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Authors: Edgar Wallace

Tags: #Policíaco

El misterio de la vela doblada (10 page)

BOOK: El misterio de la vela doblada
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—Por favor, no se moleste más —murmuró cortésmente el detective.

Sacó del bolsillo una cajita de cuero aplastada y la abrió. Contenía cierto número de herramientas de acero de curiosa forma, mantenidas en posición vertical por una serie de presillas que corrían por el centro. De una de esas presillas extrajo un mango e introdujo en su alvéolo un utensilio que parecía una lezna de acero. Asombrado y con bastante aprensión, Kara vigilaba la maniobra.

—¿Qué va usted a hacer? —preguntó muy alarmado.

—Ya lo verá —contestó T. X. con sonrisa bonachona.

Muy cautelosamente insertó el instrumento en el pequeño ojo de la cerradura y lo hizo girar despacio, primero en un sentido y luego en otro. So oyeron dos ruidos secos. Luego T. X. tiró del mango, y la puerta de la caja se abrió.

—Muy sencillo, ¿verdad? —preguntó T. X.

El rostro de Kara había sufrido una completa transformación. En los ojos que encontró T. X. Meredith brillaban llamas de furia vesánica. De una zancada, el griego se plantó ante la caja abierta.

—Creo que esta broma ha ido demasiado lejos,
mister
Meredith —dijo ásperamente—. Si quiere usted registrar mi caja, tendrá que proveerse de un mandamiento judicial.

T. X. se encogió de hombros, destornilló el instrumento y lo volvió a colocar en la cajita de cuero, que guardó nuevamente en el bolsillo.

—No he hecho más que acceder a su invitación, mi querido señor Kara—dijo suavemente—. Naturalmente, ya sabia yo que el darme usted la llave era una baladronada, y que no tenia usted más intenciones de dejarme ver el interior de su caja que de decirme exactamente lo que le ocurrió a Juan Lexman.

El disparo dio en el blanco.

Una expresión de cólera contorsionó el rostro que contemplaba el comisario. Los labios se recogieron hacia atrás para enseñar una dentadura blanquísima, los párpados se entornaron hasta formar dos rayas, la mandíbula se proyectó hacia adelante y de aquella cara bestial se borró todo vestigio de humanidad. Sus manos se movieron sospechosamente hacia atrás.

—¡Arriba las manos! —ordenó T. X.—. ¡Y aprisa!

En una décima de segundo, Kara había levantado las manos, porque el cañón del revólver del detective le oprimía peligrosamente el tercer botón del chaleco.

—Se diría que no es ésta la primera vez que le hacen levantar las manos —dijo T. X.

Llevó su mano izquierda al bolsillo del pantalón del griego, y encontró allí una cosa dura en forma de cilindro. Al sacarlo, vio con sorpresa, que no era un revólver, ni siquiera un cuchillo; parecía mas bien una pequeña linterna eléctrica, sólo que, en vez de bombilla y cristal reflector, tenía una perforación en el extremo parecida a los agujeritos de un salero.

La manejó con cuidado, y estaba a punto de oprimir el pequeño botón de níquel que encontró, cuando un estrangulado grito de horror brotó de los labios de Kara.

—¡Cuidado, por amor de Dios! —exclamó el griego—. Está usted apuntándome. ¡No apriete el botón, le digo!

—¿Puede estallar? —preguntó T. X. con curiosidad.

—¡No, no!

T. X. apuntó la cosa hacia la alfombra y apretó cautamente el botón. Se oyó un siseo, y por el agujero salió un chorro de líquido. T. X. miró abajo. Una gran zona de la alfombra había cambiado de color y humeaba. Un olor acre y desagradable invadió la atmósfera. T. X. pasó la mirada del suelo a la cara lívida del hombre.

—Vitriolo, seguramente —dijo, moviendo la cabeza con admiración—. Está usted hecho un hombrecito, Kara.

El griego, a pesar de su entereza, estaba a punto de caer desmayado; balbució unas palabras para defenderse y escuchó sin chistar, mientras T. X., más emocionado de lo que quería descubrir, le hablaba de él mismo, de sus antepasados albaneses y de las posibilidades de sus haciendas en Albania.

Muy lentamente, Kara fue recobrando el dominio propio.

—No pretendía usarlo contra usted, lo juro —dijo en tono de súplica—. Estoy rodeado de enemigos, Meredith. Es lógico que me defienda. Juro nuevamente que no pensaba emplearlo contra usted. La idea es absurda. Siento mucho haberle gastado la broma de la caja.

—No se preocupe por eso —replicó el detective—. Me parece que el bromista he sido yo. No, no, no puedo devolvérselo —añadió cuando el griego alargaba la mano para recobrar el infernal instrumento—. Tengo que llevarlo a Scotland Yard. Es muy interesante. Aire comprimido, ¿verdad?

Kara asintió solemnemente.

—Muy ingenioso —dijo T. X.—. Si yo tuviera un cerebro como el de usted..., haría cosas con él... y con un revólver —añadió saliendo de la habitación.

CAPÍTULO IX

Querido
mister
Meredith:

No puedo expresarle lo molesto y humillado que me siento ante el desagradable desenlace que tuvo la pequeña broma que quise gastarle. Como sabe usted, y de ello le he dado ya pruebas, siento la mayor admiración por una persona que, trabajando tanto por la Humanidad como usted, ha conquistado tan universal renombre.

Espero que tanto usted como yo olvidaremos este desdichado acontecimiento, y que me dará usted la oportunidad de presentarle las excusas que le debo. Lo estimo indispensable para rehabilitarme ante sus ojos, y por lo menos, reunir los restos dispersos de mi propia estimación.

Me causará usted un placer vivísimo aceptando la semana próxima una cena conmigo y con un hombre interesantísimo, Jorge Gathercole, que acaba de regresar de Patagonia —según carta suya que acabo de recibir—, después de hacer los mas notables descubrimientos en aquel país.

Estoy seguro de que tendrá usted un criterio lo suficientemente amplio para no dejar que mi estúpido acceso de mal humor perturbe unas relaciones que siempre he deseado que fueran mutuamente agradables. Si consiente usted en que Gathercole, inconsciente del papel que ha de desempeñar, haga de pacificador entre usted y yo, daré por bien empleada la enorme suma que me ha costado su viaje a Patagonia.

Siempre suyo afectísimo,

Remington Kara.

Kara dobló la carta y la metió en el sobre. Tocó el timbre que tenía sobre la mesa y apareció la muchacha que tanta impresión había causado a T. X. Meredith.

—Que manden esta carta en seguida,
miss
Holland.

La joven inclinó la cabeza y quedó en pie esperando. Kara se levantó de la mesa y empezó a pasear por la habitación.

—¿Conoce usted a T. X. Meredith? —preguntó repentinamente.

—He oído hablar algunas veces de él —contestó la muchacha.

—Es un hombre singular, un hombre contra el que se mella mi arma favorita.

Ella le miró con interés.

—¿Cuál es su arma favorita,
mister
Kara?

—El miedo.

Si esperaba que ella le animara a continuar, quedó defraudado. Probablemente no necesitaba tal animación, pues en presencia de sus inferiores sociales era monopolizador.

—Se corta a un hombre la piel a tiras, y puede curar. Se le azota, y puede olvidar este recuerdo. Pero si se le asusta, si se le llena de aprensión y se le deja creer que algo espeluznante le va a ocurrir a él o a alguna persona a quien ame (mejor esto último), entonces se le hace sufrir de un modo que nunca alcanza el olvido. El miedo es un tirano y un déspota, más terrible que el potro de tormento, más eficaz que la picota. El miedo tiene cien ojos, y ve horrores allí donde la vista normal sólo ve cosas ridículas.

—¿Es ése su credo? —preguntó ella serenamente.

—Parte de él,
miss
Holland —contestó Kara sonriendo.

Ella jugueteó ociosamente con la carta que tenía en la mano.

—¿Y qué puede justificar el uso de tan terrible arma? —preguntó.

—Está ampliamente justificado para conseguir un fin. Por ejemplo: yo quiero algo. No puedo conseguirlo por la vía ordinaria o por el empleo de los métodos corrientes. Es esencial para mí, para mi felicidad, para mi comodidad o para mi amor propio. Si puedo comprarlo, santo y bueno. Si puedo comprar a personas que tienen influencia para conseguirme ese objeto, tanto mejor. Si puedo adquirirlo por cualquier mérito que yo tenga, utilizo este mérito. Pero en otro caso... —Kara se encogió de hombros.

—Comprendo —dijo la joven moviendo lentamente la cabeza—. Supongo que así es como piensan los chantajistas

Él frunció el ceño.

—Esa es una palabra que yo no uso, y que tampoco me gusta oír. Yo asocio el chantaje con una vulgar tentativa para conseguir dinero.

—Que resulta indispensable para la gente que lo emplea —dijo la joven, sonriendo ligeramente—. Y según el método de pensar de usted, está plenamente justificado.

—Es cuestión de plano —dijo él con jovialidad—. Desde mi punto de vista, son sórdidos criminales la clase de individuos con quienes T. X. tiene que contender en su trabajo. T. X. es un hombre por el que siento un gran respeto. Probablemente usted volverá a verle, pues él buscará una oportunidad para hacerle a usted una porción de preguntas sobre mí. No necesito decirle...

Kara alzó las cejas e hizo un gesto de simpatía.

—No discutiré los asuntos de usted con ninguna persona —contestó la joven con frialdad.

—Creo que le doy a usted tres libras por semana. Me propongo ascenderla a cinco libras, porque me sirve usted admirablemente.

—Muchas gracias —replicó serenamente la joven—, pero ya estoy muy bien pagada.

Y salió, dejándole un poco asombrado y bastante incomodado.

Rehusar los favores de Remington Kara era para aquel hombre orgulloso algo así como una afrenta. Gran parte de su enemistad con T. X. derivaba de la curiosa indiferencia con que éste había considerado la benévola actitud de Kara en su trato con el detective.

Tocó el timbre, esta vez para su criado.

—Fisher —le dijo—, estoy esperando la visita de un caballero llamado Gathercole, un caballero manco, a quien vas a entretener con cualquier pretexto, porque es muy difícil de retener, y yo necesito absolutamente verle. Ahora voy a salir, y volveré para las seis y media. Haz todo lo posible para impedirle que se vaya hasta mi regreso. Probablemente lo conseguirás mejor llevándole a la biblioteca.

—Muy bien, señor. ¿Va usted a cambiar de ropa?

—No. Saldré tal como estoy. Dame mi abrigo de piel. Este maldito frío me mata. Ten cuidado de que no se apague la estufa, llévame el correo a la alcoba y sírvele el
lunch
a
miss
Holland.

El griego era aficionado a hacer amistad con sus criados..., claro está que hasta cierto límite. En sus momentos más generosos se dirigía a su ayuda de cámara llamándole Fred, y en más de una ocasión, y sin motivo aparente, le había dado una propina al pagarle su jornal.

Fisher le acompañó hasta el automóvil, le envolvió las piernas en la manta, cerró la portezuela con cuidado y volvió a la casa. A partir de aquel momento su conducta fue bastante extraordinaria para un criado bien educado. Que volviera al despacho de Kara y pusiera en orden los papeles, era muy natural. No lo era ya tanto que se dedicara a un rápido examen de todos los cajones de la mesa de su amo, aunque esto podría excusarse como un exceso de diligencia, ya que, hasta cierto punto, contaba con la confianza de
mister
Kara.

Mister
Fred Fisher no debió de encontrar gran cosa hasta que dio con el talonario de cheques de
mister
Kara, que le dijo por las indicaciones de la matriz, que el día anterior había el griego retirado de su Banco seis mil libras en metálico. Este detalle pareció interesarle enormemente, y con los labios apretados y la mirada fija de un hombre que piensa con rapidez, volvió a dejar en su sitio el talonario. Hizo una visita a la biblioteca, donde la secretaria estaba ocupada en sacar copias de la correspondencia de Kara y en contestar cartas de pedigüeños.

Fisher alimentó el fuego de la chimenea, pidió instrucciones deferentemente y volvió a sus registros. Esta vez le tocó el turno a la alcoba. No le llamó la atención la caja incrustada en la pared, pero sí un pequeño
bureau
en el que Kara guardaba la correspondencia particular de la mañana. Sin embargo, sus pesquisas no obtuvieron resultado.

Al lado de la cama había una mesita con un teléfono, cuya vista, al parecer, le hizo mucha gracia al ayuda de cámara. Aquél era el teléfono privado que Kara había mandado instalar con Scotland Yard..., según había explicado a sus criados.

Fisher se detuvo un momento ante la puerta cerrada de la habitación y contempló sonriendo el monumental cerrojo de acero que abarcaba toda la anchura de la puerta y que ajustaba exactamente en una caja, también de acero, incrustada en la pared. Luego salió de la habitación, y con aire meditabundo bajó las escaleras que conducían al hall.

Estaba a mitad del camino, cuando vino a su encuentro la doncella de Kara.

—Hay un señor que quiere ver a
mister
Kara. Aquí está su tarjeta.

Fisher leyó el nombre: «Jorge Gathercole, júnior. Travellers Club.»

—Yo le recibiré —dijo con repentina animación.

Encontró al visitante en pie en el hall.

Era un hombre que habría llamado la atención solamente por lo excéntrico de su traje y la suciedad de su aspecto. Llevaba un abrigo muy raído y un sombrero de copa brillante, y, evidentemente, nuevo. Cuando llegó el criado se estaba estirando, con movimientos nerviosos, de una sucia barba que le cubría toda la parte inferior de la cara, hablando consigo mismo y lanzando despectivas miradas al retrato de Remington Kara, que pendía sobre la chimenea. Llevaba en la nariz unos quevedos sostenidos por un milagro de equilibrio, y dos gruesos volúmenes bajo el brazo. Fisher, que tenia grandes cualidades de observador, descubrió bajo el abrigo una sucia chaqueta azul, un pantalón con enormes rodilleras y dos grandes botas negras.

El visitante miró al criado.

—Tenga esto —ordenó perentoriamente señalando los dos volúmenes que traía bajo el brazo.

Fisher se apresuró a obedecer, y observó, con cierto asombro, que el visitante no hacía ademán de ayudarle, bien soltando los libros, bien levantando la mano. Accidentalmente, el criado le apretó la manga, y recibió una impresión desagradabilísima, porque el antebrazo era evidentemente artificial. Dentro de la manga había una superficie de madera, y aquella invalidez del visitante quedó confirmada cuando le alargó a Fisher la mano derecha para que le quitara el guante.

—¿Dónde está Kara? —gruñó luego.

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