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Authors: Cristina Fallarás

Tags: #Intriga, Policíaco

Las niñas perdidas (3 page)

BOOK: Las niñas perdidas
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—Jefa, este estado… este estado de las cosas te sienta estupendamente. Joder, te estás poniendo buenísima.

Victoria tiró sobre la mesa el ejemplar de
La Vanguardia
con el que había estado dándose aire.

—Escucha, escucha lo que dice hoy el diario: «El hombre debe aprender a sobrellevar su nueva situación social», escucha bien, «a saberse menos proveedor, menos cabeza de familia, posiblemente innecesario». Los diarios ya no son lo que eran, mecagon el agentito de mierda. Ya les vale, «menos proveedor», vaya día, vaya puto día. Siempre he sido proveedora única, total; proveedora y montura. —Dijo montura, pensó montura y se vio montada por alguno de esos hombres que habían pasado por su lomo, ninguno en concreto, y pensarlo le dio rabia—. ¿Es eso lo que se me nota tanto? Ya me han jodido el día.

Trató de imaginarse al agente, su conexión auricular y su carita aterrada, como
proveedor
—aunque fuera «menos proveedor»— y se repitió: ¿qué es lo que me ha endurecido?

—Las viejas roqueras nunca mueren, ¿eh, jefa?

Jesús trabajaba los tópicos como parte vital de su encanto, pero Victoria tenía claro que su ayudante le estaba diciendo que los años tallan la crueldad en el alma y eso acaba saliendo.

Hostias que si acaba saliendo, se dijo.

De su primer marido conservaba una deuda que pagaba mensual y religiosamente, y el triste recuerdo de un par de abortos solitarios. Del segundo, la otra deuda y una colección de sinónimos de la palabra «puta» digna de concurso televisivo. Eran encantadores.

—Los
pilipinos
han abierto una
pescadelía
donde estaba el Estela Maris.

Jesús imitaba a la perfección el acento de los filipinos del barrio, y no dudaba en declarar a quien quisiera escucharle una admiración absoluta por la aparente inactividad de sus vecinos.

—Eso sí que es nuevo —contestó Victoria mientras encendía el ordenador—. Una pescadería filipina… qué asco.

—Jefa, jefa, cuántos prejuicios, así no vas a ganarte nunca el premio a la detective solidaria. He estado allí, y todo lo que venden vale menos de tres euros. ¿Crees que los pescan ellos?

—¿El qué?

—Los pescados que venden, Vicky, ¿qué coño va a ser?

—¿Cómo van a pescar los filipinos del Raval, Jesús?

—Yo qué sé, dos y tres euros es muy poco dinero para un kilo de pescado. A mí no me gusta el pescado, no como pescado ni compro nunca pescado, sólo como atún de lata, pero te juro jefa que el peor atún en lata es más caro que ese kilo de pescado. ¡Pescado
pilipino
!

—Igual lo cogen de las alcantarillas, Jesús. Yo de ti seguiría con las latas.

Jesús se sacó una banqueta al quicio de la puerta y se sentó al fresco. La esquina de la calle León con Paloma permitía ese tipo de anacronismos. Volvió la cabeza, como invitándola a salir también, algo que ella jamás habría hecho.

—Ha llamado la poli, jefa.

Para él, cualquier policía era la poli y disfrutaba de lo lindo con la familiaridad. Manejaba todo aquello que llamaba tratos con el enemigo como un juego, un divertimento que no sólo le daba unos cuantos euros para sobrevivir y seguir bebiendo, sino que por el momento le mantenía lo suficientemente distraído como para no volver a las andadas. Jesús, con aquel trabajo, se sentía necesario, y eso era lo que le venía haciendo falta. A cada uno lo suyo.

Una vieja filipina del tamaño de una nieta cruzó por delante de Jesús con un pedazo de algo blanco y alargado en la mano, envuelto a medias en papel de aluminio. Por la manera en que le pasaba la lengua se podía deducir que era comestible, pero Jesús no llegó a estar seguro. La saludó con la cabeza y recibió a cambio un gesto que lo mismo podía ser sonrisa o juramento.

—Para mí, Vicky, que fueron ellos mismos los que nos llamaron por lo de la niña muerta. Están en pelota picada, y no es cómodo estar en pelota picada ante el horror en estado puro. Los periodistas se les van a echar a la yugular. Lo dicho, estos tíos nos necesitan, porque lo que es ellos solos…

El horror en estado puro. Exactamente, pensó Victoria. Y aún quedaba otra niña por encontrar, porque según los informes que manejaban las hermanas desaparecidas eran dos. Otro horror, seguramente, y a saber en qué estado.

—Lo dicho, están más podridos que el pescado de los
pilipinos
. Joder, no tenías que haberme dicho lo de las alcantarillas, jefa, qué asco, pásame otra birra. Me parece que los polis son los que nos están metiendo en esto.

—Déjalo ya, Jesús. ¿Qué querían?

—Me juego un huevo y la yema del otro a que fueron ellos lo que nos llamaron y nos mandaron la pasta. Si no, al tiempo. Estos hijos de puta no piden favores, jefa, han fingido que nos contratan con mucha parafernalia y mucho secretito, sí, pero han sido ellos. Nos necesitan.

Se levantó de la banqueta con el índice en alto; su altura hacía que el dedo rozara el techo. Paseó por el local haciéndose el interesante y se dejó caer en su sillón desvencijado con el botellín en la mano. A Jesús el trabajo junto a Victoria le hacía sentir bien, le reportaba la cantidad de lumpen que necesitaba para sentirse vivo, para saberse un poco delincuente. Sin delincuencia la vida le parecía una tomadura de pelo, y desde su infancia vivía planeando trampas y delitos que lo alejaran de la idea de ciudadanía correcta. Obediente, podría haber dicho, pero él no pensaba ese tipo de palabras.

—Yo haría lo mismo, qué joder —siguió—, porque saben que somos los mejores, pero de ahí a admitirle a una tía que necesitan su ayuda va un trecho largo, jefa, laaargo, lo que yo te diga, y más si la tía está preñada. ¿Qué te parece? La poli pidiéndole ayuda a una preñada, vamos, ¡la bomba! Nada de eso. A alguno de los listos de uniforme se le habrá ocurrido que mejor nos contratan, y así matan dos pájaros de un tiro: les resolvemos el marrón y salvan su orgullo. Pero a Jesús no se le escapa una. Y ellos, los muy putos, se lo huelen: no han querido soltarme prenda. Que los llames tú, que llames al comisario Estella, valiente listo ese también, y te dará los detalles. Hacen bien en no fiarse de Jesús, hacen bien en mantener las distancias conmigo. —Volvió a levantarse, de nuevo con el dedo en alto—. Vale, que sigan así.

Victoria se quedó embobada mirando el hoyo que el culo del hombre había dejado en el sillón. Era
su
sillón. Cuando aceptó irse a trabajar con ella, aportó al despacho aquella joya de trapería, remendada y grasienta, y una neverita cervecera, y los colocó en el mismo rincón del fondo en el que aquel casero gordo jugaba sus solitarios. El rincón de los vagos. Desde que se levantaba hasta que el asiento recuperaba su forma pasaban cerca de dos minutos, los mismos que Victoria solía necesitar para decidir ponerse en movimiento a esas alturas del embarazo.

Marcó el número del comisario Estella y a cambio recibió dos alegrías: el teléfono de los abuelos de su pequeña difunta y el de la madre de acogida en cuyos brazos la siempre diligente administración pública parecía haber depositado a las dos hermanas.

Estoy bien jodida, se dijo, no sé si es peor el llanto inconsolable de dos ancianos o el de una abnegada madre postiza.

Eso pensó, exactamente eso, y se equivocaba.

7

E
l techo de la sala de espera del pabellón de Nuestra Señora de Montserrat del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es una cúpula dorada envejecida en la que algunas palomas se asombran.

Las persianas de pajilla, las altas ventanas circundantes, el suelo en mosaico añejo, el enorme ventilador; todo, absolutamente todo remite a otras latitudes. Nada indica que se trate de la sala de espera de urgencias ginecológicas, la más tranquila de todas las salas de espera, tan falsamente, el tristísimo centro de las desilusiones, pura congoja en el eje de una ciudad donde las parejas jóvenes tiemblan por la calidad de sus gónadas. Una sala de espera circular. Parece el pequeño quiosco de un palacete achacoso expuesto a la impertinencia de los monzones. Por eso, la mujer pelirroja piensa en Bombay, Cartagena de Indias, Kapurtala, en algún sitio con un nombre similar a Indochina.

A esa hora, el sofocante calor húmedo ha aflojado, pero aún contribuye a dibujar un falso decorado colonial. En la única otra silla ocupada de las ocho que hay dispuestas en círculo, siguiendo la curva de la pared, una joven inmigrante, por ejemplo dominicana, respira ligeros ronquidos ásperos. Agotamiento.

Flap, flap, flap, flap.

Las aspas marcan la ilusión de un tiempo acelerado y no consiguen secar el sudor de la mulata, aunque evitan que gotee. Tiene el cuero cabelludo empapado y rodetes mojados aquí y allá. De un golpe de cabeza se despierta, toma conciencia de la presencia de la mujer pelirroja y casi le sonríe, pero algo le indica que la perorata que oye y que mantiene a la otra en una tensión plagada de tics va dirigida a ella.

Flap, flap, flap, flap.

—… sí, claro, le puede pasar a cualquiera, a ti te puede pasar, a mí. Vaya. A mí me pasó y ya ves. ¿Quieres que te diga la verdad? La verdad es ésta: no tengo ni idea de cómo llegó el momento puto, pero ahí estaba. La culpa fue de Juan, aunque decir la culpa fue de Juan es mierda, porque él podría decir que la culpa fue mía y tendría su parte de razón. No suelo hablar así, perdóname, no suelo hablar en absoluto, es que estoy colocada, bola gratis,
doing
, es mi
bonus
. Hablaba de mi culpa, ¿no?, eso decía, fue mi culpa pero de una manera más amplia, menos puntual. La culpa puntual fue de Juan. Sólo faltaba que encima me echara yo la culpa, qué imbécil. Y lo soy: im-bé-cil. ¿Quién ha acabado durmiendo en la calle, eh? ¿Sabes quién ha acabado durmiendo aquí? ¿Quién? ¿Juan? No. ¿Su puta madre? Tampoco. ¿Las niñas, pobrecitas mías, mis pequeños accidentes? Ni hablar. ¡Yo! Sólo yo, pierdo yo siempre, ésta que tienes delante es la que perdió, e igual podría haber sido él. Podría haber perdido cualquiera de los dos, porque los dos llevábamos la misma vida que es la vida que no deben llevar unos padres, ¿entiendes? Unos padres se levantan, dan el desayuno a las niñas, van a trabajar, hacen la compra, comen, aprenden canciones con ratoncitos y florecitas y bosquecitos, las recogen del cole, cenan, se meten en la cama, duermen. ¡Ése y no otro es el orden de las cosas! Así deben ser unos padres y ninguno de nosotros era así, pero al menos nos turnábamos. Te recomiendo los turnos, querida, lo hacen todo más llevadero. Ya sabes, tú sales hoy, mañana yo, pasado los dos y que se joda la ecuatoriana. Pero la que se jodió fui yo, y bien jodida, negrita, bien jodida. Cuestión de mala suerte, suerte puta, problema de destiempo.

La pelirroja se reacomoda inquieta y la silla cruje. Se intenta recoger el pelo en una coleta con ambas manos, hacerle un nudo sin éxito, se estira la camiseta verde militar hasta casi romperla, se quita las sandalias y recoge los pies contra el culo hasta que consigue meter las rodillas dentro de esa camiseta que parece la herencia de un soldado flaco. Las de esa sala de espera son unas sillas de casa ultramarina, para colocar descuidadamente a la sombra del porche, con la magnífica vista de un jardín inabarcable, por delante todo un mundo en verdes húmedos y criados oscuros que pululan, no son el mobiliario para un hospital público, desde luego.

—O no, negrita, o no… seguramente nunca le podría haber pasado a él, porque yo no soy tan hija de puta, no señora, por muchas cabronadas digeridas, por muy cerdo que el tío sea, no Juan, cualquier tío, por muy puto que sea conmigo, jamás llevé ni llevaría el cuento a la policía. ¡Ni él tampoco, coño! Si había llevado la misma vida que yo, si su vida era la mía, y por cinco y por diez, ¿sabes multiplicar? Yo me colocaba una noche y él se colocaba cuatro, así era, lo que pasa es que mis noches siempre duraban más, a veces algunos días, siempre tenían un fondo de dolor y estaban sucias, y luego las mañanas eran duras con las niñas, ya sabes, se te pasa la hora del cole y te las tienes que tragar en casa, de reenganche, sin haber pegado ojo y todavía colocada. Rezando. Lo mejor para librarte de las alucinaciones en esos momentos es rezar, así de claro te lo digo. Rezar o llamar a la ecuatoriana o llorar hasta que se te cierran los ojos. Cualquier cosa menos acudir a la pasma, joder, que todo tiene arreglo…

Flap, flap, flap, flap.

—Estaban perfectamente. ¡Atiende, joder, atiende! Yo qué sé… eran mis niñas. Mis niñas preciosas, mis extrañas criaturas indefensas. ¿En qué siglo viven, putos oficinistas de gimnasio? Que si estaba drogada, que si el alcohol, que si no podía hacerme cargo… pequeños rencores de gente mediocre, empujándome así, como quien no quiere la cosa, hasta el momento puto, y hasta esto. Tooodo esto. Eran mis hijas, mías, yo era su madre, ciega madre, madre ebria o madre serena, qué más da, su madre al fin y al cabo. Y el momento puto, ¡zas! llega, llega que llega. El hada madrina, la mía, era un cachiporrazo en la cabeza, adiós casa,
goodbye blue
baboso
blue prince
, adiós mis princesitas, petitas, Saint Exupéry por culo y a tomar por culo también la calabaza y los jodidos ratones. Recuerdo bien: todo estaba ahí para durar, todo construido según las leyes de la durabilidad familiar, la nuestra, la de toda la vida, todo estaba ahí y un día ya no queda nada. Estaba la risa, je, je, je, y en medio de la celebración, en el puto centro de la fiesta, dan las doce y
goodbye
cuento.

La mulata no deja de mirarse la entrepierna sin ningún recato en busca de manifestaciones externas de algún dolor, ella sabrá hasta qué punto intenso. A ratos, observa a la mujer pelirroja que habla como quien oye llover y a ratos sólo lucha contra el sueño que tira de sus párpados, pensando seguramente que preferiría estar sola.

—Los muy bestias echaron la puerta abajo. Yo estaba en mi casa, a cubierto, era la puerta de mi casa, había llegado sana y salva a relevar a Juan, justo a tiempo, sólo tenía que aparecer aquella chica ecuatoriana a hacerse cargo de la situación y podría descansar. Bueno, o no, o Juan ya se había ido para siempre, no puedo acordarme de todo, no puedo estar en todo. Necesitaba dormir y tenía que esperar a que llegara, sólo eso, acurrucada contra la maldita mañana en un rincón del salón. Tú debes de saber lo que es eso, llegar y no poder dormirte todavía, porque puede pasar algo, pero lo único que pasa es que te estás muriendo, te da vueltas el mundo y crees que si no cierras los ojos y duermes vas a empezar con las alucinaciones y será peor. Ahí está el momento puto, ¿sabes? El momento puto es ese instante en el que por fin el sueño vence y no es el momento adecuado. Vence el sueño y estás en la calle y ya no va a haber quien te mueva en horas del puto suelo. O vence el sueño y aún no ha llegado Juan o la ecuatoriana y ya da igual que las niñas vayan a quedarse solas porque ni de coña vas a oír el timbre… Entonces, escucha porque allá va mi último recuerdo, me di cuenta de que había llegado el momento puto y busqué un segundo a las niñas, o no, o sólo miré a ver si las tenía cerca, y ya no me acuerdo. La puta tensión. La puta tensión ahí, colocada, el esfuerzo de esperar despierta a la canguro, jodida ecuatoriana. Fue eso. Lo de siempre, qué habitual; qué fácil y qué risa,
as usual
, en un último instante de conciencia creí vislumbrar a la canguro, supe que estaba acompañada, y quién iba a ser sino la ecuatoriana, y me dejé llevar por el momento puto, sólo que en vez de la canguro eran los mierdas de policías, y debí de pensar, yo qué sé, negrita, yo qué sé, que con ellos la cosa ya estaba en buenas manos. Necesitaba dormir, y claro que me relajé. Joder, lo más normal. Pero no era la canguro. Era el momento puto, y la tonta de mí tendría que haber sido más lista, más putería, pero yo me confío, siempre me confío. Estaba agotada, llega un momento en que la tensión de mantenerte despierta hasta la canguro, y las niñas llorando y protestando y taladrándote el cerebro, ese queso gruyere…

BOOK: Las niñas perdidas
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