de lo que se piensa, en la vida del poeta —un ser desposeído y sin más fuerza que su sensibilidad y su palabra—, tiembla el pálpito verdadero de la historia. Y sobre ella influye, y en ella interviene con el único poder de ese lenguaje intemporal y conmovedor que son sus poemas. Y donde en el poeta hay autenticidad, esa influencia se nota, aunque parta del aislamiento producido por el poder temporal y por la soledad existencial.

Dicen los orientales que un hombre puede hacer llegar los latidos de su pensamiento si su mundo es auténtico, mucho más allá de las cuatro paredes de la habitación en que está encerrado. Algo de este tiempo, intenso y solitario, palpita en toda la obra de Skármeta, en esas visitas asombradas y puras del cartero inocente a la casa del intelectual sabio. Este autor ha tenido también el acierto de entregarnos la perenne y valiosa intemporalidad del poeta, pero sin dejar de mostrarnos allá al fondo —en anécdotas; cartas, juegos de palabras, rasgos de humor, ironías—, la presencia de la historia, sin la que no es posible comprender esa especie de aislamiento o exilio sereno y nutricio.

Nos dice Skármeta que su obra fue el resultado de una lenta maduración, de una decantación de años. En ello quizá resida la clave del éxito de su libro, que además de una novela ya nació, desde el principio por sus ricos y amenos diálogos—, como un guión cinematográfico. He insistido en la versión cinematográfica de este libro porque —como en la versión del libro de Mann, o en la del de Pasternak—, el escritor le debe a ella (afortunadamente) mucho del éxito de su obra. Los temas que debía tratar eran delicados; se precisaba un sugestivo temple para objetivar la historia y alzar sobre ella la fuerza del amor en un ejemplo inolvidable: el de la relación entre Mario Jiménez y Beatriz González.

La humildad de estos dos personajes —como la de esos pescadores y trabajadores que, al fondo, como en un friso, destacan—, es también paradigmática. Ellos tejen la intrahistoria y, al hacerlo precisamente por su autenticidad, determinan lo mejor de la historia, y coinciden con sus vivencias con el mensaje del poeta. Al final —como tan bien se ve en este libro—, el friso sólo lo forman seres humanos, los cuales conmueven, sin más, al lector por su autenticidad y por su verdad.

A Matilde Urrutia, inspiradora de Neruda, y a través de él, de sus humildes plagiarios.

Prólogo del autor

Entonces trabajaba yo como redactor cultural de un diario de quinta categoría. La sección a mi cargo se guiaba por el concepto de arte del director, quien, ufano de sus amistades en el ambiente, me obligaba a incurrir en entrevistas a vedettes de compañías frívolas, reseñas de libros escritos por ex detectives, notas a circos ambulantes o alabanzas desmedidas al hit de la semana que pudiera pergeñar cualquier hijo de vecino.

En las oficinas húmedas de esa redacción agonizaban cada noche mis ilusiones de ser escritor. Permanecía hasta la madrugada empezando nuevas novelas que dejaba a mitad de camino desilusionado de mi talento y mi pereza. Otros escritores de mi edad obtenían considerable éxito en el país y hasta premios en el extranjero: el de Casa de las Américas, el de la Biblioteca Breve Seix-Barral, el de Sudamericana y Primera Plana. La envidia, más que un acicate para terminar algún día una obra, operaba en mí como una ducha fiza.

Por aquellos días en que cronológicamente comienza esta historia —que como los hipotéticos lectores advertirán parte entusiasta y termina bajo el efecto de una honda depresión— el director advirtió que mi tránsito por la bohemia había perfeccionado peligrosamente mi palidez y decidió encargarme una nota a orillas del mar, que me permitiera una semana de sol, viento salino, mariscos, pescados frescos, y de paso importantes contactos para mi futuro. Se trataba de asaltar la paz costeña del poeta Pablo Neruda, y a través de entrevistas con él, lograr para los depravados lectores de nuestro pasquín algo así, palabras de mi director, «como la geografía erótica del poeta». En buenas cuentas, y en chileno, hacerle hablar del modo más gráfico posible sobre las mujeres que se había tirado.

Hospedaje en la hostería de isla Negra, viático de príncipe, auto arrendado en Hertz, préstamo de su portátil Olivetti, fueron los satánicos argumentos con que el director me convenció de llevar a cabo la innoble faena. A estas argumentaciones, y con ese idealismo de la juventud, yo agregaba otra acariciando un manuscrito interrumpido en la página 28: durante las tardes iba a escribir la crónica sobre Neruda y por las noches, oyendo el rumor del mar, avanzaría mi novela hasta terminarla. Más aún, me propuse algo que concluyó en obsesión, y que me permitió además sentir una gran afinidad con Mario Jiménez, mi héroe, conseguir que Pablo Neruda prologara mi texto. Con ese valioso trofeo golpearía las puertas de Editorial Nascimento y conseguiría ipso facto la publicación de mi libro dolorosamente postergado.

Para no hacer este prólogo eterno y evitar falsas expectativas en mis remotos lectores, concluyo aclarando desde ya algunos puntos. Primero, la novela que el lector tiene en su mano no es la que quise escribir en isla Negra ni ninguna otra que hubiera comenzado en aquella época, sino un producto lateral de mi fracasado asalto periodístico a Neruda. Segundo, a pesar de que varios escritores chilenos siguieron libando en la copa del éxito (entre otras cosas porfiases como éstas, me dijo un editor) yo permanecí —y permanezco— rigurosamente inédito. En tanto otros son maestros del relato lírico en primera persona, de la novela dentro de la novela, del metalenguaje, de la distorsión de tiempos y espacios, yo seguí adscrito a metaforones trajinados en el periodismo, lugares comunes cosechados de los criollistas, adjetivos chillantes malentendidos en Borges, y sobre todo aferrado a lo que un profesor de literatura designó con asco: un narrador omnisciente. Tercero y último, el sabroso reportaje a Neruda que con toda seguridad el lector preferiría tener en sus manos en vez de la inminente novela que lo acosa desde la próxima página y que acaso me hubiera sacado en otro rubro de mi anonimato, no fue viable debido a principios del vate y no a mi falta de impertinencia. Con una amabilidad que no merecía la bajeza de mis propósitos me dijo que su gran amor era su esposa actual Matilde Urrutia, y que no sentía ni entusiasmo ni interés por revolver ese «pálido pasado», y con una ironía que sí merecía mi audacia de pedirle un prólogo para un libro que aún no existía, me dijo poniéndome de patitas en la puerta: «con todo gusto, cuando lo escriba».

En la esperanza de hacerlo, me quedé largo tiempo en isla Negra, y para apoyar la pereza que me invadía todas las noches, tardes y mañanas frente a la página en blanco, decidí merodear la casa del poeta y de paso merodeara los que la merodeaban. Así fine como conocía los personajes de esta novela.

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