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Authors: Henning Mankell

Tags: #Policiaco

El hombre inquieto

BOOK: El hombre inquieto
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La vida del inspector Wallander ha cambiado ligeramente: no sólo ha hecho realidad su sueño de tener una casa en el campo, sino que, además, su hija Linda lo ha convertido en abuelo. Sin embargo, su tranquilidad se ve perturbada cuando el suegro de Linda, un oficial de alto rango de la Marina sueca, desaparece en un bosque cerca de Estocolmo. Aunque la investigación la dirige la policía de Estocolmo, Wallander no puede evitar implicarse, sobre todo cuando una segunda persona desaparece en misteriosas circunstancias. Algunas pistas apuntan a grupos de extrema derecha en el seno de la Marina sueca y a la época de la Guerra Fría, en particular a la década de los ochenta, cuando varios submarinos soviéticos fueron acusados de violar territorio sueco. Wallander comprende que está a punto de desvelar un gran secreto cuyo alcance abarcaría toda la historia de Suecia tras la segunda guerra mundial. Pero una nube aún más negra asoma por el horizonte.

Henning Mankell

El hombre inquieto

Saga inspector Wallander-11

ePUB v1.0

Joselín
10.08.12

Título original:
Den Orolige Mannen

Henning Mankell, 2009

Traducción: Carmen Montes

Editor original: Joselín (v1.0)

ePub base v2.0

El ser humano siempre deja huellas.

Nadie existe sin su sombra…

Olvidamos lo que queremos recordar

y recordamos aquello que preferiríamos olvidar…

Pintadas en la fachadas de Nueva York

Prólogo

La historia comienza con un repentino acceso de ira. Sin embargo, justo antes, la calma matinal reinaba en la Secretaría del Gobierno Sueco, donde tuvo lugar el suceso. La causa de todo fue un informe, entregado la noche anterior, que el primer ministro sueco leía ahora sentado ante su escritorio de madera oscura.

Estocolmo, a hora muy temprana, una mañana de primavera de 1983; una bruma húmeda e indefinible se cernía sobre la ciudad y sus árboles, que aún no habían empezado a florecer. Naturalmente, en el gabinete del primer ministro se hablaba del tiempo tanto como en cualquier otro lugar de trabajo. Åke Leander, que trabajaba de ordenanza en los más secretos dominios de la Secretaría del Gobierno, era la persona a la que todos se dirigían cuando se trataba del tiempo y sus manifestaciones. Disponía siempre, según decían, de la información meteorológica más fiable.

Hacía unos años le habían concedido a Leander un título que sonaba más distinguido que el de simple ordenanza, «responsable de oficinas» o algo similar. No obstante, él seguía considerándose ordenanza y no sentía la menor necesidad de un nuevo título profesional.

Åke Leander siempre estuvo allí, cerca de los ministros y los secretarios de Gobierno entrantes y salientes, como una especie de registrador, cumplidor y discreto. Hubo quien propuso en broma que, a su muerte, lo nombrasen santo patrón de la Secretaría de Gobierno, un fantasma amable que alentase sus desvelos por gobernar aquel país llamado Suecia.

Que Åke Leander supiese tanto acerca del tiempo se debía al hobby que tenía fuera de su trabajo. Estaba soltero, vivía en Kungsholmen, en un apartamento demasiado grande, desde donde mantenía contacto con una red de amigos de ámbito internacional con los que se comunicaba por ondas sonoras, a través de afanosas emisiones de radioaficionados. Hacía mucho tiempo que se sabía de memoria la mayoría de los códigos utilizados en la jerga de los radioaficionados. No sólo que QRT significaba «interrumpir emisión», o que AURORA indicaba interferencias en la emisión y recepción a causa de una aurora boreal de alta frecuencia. Casi todas las noches se ponía los auriculares y enviaba su QRZ: «Llamando…», antes de decir su nombre. Circulaba una leyenda según la cual en una ocasión, hacía muchos años, el actual primer ministro tuvo necesidad, por razones que se ignoran, de conocer el tiempo que haría en los meses de octubre y noviembre en Pitcairn Island, esa isla remota del océano Pacífico donde los marineros amotinados contra el capitán Bligh, del
Bounty
, quemaron el navío tomado y se quedaron a vivir en la isla para siempre. Al día siguiente de la consulta, Åke Leander le comunicó al primer ministro los datos meteorológicos que precisaba. Y, naturalmente, no le preguntó para qué los quería. Como ya se ha señalado, era un hombre muy discreto.

—Nadie, ni siquiera del ministerio de Asuntos Exteriores, puede comparar sus contactos internacionales con los de Åke Leander —solían decir con malevolencia al verlo recorrer pausadamente los pasillos.

En cualquier caso, ya se ha visto que nadie, ni siquiera él, pudo prever el acceso de ira que iba a alterar la calma.

Cuando el primer ministro concluyó la lectura de la última página, se levantó y se acercó a una de las ventanas. Las gaviotas revoloteaban fuera, describiendo remolinos en el aire.

Se trataba de los submarinos. Los malditos submarinos que durante el otoño de 1982 entraron presuntamente en aguas territoriales suecas, violando así las fronteras del país. En medio de todo el escándalo, Suecia celebraba elecciones y el presidente del Parlamento le encomendó a Olof Palme la tarea de formar un nuevo gobierno, después de que el partido conservador perdiese varios representantes y quedase en minoría parlamentaria. Tras la toma de posesión de los cargos, el nuevo Gobierno designó inmediatamente una comisión para que investigase los sucesos relacionados con aquellos submarinos que jamás lograron hacer emerger. Sven Andersson fue nombrado presidente de la comisión y acababa de presentar el resultado de su trabajo. Tras la lectura del informe, Olof Palme no entendía nada. Las conclusiones de la investigación eran incomprensibles. Estaba fuera de sí.

No obstante, conviene señalar que no era la primera vez que Olof Palme se enfurecía con Sven Andersson. En realidad su aversión se retrotraía hasta aquel día de junio de 1963, víspera del solsticio de verano, en que un canoso sujeto de cincuenta y siete años elegantemente vestido fue detenido en el puente de Riksbron, en pleno centro de Estocolmo. Todo sucedió de forma tan discreta que nadie advirtió lo más mínimo. El hombre detenido se llamaba Wennerström, era coronel de aviación y, a partir del suceso acontecido en el puente de Riksbron, también se lo consideraba espía declarado de la Unión Soviética.

Mientras detenían a Wennerström, Tage Erlander, a la sazón primer ministro sueco, regresaba a Suecia de un viaje al extranjero, tras disfrutar una de sus escasas semanas de vacaciones en un complejo turístico de Riva del Sole. Cuando bajó del avión y se vio acosado por los periodistas, Erlander no sólo no se lo esperaba, sino que, además, no sabía nada. No tenía la menor idea de la detención, ni noticia alguna del coronel de aviación Wennerström. Seguro que tanto el nombre como las sospechas habrían salido a relucir como un viejo asunto en alguna de las ocasiones en que el ministro de Defensa celebraba sus irregulares reuniones con él. Sin embargo, nada grave le había mencionado, nada que tener en cuenta verdaderamente. La sospecha de la existencia de espías rusos siempre estaba presente, flotando en las turbias aguas de la guerra fría. De ahí que la respuesta de Erlander a los periodistas fuese la que fue. El hombre que durante tantos años, diecisiete para ser exactos, había sido primer ministro sueco, se quedó mudo como un necio sin saber qué decir. Ni Andersson, el ministro de Defensa, ni ningún otro político que estuviese al tanto del suceso le había comunicado lo que estaba sucediendo. Durante el vuelo de poco menos de una hora habría podido ponerse al corriente del escandaloso asunto y prepararse para el encuentro con los excitados periodistas. Pero nadie lo recibió ni lo acompañó al llegar a Kastrup.

Aunque nunca llegó a hacerse público, durante los días inmediatamente posteriores a su regreso, Erlander estuvo a punto de dimitir como primer ministro y presidente del partido socialdemócrata. Jamás se había sentido tan defraudado por sus colegas del gobierno. Y Olof Palme, a quien ya entonces se consideraba su sucesor, compartía leal y lógicamente la indignación ante una negligencia que puso a Erlander en tan humillante brete. En los círculos próximos al Gobierno solía decirse que Olof Palme velaba por su Maestro como un sabueso furibundo. Nadie acostumbraba a negarlo.

Olof Palme jamás podría perdonarle a Sven Andersson que hubiese expuesto a Erlander a tal situación.

No fueron pocos los que se preguntaron después por qué Olof Palme, pese a todo, invitó a Sven Andersson a formar parte de sus legislaturas. En realidad, no resultaba difícil de entender. De haber podido lo habría evitado, claro está. Pero sencillamente no era posible. Sven Andersson era un hombre con mucho poder e influencia en las sedes locales del partido. Procedía de una familia de la clase trabajadora, a diferencia del propio Olof Palme, vinculado de forma directa a la nobleza báltica de rancio abolengo, entre sus familiares se contaban oficiales —él mismo era, por cierto, oficial de la reserva—, pero ante todo pertenecía a la acomodada clase alta sueca. No tenía vínculo alguno con las bases del partido. Olof Palme era un tránsfuga, seguro que serio y sincero en su convicción política, pero un peregrino políticamente forastero, que llegó para quedarse por siempre.

Åke Leander, que justo caminaba por el pasillo ante la puerta del primer ministro con un airado escrito de protesta contra los funcionarios que no se aseguraban de cerrar bien las puertas de la Secretaría de Gobierno por las noches, tuvo ocasión de oír el estallido de ira. Se detuvo brevísimamente, antes de continuar como si nada hubiese ocurrido.

Olof Palme era incapaz de contener su furor. Se dirigió a Sven Andersson, que se encogía en el sofá gris de la oficina del primer ministro. Estaba encendido de ira y sacudía los brazos en unos curiosos espasmos, indicio de la cólera que lo dominaba en ese momento.

—No existe prueba alguna —rugió—. Sólo suposiciones, insinuaciones, historias medio inventadas por mandos desleales de la Armada. Esta investigación no nos ayudará a aclarar las cosas. Al contrario, nos conducirá directo a las turbias ciénagas políticas.

Unos años antes de aquello, la noche del 28 de octubre de 1981, un submarino soviético encalló en la bahía de Gåsefjärden, en la costa de Karlskrona. No eran sólo aguas territoriales suecas, sino territorio militar protegido. El submarino respondía a la denominación de U 137 y su comandante, Anatoli Mijáilovich Guschín, sostenía que el sumergible perdió el rumbo a causa de un fallo no identificado del girocompás. Algunos oficiales de la Armada sueca y pescadores civiles expresaron su firme convicción de que sólo en estado de embriaguez extrema habría logrado un comandante entrar en el archipiélago a tanta profundidad sin encallar mucho antes.

El 6 de noviembre, el U 137 fue remolcado a aguas internacionales y desapareció. En aquel caso, nadie abrigó la menor duda de que era un submarino soviético y de que había invadido las aguas territoriales suecas. En cambio, nunca se aclaró si la incursión supuso una violación consciente o si fue obra de un comandante ebrio. Puesto que los rusos se atuvieron en todo momento al fallo de la brújula, se interpretó como la confirmación de que el comandante estaba, en efecto, borracho. Evidentemente, ninguna flota que se precie admite que el oficial al mando está ebrio en el ejercicio de sus funciones. Entonces sí disponían de pruebas, pero ¿dónde estaban esas pruebas ahora?

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