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Authors: Chevy Stevens

Tags: #Drama, Intriga

Nadie te encontrará

BOOK: Nadie te encontrará
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Para Annie O’Sullivan, agente inmobiliaria de Clayton Falls, en la isla de Vancouver, el último cliente del día está a punto de convertirse en su peor pesadilla. Tras la afable sonrisa de aquel hombre, sin embargo, se esconde un psicópata que destrozará su vida. Annie despertará atada en una cabaña en el bosques, lugar en el que permanecerá retenida durante más de un año. Allí deberá aprender a convivir con su enemigo, un ser repugnante y obsesivo cuyos maltratos dejarán una indeleble huella en todo su ser.

Ya libre, en su intento por volver a convertirse en una persona normal, superar sus miedos y dejar de dormir por las noches encerrada en el interior de un armario, Annie irá desgranando ante su psiquiatra la terrible experiencia que se vio obligada a sufrir, reviviendo así aquel largo año que pasó encerrada. Pero el desgaste físico y psicológico a los que se vio expuestos, el doloroso descubrimiento de los motivos por los que “el Animal” decidió secuestrarla, quizá supongan pruebas demasiado duras como para poder recobrar la cordura.

«
Nadie te encontrará
no es tan sólo una novela sobre un espantoso crimen o un terrible abuso, es una novela sobre la capacidad de lucha. Sobre no dejar ganar a los otros, incluso cuando estás luchando contra tu propia desesperación.»

Chevy Stevens

Nadie te encontrará

ePUB v1.0

Nitsy
08.09.12

Título original:
Still Missing

Chevy Stevens, 2010.

Traducción: Ana Alcaina

Diseño/retoque portada: Eky Studio

Editor original: Nitsy (v1.0)

ePub base v2.0

A mi madre, que me dio imaginación.

Sesión uno

Verá, doctora, no es usted la primera psicóloga a la que voy desde que regresé. El idiota que me recomendó mi médico de cabecera justo cuando volví a casa, ése sí que era una auténtica joya… El tipo llegó incluso a fingir que no sabía quién era yo, pero eso no había quien se lo tragara, habría que ser ciego y sordo para no haberse enterado. ¡Pero si a la que me doy la vuelta, sale otro capullo con una cámara de entre los arbustos para sacarme la puñetera foto…! Pero ¿antes de toda esta mierda? Antes, la inmensa mayoría de la gente ni siquiera había oído hablar de la isla de Vancouver, conque mucho menos de Clayton Falls. Ahora, sólo tiene que mencionarle a alguien el nombre de la isla y le apuesto lo que quiera a que lo primero que saldrá de su boca será: «¿No fue ahí donde secuestraron a esa de la agencia inmobiliaria?».

Incluso la consulta del tipo era como para echar a correr: sofás de cuero negro, plantas de plástico, escritorio de cromo y cristal. A eso lo llamo yo hacer que tus pacientes se sientan cómodos, sí señor. Y naturalmente, todo estaba bien ordenado y colocado encima del escritorio. Los clientes eran lo único que tenía torcido en su maldita consulta, y si quiere que le dé mi opinión, a mí, alguien que necesita ordenar todo lo que tiene encima de la mesa pero que no se arregla los dientes me da mala espina, qué quiere que le diga…

Lo primero que hizo fue preguntarme por mi madre y luego se empeñó en convencerme para que pintase el color de mis sentimientos con lápices de cera en un bloc de dibujo. Cuando le dije que si me estaba tomando el pelo, me contestó que me resistía a exteriorizar mis sentimientos y que necesitaba «abrazar el proceso de curación». Bueno, pues a la mierda él y su proceso. Sólo duré dos sesiones. Me pasaba la mayor parte del tiempo dudando entre matarlo a él o matarme yo.

Así que he tardado hasta diciembre —cuatro meses desde que volví a casa— para probar de nuevo con todo este rollo de la terapia. Ya casi hasta me había resignado a seguir así de jodida, pero la idea de vivir el resto de mi vida sintiéndome de esta manera… Lo que tenía escrito en su página web era gracioso, para ser psicóloga, y por su aspecto, parecía agradable… bonita dentadura, por cierto. Y lo que es aún mejor, detrás del nombre no lleva un montón de iniciales que sabe Dios qué significan. No quiero al mejor ni al no va más en terapias psicológicas, eso sólo significa un ego más grande y una factura aún mayor. Ni siquiera me importa tener que conducir una hora y media para llegar hasta aquí; así salgo de Clayton Falls y, de momento, todavía no he encontrado ningún periodista escondido en el asiento de atrás de mi coche.

Pero no me malinterprete: que usted tenga aspecto de tierna abuelita —debería estar tricotando, y no tomando notas—, no significa que a mí me guste estar aquí, en absoluto. ¿Y dice usted que quiere que la llame Nadine? No estoy segura de a qué viene todo eso pero déjeme que lo adivine: me ha dicho su nombre de pila, así que ¿se supone que debo sentirme como si fuésemos amigas del alma y contarle cosas de las que no quiero acordarme, así que mucho menos hablar de ellas? Lo siento, pero no le pago para que sea mi amiga, así que si no le importa, seguiré llamándola «doctora».

Y ya que estamos aquí para lavar los trapos sucios, vamos a establecer algunas reglas básicas antes de empezar este viaje trepidante. Si vamos a hacer esto, tendremos que hacerlo a mi manera, y eso significa que no quiero oír una sola pregunta de su boca. Ni siquiera una preguntita inofensiva del tipo: «¿Cómo se sintió cuando…?». Le contaré la historia desde el principio, y cuando me interese oír qué es lo que tiene usted que decir, se lo haré saber, descuide.

Ah, y por si se lo está preguntando ahora mismo: no, no he sido siempre así de hija de puta.

Me quedé remoloneando en la cama un poco más de lo habitual la mañana de aquel primer domingo de agosto, mientras mi golden retriever,
Emma
, me roncaba al oído. No disponía de muchas ocasiones para remolonear. Ese mes estaba trabajando como una mula para hacerme con una promoción de apartamentos en primera línea de mar. Para Clayton Falls, un complejo de cien apartamentos era un proyecto descomunal, y la cosa estaba entre otro agente inmobiliario y yo. No sabía quién era mi competidor, pero el promotor me había llamado el viernes para comunicarme que se habían quedado muy impresionados con mi presentación y que me darían una respuesta al cabo de unos pocos días. Estaba tan cerca de conseguir el contrato del siglo que casi hasta paladeaba el sabor del champán. Lo cierto es que sólo había probado aquella porquería una vez, en una boda, y había acabado cambiándolo por una cerveza —no hay nada que destile más clase como la imagen de una chica vestida de dama de honor bebiendo a morro un botellín de cerveza—, pero estaba convencida de que aquel contrato me transformaría en una sofisticadísima mujer de negocios. Algo así como la conversión del agua en vino… o en este caso, de la cerveza en champán.

Tras una semana de lluvia incesante, el sol había salido al fin, y hacía suficiente calor para poder lucir mi traje chaqueta favorito. Era amarillo claro y estaba hecho de la tela más suave del mundo, y me encantaba el modo en que me resaltaba los ojos de color avellana, en lugar de hacer que pareciesen de un castaño aburrido. En general, suelo evitar ponerme falda porque siendo un retaco de poco más de metro cincuenta, parezco una enana cuando las llevo, pero el corte de ésa en concreto me estilizaba las piernas, que parecían más largas. Incluso decidí ponerme tacones. Acababa de cortarme el pelo, de manera que me caía perfectamente a la altura del mentón, y después de darme un último repaso de emergencia en el espejo del recibidor para detectar las canas —el año pasado cumplí sólo treinta y dos, pero con el pelo negro, esas cabronas se ven enseguida—, me dediqué un silbido de admiración, le di un beso de despedida a
Emma
—hay quienes tocan madera antes de salir de casa, yo toco a mi perra—, y salí por la puerta.

Lo único que tenía que hacer ese día era ofrecer una jornada de puertas abiertas en una casa para que los interesados en comprarla pudieran visitarla libremente, sin cita previa. Habría estado muy bien poder tener el día libre, pero los dueños estaban desesperados por venderla. Eran una encantadora pareja de alemanes, y la mujer me preparaba pastel bávaro de chocolate, así que no me importaba pasar allí un par de horas para tenerlos contentos.

Mi novio, Luke, iba a venir a cenar cuando acabase la jornada en su restaurante italiano. La noche anterior había trabajado hasta tarde, así que le mandé un correo electrónico del tipo «Me muero de ganas de verte, luego, más tarde». Bueno, al principio quise enviarle una de esas tarjetas electrónicas de amor que él acostumbraba a mandarme, pero todas las opciones eran muy cursis —conejitos besándose, ranas besándose, ardillas besándose—, de modo que al final opté por enviarle un simple correo, sin más. Él ya sabía que las palabras no eran mi punto fuerte, precisamente, que yo era más bien una chica de acción, pero las semanas anteriores había estado tan concentrada en el asunto de la promoción en primera línea de mar que no le había enseñado al pobre chico demasiada acción, y sabe Dios que él se merecía mucho más. No es que se quejase, porque nunca lo hacía, ni siquiera el par de veces que había tenido que cancelar alguna de nuestras citas en el último suspiro.

Empezó a sonarme el móvil mientras trataba, no sin dificultad, de meter el último cartel de las puertas abiertas en mi camioneta sin mancharme el traje de tierra. Ante la remota posibilidad de que fuese el promotor quien me llamaba, saqué el teléfono de mi bolso.

—¿Estás en casa?

«Hola a ti también, mamá. ¿Cómo estás tú?»

—Estoy a punto de irme a la jornada de puertas abiertas de la casa…

—¿Así que al final sigue en pie lo de las puertas abiertas? Val me ha dicho que últimamente no ve muchos carteles tuyos.

—¿Has hablado con la tía Val?

Cada dos meses o así, mamá se peleaba con su hermana y juraba y perjuraba que nunca volvería a dirigirle la palabra.

—Primero me invita a almorzar como si la semana pasada no me hubiese puesto de vuelta y media, pero yo también sé jugar a ese juego, y luego, antes de que hayamos pedido siquiera, lo primero que me suelta es que tu prima ha conseguido vender unas casas en primera línea de mar de su cartera de pisos. ¿Te puedes creer que Val se va mañana en avión a Vancouver sólo para ir de compras con ella y comprarse ropa nueva en la calle Robson? Ropa de diseño, nada menos.

«Así se hace, tía Val», pensé, apenas sin poder aguantarme la risa.

—Me alegro por Tamara, pero la verdad es que está estupenda se ponga la ropa que se ponga.

Lo cierto es que no había vuelto a ver a mi prima en persona desde que había dejado la isla y se había ido a vivir a la parte continental del país, nada más acabar el instituto, pero la tía Val siempre estaba enviando por e-mail fotos de «mira lo guapos que están mis hijos».

—Le dije a Val que tú también tienes ropa bonita. Sólo que tienes un estilo más… conservador.

—Mamá, tengo un montón de ropa bonita, pero yo…

Me contuve a tiempo. Me estaba echando el anzuelo, y mi madre no era de las que pescan a su presa y luego la sueltan. Lo último que quería era pasar los siguientes diez minutos discutiendo acerca del atuendo más adecuado para ir a trabajar con una mujer que se ponía unos tacones de diez centímetros y un vestido para salir a recoger el correo. No servía absolutamente de nada, eso seguro. Puede que mi madre fuese bajita, apenas metro y medio de estatura, pero era yo la que nunca estaba a la altura.

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