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Authors: Gillian Bradshaw

Tags: #Histórico

El contador de arena (9 page)

BOOK: El contador de arena
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Dio una palmada, y el camarero, que esperaba impaciente al otro lado de la puerta, entró para llevarse los platos y hacer pasar a las flautistas.

En la casa próxima a la fuente del León, Filira esperaba la llegada de su hermano. En su dormitorio, Fidias había caído en un intranquilo sopor, y Arata se había instalado en un colchón en el suelo, para atenderlo en el caso de que la necesitara durante la noche. Los esclavos habían subido a la calurosa habitación que compartían en la planta superior de la parte trasera de la casa, y Filira estaba sentada en el banco del patio, junto a la puerta, acariciando las cuerdas del laúd de mástil ancho que su hermano le había regalado.

Para los griegos, los laúdes eran instrumentos relativamente nuevos, desconocidos antes de las conquistas de Alejandro Magno. Para Filira, que nunca había tenido uno entre sus manos, era el mejor regalo que había recibido en toda su vida. Aquél era en verdad hermoso, con una caja redondeada, fabricada con brillante madera de palisandro y un mástil incrustado de conchas. Su sonido era profundo y dulce.

Filira rasgueó una por una las ocho cuerdas, y luego, con una emoción que le impedía respirar, las presionó cerca de la parte superior del mástil y volvió a rasguearlas. Sabía tocar la cítara y cómo elevar el tono de una cuerda presionando el traste con los dedos, pero ese ejercicio de virtuosismo era complicado para los citaristas. El laúd prometía sonidos nunca oídos.

La música era algo que siempre había practicado toda la familia. Desde pequeña, Filira recordaba a sus padres tocando juntos por la noche, él, la cítara y ella, la lira. Cuando Arquímedes tuvo la edad suficiente, se unió a ellos con los aulos (flautas dulces de madera que se tocaban por parejas), y más tarde ella misma se sumó a los conciertos. Había ocasiones en que tocaban hasta bien entrada la noche: uno de ellos arrancaba con una melodía, que los otros recogían, modificaban y devolvían. Para Filira la música era un lugar ideal donde se daban cita todas las cosas buenas del mundo real, pero más claras, fuertes y punzantes. Su madre representaba la estabilidad, el equilibrio y el ritmo de su vida ordinaria; su padre, la soñadora suavidad y los repentinos y apasionados entusiasmos. Y su hermano no se mostraba indeciso, como sucedía muy a menudo cuando alguien se dirigía a él, sino implacablemente preciso, y tan profundo y complicado que a veces tenía dificultades para seguirlo… aunque al final siempre resolvía sus embrollos musicales con sencillez. Cuando él se fue a Alejandría, Filira intentó tocar los aulos, pues las cuerdas parecían despojadas de algo si no las envolvía la voz de las flautas. Pero al final retomó su lira y su cítara, ya que no estaba bien visto que una joven tocara la flauta. Además, nadie sabía hacerlo como Medión.

Lo había echado de menos. Se había enfadado mucho al ver que no regresaba a casa cuando tendría que haberlo hecho, y más aún cuando su padre cayó enfermo. Pero ahora que estaba de vuelta, la rabia empezaba a esfumarse. Esperaba que llegase pronto de tomar copas con el soldado para poder tocar juntos.

Dedicó cerca de una hora a experimentar con el laúd. Después, agotada por la intensa concentración que le exigía el instrumento, lo guardó en su dormitorio y regresó al patio con su vieja cítara. Sin ninguna dificultad, arrancó con la mano izquierda una lenta y suave melodía, mientras que la derecha rasgaba un ocasional murmullo de acompañamiento con el plectro.

Fundiendo su voz con las cuerdas, Filira cantó ¿Recuerdas aquella vez?

¿Recuerdas aquella vez

que te mencioné esta sagrada frase?

«La hora es bella, pero fugaz es la hora,

la hora supera al más veloz de los pájaros.»

Mira, tu flor está esparcida por el suelo.

«Lo hace muy bien», pensó Marco, escuchándola desde la ventana. Pero no era ninguna sorpresa. Ya tocaba bien antes de que se marcharan, y había tenido tres años para mejorar.

A sus espaldas, Crestos permanecía acurrucado en el jergón que ambos compartían, mientras que Sosibia y su hija dormían en otro que había detrás de una cortina. Pero Marco no podía conciliar el sueño, y por eso estaba allí, de pie, oteando la oscuridad del patio y escuchando la canción.

Al principio, cuando llegó a la casa, los conciertos nocturnos lo importunaban. En su hogar había poca música. Su madre tarareaba melodías mientras trabajaba, y él y su hermano cantaban en el campo, pero, aparte de eso, la música era algo que había que pagar para que otros la interpretaran. Él la compraba a veces, cuando tenía dinero, porque le gustaba; y ahora que no podía permitírsela, la tenía siempre, a cambio de nada. Al principio se había negado a aceptar el placer que le aportaba. ¿No era degradante disfrutar de algún aspecto de su esclavitud? Pero había llegado a acostumbrarse a ella, a tenerla a su alrededor y a emocionarse con sus melodías.

Filira continuaba cantando. Su voz se elevaba clara y dulce en la oscuridad, entonando viejas canciones del campo, canciones nuevas de las cortes reales y canciones de amor e himnos a los dioses. Marco permaneció en silencio junto a la ventana, escuchando y contemplando las estrellas que brillaban por encima de los tejados de Siracusa. Al cabo de un rato, la joven enmudeció y se limitó a tocar, pasando la melodía de la mano derecha a la izquierda y viceversa. Marco, apoyado contra la pared del dormitorio, siguió escuchando, preguntándose por qué aquella secuencia de notas decía a veces más cosas que la lengua humana.

Filira dejó de tocar, bostezó y permaneció sentada en silencio con la cítara en el regazo. Marco comprendió entonces que la música no había sido para ella más que una forma de distraerse mientras esperaba que su hermano regresara. Dudó, nervioso ante la idea de abordarla. Pero ¿qué mal había en que un esclavo de la casa la aconsejara que se fuera a dormir? Se apartó de la ventana, cruzó de puntillas la habitación para no despertar a Sosibia y bajó las escaleras.

—¿Señora? —llamó al llegar al patio, y, a pesar de lo oscuro que estaba, vio que la joven daba un brinco.

—¿Qué quieres? —preguntó Filira secamente.

Marco se detuvo a escasos metros de ella. Apenas veía su rostro en la oscuridad.

—Señora, no esperéis toda la noche —dijo con delicadeza—. Es posible que vuestro hermano se retrase.

Ella soltó un bufido de exasperación.

—¡No puede tardar! Lleva horas fuera de casa.

—Lo más probable es que haya invitado a ese hombre a alguna diversión nocturna. Eso significa que no estará de vuelta hasta pasada la medianoche. No hay motivo para que lo aguardéis levantada. Ya le abriré yo la puerta cuando llegue.

La noche escondió la cara de enfado de Filira, pero no el recelo que albergaba su voz cuando dijo:

—¡Antes nunca salía por las noches!

«¡Inocente!», pensó Marco. ¡Esperar que Arquímedes mantuviera los mismos horarios después de tres años en una ciudad famosa por su lujuria!

—En Alejandría solía hacerlo —le explicó—. Y hoy deberá acompañar al soldado en todo lo que le plazca, para asegurarse su ayuda. Probablemente el hecho de que llegue tarde es una buena señal: significa que hay una oferta en marcha.

Filira estuvo un momento sin decir nada. Pensó que Marco estaba insinuando que su hermano había adquirido costumbres caras en Alejandría, y por eso se había quedado sin dinero.

—¿Qué hacía hasta tan tarde en Alejandría? —preguntó al fin, con la voz quebrada. Fuese verdad o mentira, en realidad no quería oírlo, pero no era justo seguir sospechando de Marco sin saber lo que tenía que decir al respecto.

Pero él respondió al instante, con suavidad.

—Nada por lo que debáis preocuparos, señora. Tenía una pandilla de amigos con los que salía a beber, a charlar y a tocar hasta medianoche. A veces, cuando no había conferencias al día siguiente, se quedaban hasta el alba.

A Filira le costaba creer que estuviese hablando de su hermano. Él nunca se había sentido atraído por la bebida ni por las salidas nocturnas; de hecho, ni siquiera había tenido amigos íntimos. Intentó pensar en alguna pregunta que pudiera sorprender a Marco en una mentira, pero en ese momento llamaron a la puerta.

Marco fue a abrir y Arquímedes entró dando un traspié. Olía a vino.

No se había quedado en el Aretusa para la inevitable conclusión de la velada. La inminente muerte de su padre le había marchitado el deseo y, a pesar de los talentos ocultos que pudieran tener, las flautistas del Aretusa no tocaban muy bien la flauta. Oírlas le ponía los pelos de punta. En otra situación, se habría ofrecido él mismo a tocar mientras las jóvenes bailaban y les proponían juegos lascivos, pero no era el momento. De modo que hizo cálculos para que sus compañeros fueran satisfechos en todos sus caprichos, se disculpó por tener que marcharse, pagó la cuenta y volvió a casa.

—¿Puedes traerme una lámpara? —le preguntó sin aliento a Marco, echándose hacia atrás la ya mustia guirnalda de perejil que las flautistas le habían puesto en la cabeza—. Tengo que escribir una cosa.

Filira se levantó de un salto para abrazarlo, pero él la apartó.

—¡Cuidado! —exclamó—. ¡Vas a emborronarlos!

Marco rió entre dientes y salió corriendo.

—Emborronar… ¿qué? —preguntó ella.

—Unos cálculos que he estado haciendo. ¡Marco! ¿Hay algo para escribir?

—¿Has estado haciendo cálculos? —inquirió Filira con incredulidad.

Él asintió con la cabeza, un gesto que fue visible gracias a la lámpara que acababa de llevar Marco. Arquímedes acercó a la luz el brazo izquierdo, que estaba cubierto de cifras pintadas con carbonilla.

—¡Medión! —exclamó Filira, horrorizada—. ¡Se ha extendido por todo el manto!

—No te preocupes —dijo él, tranquilizándola—. Aún puedo leerlo.

Como Marco no le había llevado nada para escribir, Arquímedes cogió la tabla de lavar la ropa, encontró un pedazo de tiza y empezó a copiar las cifras que se había anotado en el brazo.

—Tendré que introducir algunas correcciones cuando vea una catapulta más pequeña —explicó sin dejar de escribir—. No he podido establecer de memoria las dimensiones a escala.

Pero esto debería acercarse lo bastante para poder hacer ya el pedido de madera.

—Habéis conseguido el trabajo —observó con satisfacción Marco, y Arquímedes movió afirmativamente la cabeza, distraído, frunciendo el entrecejo para concentrarse en los cálculos trazados con tiza.

—¡Creía que el hombre con quien ibas a verte esta noche no era más que un soldado! —exclamó Filira.

—¡Oh, sí! Pero luego me ha conducido hasta su capitán. Quieren ingenieros. Voy a construir lanzadoras de piedras. Empezaré con una máquina de un talento.

—¿Cuánto os pagarán? —preguntó Marco.

—¿Qué? Eso está por decidir. Nada, hasta que la primera catapulta esté completa. Pero no parece haber nadie más en la ciudad capaz de construir lanzadoras de piedras de gran tamaño, que, según el capitán, son las que desea el tirano. Mañana por la mañana iré a visitar al regente Leptines para hablar del tema.

—¡Oh, Medión! —exclamó Filira, dividida entre el deleite y la exasperación—. Has de darme tu manto enseguida. ¡No puedes ir a ver al regente manchado de carbonilla!

—¡No podremos tenerlo listo para mañana! —objetó Marco.

Arquímedes levantó la vista, cayó por fin en la cuenta de que su hermana había estado esperándolo y la miró, consternado.

—Filira, querida —dijo, muy serio—, deberías estar en la cama. —Entonces reparó en la cítara que ella abrazaba contra el pecho y añadió—: También es demasiado tarde para la música. Pero mañana por la noche podremos tocar un rato.

—¡Sí, para celebrar tu nuevo trabajo! —aprobó Filira, despreocupándose alegremente del estado del manto—. ¡Nuestros padres estarán encantados!

A la mañana siguiente, Arquímedes informó del resultado de sus gestiones a sus padres, los cuales, tal como su hermana esperaba, se sintieron muy satisfechos. Sin embargo, después de la primera pregunta sin respuesta sobre la paga, Fidias inquirió:

—¿Te quedará tiempo para estudiar?

—No lo sé —respondió Arquímedes. No quería admitir ante su padre que eso pasaría a ocupar un segundo plano en su vida—. Creo… creo que no, de momento. Debido a la guerra. Pero intentaré tener tiempo para poder hablar contigo.

—¡Ah, la guerra! —suspiró Fidias—. Ruego para que nuestro rey encuentre la manera de sacarnos pronto de ella. Será una guerra mala, muy mala. Nuestra querida ciudad es como una paloma entre dos gallos de pelea. Me alegro de no tener que ver lo que será de ella. Hijo mío, deberás cuidar de tu madre y de tu hermana por mí.

Arquímedes tomó la mano temblorosa del anciano entre las suyas.

—Lo haré —le prometió solemnemente—. Pero confío en que el rey Hierón halle algún modo de salir de la guerra. Dicen que es un hombre sabio: todavía puede traernos la paz.

—Hasta ahora ha gobernado bien —concedió Fidias de mala gana, pues siempre había apoyado los turbulentos deseos de democracia de la ciudad. Sin embargo, hasta sus enemigos debían admitir el mérito de su rey. Había llegado al poder once años atrás por medio de un golpe de Estado sin derramamiento de sangre, y desde entonces había gobernado con moderación, magnanimidad y un respeto estricto a la ley, para sorpresa de los ciudadanos, que no esperaban ese comportamiento por parte de un tirano—. Sí, rezo para que tengas razón —continuó, y sonrió a su hijo con ternura—. Me alegro de que estés de vuelta. Me daba miedo pensar qué sería de esta casa sin un cabeza de familia y con la ciudad en guerra. Inventa algún arma para destruir al enemigo, hijo. ¡Y asegúrate de que obtienes un buen precio por ella!

—Lo haré. —Arquímedes lo besó en la mejilla, luego a su madre, y salió al patio.

Allí estaba Filira, intentando limpiar el manto. Lo había cepillado, frotado y sumergido en agua hirviendo, y lo único que había conseguido era extender aún más la aceitosa carbonilla. Miró de reojo a su hermano.

—Tendrás que ponerte otra cosa —le dijo.

—De todos modos, hace demasiado calor para el manto —replicó él.

Marco apareció al pie de la escalera, con un viejo manto egipcio de hilo.

—¡Ése tiene manchas de vino! —le espetó Filira, impaciente.

—Pero se pueden ocultar plegándolo por aquí —dijo Marco, acompañando sus palabras con la correspondiente acción.

Arquímedes refunfuñó, pero extendió los brazos y permitió que su hermana y el esclavo le envolvieran el manto de hilo, aunque insistió en que le pasaran la tela por debajo del brazo derecho, en vez de por encima.

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