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Authors: Isak Dinesen

Tags: #Drama

Memorias de África (9 page)

BOOK: Memorias de África
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Kamante la crió con un biberón y la encerraba durante la noche, porque había que tener cuidado, ya que los leopardos rondaban la casa después del atardecer. Así que ella se encariñó con él y lo seguía a todas partes. De vez en cuando si él no hacía algo que ella quería, le daba con su joven cabeza en las delgadas piernas y era tan hermoso que no podías menos de pensar, cuando los veías juntos, que eran como una nueva y paradójica ilustración de la Bella y la Bestia. Su gran belleza y su gracia le consiguió a «Lulú» una posición privilegiada en la casa y todos la trataban con respeto. En África nunca tuve otros perros que no fueran galgos escoceses. No hay perro más noble ni más gracioso. Tienen que haber vivido muchos siglos con los hombres para comprenderlos y adaptarse tan bien a nuestra vida y sus condiciones de la manera que ellos lo hacen. Se les encuentra a menudo en viejas pinturas y tapicerías y tienden a convertir, por su aspecto y sus maneras, lo que les rodea en tapices; llevan consigo una atmósfera feudal.

El primero de mi tribu de galgos escoceses, que se llamaba «Dusk», me lo dieron como regalo de boda y vino conmigo cuando empecé mi vida en África, en «The Mayflower», por así decido. Tenía un carácter galante y generoso. Me acompañaba cuando, durante los primeros meses de la guerra, hacía transportes para el Gobierno con mis carros de bueyes, en la reserva masai. Pero un par de años después lo mataron las cebras. Cuando «Lulú» vino a vivir a mi casa tenía dos de sus hijos conmigo.

Los galgos escoceses se adaptan muy bien al paisaje africano y a los nativos. Quizá se deba a la altitud —la melodía de las tierras altas en estos tres elementos—, porque no se les veía tan bien al nivel del mar, en Mombassa. Era como si aquel paisaje grande y desnudo, con sus praderas, colinas y ríos no estuviera completo hasta que no aparecieron los galgos. Todos los galgos son grandes cazadores y tienen más olfato que los lebreles. Cazan a la vista, y es algo muy hermoso ver a dos de ellos trabajando juntos. Los llevaba conmigo cuando iba a cabalgar al cazadero, aunque no estaba permitido, y hacían huir por la llanura a las manadas de cebras y ñúes, y entonces parecía como si todas las estrellas corrieran furiosamente por el cielo. Cuando iba a cazar a la reserva masai nunca perdía a un animal herido si llevaba a los galgos conmigo.

También estaban hermosos en los bosques nativos, su gris oscuro contrastaba con los sombríos matices verdes. Allí uno de ellos mató a un babuino macho muy grande, y en la pelea recibió un mordisco en la nariz casi hasta el hueso que estropeó su noble perfil, pero todos en la granja lo consideraban como una herida honrosa, porque los babuinos son destructivos y los nativos los detestan.

Los galgos eran muy listos y sabían qué sirvientes míos eran mahometanos y no podían tocar a los perros.

En mis primeros años en África tuve un porteador de rifles somalí llamado Ismail, que murió cuando todavía yo estaba allí. Era un porteador a la vieja usanza, de un tipo que hoy ya no queda. Había sido adiestrado por los grandes cazadores de principios de siglo, cuando toda. Había sido adiestrado por los grandes cazadores de principios de siglo, cuando toda África era un verdadero parque de ciervos. Su contacto con la civilización se produjo enteramente en los cazaderos y su inglés era el del mundo de la caza, así que hablaba de mi rifle grande y mi rifle joven. Cuando Ismail volvió a Somalia recibí una carta suya dirigida a la
Leona Blixen
y que comenzaba:
Honorable Leona
. Ismail era un mahometano estricto y por nada del mundo hubiera tocado a su perro, lo que le creaba muchos problemas en su oficio. Pero hizo una excepción con «Dusk» y nunca se molestó porque lo llevara con nosotros en el tílburi tirado pro mulas, y hasta le permitía dormir en su tienda de campaña. Porque «Dusk» reconocía a un mahometano al verlo y no le tocaba. Ismail me aseguró que «Dusk» podía darse cuenta si uno era un mahometano sincero. Una vez me dijo:

—Sé que «Dusk» es de tu misma tribu. Se ríe de la gente.

Mis perros aceptaron el poder y la posición de «Lulú» en la casa. La arrogancia de los grandes cazadores no tenía la menor importancia para ella. Los empujaba apartándolos del plato de leche y de sus sitios preferidos junto al fuego. Até un lazo con un cascabel al cuello de «Lulú» y llegó un momento en que los perros, al escuchar el cascabeleo que se aproximaba a través de las habitaciones, se levantaban resignadamente de los calientes lechos junto al fuego e iban a tumbarse en otra parte de la habitación. Sin embargo, nadie se comportaba tan educadamente como «Lulú» cuando llegaba y se tendía al estilo de una perfecta dama, bajándose púdicamente las faldas y no molestando a nadie. Tomaba su leche con aire cortés y melindroso, como si cediera ante una anfitriona excesivamente amable. Le gustaba que le rascaran por detrás de las orejas, pero con cierta condescendencia, como una joven esposa permite a su marido acariciarla.

Cuando «Lulú» creció y llegó a la flor de su adorable juventud, se convirtió en un antílope de esbeltas formas delicadamente torneadas, increíblemente hermosa desde la nariz hasta las patas. Parecía una minuciosa ilustración de la canción de Heine sobre las gacelas sabias y dulces de las orillas del río Ganges.

Pero «Lulú» no era tan dulce, tenía el demonio en el cuerpo. Poseía, en el más alto grado, la femenina cualidad de aparentar que estaba exclusivamente a la defensiva, concentrada en defender la integridad de su ser, cuando en realidad estaba a la ofensiva con todas sus fuerzas. ¿Contra quién? Contra el mundo entero. Sus cambios de humor eran incontrolables e imprevisibles y hubiera atacado a mi caballo si le hubiese molestado. Recordaba al viejo Hagenbeck en Hamburgo, que decía que de todas las razas de animales, incluidos los carnívoros, los ciervos son los menos de fiar, y que puedes confiar en un leopardo, pero si confías en un joven venado más pronto o más tarde te atacará por la espalda. «Lulú» era el orgullo de la casa hasta cuando se comportaba como una coqueta completamente desvergonzada: pero no se sentía feliz. A veces se iba de la casa durante horas o hasta toda una tarde. Otras, cuando cambiaba de humor y su descontento por lo que la rodeaba llegaba al colmo, para aliviar su corazón emprendía una danza guerrera en el prado que parecía como una breve y zigzagueante súplica a Satanás.

«Oh “Lulú”», pensaba, «sé que eres maravillosamente fuerte y que puedes dar saltos más altos que tú misma. Estás furiosa con nosotros, desearías que estuviéramos todos muertos y desde luego que lo estaríamos si te molestaras en matarnos. Pero el problema no es lo que piensas, que hayamos puesto obstáculos demasiado altos para que puedas saltarlos, ¿cómo íbamos a hacerlo si eres una gran saltadora? No hemos puesto obstáculos en absoluto. Tu gran fuerza está en ti, “Lulú”, y los obstáculos también están dentro de ti, y el caso es que no ha llegado todavía el momento».

Una tarde «Lulú» no volvió a casa y la buscamos en vano durante una semana. Fue un duro golpe para todos nosotros. La casa perdió alegría y parecía una casa más. Pensé en los leopardos que había junto al río y una tarde le hablé de ello a Kamante.

Como de costumbre, dejó pasar cierto tiempo antes de responder, para digerir mi falta de entendimiento. Hasta que pasaron unos días no volvió sobre el asunto.


Msabu
, tú crees que «Lulú» está muerta —dijo.

No quería decirlo de una manera tan directa, pero le contesté que me preguntaba por qué no volvía.

—«Lulú» —dijo Kamante— no ha muerto, es que se ha casado.

Era una noticia agradable y sorprendente, y le pregunté como lo sabía.

—Oh, sí —dijo—, se ha casado. Vive en el bosque con su
bwana
, su marido, o su amo. Pero no se ha olvidado de la gente; muchas mañanas se acerca hasta la casa. Le dejo maíz molido en la parte trasera de la cocina y antes de salir el sol viene de los bosques y se lo come. Su marido viene con ella, pero tiene miedo de la gente porque no la conoce. Se queda debajo del árbol blanco grande que hay al otro lado del prado. Pero hasta la casa no se atreve a acercarse.

Dije a Kamante que me avisara la próxima vez que viera a «Lulú». Pocos días después, antes del amanecer, vino a llamarme.

Era una preciosa mañana. Las últimas estrellas desaparecieron mientras esperábamos, el cielo estaba claro y sereno, pero el mundo por el que caminábamos seguía estando oscuro y profundamente silencioso. La hierba estaba húmeda; bajo los árboles, donde comenzaba la pendiente, brillaba el rocío como plata oscura. El aire de la mañana era frío, punzaba como en los países nórdicos cuando va a haber helada. A pesar de haber tenido con frecuencia esa experiencia pensé que era imposible creer, con este frío y esta oscuridad, que dentro de unas pocas horas el calor del sol y la claridad del cielo se harían casi insoportables. La niebla gris permanecía sobre las colinas, y tomaba curiosamente sus formas; los búfalos debían de pasar mucho frío si estaban por allí, pastando en las laderas, como dentro de una nube.

La gran bóveda sobre nuestras cabezas se llenó gradualmente de claridad como un vaso de vino. De pronto, con suavidad, las cumbres de las colinas recibieron la primera luz del sol y tomaron un tinte rosado. Y lentamente, como si la tierra se inclinara hacia el sol, las herbosas laderas al pie de la montaña adquirieron un color de oro pálido, y también los bosques masai que estaban más abajo. Y ahora las copas de los altos árboles del bosque, en nuestra parte del río, se sonrosaron como cobre. Era la hora del vuelo de las grandes palomas purpúreas del bosque, que anidaban al otro lado del río y venían a comer a los castaños de El Cabo de mi bosque. Permanecían sólo una corta temporada durante el año. Los pájaros venían sorprendentemente rápidos, como si hicieran una carga de caballería en el aire. Por esta razón a mis amigos de Nairobi les gustaba tanto la caza mañanera de palomas en la granja; para llegar a mi casa a tiempo, cuando el sol sale, solían venir tan temprano que llegaban hasta mi carretera con las luces de sus automóviles todavía encendidas.

Allí de pie, en la nítida sombra, contemplabas las cumbres doradas y el cielo claro, y tenías la sensación de que en realidad caminabas por el fondo del mar, entre las corrientes, mirando hacia la superficie del océano.

Un pájaro comenzó a cantar y luego escuché, allá lejos por el bosque, el tintineo de una campanilla. ¡Qué alegría, «Lulú» volvía a su antigua casa! Estaba cada vez más cerca, podía seguir sus movimientos por su ritmo; caminaba, se detenía, caminaba otra vez. Apareció ante nosotros por detrás de la cabaña de un sirviente. De pronto, ver a un antílope tan cerca de la casa se convirtió en algo insólito y agradable. Se quedó inmóvil, parecía preparada para ver a Kamante, pero no a mí. Pero no se marchó, me miró sin miedo y sin ningún recuerdo de nuestras escaramuzas del pasado o de su propia ingratitud que la llevó a irse sin avisar.

La «Lulú» de los bosques era un ser superior, independiente, había cambiado, era dueña de sí. Si yo hubiera conocido a una joven princesa en el exilio, cuando era pretendiente del trono, y volviera a veda ya en posesión de sus derechos, como reina, nuestro encuentro hubiera tenido el mismo carácter. «Lulú» mostraba la misma generosidad que el rey Luis Felipe cuando declaró que el rey de Francia no recordaba los rencores del duque de Orleans. Era la «Lulú» completa. El espíritu de ofensiva había desaparecido de ella: ¿A quién y por qué tenía que atacar? Se asentaba tranquilamente sobre sus derechos divinos. Me recordaba lo bastante para saber que no tenía por qué temerme. Durante un minuto me miró; sus ojos purpúreos y humosos no tenían ninguna expresión en absoluto y no parpadeaban, y recordé que los dioses y las diosas nunca parpadean: sentí que estaba frente a Hera, la de los ojos bovinos. Al pasar junto a mí mordisqueó ligeramente una hoja de hierba, dio un hermoso saltito y caminó hasta la parte trasera de la cocina donde Kamante había esparcido maíz en el suelo.

Kamante tocó mi brazo con un dedo y luego señaló hacia los bosques. Seguí la dirección que me indicaba y vi a un antílope macho bajo un alto castaño de El Cabo, una pequeña silueta leonada en la linde del bosque, inmóvil como un tronco. Kamante lo observó durante un momento y luego se echó a reír.

—Mira —dijo—, «Lulú» le ha explicado a su marido que no tiene nada que temer en las casas, pero de todas maneras él no se atreve a venir. Cada mañana piensa que hoy va a venir, pero cuando ve la casa y la gente siente un frío en el estómago —algo que les suele ocurrir también a los nativos y que crea tantos problemas de trabajo en la granja—, y se para al lado del árbol.

Durante mucho tiempo «Lulú» siguió viniendo a la casa a primera hora de la mañana. Su clara campanilla anunciaba que el sol se levantaba por las colinas, solía quedarme en la cama y esperado. A veces estaba fuera durante una o dos semanas, la perdíamos y comenzábamos a hablar a los que iban a cazar a las colinas. Pero luego los sirvientes me anunciaban: «“Lulú” está aquí», como si fuera la hija casada de la casa, que viene de visita. Unas cuantas veces más vi la silueta del antílope entre los árboles, pero Kamante tenía razón, nunca reunió coraje suficiente para acercarse hasta la casa.

Un día, al volver de Nairobi, Kamante me esperaba a la puerta de la cocina y se acercó muy excitado para decirme que «Lulú» había estado en la granja ese mismo día y traía consigo a su
toto
(su bebé). Unos cuantos días después tuve el honor de encontrarla entre las cabañas de los criados, muy atenta y sin ganas de juegos, con una cría muy pequeña detrás suyo, tan delicadamente torpe de movimientos como lo era la propia «Lulú» cuando la vi por primera vez. Eso fue después de las grandes lluvias y durante aquellos meses de verano «Lulú» se acercaba a las casas, por las tardes al igual que por alba. Podía aparecer incluso a mediodía, moviéndose a la sombra de las cabañas.

El cervato de «Lulú» no tenía miedo de los perros, y se dejaba olfatear, pero no podía acostumbrarse ni a mí ni a los nativos, y si intentábamos cogerlo, la madre y el hijo se iban.

La propia «Lulú», después de su primera ausencia larga de la casa, no se puso nunca tan cerca de nosotros que pudiéramos tocarla. Por otra parte, se mostraba amistosa, comprendía que quisiéramos ver a su hijo y tomaba un trozo de caña de azúcar de una mano extendida. Subía hasta la puerta abierta del comedor, miraba pensativa la oscuridad de las habitaciones, pero nunca cruzó el umbral de nuevo. Por entonces ya había perdido la campanilla e iba y venía en silencio.

BOOK: Memorias de África
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