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Authors: Isak Dinesen

Tags: #Drama

Memorias de África (27 page)

BOOK: Memorias de África
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—Oh, eso está bien —dijo Nichols.

Fui a buscar a Denys.

—Ven —le dije—, y vamos a arriesgar nuestras vidas innecesariamente. Porque si tienen algún valor es que no tienen ninguno.
Frei lebt wer sterben kann.

Bajamos y encontramos al buey muerto en el cafetal, como me había dicho Nichols; apenas había sido tocado por los leones. Sus huellas eran profundas y claras en el suelo blando, dos grandes leones habían estado allí por la noche. Eran fáciles de seguir a través de la plantación y subían hasta el bosque que rodeaba la casa de Belknap, pero cuando llegamos había llovido tanto que apenas se podía ver algo, y en la hierba y en la maleza del lindero del bosque perdimos la pista.

—¿Qué piensas, Denys —le pregunté—, volverán esta noche? Denys tenía una gran experiencia con los leones. Dijo que volverían a primera hora de la noche para terminar la comida y que debíamos darles tiempo para que se acomodaran, y volver al campo nosotros a las nueve. Deberíamos usar una lámpara eléctrica de su equipo de safari para cazarlos y me permitió escoger el papel que quise, pero yo prefería que él disparara mientras yo sostenía la lámpara.

Para que pudiéramos encontrar el camino hasta el buey muerto en la oscuridad cortamos trozos de papel y los fuimos pegando entre las filas de plantas de café que teníamos que pasar, marcando nuestra senda como Hansel y Gretel con sus piedras blancas. Nos llevarían directamente hasta el cadáver, y a veinte yardas de éste atamos un pedazo grande de papel al árbol, porque allí debíamos detenemos, encender la lámpara y disparar. Al final de la tarde, cuando cogimos la linterna para probarla, nos encontramos con que las baterías estaban muy gastadas y daban una luz bastante débil. Pero no nos quedaba tiempo para ir a Nairobi, así que teníamos que arreglarnos como pudiéramos.

Era el día antes del cumpleaños de Denys y mientras cenábamos se puso melancólico; decía que hasta en entonces la vida no le había dado suficiente. Le consolé diciéndole que podía ocurrirle algo antes de la mañana de su cumpleaños. Le dije a Juma que tuviera preparada una botella de vino para nosotros cuando volviéramos. Empecé a pensar en los leones, ¿dónde estarían en ese momento? ¿Estarían cruzando el río lenta, silenciosamente, uno delante del otro? ¿La suave y fría corriente del río bañaría sus pechos y sus flancos?

A las nueve nos fuimos.

Llovía un poco, pero había luna; de vez en cuando surgía su rostro triste y blanco en el cielo, detrás de capas y de delgadas nubes, y luego se reflejaba opacamente en las blancas flores del cafetal. Pasamos lejos de la escuela, que tenía sus luces encendidas.

Al verla sentí una gran oleada de triunfo y de orgullo por mi gente. Pensé en el rey Salomón, que decía: «El hombre indolente dice: Hay un león en el camino: un león está en las calles». Había dos leones cerca de su puerta, pero mis colegiales no eran indolentes y no dejaban que los leones los apartaran de la escuela.

Encontramos nuestras señales en dos filas de plantas de café, nos detuvimos un momento y caminamos entre ellas, uno detrás de otro. Llevábamos mocasines y marchábamos silenciosamente. Empecé a temblar de excitación, no me atrevía a andar demasiado cerca de Denys por temor a que se diera cuenta y me mandara volver, pero tampoco me atrevía a alejarme demasiado porque podía necesitar mi linterna en cualquier momento.

Descubrimos después que los leones estaban al acecho. Cuando nos oyeron o nos olieron, se apartaron un poco por el cafetal para dejarnos pasar. Probablemente porque creían estábamos pasando con demasiada lentitud, uno de ellos dio un rugido muy bajo, enfrente y a la derecha nuestra. Fue tan bajo que no estábamos seguros siquiera de haberlo oído. Denys se detuvo un momento; sin volverse me preguntó:

—¿Lo has oído?

—Sí —dije.

Caminamos un poco más y se repitió el profundo rugido, esta vez a la derecha.

—Enciende la luz —dijo Denys.

No era sencillo, porque él era mucho más alto que yo y debía poner la linterna sobre su hombro, por encima del rifle e iluminar más allá. Al encender la linterna el mundo entero se convirtió en un escenario brillantemente iluminado, las hojas húmedas de las plantas de café resplandecieron, los terrones del suelo aparecieron con claridad.

Primero el círculo de luz iluminó un pequeño chacal de grandes ojos, que parecía un zorrito; lo moví y allí estaba el león. Estaba justo frente a nosotros y parecía muy esbelto, con la fresca y negra noche africana detrás de él. Cuando sonó el disparo cerca de mí no estaba preparada, ni siquiera comprendí lo que significaba, como si hubiera sido un trueno, como si yo estuviera en el lugar del león. Cayó como una piedra.

—Sigue, sigue —me gritó Denys.

Giré más la linterna, pero mi mano temblaba tanto que el círculo de luz, donde cabía el mundo, y con el cual yo mandaba, danzaba locamente. Escuché a Denys reír en la oscuridad.

—El trabajo de la linterna en el segundo león —me dijo después— fue un poco temblón.

Pero en el centro de la danza estaba el segundo león, alejándose de nosotros y medio oculto por una planta de café. Cuando lo iluminó la luz volvió la cabeza y Denys le disparó. Cayó fuera del círculo, pero se levantó, se volvió rápidamente hacia nosotros y cuando le alcanzó el segundo disparo emitió un largo e irritado rugido.

En un segundo África se volvió infinitamente grande Denys y yo, allí de pie, infinitamente pequeños. Fuera de la luz de nuestra linterna no había más que oscuridad; en la oscuridad, en dos direcciones, había leones, y del cielo caía lluvia. Pero cuando el profundo rugido se apagó nada se movió, el león seguía echado, su cabeza vuelta, como con un gesto de disgusto. Había dos grandes animales muertos en el cafetal el silencio de la noche por todas partes.

Caminamos hasta los leones y medimos la distancia. Desde donde habíamos estado hasta el primer león había treinta yardas y al otro veinticinco. Eran dos leones crecidos jóvenes, fuertes y vigorosos. Dos íntimos amigos de las colinas o de las praderas, ayer se les había ocurrido la misma gran aventura y hoy habían muerto juntos. Ahora todos los chicos de la escuela venían en tropel por la carretera, se detuvieron al vemos y nos llamaron en voz baja y suave:


Msabu.
¿Estás ahí?
Msabu. Msabu.

Me senté sobre un león y contesté a gritos.

—Sí, soy yo.

Luego siguieron, en voz más alta y más audazmente:

—¿Ha matado Bedar a los leones? ¿A los dos? Cuando supieron que era así llenaron el lugar, como una camada de liebres en la noche, saltando una y otra vez. En el propio lugar hicieron una canción sobre el acontecimiento; decía así: «Tres disparos. Dos leones. Tres disparos. Dos leones». A medida que la cantaban, una clara voz tras otra, la embellecían y adornaban: «Tres buenos disparos, dos grandes, fuertes y malos kali leones». Y luego se juntaban todas repitiendo un excitante estribillo: «ABCD», porque acababan de salir de la escuela y tenían las cabezas repletas de sabiduría.

En muy poco tiempo una gran cantidad de gente vino al lugar trabajadores del molino, los aparceros de las
manyattas
cercanas y mis sirvientes que traían lámparas. Rodearon a los leones, hablaban de ellos; luego Kanuthia y el
sice
, que habían traído cuchillos consigo, los desollaron. Fue la piel de uno de esos leones la que después le di al alto sacerdote indio. Hasta el propio Pooran Singh apareció en el escenario, en un
negligé
que le hacía parecer increíblemente frágil, su meliflua sonrisa india resplandecía entre su espesa barba negra, y tartamudeaba de placer al hablar. Deseaba quedarse con la grasa de los leones, que su gente tenía en gran estima como medicamento, según la pantomima con la que se expresó creo que contra el reumatismo y la impotencia. Con todo eso el cafetal se llenó de animación, la lluvia dejó de caer, la luna comenzó a brillar sobre nosotros.

Volvimos a casa y Juma abrió nuestra botella. Estábamos demasiado mojados, demasiado sucios de barro y sangre para sentarnos, pero nos quedamos de pie y bebimos de un trago nuestro alegre y cantante vino junto al fuego llameante del comedor. No hablamos ni una palabra. En nuestra caza habíamos formado una unidad y nada teníamos que decir el uno al otro.

Nuestra aventura divirtió mucho a nuestros amigos. El viejo señor Bulpett, cuando fuimos a bailar al club, no nos habló en toda la noche.

Debo a Denys Finch-Hatton el mayor, el más delicioso placer de mi vida en la granja: volar con él sobre África. Allí, donde no hay carreteras o hay muy pocas y donde se puede aterrizar en las llanuras, volar se convierte en algo de real y vital importancia en tu vida, te abre un mundo. Denys había traído su avión Moth; podía aterrizar en mi pradera de la granja sólo a unos cuantos minutos de la casa y volábamos casi todos los días. Cuando vuelas sobre las tierras altas africanas tienes unas vistas tremendas, sorprendentes combinaciones y cambios de luz y de color, el arco iris sobre la tierra verde iluminada por el sol, las gigantescas nubes verticales y las grandes y salvajes tormentas negras, que te rodeaban a toda velocidad corriendo y danzando. Las fuertes y contundentes lluvias blanquean el aire oblicuamente. El lenguaje se queda corto para expresar la experiencia de volar y tienes que terminar inventando nuevas palabras. Cuando has sobrevolado la Falla Grande y los volcanes de Suswa y Longonot, has viajado más allá, hasta las tierras que hayal otro lado de la luna. Otras veces puedes volar tan bajo que ves los animales en las praderas y te sientes como Dios cuando acababa de crearlos y antes de que le encargara a Adán que les pusiera nombre.

Pero no son las visiones, sino la actividad lo que te hace sentirte feliz, y la alegría y la gloria del aviador es el vuelo en sí. La gente que vive en las ciudades vive triste y esclavizada porque en todos los movimientos sólo conoce una dimensión; sigue una línea, como si fuera conducida por una correa. La transición desde la línea hasta el plano en dos dimensiones, cuando paseas por un campo o por un bosque, es espléndida, es una liberación de los esclavos, como la Revolución Francesa. Pero en el aire eres llevada a la completa libertad de las tres dimensiones; después de largas épocas de exilio y de sueños, el añorante corazón se lanza en los brazos del espacio. Las leyes la gravitación y tiempo.

«… en el verde bosquecillo de la vida,

juegan como bestias domesticadas, ¡nadie creería

lo amables que pueden ser!».

Cada vez que subo en aeroplano y miro hacia abajo me doy cuenta que me he librado del suelo, tengo conciencia de un descubrimiento grande y nuevo. Pienso: «Esa era la idea. Ahora lo comprendo todo».

Un día Denys y yo volamos hasta el lago Natron, noventa millas al sudeste de la granja y más de cuatro mil pies más abajo, dos mil pies sobre el nivel del mar. El lago Natron es el lugar de donde se saca la soda. El fondo del lago y las orillas son como una especie de cemento negruzco, con un olor fuerte, ácido y salino.

El cielo estaba azul, pero al entrar volando desde las praderas sobre el país más bajo, pedregoso y desnudo, todos los colores estaban tan quemados que habían desaparecido. El paisaje entero debajo de nosotros parecía una concha de tortuga delicadamente dibujada. De repente, en medio de todo esto, apareció el lago. El fondo blanco, resplandeciendo a través del agua, le da, cuando lo ves desde el aire, un sorprendente, increíble color azulado, tan claro que por un momento tienes que cerrar los ojos; la extensión de agua yace entre la desolada y leonada tierra como una grande y brillante agua marina. Volábamos alto, luego volamos a menos altura; mientras bajábamos nuestra sombra azul oscura flotaba debajo de nosotros sobre el lago azul celeste. Aquí viven miles de flamencos, aunque no sé cómo pueden subsistir en ese agua salobre, seguramente no hay peces ahí. Al aproximarnos se desplegaban en largos círculos y abanicos, como los rayos del sol poniente, como un hábil dibujo chino en seda o porcelana, formándose y cambiando ante nuestra vista.

Aterrizamos en la blanca orilla, que estaba al rojo vivo como un horno, y almorzamos resguardándonos del sol bajo el ala del aeroplano. Si estirabas el brazo más allá de la sombra el sol era tan caliente que te hacía daño. Nuestras botellas de cerveza cuando aterrizaron con nosotros, venidas directamente del éter, estaban deliciosamente frías, pero antes de que las termináramos, en un cuarto de hora, estaban tan calientes como una taza de té.

Mientras estábamos almorzando apareció por el horizonte aproximándose con rapidez un grupo de guerreros masai. Debían de estar espiando el avión desde lejos cuando aterrizó y decidieron vedo de cerca, porque un largo paseo, hasta en un territorio como aquél, no era nada para un masai. Venían, en fila india, desnudos, altos, y delgados, con sus armas resplandecientes; oscuros como la turba sobre la arena gris y amarilla. Ante los pies de cada uno de ellos se proyectaba y marchaba una pequeña mancha de sombra, que eran, junto con las nuestras, las únicas sombras en todo lo que la mirada podía abarcar. Cuando llegaron cerca de nosotros se alinearon, eran cinco en total. Juntaron sus cabezas y empezaron a hablarse entre sí sobre el aeroplano y sobre nosotros. Hace una generación un encuentro semejante hubiera sido fatal. Después de un rato uno de ellos avanzó y nos habló. Como sólo hablaban masai y nosotros únicamente entendíamos un poco de su lengua, la conversación languideció en seguida; volvió con sus compañeros y, pocos minutos después, se alejaron en fila india, hacia el ancho, blanco y ardiente territorio salino.

—¿Te gustaría —dijo Denys— volar a Naivasha? Pero el terreno que hay hasta allí es muy áspero, no podremos aterrizar en ningún sitio durante el viaje. Debemos volar alto y mantenernos a doce mil pies.

El vuelo desde el lago Natron hasta Naivasha era
Das ding as sich
. Fuimos como una flecha y nos mantuvimos a doce mil pies durante todo el viaje y, como estás tan arriba, no se puede ver nada abajo. En el lago Natron me había quitado el gorro forrado de piel de cordero, y ahora el aire apretaba mi frente, tan frío como el agua helada; mis cabellos volaban hacia atrás como si alguien quisiera arrancarme la cabeza. Era el mismo camino, sólo que en dirección opuesta, que el que cada tarde emprendía Roc cuando, con un elefante con sus hijos en cada garra, volaba desde Uganda hasta su hogar en Arabia.

Cuando vas sentada delante de tu piloto sin nada más que espacio frente a ti, te parece que te lleva en las palmas estiradas de sus manos, como el Djin llevaba al príncipe Alí por el aire, y que las alas son suyas. Aterrizamos en casa de nuestros amigos de Naivasha; las casas, diminutas y asustadas, y los arbolillos que las rodeaban parecían arrojarse de espaldas cuando descendíamos. Cuando Denys y yo no teníamos tiempo para largos viajes salíamos hacer un corto vuelo sobre las colinas de Ngong, por lo general hacia el atardecer. Estas colinas, que se cuentan entre las más hermosas del mundo, son quizá más bonitas vistas desde el aire, cuando los lomos desnudos se van levantando hacia los cuatro picos y corren junto al aeroplano y súbitamente bajan y se allanan en un pequeño prado.

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