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Authors: Fritz Leiber

Tags: #Fantástico

Espadas y demonios

BOOK: Espadas y demonios
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El ciclo de aventuras de Fafhrd y el Ratonero Gris se ha convertido desde su aparición en la serie más popular de la fantasía heroica (término cuya acuñación se debe al propio Leiber). En múltiples ocasiones ha sido aclamada como la obra cumbre de esta modalidad literaria, de entre cuyos habituales productos destaca por su vitalidad.

En este primer libro de la serie, se cuentan los orígenes de una entrañable pareja de aventureros, Fafhrd -un inexperto bárbaro norteño- y el Ratonero Gris -que por entonces era un mero Ratón-, sus primeros amores y correrías. La novela corta "Aciago encuentro en Lankhmar" obtuvo los famosos galardones Hugo y Nébula.

Fritz Leiber

Espadas y demonios

Fafhrd y el Ratonero Gris - 1

ePUB v1.2

OZN
30.05.12

Título original:
Swords and Deviltry

Fritz Leiber, enero de 1985.

Traducción: Jordi Fibla

Ilustraciones: Peter Elson

Diseño/retoque portada: Orkelyon

Editor original: OZN (v1.0 a v1.2)

ePub base v2.0

PREÁMBULO DEL AUTOR

PRÓLOGO

1. INDUCCIÓN

De otro mundo y de cómo un desconocido encuentra a otro y descubren que están emparentados.

2. LAS MUJERES DE LA NIEVE

De las mujeres de la magia del hielo y de una guerra fría entre los sexos, exponiendo la difícil situación de un joven ingenioso manipulado por tres despóticas mujeres, junto con información pertinente de amor paterno-filial, la valentía de los actores y el valor de los tontos.

3. EL GRIAL PROFANO

Un discurso de ficción sobre las relaciones de un brujo de baja condición con acólitos de ambos sexos junto con profundos conocimientos del uso del odio como motor, y conteniendo el único relato verdadero de cómo el Ratón se convirtió en el Ratonero Gris.

4. ACIAGO ENCUENTRO EN LANKHMAR

El segundo y decisivo encuentro de Fafhrd y el Ratonero Gris, en el que se cuenta algo de los males de la interminable niebla nocturna y el latrocinio organizado, de la ebriedad y vanidad de hombres y muchachas queridos y de las laberínticas maravillas y horrores de la Ciudad de los Ciento cuarenta mil Humos.

Contenido

Preámbulo del autor
[Espadas y demonios] (Author's Foreword [Swords and Deviltry]) [Prólogo/Epílogo]
1970

Prólogo del autor
[Espadas y demonios] (Author's Introduction [Swords and Deviltry]) [Prólogo/Epílogo]
1970

Inducción
(Induction) [Relato Corto]
1970

Las mujeres de la nieve
(The Snow Women) [Novela Corta]
1970

El grial profano
(The Unholy Grail) [Relato]
1962

Aciago encuentro en Lankhmar
(Ill Met in Lankhmar) [Novela Corta]
1970

Nota acerca del autor
[Saga de Fafhrd y el Ratonero Gris] [Prólogo/Epílogo]
1985

PRÓLOGO DEL AUTOR

Éste es el primer libro de la saga de Fafhrd y el Ratonero Gris, los dos espadachines más grandes que jamás han existido en éste o en cualquier otro universo real o de ficción, maestros del acero más hábiles incluso que Cyrano de Bergerac, Scar Gordon, Conan, John Carter, D'Artagnan, Brandoch Dalia y Anra Devadoris. Dos camaradas de la muerte y los sombríos comediantes para toda la eternidad, vigorosos, pendencieros, buenos bebedores, imaginativos, románticos, groseros, ladrones, sardónicos, festivos, siempre buscando aventuras a través del ancho mundo, condenados a toparse sin cesar con los enemigos más mortíferos, los adversarios más crueles, las muchachas más deliciosas y los brujos más horrendos, bestias sobrenaturales y otros personajes.

Una tarde encantada, Harry Otto Fischer creó a Fafhrd y el Ratonero, y su patrocinador embruja a Ningauble de los Siete Ojos y Sheelba del Rostro Sin Ojos, y -con la ayuda del autor- la ciudad de Lankhmar. Pero el autor ha hecho y escrito todo el resto, salvo las 10.000 palabras de «Los señores de Quarmall», escritas por Fischer. A este libro, en el orden exacto de las aventuras, le siguen Espadas contra la muerte, Espadas entre la niebla, Espadas contra la magia (que contiene «Los señores de Quarmall»). Las espadas de Lankhmar y Espadas y magia helada

FRITZ LEIBER, 1970

Inducción

Separado de nosotros por abismos de tiempo y extrañas dimensiones sueña el antiguo mundo de Nehwon con sus torres, calaveras y joyas, sus espadas y brujerías. Los reinos conocidos de Nehwon se encuentran en el Mar Interior: al norte la boscosa y salvaje Tierra de las Ocho Ciudades, al oeste los jinetes mingol, que habitan las estepas, y el desierto por donde avanzan lentamente las caravanas de las ricas Tierras Orientales y el río Tilth. Pero hacia el sur, unidos al desierto sólo por la Tierra Hundida y defendida más allá por el Gran Dique y la Montaña del Hambre, están los ubérrimos campos de cereales y las ciudades amuralladas de Lankhmar, las más antiguas y principales tierras de Nehwon. Dominando la Tierra de Lankhmar y agazapada en la desembocadura llena de sedimentos del río Hlal, en un rincón seguro entre los campos de cereales, el Gran Pantano Salado y el Mar Interior se halla la metrópolis de Lankhmar, de imponentes murallas y laberínticos callejones, rebosante de ladrones y sacerdotes afeitados, magos escuálidos y panzudos mercaderes… Lankhmar la Imperecedera, la Ciudad de la Toga Negra.

Una negra noche, en Lankhmar, si hemos de dar crédito a los libros rúnicos de Sheelba del Rostro Sin Ojos, se encontraron por primera vez estos dos dudosos héroes y caprichosos bribones, Fafhrd y el Ratonero Gris. Los orígenes de Fafhrd eran fáciles de percibir por su altura que superaba los siete pies y su cuerpo esbelto y elástico, sus adornos remachados y su enorme y larga espada. Estaba claro que era un bárbaro procedente del Yermo Frío, más al norte incluso que las Ocho Ciudades y las Montañas de los Duendes. Los antecedentes del Ratonero eran más crípticos y apenas podían deducirse de su estatura infantil, su atuendo gris, la capucha de piel de ratón bajo la que se embozaba su rostro atezado y chato y su estoque engañosamente delicado. Pero algo en él sugería ciudades y tierras del sur, las calles oscuras y también los espacios inundados de sol. Mientras la pareja se miraba desafiante a través de la oscura niebla iluminada indirectamente por distantes antorchas, tenían ya una leve conciencia de que eran dos fragmentos que encajaban, separados durante largo tiempo, de un héroe más grande y que cada uno había encontrado un camarada que duraría más que un millar de búsquedas y toda una vida -o un centenar de vidas- de aventuras.

Nadie en aquel momento podría haber adivinado que el Ratonero Gris se llamó en otro tiempo Ratonero, o que Fafhrd había sido recientemente un joven cuya voz era aguda mediante entrenamiento, que sólo llevaba pieles blancas y que aún dormía en la tienda de su madre, aunque tenía dieciocho años.

Las mujeres de la Nieve

A mediados del invierno, en Rincón Frío, las mujeres del Clan de la Nieve libraban una guerra fría contra los hombres. Caminaban penosamente, enfundadas en sus pieles blancas, casi invisibles contra la nieve recién caída, siempre juntas en grupos femeninos, silenciosas o, como mucho, siseando cual sombras airadas. Evitaban la Sala de los Dioses, con sus árboles que servían de columnas, las paredes de cuero trenzado y el alto tejado de pinaza.

Se reunían en la gran Tienda oval de las Mujeres, que montaba guardia ante las tiendas domésticas más pequeñas, donde celebraban sesiones de cánticos y siniestras lamentaciones, así como diversas prácticas silenciosas destinadas a crear poderosos encantamientos que atarían los tobillos de sus esposos a Rincón Frío, les paralizarían y les producirían resfriados pertinaces con abundancia de lágrimas y mucosidades, manteniendo en reserva la amenaza de la Gran Tos y la Fiebre Invernal. Todo hombre que fuese tan imprudente de caminar solo de día, corría el riesgo de que le embistieran, le bombardearan con bolas de nieve y, si caía, le pisotearan... por más que fuera un bardo o un vigoroso cazador.

Y ser blanco de los no menos blancos proyectiles lanzados por las mujeres del Clan de la Nieve no era cosa de risa. Cierto es que tiraban por lo alto, pero sus músculos estaban dotados de gran fuerza, gracias a actividades tales como cortar leña, poda de altas ramas y aporreamiento de pellejos, incluido el dela colosal behemot, cuya dureza sólo era comparable a la del hierro. Y en ocasiones congelaban sus bolas de nieve, utilizándolas como pedruscos de hielo.

Los hombres fornidos, endurecidos por la intemperie invernal, soportaban todo esto con inmensa dignidad, deambulando como reyes ataviados con sus chillonas pieles de ceremonia, negras, bermejas y teñidas con todos los colores del arco iris. Bebían en abundancia pero con discreción y traficaban con tanta astucia como los ilthmarts sus fragmentos de ámbar corriente y gris, sus níveos diamantes sólo visibles de noche, sus brillantes pieles de animales y sus hierbas del hielo, a cambio de paños tejidos, especias picantes, hierro añilado y bronceado, miel, velas de cera, pólvora que resplandecía rugiente con múltiples colores y otros productos del sur civilizado. Sin embargo, insistían en mantenerse generalmente en grupos, y había muchos con la nariz goteante entre ellos.

Las mujeres no ponían objeciones a este trueque. Sus hombres eran hábiles en este oficio y ellas las principales beneficiarias. Lo preferían mucho más a las ocasionales incursiones piráticas de sus maridos, que se llevaban a aquellos fuertes hombres muy lejos, a las costas orientales del Mar Exterior, fuera del alcance de la supervisión matriarcal inmediata, e incluso, temían a veces las mujeres, de su potente magia femenina. Rincón Frío era el punto meridional más lejano jamás alcanzado por todo el Clan de la Nieve, cuyos miembros pasaban la mayor parte de sus vidas en el Yermo Frío y entre las laderas de las Montañas de los Gigantes, tan altas que sus cumbres no se veían, e incluso más al norte, en los Huesos de los Antiguos, y, así, aquel campamento invernal constituía su única posibilidad anual de dedicarse a un trueque apacible con los emprendedores mingoles, sarheenmarts, lankhmarts e incluso con algún hombre del desierto oriental, tocado con un pesado turbante, arropado hasta los ojos, y con enormes guantes y botas.

Tampoco se oponían las mueres a que empinaran el codo. Sus maridos eran grandes trasegadores de aguamiel y cerveza, en todo momento, e incluso del aguardiente nativo de patata blanca de nieve, una bebida más embriagadora que la mayoría de vinos y licores que los mercaderes dispensaban con optimismo.

No, lo que las Mujeres de la Nieve detestaban tanto y que todos los años les llevaba a librar una guerra fría en la que apenas estaba proscrito ningún material o hechizo mágico, era el espectáculo teatral que inevitablemente llegaba temblando al norte junto con los mercaderes, sus atrevidos actores con sus rostros agrietados y las piernas llenas de sabañones, pero latiéndoles los corazones por el suave oro norteño y los públicos fáciles aunque alborotadores..., un espectáculo tan blasfemo y obsceno que los hombres se apropiaban en exclusiva de la Sala de los Dioses para su representación (ya que Dios no se inmutaba) y negaban la entrada a las mujeres y los jóvenes; un espectáculo cuyos actores, según las mujeres, no eran más que viejos sucios y escuálidas muchachas sureñas aún más sucias, de moral tan laxa como las ataduras de sus escasas prendas, cuando iban vestidas. No se les ocurría a las Mujeres de la Nieve, que una chiquilla flaca, sucia y desnuda, la piel azulada y de gallina en el frío de la Sala de los Dioses, con sus corrientes de aire, apenas sería objeto de atracción erótica, aparte de su riesgo permanente de congelación generalizada.

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