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Authors: Isak Dinesen

Tags: #Drama

Memorias de África (6 page)

BOOK: Memorias de África
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—Bueno —dijo—, puede que sea así. Pero pensé que era mejor que te levantaras en el caso de que viniera Dios.

III
El salvaje en la casa del emigrante

Un año no hubo grandes lluvias.

Es una experiencia terrible, tremenda, y el granjero que ha pasado por ella no la olvida jamás. Años después, lejos de África, en el clima húmedo de algún país del norte, se incorporará por la noche al escuchar el ruido de una lluvia repentina, y gritará:

—Por fin, por fin.

En los años normales la estación de las lluvias comienza en la última semana de marzo y duran hasta mediados de junio. Hasta que llegaba el tiempo de las lluvias, el mundo se iba calentando progresivamente y haciéndose más seco, febril, como en Europa antes de una gran tormenta, sólo que mucho más.

Los masai, mis vecinos del otro lado del río, en esa época prendían fuego a las llanuras de esparto para que creciera hierba verde para su ganado con las primeras lluvias, y el aire de las praderas danzaba en un gran incendio; las largas capas grises y teñidas como el arco iris del humo rodaban sobre la tierra, y el calor y el olor a quemado llegaba en oleadas al terreno cultivado como si vinieran de un horno.

Nubes gigantescas se reunían y se disolvían de nuevo sobre el paisaje; una lejana llovizna pintaba una raya azul al sesgo en el horizonte. Todo el mundo pensaba lo mismo.

Una tarde, justo antes de la puesta de sol, el paisaje se cerraba en torno a ti, las colinas se acercaban y adquirían un aspecto sólido, expresivo en su colorido claro, azul oscuro y verde. Un par de horas después salías y veías que habían desaparecido las estrellas y que el aire nocturno era suave, profundo y preñado de beneficios. Cuando el sonido cada vez más acelerado pasaba sobre tu cabeza, era el viento en los altos árboles del bosque, y no la lluvia. Cuando corría a lo largo de la tierra, era el viento en los arbustos y en las largas hierbas, y no la lluvia. Cuando susurraba y sonaba sobre la misma tierra, era el viento en los maizales —donde sonaba de una forma tan parecida a la lluvia que te engañaba una y otra vez y hasta cierto punto te compensaba, como si estuvieras viendo una representación de lo que deseabas—, y no la lluvia.

Pero cuando la tierra respondía como una caja de resonancia, con un ruido fértil y profundo, y el mundo cantaba en torno tuyo, en todas las dimensiones, por encima y por debajo, esa era la lluvia. Era como volver al mar cuando has estado mucho tiempo lejos de él, como el abrazo de un amante.

Pero un año no vinieron las lluvias. Entonces fue como si el universo te diera la espalda. Empezó a hacer más fresco, incluso en algunos días hizo frío, pero no había el menor signo de humedad en la atmósfera. Todo se volvió más seco y más duro, y fue como si toda la fuerza y la gracia se hubieran retirado del mundo. No es que hubiera buen tiempo o malo, sino que era la negación de cualquier tiempo, como si se hubiera postergado sine die. Un viento sombrío, como una corriente, pasaba sobre tu cabeza, desaparecían los colores de todas las cosas; desaparecían los olores de los campos y de los bosques. Te oprimía el sentimiento de haber caído en desgracia ante los grandes poderes. Al sur, las llanuras quemadas yacían negras y desoladas, listadas de cenizas grises y blancas.

Cada día en que esperábamos en vano la lluvia las perspectivas y expectativas de la granja iban disminuyendo, hasta que desaparecían. Arar, podar y plantar en los últimos meses resultaron trabajos de insensatos. El trabajo de la granja se hacía cada vez con mayor lentitud y, finalmente, se acabó.

En las llanuras y en las colinas se secaron las charcas y muchas nuevas clases de patos y gansos venían a mi estanque. Al estanque, en el límite de la granja, las cebras venían a primera hora de la mañana y a la puesta del sol, a beber, en largas filas de doscientas o trescientas, y los potrillas caminaban junto a las yeguas y no sentían miedo de mí cuando cabalgaba entre ellas. Pero intentábamos echadas de nuestra tierra por el bien de nuestro ganado, porque cada vez había menos agua en el estanque. Pero, con todo, era un placer bajar hasta allí, donde los juncos que crecían en el barro formaban una mancha verde en un paisaje pardo.

Los nativos se volvían silenciosos con la sequía, no podía sacarles ni una palabra de lo que pensaban, aunque sin duda comprendían mejor los signos del tiempo que nosotros. Se jugaban la propia existencia; para ellos no era algo insólito —y tampoco lo había sido para sus padres— perder las nueve décimas partes de su ganado en los grandes años de sequía. Sus
shambas
estaban secas, con unas cuantas plantas de boniato y de maíz caídas y marchitas.

Después de un cierto tiempo aprendí a comportarme como ellos y dejé de hablar de los tiempos difíciles o a quejarme como una persona desdichada. Pero yo era una europea y no había vivido el tiempo suficiente en el país como para adquirir la absoluta pasividad de los nativos, como hacen algunos europeos que llevan muchos decenios en África. Yo era joven y por instinto de conservación tenía que concentrar mis energías en algo si no quería dejarme arrastrar como el polvo de los caminos de la granja o el humo en la llanura. Por las tardes comencé a escribir cuentos de hadas y relatos fantásticos que me llevaban lejos, a otros países y a otros tiempos.

Había contado alguno de aquellos cuentos a un amigo cuando venía a visitar la granja.

Cuando me levantaba y salía, afuera soplaba un viento insoportable, el cielo estaba despejado y engarzado de millones de duras estrellas; todo estaba seco.

Al principio escribía únicamente por las tardes, pero después empecé a escribir también por las mañanas, cuando tenía que estar fuera, en la granja. Era difícil, allí fuera, decidir si debíamos arar de nuevo los maizales y plantar una segunda vez, o si debíamos arrancar los granos marchitos de café de las plantas para salvadas o no. Retrasaba las decisiones de un día para otro.

Solía sentarme y escribir en el comedor, con papeles esparcidos por toda la mesa, porque tenía que hacer las cuentas y los presupuestos de la granja, entre mis relatos y las notitas desoladas del administrador, a las que tenía que contestar. Mis sirvientes me preguntaban qué hacía; cuando les dije que estaba intentando escribir un libro lo consideraron como el último intento de salvar la granja en los malos tiempos y se interesaron. Luego me preguntaban cómo iba mi libro. Entraban y permanecían largo rato mirándome trabajar, y como sus cabezas eran de un color muy parecido al de la madera de las paredes, por la noche tenía la sensación de estar en compañía de batas blancas, con las espaldas apoyadas en la pared.

Mi comedor se orientaba hacia occidente y había tres largas ventanas que se abrían sobre una terraza pavimentada, el prado y el bosque. La tierra formaba una pendiente que bajaba hacia el río, que era el límite entre los masai y yo. No se podía ver el río desde la casa, pero sí seguir su serpenteante curso por la silueta de las grandes acacias verde oscuro que corrían a lo largo de él. Al otro lado se alzaba de nuevo la tierra cubierta de bosques y más allá estaban las verdes llanuras que llegaban hasta el pie de las colinas de Ngong.

«Y si mi fe fuera tan fuerte que moviera las montañas, esa sería la montaña que haría venir hacia mí».

El viento soplaba del este: las puertas del comedor, a sotavento, estaban siempre abiertas, y por esa razón el lado occidental de la casa gustaba mucho a los nativos; se reunían allí para saber qué pasaba dentro. Por esa misma razón los pastorcillos nativos traían sus cabras y las hacían pastar en el prado.

Esos chiquillos, que vagaban por la granja apacentando los rebaños de cabras y de ovejas de sus padres y buscando pastos, formaban una especie de vínculo entre la vida de mi civilizada casa y la vida salvaje. Mis sirvientes no se fiaban de ellos y no les gustaba verlos entrar y salir de las habitaciones, pero aquellos niños sentían verdadero amor y entusiasmo por la civilización; para ellos no encerraba ningún peligro, porque podían dejarla cuando quisieran. El símbolo central de la civilización era un viejo reloj de cuco alemán colgado en el comedor. Un reloj era un objeto de lujo en las tierras altas africanas. Durante todo el año podías saber la hora por la posición del sol, y como no tenías que preocuparte por los ferrocarriles y podías organizar tu vida en la granja según tus propios deseos, el reloj no tenía importancia. Pero era un reloj muy bonito. El cuco daba la hora con una voz clara e insolente mientras se abría una puertecilla de par en par, que estaba rodeada por un ramillete de rosas. Su aparición fascinaba a los muchachos de la granja. Mirando la posición del sol sabían con precisión el momento del toque de mediodía y a las doce menos cuarto se les veía acercarse a la casa por todos los lados tras los rabos de sus cabras, que no se atrevían a abandonar. Las cabezas de los chicos y de las cabras flotaban entre los arbustos y las largas hierbas del bosque como las cabezas de las ranas en un estanque.

Dejaban sus rebaños en el prado y entraban descalzos, sin hacer ruido; los mayores tenían unos diez años y los más pequeños, dos. Se portaban muy bien, siguiendo un ceremonial inventado por ellos mismos, que consistía en lo siguiente: podían circular libremente por la casa con tal de que no tocaran nada, ni se sentaran, ni hablaran al menos que alguien les dirigiera la palabra. Cuando el cuco se disparaba hacia ellos un gran movimiento de éxtasis y de risas reprimidas recorría el grupo. También ocurría a veces que un pastorcillo muy pequeño, que no sentía ninguna responsabilidad con respecto a sus cabras, volvía muy temprano y permanecía du­rante un largo rato ante el reloj, ya cerrado y silencioso, y se dirigía a él en kikuyu, con un lento sonsonete, declarándole su amor, y luego se marchaba con toda solemnidad. Mis sirvientes se reían de los pastorcillos y me confiaban que los niños eran tan ignorantes que creían que el cuco estaba vivo.

Luego eran mis propios sirvientes quienes venían a ver el funcionamiento de la máquina de escribir. A veces Kamante se quedaba apoyado en la pared durante una hora por la tarde, sus ojos corrían de un lado a otro como gotas oscuras bajo los párpados, como si intentara aprender cómo funcionaba la máquina de escribir, para luego armada y desarmada.

Una noche, al levantar la vista, me encontré con aquellos ojos profundos y atentos, y al cabo de un momento me dijo:


Msabu
, ¿crees que tú misma puedes escribir un libro?

Le respondí que no lo sabía.

Para figurarse una conversación con Kamante hay que imaginarse una pausa larga y grávida antes de cada frase, como si tuviera una profunda responsabilidad. Todos los nativos son maestros en el arte de las pausas y de este modo dan perspectiva a una discusión. Kamante hizo una pausa así, y luego dijo:

—Yo no lo creo.

Yo no tenía a nadie con quien hablar de mi libro; así que dejé a un lado mi papel y le pregunté por qué no. Descubrí que había estado pensado en aquella conversación previamente y que se había preparado para ella; tenía detrás suyo la mismísima
Odisea
y la depositó sobre la mesa.

—Mira,
Msabu
—dijo—, este es un buen libro. Está unido de un extremo a otro. Hasta si lo levantas y lo sacudes con fuerza no se hace pedazos. El hombre que lo ha escrito es muy listo. Pero lo que escribes —prosiguió con una mezcla de desprecio y de amable compasión— está un poco ahí y otro poco allá. Cuando la gente se olvida de cerrar la puerta, el viento lo mueve, se cae al suelo y entonces te enfadas. No será un buen libro.

Le expliqué que en Europa lo juntarían todo.

—¿Tu libro será tan pesado como éste? —preguntó Kamante sopesando la
Odisea
.

Cuando vio que yo vacilaba me lo dio para que pudiera juzgar por mí misma.

—No —le dije—, no lo será, pero hay otros libros en la biblioteca, como tú sabes, que son más ligeros.

—¿Y tan duro? —preguntó.

Le dije que era caro hacer un libro tan duro.

Permaneció durante un tiempo en silencio y luego expresó mayores esperanzas hacia mi libro, y quizá algún arrepentimiento de sus dudas, recogiendo las páginas esparcidas por el suelo y colocándolas sobre la mesa.

Aunque no se marchó; sino que permaneció junto a la mesa. Después de un rato me preguntó muy serio:


Msabu
, ¿qué hay en los libros?

Como ejemplo le conté la historia de la Odisea, del héroe y de Polifemo, de cómo Ulises se llamó a sí mismo Nadie, cómo le arrancó su ojo a Polifemo, y cómo se escapó sujeto a la barriga de un cordero.

Kamante me escuchó con gran atención y expresó su opinión de que el carnero debía de ser de la misma raza que las ovejas del señor Long, de Elmentaita, que había visto en una exposición de ganado en Nairobi. Volvió a Polifemo y me preguntó si había sido negro como los kikuyus. Cuando le dije que no, quiso saber si Ulises era de mi tribu o familia.

—¿Cómo —me preguntó— dijo la palabra Nadie en su propia lengua? Dime.

—Dijo
Outis
—le contesté—. Se llamó a sí mismo
Outis
, que en su lengua significa Nadie.

—¿Tienes que escribir sobre lo mismo? —me preguntó.

—No —le dije—. La gente puede escribir sobre lo que quiera. Quizá escriba sobre ti.

Kamante, que se había mostrado muy abierto en el curso de la conversación, se cerró súbitamente de nuevo, se miró a sí mismo y me preguntó en voz baja de qué parte de él me gustaría escribir. —Tal vez escriba de cuando estabas enfermo y estabas con las ovejas en la pradera —dije—. ¿Qué pensabas entonces?

Sus ojos iban de un lado a otro de la habitación; por fin dijo vagamente:


Sejui.
No sé.

—¿Tenías miedo? —le pregunté.

Después de una pausa:

—Sí —dijo con firmeza—. Todos los chicos en la pradera lo tienen alguna vez.

—¿De qué tenías miedo? —le pregunté.

Kamante se mantuvo en silencio durante un ratito, su rostro adquirió una expresión de sosiego y seriedad, sus ojos miraron dentro de sí. Luego me miró con una mueca ligeramente burlona.

—Ve Outis —dijo—. Los chicos en la pradera tienen miedo de Outis.

Unos días más tarde oí cómo Kamante le explicaba a los otros sirvientes que en Europa el libro que yo estaba escribiendo podía ser pegado y que con un costo muy grande lo harían tan duro como la Odisea, que les enseñó de nuevo. Sin embargo, pensaba que no podía ser azul.

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