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Authors: Isak Dinesen

Tags: #Drama

Memorias de África (5 page)

BOOK: Memorias de África
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Kamante era astuto en materia de dinero: gastaba poco e hizo ventajosos tratos de cabras con los otros kikuyus, se casó joven y el matrimonio en el mundo kikuyu es un caro empeño. Al mismo tiempo le escuchaba filosofar profunda y originalmente sobre la inutilidad del dinero. Mantenía una relación peculiar con la existencia en su conjunto; la dominaba, pero no tenía una idea muy alta de ella.

No estaba dotado para la admiración. Podía reconocer y respetar la sabiduría de los animales, pero durante el tiempo que lo traté únicamente le oí hablar aprobadoramente de un ser humano: era una joven somalí que años después vino a vivir a la granja. Tenía una risa burlona, que utilizaba en todas las circunstancias, pero sobre todo ante la suficiencia o grandilocuencia de otras personas. Todos los nativos tienen una fuerte vena de malicia, un agudo deleite cuando las cosas van mal, lo que en sí hiere y repugna a los europeos. Kamante elevó esa característica a una rara perfección, hasta conseguir una especial ironía consigo mismo que le hacía disfrutar con sus decepciones y desastres casi tanto como con los de la demás gente.

Encontré ese mismo tipo de mentalidad en las ancianas nativas que habían pasado por muchas pruebas, que habían mezclado su sangre con la fatalidad, y reconocían su ironía al encontrarla, acogiéndola con simpatía, como a una hermana. En la granja solía decir a los sirvientes que repartieran rapé —
tombacco
le dicen los nativos— a las ancianas los domingos por la mañana, mientras yo estaba en la cama. Por esa razón había muchas mujeres estrafalarias en torno a mi casa los domingos, parecidas a viejas gallinas arrugadas, calvas y huesudas; y su débil cacareo —porque los nativos casi nunca hablan en voz alta— entraba por las ventanas abiertas de mi dormitorio. Una mañana de domingo el vivaz flujo de las conversaciones kikuyu se levantó en rizos y cascadas de júbilo; algún incidente muy humorístico debía de haberse producido fuera y llamé a Farah para que entrara y me lo contara. Farah no sentía el menor deseo de contármelo porque resulta que se había olvidado de comprar rapé, así que aquel día las ancianas habían hecho un largo camino para nada —
boori
como ellas dicen—. El hecho se convirtió en fuente de diversión para las ancianas kikuyus. A veces, cuando me encontraba con alguna de ellas en un sendero en medio de los maizales, se quedaba quieta frente a mí, señalándome con un dedo huesudo y torcido, con su rostro viejo y oscuro disolviéndose en carcajadas, como si las arrugas fueran estiradas y fruncidas por una cuerda escondida al tensarse, mientras me recordaba lo que les había sucedido con el rapé a ella y a sus hermanas aquel domingo, en que habían caminado y caminando hasta mi casa para encontrarse con que yo me había olvidado y que no había ni un gramo en casa:

—Ja, ja,
Msabu!

Los blancos suelen decir que los kikuyus no saben lo que es la gratitud. En cualquier caso, Kamante no era un ingrato e incluso expresó su sentimiento de obligación hacia mí con palabras. Muchas veces, años después de nuestro primer encuentro, se esforzaba por hacerme un servicio que no le había pedido y cuando le preguntaba que por qué lo hacía, me respondía que si no hubiera sido por mí estaría muerto hacía mucho tiempo. También demostraba su gratitud de otra forma, con una especie de actitud especial de benevolencia, de ayuda, o tal vez la palabra indicada fuera condescendencia. Puede ser que pensara que él y yo pertenecíamos a la misma religión. En un mundo de tontos yo era para él, me parece, de los mayores. Desde el día en que entró a mi servicio y ligó su destino al mío, sentí sus ojos vigilantes y pene­trantes sobre mí y mi modus vivendi entero sujeto a una crítica clara y sin prejuicios; creo que desde el principio consideró el esfuerzo que había hecho para curarle como una muestra de excentricidad sin sentido. Pero siempre mostró hacia mí un gran interés y simpatía, y se esforzaba por vencer mi gran ignorancia. Algunas veces descubrí que había gastado tiempo y reflexión preparando e ilustrando sus instrucciones para que fuera más fácil para mí comprenderlas.

Kamante comenzó a trabajar en mi casa como
toto
de perros, pero luego se convirtió en auxiliar médico mío. Así me di cuenta qué buenas manos tenía, lo que no se hubiera creído mirándoselas, y lo envié a la cocina como pinche, como marmitón, bajo las órdenes de mi viejo cocinero Esa, que fue asesinado. Después de la muerte de Esa le sustituyó y siguió siendo mi chef hasta que me marché. Generalmente a los nativos no les importan mucho los animales, pero en esto, como en otras cosas, Kamante era diferente; fue un autoritario cuidador de perros y se identificó hasta tal punto con los animales que venía a comunicarme lo que deseaban, lo que les faltaba o lo que pensaban sobre las cosas. Les quitaba las pulgas, que en África son una peste, y en numerosas ocasiones él y yo, en la mitad de la noche, despertados por los ladridos de los perros, acudíamos y, a la luz de una linterna, les quitábamos de una en una las enormes hormigas asesinas, las siafu, que viajan solas y devoran todo lo que encuentran en su camino.

También debió de tener los ojos muy abiertos mientras estuvo en el hospital de la Misión —aunque como siempre en él, sin el menor asomo de reverencia o entrega— porque fue un auxiliar médico concienzudo e ingenioso. Después de dejar de ser mi ayudante en la consulta, salía de vez en cuando de la cocina para intervenir en algún caso y darme consejos muy útiles.

Pero como chef era muy diferente y de difícil clasificación. La naturaleza había dado un salto y se había burlado del orden de precedencias de facultades y talentos, convirtiéndose en algo místico e inexplicable, como ocurre siempre cuando tratas con genios. En la cocina, en el mundo culinario, Kamante poseía todos los atributos del genio, incluso su fatalidad —la impotencia del individuo frente a sus propios poderes—. Si Kamante hubiera nacido en Europa y hubiera caído en manos de un maestro inteligente se habría hecho famoso, pasando a la historia como una curiosa figura. Y aquí en África se hizo un nombre, su actitud hacia su arte era la de un maestro.

A mí me interesaba mucho la cocina y en mi primer viaje a Europa tomé lecciones de un chef francés de un celebrado restaurante, porque pensé que sería divertido hacer buenas comidas en África.

El chef, monsieur Perrochet, me hizo una oferta para asociarme a su negocio por la devoción que demostré a ese arte. Cuando me encontré a Kamante a mano, un espíritu familiar con quien podía cocinar, aquella devoción se apoderó de mí de nuevo. Se abrían grandes perspectivas para mí al trabajar juntos. En mi opinión nada había más misterioso que ese instinto natural de un salvaje para el arte culinario. Me hizo ver con una nueva luz nuestra civilización; después de todo quizá fuera divina y estuviera predestinada. Me sentía como un hombre que recuperara su fe en Dios porque un frenólogo le mostrara el lugar donde se asienta la elocuencia tea lógica en el cerebro humano: si se puede probar la existencia de la elocuencia tea lógica, se puede probar la existencia de la propia teología y, por tanto, del mismo Dios.

En materia de cocina Kamante tenía una sorprendente destreza manual. Los grandes artificios y tours-de-force de la cocina eran juegos de niños en sus torcidas manos oscuras; sabían por sí solas todo lo que había que saber de tortillas, vol-au-vent, salsas y mayonesas. Tenía un don especial para hacer ligeras las cosas, al igual que en la leyenda el Niño Jesús forma pájaros de barro y luego les manda volar. Despreciaba todos los utensilios complicados, como si le impacientara que fueran tan independientes, y cuando le di una máquina para batir huevos la dejó oxidar, batiendo las claras con un cuchillo que yo usaba para quitar maleza, y sus claras de huevo se esponjaban como nubes livianas. Como cocinero tenía un ojo penetrante e inspirado, sabía escoger el pollo más gordo del gallinero y sopesaba un huevo en la mano con gran seriedad y sabía cuándo había sido puesto. Se le ocurrían ideas para mejorar mi mesa y, mediante algún tipo de co­municación con un amigo suyo que trabajaba para un médico en una lejana zona del país, me consiguió las semillas de una lechuga realmente excelente que llevaba años buscando en vano.

Poseía una gran memoria para las recetas. No sabía leer y tampoco nada de inglés, de modo que no le servían de nada de los libros de cocina, pero debió de almacenar todo lo que había aprendido en su poco agraciada cabeza, de acuerdo con una clasificación hecha por él mismo, que nunca supe cómo era. Nombraba a los platos según el acontecimiento que se había producido el día en que los había aprendido, así que hablaba de la salsa del rayo que hendió al árbol y de la salsa del caballo gris que murió. Pero jamás las confundía. Sólo hubo una cosa que intenté grabar en su mente sin éxito, y era el orden de los platos durante una comida. Tuve, cuando había invitados, que hacer una especie de menú pictórico para mi chef: primero, un plato de sopa; luego, pescado; después, perdiz o una alcachofa. No estaba convencida de que ese defecto se debiera a fallos de memoria, sino, me parece, a que en su corazón creía que todo tenía un límite y que no pensaba gastar el tiempo en semejantes menudencias.

Es emocionante trabajar junto a un demonio. Normalmente yo mandaba en la cocina, pero durante nuestra cooperación me di cuenta que no sólo la cocina, sino el mundo entero en el que cooperábamos, pasaba a manos de Kamante. Porque comprendía a la perfección lo que yo quería de él y a veces realizaba mis deseos antes de que los hubiera expresado; pero no acababa de comprender cuál era el secreto de su trabajo. Me parecía de lo más extraño que alguien fuera tan grande en un arte cuyo verdadero significado no comprendía y por el cual no sentía más que desprecio.

Kamante no tenía ni la menor idea de cómo debía saber un plato nuestro y, a despecho de su conversión y de su relación con la civilización, su corazón seguía siendo el de un kikuyu errante, enraizado en las tradiciones de su tribu y creyendo en ellas como la única manera de vivir dignamente de un ser humano. A veces probaba la comida que hacía, pero con expresión de desconfianza, como una bruja que toma un sorbo de su caldero. Seguía apegado a la mazorca de maíz de sus padres. Aquí incluso le fallaba su inteligencia y me ofrecía un manjar kikuyu —un boniato asado o un burujo de grasa de oveja— como un perro civilizado que ha vivido durante mucho tiempo con personas y deja un hueso delante de ti, como regalo. En su fuero interno me parece que consideraba los trabajos que nos tomábamos con la comida como cosa de lunáticos. A veces intenté sacarle su opinión sobre esas cosas, pero aunque hablaba con gran franqueza de muchos temas, en otros se mostraba muy reservado, así que trabajábamos uno junto a otro en la cocina sin tocar las ideas de cada cual sobre la importancia del cocinar.

Envié a Kamante a hacer prácticas en el club Muthaiga y con los cocineros de mis amigos en Nairobi en cuyas casas había probado un plato que me gustara, y una vez realizado su aprendizaje mi propia casa se hizo famosa en la colonia por su buena mesa. Lo cual me procuraba un gran placer. Anhelaba un público para mi arte y me alegraba mucho cuando mis amigos venían a cenar conmigo; pero a Kamante no le importaban los elogios de nadie. Pese a ello recordaba los gustos individuales de aquellos amigos míos que venían más a menudo a la granja.

—Haré pescado al vino blanco para bwana Berkely Cole —decía gravemente, como si estuviera hablando de un loco—. Él mismo te envía el vino blanco para hacer el pescado.

Para conseguir la opinión de una autoridad invité a mi viejo amigo, el señor Charles Bulpett de Nairobi, a cenar conmigo. El señor Bulpett era un gran viajero de la generación anterior, sólo una generación posterior a Phineas Fogg; había viajado por todo el mundo y había probado lo mejor que éste podía ofrecerle, y no se preocupaba del futuro con tal de poder disfrutar del presente. Los libros de deportes y montañismo de hace cincuenta años hablan de sus hazañas como atleta y como montañero en Suiza y en México, y hay un libro de apuestas famosas, titulado
Como viene se va
, en el que se lee cómo, por una apuesta, nadó por el Támesis vestido de etiqueta y con sombrero de copa —pero después, más románticamente, atravesó nadando el Helesponto como Leandro y Lord Byron—. Me sentía muy contenta cuando venía a la granja para una cena tete-a-tete; se siente una felicidad especial en dar a un hombre que te gusta mucho una buena comida que tú misma has cocinado. A cambio me daba buenas ideas sobre cocina y sobre otras muchas cosas en el mundo, y me dijo que jamás había cenado mejor en ningún sitio.

El Príncipe de Gales me hizo el gran honor de venir a cenar a la granja y elogiarme la salsa Cumberland. Fue la única vez que vi a Kamante escuchar con gran interés cuando repetí los elogios que había hecho de su cocina, porque los nativos tienen una idea muy elevada de los reyes y les encanta hablar sobre ellos. Muchos meses después sintió el deseo de escuchar los elogios una vez más y me preguntó repentinamente, como un libro de lecturas francesas:

—¿Le gustó al hijo del Sultán la salsa de cerdo? ¿La comió toda? Kamante mostraba también su buena voluntad hacia mí fuera de la cocina. Quería ayudarme de acuerdo con sus ideas hablándome de las ventajas y peligros de la vida.

Una noche, medianoche pasada, entró repentinamente en mi habitación con una lámpara en la mano, silenciosamente, como si estuviera de guardia. Debió de ser poco después de que viniera a mi casa por primera vez, porque era muy pequeño; se puso junto a mi cama como un oscuro murciélago extraviado en la habitación, con sus grandes orejas desplegadas, o como un pequeño fuego fatuo africano, y con la lámpara en la mano.


Msabu
—dijo muy solemnemente—. Creo que debes levantarte. Me senté en la cama desconcertada; pensé que si hubiera ocurrido algo serio sería Farah quien vendría a avisarme. Pero cuando le dije a Kamante que se marchara, no se movió.


Msabu
—repitió—, creo que debes levantarte. Creo que viene Dios.

Cuando oí eso me levanté y le pregunté por qué lo pensaba. Me condujo solemnemente al, comedor orientado al oeste, hacia las colinas. A través de las cristaleras de las ventanas vi un extraño fenómeno. Había un gran incendio en las praderas y en las colinas, y la hierba ardía desde la cima hasta la llanura; desde la casa era casi como una línea vertical. Parecía como si una figura gigantesca se moviera y viniera hacia nosotros. Permanecí un rato mirando con Kamante a mi lado, luego comencé a explicárselo. Mi intención era tranquilizarlo porque creí que había recibido un gran susto. Pero mi explicación no pareció hacerle mucha impresión, ni para bien ni para mal; se veía claramente que pensaba que había cumplido con su deber al llamarme.

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